Me llamo Héctor Hidalgo, y soy un joven concertista de piano. Reconozco que aún no he logrado obtener el prestigio y reconocimiento que me había propuesto alcanzar al inicio de mi carrera, pero es de sabios dar tiempo al tiempo; al fin y al cabo, no todos podemos ser genios precoces al estilo de Mozart, Beethoven o Chopin.
Algunos de mis familiares y amigos piensan que me hubiese ido mejor como escritor –una de mis pasiones inconfesables–; otros, en cambio, consideran que soy demasiado maniático para triunfar en la vida, no importa que camino escoja. A los primeros les digo que la literatura no es más que un simple pasatiempo para mí, y no una profesión como pretendo que sea la música; que es, por supuesto, mi verdadera vocación. A los segundos les hablo de Howard Hughes, el célebre magnate norteamericano, cuyo trastorno obsesivo compulsivo no le impidió destacar en las múltiples actividades que emprendió, incluida la de donjuán. Es cierto que casi todas sus amantes eran actrices, y cabe suponer que el hecho de que él fuera, entre otras muchas cosas, un multimillonario productor de cine le allanaría bastante el camino de sus conquistas. Ahora bien, comoquiera que este es un terreno harto escabroso, prefiero no extenderme en demasía con este tipo de comentarios (ustedes ya me entienden). Comprendo, por otra parte, que yo lo tengo mucho más difícil que el señor Hughes en el aspecto amoroso, pues carezco de su planta y de sus influencias; pero tampoco es algo que me obsesione compulsivamente lo más mínimo. Además, lo que yo quiero contar aquí es otra cosa. Mejor dicho, dos cosas: una, que mi verdadero talento es el musical (aunque resulte paradójico que para demostrarlo deba coger la pluma y no la batuta); y dos, que esas supuestas manías que algunos me achacan no suponen, en mi caso, un obstáculo para lograr el triunfo, sino todo lo contrario, ya que pueden convertirse en un verdadero estímulo para mi ingenio. Imagino que se estarán preguntando qué manías son esas. Comenzaré, pues, por hacer en el siguiente párrafo una breve introducción al respecto para que ustedes puedan juzgar con conocimiento de causa.
Desde que era apenas un adolescente no he podido tocar nada que haya tocado antes otra persona. Un ejemplo típico sería el pomo de una puerta. Desde luego, adoro las puertas que se abren gracias al empleo de sensores, pero estas solo las encontramos en algunos edificios públicos y en grandes locales comerciales; el resto de puertas, la inmensa mayoría, las abro, siempre que es posible, utilizando un pie o un codo. Pero si la puerta no está entreabierta (y no puedo utilizar un pie) ni posee una manija (con la que sí podría valerme de un codo), sino que tienen un tirador o un pomo redondo, no me queda más remedio que utilizar un pañuelo de papel para manipularlo sin emplear mis manos de manera directa. Una vez realizada esta sencilla operación, tiro el papel en la primera papelera que encuentro. Por de contado, y como ya habrán imaginado ustedes, mi obsesión por la higiene y el miedo a la contaminación llegó a su culmen después de declararse la pandemia del COVID-19. Desde entonces, siempre llevo encima un envase de gel desinfectante que renuevo a diario.
Ahora sí, tras este pequeño exordio, entraré de lleno en la exposición de los hechos con que pretendo demostrarles hasta qué punto poseo verdadero talento para la música y como puedo ser, si me apuran, tan excelente improvisador como el mismísimo Johann Sebastian Bach.
Aquella tarde mágica, el salón estaba lleno a rebosar. Cuando llegó mi turno, aparecí en escena y me senté frente al piano. Acto seguido, y con estudiada elegancia, introduje mi mano derecha en el bolsillo interior de mi frac –bolsillo que había hecho coser ex profeso– y descubrí, horrorizado, que donde debía estar el pequeño envase de antiséptico no había nada. ¡Que podía hacer! Por suerte, y a pesar de mi desaforada misofobia, siempre he gozado de una mente lúcida y resuelta que tampoco me falló esta vez. Y es que, ante la imposibilidad de desinfectar el teclado, decidí, en apenas un segundo, cambiar la pieza con la que pretendía concursar. Así, en lugar de tocar “Et la lune descend sur le temple qui fut”, de Debussy, me dispuse a interpretar (a pesar de no haberla ensayado previamente) 4´33”, de John Cage. Mi interpretación, no obstante, fue tan perfecta como emotiva. Sobra decir que gané el concurso, pero la mayor recompensa fue recibir el fervoroso aplauso de un público tan entusiasta como entendido.
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Acerca de «Silencio rumoroso» de Miguel Bravo Vadillo hay que precisar que el compositor de 4:33 es John Cage, con g, y no Case, como se publicó. Salvo ese detalle, el relato es de muy buena factura.
Gracias, Reinaldo.
Debiste de leerlo al poco de publicarlo, porque horas después me percaté del error y lo corregí. En cualquier caso, gracias por comentarlo.
Un saludo
Francisco
Sabes que soy un asiduo seguidor de Narrativabreve.com, y por tanto cada novedad la leo casi de inmediato. Como siempre, agradecerte por brindarnos esa maravillosa biblioteca virtual. Un abz.
Estupendo, Reinaldo.
Gracias por leer el blog con tanta pasión.
Un abrazo.
Francisco