Felices 18 | Un relato de Javier Santos Rodríguez

Te odio. Pero no es mi odio el que te entierra (¡cuánto te quise, cuánto y desde siempre, cuánto de bien la pasamos hasta acá!, ¿no?). Ojalá me hayas entendido.

Es otra cosa. Como un nudo que no se desata nunca. Va cediendo al agujero, hacia abajo y a enterrarse para siempre entre palada y palada. Y es como un diablo el que habla en este bosque de pinos y a estas horas. Vos también: este que se va llenando de arena y de tierra y de tu propia inmunda porquería: porque mudo y todo vas gritando en mi cabeza.

Pero de mí, de mí, no sé qué decir: dónde me busco ahora, la puta madre. ¡Estaba tan bien! 

Quién soy. No sabía hasta hoy que uno es capaz de volverse otro cuando lo joden en serio. Es como esos videojuegos donde te convertís en un monstruo pasado cierto límite de tolerancia.

Sin embargo, la verdad, algo de mí está acá, ocultándose, ocultándote. 

Sí. Es un demonio. Como un Frankenstein.  Alguien que no puedo distinguir mucho porque tiene las manos y la cara demasiado rojas y sucias. Rojas, tan rojas, como los semáforos que crucé para llegar hasta acá, escondiéndome, escondiéndote. Y borrar de un plumazo todo esto. Bastó comprar esta pala y que la policía estuviera mirando los pájaros.

Linda temporada que íbamos a pasar en Pinamar, vacaciones de veinte días con mi tío el brigadier. Salir tarde de Buenos Aires, tomar la ruta de la costa y ahí vos hinchando las pelotas desde el principio, “al chico de recién cumplidos los 18”.

Que no, te dije cien veces, pero vos dele que dele con que no fuese marica. No, tío, que no, y entonces subimos a la entrerriana y llegamos a ese motel de cuarta. Ahí yo, entre tu voluntad y la mía, porque vos decías que a los 18 tenía y debía y quería. 

¡Que no quiero, que no entendés que no quiero! 

Y ahí la entrerriana conmigo, desnudándose sola. 

Cómo creías que iba a poder… Te dije que no iba a poder. 

¿Te acordás de mi cumpleaños de seis? Mis primeros soldaditos… ¡Ah!, ¡y un tanque de guerra! A mí me gustaba otra cosa pero acepté, comiéndome los mocos. ¿Te acordás de cuando me llevaste a ver a Boca? Fue por mi cumpleaños número doce… y qué feliz fui; si me hubieses regalado la pelota desde el comienzo, yo creo que las cosas habrían sido otras. Pero a los 18… , ¿por qué esto? 

Porque tenés que hacerte hombre, me dijiste.

Y no pude -cómo poder-.

Ahí estás, tirado echando olor, porque eso sí pude: tomar tu calibre veintidós y disparar. Disparar contra vos tres limpios tiros negros. Que sonaron a veinte mil tanques de guerra.

Y sí, nada. Eso. Cosa de dejarte mudo.

Javier Santos Rodríguez

Cuentos latinoamericanos

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