‘Cromosomas’, de Francisco Rodríguez Criado. Así se gestó un relato ganador de un premio literario

Cierto día, hace años, cuando salía con Chico y señor Mario del colegio-guardería, vino hacia nosotros un amiguito de Mario para decirnos que en su casa tenía un dragón. Todas las tardes corría hacia nosotros, aunque estuviera lejos, para darnos daba el parte, y siempre lo hacía con mucho énfasis, como si se tratara de un asunto de Estado. Aquella tarde señor Mario, en vez de preguntarle por el dragón, se limitó a decirle que Chico era su hermano, a modo de presentación.

Me hizo gracia la anécdota y la escribí. Con el paso del tiempo le di al escrito más forma de microrrelato que de testimonio. Cambié los géneros y los nombres de los personajes, salpimenté la anécdota con notas de lector (Chéjov, realismo mágico, la épica derrotada por el realismo) y le puse un título minimalista, de acuerdo con el espíritu del propio relato.

No estamos ante un cuento propiamente dicho, sino más bien ante el desarrollo de un instante que dura apenas unos segundos. A veces una narración no pide más, y creo que en este caso el fotograma de ese instante funciona más o menos bien.

El pasado año envié la minificción al IV Certamen Microrrelatos Leandro Perdomo Spínola.

Ganó el primer premio.

CROMOSOMAS. Microrrelato de Francisco Rodríguez Criado

Ernesto no para de sorprenderme. Aunque se ha ganado a pulso la reputación de fantasioso, a veces echa mano del realismo más prosaico.

Ayer, por ejemplo, a las puertas de la guardería, un compañero de su clase corrió hacia nosotros para darnos el parte del día:

–¡Nesto, en casa tengo un dragón!

Le llama siempre así, “Nesto”, en vago apócope.

Creía que Ernesto le contaría alguna fábula digna de Juego de Tronos, o un cuento de realismo mágico, pero qué va, prefirió hacer un Chéjov y decir simplemente:

–¡Y yo tengo una hermana! ¡Mira, es esta! –Y tiró a Sara de la manga para que su compañerito la viera.

Con ese gesto patrio, Ernesto quiso explicarle a su amigo que un dragón era poca cosa comparada con su fabulosa hermana, un año y medio mayor que él, una hermosa y apacible niña con síndrome de Down que contemplaba la escena sin entenderla, y que me miraba a mí, su madre, buscando respuestas.

El amiguito de Ernesto se quedó sin palabras, puso cara de circunstancias y se marchó sin despedirse, un poco afligido al ver cómo su épica narrativa era derrotada por un realismo de andar por casa.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo

El hijo sano

El entierro. Un relato corto de Amparo Dávila

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Francisco Rodríguez Criado

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