Terror | Un cuento de Vladimir Nabokov

En el relato “El terror”, el gran escritor ruso Vladimir Nabokov desarrolla una historia de miedo, pero no de un miedo al uso a algo tangible o intangible, sino el impotente miedo a la existencia, algo de difícil explicación, pero que deja un desgarro en el alma. Podríamos decir que se trata de un cuento de terror existencialista, filosófico.

El cuento, publicado en 1926, es la historia de un poeta –así se define él– que sufre experiencias interiores devastadoras que parecen conectar con un entorno psicótico.

El terror. Cuento de Vladimir Nabokov

He aquí lo que a veces me sucedía: luego de pasar la primera mitad de la noche ante mi escritorio  –esa mitad en que la noche asciende con penoso esfuerzo–, solía emerger del trance al que me sometía mi trabajo en el preciso instante en que la noche había alcanzado su cumbre y, desde esa cima, vacilaba, ya dispuesto a desplomarse en los fulgores del alba; entonces solía incorporarme, víctima del frío y la fatiga, encender la luz de mi dormitorio, y. súbitamente, contemplarme en el espejo.

Entonces ocurría lo siguiente: absorto en mi tarea, me había distanciado de mí hasta desconocerme; solemos padecer tal sensación cuando encontramos un amigo de quien nos han alejado los años: breves instantes vacíos lúcidos, aunque torpes, nos lo hacen ver bajo una luz absolutamente desconocida, aunque no ignoramos que el hielo de esa anestesia tan misteriosa no tardará en derretirse, que la persona que nos enfrenta pronto ha de revivir, cálida y radiante, para recobrar su rostro habitual, para sernos, una vez más, tan familiar que ningún esfuerzo de la voluntad sea capaz de devolvernos nuestra efímera perplejidad.

De tal modo, precisamente, solía detenerme a considerar mi propia imagen en el espejo, incapaz de reconocerla como mía. Cuanto más me enardecía en el examen de mi rostro, de esos ojos ajenos, inexpresivos, del resplandor de esos pelos minúsculos que cubrían la mandíbula, de esa sombra que oscurecía la nariz, me repetía, con mayor insistencia, “Este soy yo, este es Fulano de Tal”, menos comprendía por qué había de ser “yo”, y más dificultades descubría en lograr que el rostro del espejo se fundiera con ese Yo* cuya identidad me resultaba tan inasible. Cuando mencioné sensaciones tan extrañas, la gente observó, muy acertadamente, que el sendero que había elegido conducía directamente al manicomio. De hecho, más de una vez, muy avanzada la noche, tanto me demoré ante mi imagen reflejada que un sentimiento atroz me sobrecogió y no tardé en apagar la luz. Sin embargo, al día siguiente, al afeitarme, jamás me asaltaban dudas con respecto a la realidad de mi imagen.

Algo más: durante la noche, ya en la cama, solía recordar, de pronto, que era mortal. Lo que entonces solía ocurrir dentro de mí era muy semejante a lo que sucede en un gran teatro si las luces, inesperadamente, se apagan, y alguien prefiere un alarido que quiebra la serenidad de la penumbra; a la suya, pronto se unen otras voces; resultado: una ciega tempestad en que se ahonda el lúgubre trueno del pánico, hasta que, súbitamente. vuelven a encenderse las luces. y la representación se lleva a cabo con toda normalidad. Tal sofocación padecía mi alma mientras, boca abajo, con los ojos muy abiertos, intentaba, con todas mis fuerzas, derrotar mis temores, racionalizar la muerte, llegar con ella a un acuerdo, en términos estrictamente cotidianos, sin apelar a ningún credo o filosofía.

Acabamos, finalmente, por decirnos que la muerte aún está lejos, que sobra tiempo para considerar el asunto, aunque sepamos que jamás hemos de hacerlo, y. nuevamente, desde la penumbra, desde las plateas más baratas de nuestro teatro privado, donde cálidas y vivaces reflexiones sobre nuestras entrañables pequeñeces terrenales, acaban de ser víctimas del pánico. Prorrumpe un alarido, sofocado de inmediato en cuanto adoptamos otra posición en la cama y decidimos pensar en otra cosa.

Entiendo que tales sensaciones (la perplejidad ante el espejo, la angustia que provoca el anticipado sabor de la muerte) resultan familiares a mucha gente, y, si me demoro en ellas, es solo porque en ellas asoma, en mínima medida, el terror absoluto que alguna vez estaba destinado a experimentar. Terror absoluto, terror especial: procuro una locución exacta y consulto en vano mi reserva de extenuadas palabras, que carece, sin duda, de la expresión adecuada.

Yo era feliz. Salía con una muchacha. Recuerdo claramente el tormento de nuestra primera separación. Debí alejarme en viaje de negocios, y, a mi regreso, ella estaba aguardándome. La vi, de pie sobre el andén, tal como si la aprisionara una jaula de luz opaca, pues la envolvía un cono de sol polvoriento, que penetraba por la cúpula de vidrio de la estación. Rítmicamente, su rostro se movía de un lado a otro, examinando cada ventanilla cuya velocidad disminuía con lentitud. Junto a ella gocé de reposo y serenidad. Solo una vez…y una vez más me aturde la incapacidad instrumental del lenguaje humano. De todos modos, quisiera explicarlo.

En realidad, es tan absurdo, tan intrascendente: estamos solos en su cuarto, y, mientras escribo, ella, con la cabeza inclinada, zurce una media de seda, estirándola sobre una cuchara de madera: un mechón de cabello rubio le cubre parcialmente una oreja, de rosada transparencia, y las pequeñas perlas que le rodean el cuello emiten un patético fulgor: sus labios, abultados por su mueca habitual, dejan hundir las tiernas mejillas. De pronto, sin motivo alguno, su presencia me aterra. Esto resulta aún más aterrador que el hecho de no haberla identificado, durante una fracción de segundo, bajo la luz polvorienta de la estación. Me aterra que alguien comparta el cuarto conmigo: me aterra la sola noción de otra persona.

No me asombra que los locos desconozcan a sus parientes. Basta que si su rostro y me conceda una sonrisa a la que ninguno de sus rasgos es ajeno para que el terror que hace un instante me embargara, se disipe sin rastro. Repito que sólo una vez me sucedió, que fue una broma sin importancia que me habían jugado mis nervios. Olvidaba que, en noches solitarias, ante un espejo solitario, había padecido una idéntica experiencia.

Fue mi amante durante casi tres años. Mucha gente, lo sé, fue incapaz de comprender nuestra relación, les resultaba imposible explicarse por qué razón esa muchachita ingenua podía atraer y atesorar la devoción de un poeta, aunque sabe Dios cuánto adoré su belleza modesta, su alegría, su afabilidad, los frescos arrebatos de su imaginación. Precisamente, su gentil sencillez me protegía: el mundo le develaba cierta claridad cotidiana; aun llegué a creer que ella sabía qué nos aguardaba después de la muerte, de tal modo que no había razón alguna para que nosotros discutiéramos ese tema. Casi cumplíamos nuestro tercer año de convivencia cuando nuevamente, me vi obligado a dejarla, y por un período bastante prolongado.

En la víspera de mi partida fuimos a la ópera. Durante un instante, se sentó en el pequeño sofá carmesí que había en el vestíbulo, misterioso, sumido en penumbras, de nuestro palco. para quitarse sus enormes botas de nieve grises, y yo colaboré para que sus piernas delgadas, recubiertas de seda, se liberaran de ellas; recordé, entonces, esas delicadas mariposas que se despojan de sus capullos, abultados e hirsutos. Nos acercamos al borde del palco. Felices, nos inclinamos ante el rosado abismo del teatro, esperando que se alzara el telón, una sólida pantalla cubierta de ornamentos oro pálido ilustrada por escenas de óperas diversas: Ruslán lucia su yelmo puntiagudo, Lenski vestía su amplia capa. Poco faltó para que ella, con su codo desnudo, hiciera caer sus anteojos nacarados desde el parapeto de felpa.

Luego, una vez que se ubicó toda la audiencia, y la orquesta contuvo su aliento, dispuesta prorrumpir en un vigoroso estallido, algo ocurrió: en el amplio recinto rosado se apagaron todas las luces, y tal oscuridad nos envolvió que creí haber enceguecido. Crispados movimientos agitaron la penumbra, y se difundió un estremecimiento de pánico que estalló, finalmente, en gritos a femeninos; las voces masculinas, que severamente invocaron la calma, sólo lograron chillidos más estridentes. Comencé a hablarle a ella, riéndome; advertí entonces que se había aferrado a mi muñeca, que, silenciosamente, estrujaba el puño de mi camisa.

Cuando la luz volvió a inundar la sala observé su palidez, sus dientes furiosamente apretados. La ayudé a abandonar el palco. Meneó la cabeza, reconviniéndose a sí misma, con una sonrisa reprobatoria, actitud tan pueril. Rompió a llorar y me rogó que la llevara a casa. Sólo en el interior del carruaje cerrado, recobró la compostura, y, apretando su arrugado pañuelo contra sus ojos húmedos y brillantes, comenzó a explicarme cuánto la entristecía mi partida inminente. Qué mal hubiéramos hecho en pasar nuestra última noche en la ópera, entre desconocidos.

Doce horas más tarde, desde el tren, desde mi camarote, contemplaba el borroso cielo invernal, el ojo del sol que, pequeño e inflamado, presidía nuestra marcha, los campos cubiertos de nieve que, como un gigantesco abanico de plumón de cisne, desplegaba su blancura incesante. En la ciudad extranjera a la que llegué al día siguiente, me aguardaba mi cita con el terror absoluto. En principio, dormí muy mal durante tres noches consecutivas; En la cuarta, me asedió el insomnio.

En los últimos años, había perdido el hábito de la soledad, y estas noches sin compañía me abrumaban con una angustia implacable. La primera noche contemplé, en sueños, a mi amada; la luz del sol inundaba su cuarto, y ella permanecía, sentada, sobre la cama, vestida sólo con una bata de encaje; su risa ininterrumpida era incontenible; dos horas más tarde, el azar me devolvió las imágenes de mi sueño, cuando pasé frente a una lencería; al recordarla, comprendí todo lo que en ella comunicaba alegría –su encaje, su cabeza echada hacia atrás– resultaba, en la vigilia, sencillamente aterrador. En todo caso. me fue imposible localizar la causa que transformaba un sueño poblado de risas y encajes, en una experiencia tan desagradable, tan atroz.

Numerosas tareas solicitaban mi atención; fumé mucho y padecía, constantemente, la sensación de que debía observar un severo control sobre mí. Con toda deliberación, mientras me disponía a acostarme en mi cuarto de hotel, silbaba o entonaba una melodía, pero cualquier sonido (tal como el ruido sordo que produjo mi chaqueta al deslizarse al suelo desde el respaldo de la silla) bastaba para sobresaltarme, como a un niño asustado.

El quinto día, luego de una mala noche, decidí salir a pasear un rato. Ojalá la próxima parte de mi relato pudiera transcribirse en bastardilla, aunque no, ni siquiera la bastardilla serviría, necesito un nuevo tipo de letra, única en su clase.

Las noches de insomnio habían cavado, dentro de mí, un vacío excepcionalmente sensible Mi cabeza parecía hecha de vidrio: un calambre, no menos vidrioso, mordía mis pantorrillas. Apenas salí del hotel… Sí, creo haber descubierto las palabras adecuadas. Me apresuro a escribirlas, antes de que se desvanezcan. Cuando salí a la calle, vi, súbitamente, el mundo tal cual es en realidad. Nos consuela repetirnos que el mundo no podría existir sin nosotros, que existe en la medida en que nosotros existimos, en la medida en que podemos representárnoslo. La muerte, el espacio infinito, las galaxias, resultan aterradoras, precisamente porque trascienden el límite de nuestra percepción.

Y bien, en ese día terrible en que, embrutecido por una noche sin sueño, irrumpí en el centro de una ciudad incidental, y vi las casas, los árboles, los automóviles, la gente, mi mente, con toda brusquedad, se negó a aceptarlos como “casas”, “árboles”, o lo que fueran, como algo relacionado con la vida humana ordinaria. Se cortó mi línea de comunicación con el mundo; yo ocupaba mi propio ámbito el mundo, el suyo, y tal mundo carecía de sentido. Penetré la verdadera esencia de las cosas.

Observé los edificios que habían perdido su significado habitual, o sea, todo lo que nos acude a la mente cuando observamos una casa: cierto estilo arquitectónico, qué clase de habitaciones encierra, si es fea, si es confortable: tales consideraciones se habían esfumado, para dejar lugar a una cáscara vacía, tan vacía como el sonido de una palabra muy familiar cuando se la ha repetido hasta el hartazgo: casa, casa, kassa. Igual sucedió con los árboles, con la gente. Comprendí todo el horror que puede suscitar un rostro humano.

Toda noción de anatomía o distinción sexual (“piernas”, “brazos”, “vestimenta”), perdió vigencia, delante de mí sólo quedó algo, ni siquiera una criatura, que también es un concepto humano, sino llanamente algo que pasaba. En vano quise conjurar mi terror evocando una imagen de mi infancia: una vez, al despertarme alcé mis ojos somnolientos, apoyando la nuca contra la almohada; un rostro chato, incomprensible, que lucía un oscuro bigote de húsar debajo de sus ojos de pulpo y una brillante dentadura en la frente. se inclinaba hacia mí. Me incorporé con un alarido, y el bigote no tardó en convertirse en un par de cejas y el rostro en el de mi madre que, al principio, había visto, inusualmente invertido

También esta vez quise incorporarme mentalmente, de tal modo que el mundo visible recobrara su posición cotidiana, pero no lo logré. Al contrario: cuanto más observaba a la gente, más absurdo hallaba su aspecto. Conturbado por el terror, busqué apoyo en alguna idea fundamental, un ladrillo de mejor calidad que el cartesiano, que me permitiera emprender la reconstrucción del mundo tal como lo conocemos: simple. natural, regido por el hábito. En ese momento, descansaba, creo, en el banco de un parque público. El recuerdo de mis actos se torna borroso. A un hombre sorprendido, en la calle, por un ataque al corazón, poco le importan los peatones, el sol, o la belleza de una catedral antigua, y sólo alienta una preocupación: respirar; yo, sólo cobijaba un deseo: no volverme loco.

Tengo la plena convicción de que nadie, jamás, vio el mundo tal como yo lo vi en esos instantes tenaces: desnudo, absurdo, aterrador. Cerca de mí, un perro olfateaba la nieve. Con dolorosos esfuerzos, quise reconocer qué significaba “perro”, y, como había estado observándolo con atención, se me trepó confiadamente; mi náusea alcanzó tal extremo que me levanté y me fui. Entonces, mi terror logró su punto culminante. Abandoné el combate. Ya no era un hombre, sino un ojo exasperado, una mirada distraída ante un mundo absurdo. La sola visión de un rostro humano me impulsaba a gritar.

Me hallé, de pronto, en el vestíbulo del hotel. Alguien se me acercó, pronunció mi nombre, y deslizó un papel doblado en mi mano vacilante. Lo desdoblé con un gesto mecánico, y mi terror se disipó de inmediato. A mi alrededor, todo recobró su aspecto ordinario y vulgar: el hotel, los múltiples reflejos que se agitaban en el vidrio de la puerta giratoria, el rostro familiar del botones que me había alcanzado el telegrama. Permanecí de pie, en medio del enorme recinto. Un hombre, con pipa y gorra a cuadros, me atropelló al pasar y, con grave actitud, me ofreció sus disculpas. Me vencieron el asombro y un agudo dolor, insoportable, aunque humano. El telegrama anunciaba que ella estaba agonizando.

Jamás, durante mi viaje de regreso, o mientras permanecí junto a su lecho de muerte, pensé en analizar el sentido del ser o el no ser; tales pensamientos no volvieron a aterrarme.

La mujer que amaba más que nada en este mundo, agonizaba. Mis sensaciones se redujeron a ese hecho implacable. No me reconoció cuando mi rodilla golpeó el borde de su cama. Yacía envuelta en sábanas enormes, recostada contra enormes almohadas, empequeñecida.

Peinada con cabello estirado desde la frente, mostraba la estrecha cicatriz que cruzaba su sien, normalmente ocultada por un mechón que la encubría. Si no reconoció mi presencia viva, la leve sonrisa que ocasionalmente esbozaron sus labios me permitió saber que me veía en su sereno delirio, en sus agónicas ensoñaciones. De tal modo, dos imágenes de mí velaban su agonía: yo, a quien ella no veía, y mi doble, que me era invisible.

Pronto me abrumó la soledad: mi doble murió con ella. Su muerte me salvó de la demencia. La sencilla solidez del dolor inundó mi vida de tal forma que no dejó lugar a emociones de otra especie. Aunque el transcurso del tiempo me devuelve su imagen cada vez más perfecta, cada vez menos vívida.

Los detalles del pasado, los minuciosos recuerdos, se desvanecen imperceptiblemente. Ya solos, ya de a dos, ya de a tres, tal como las luces de las ventanas de un edificio, que se apagan a medida que sus habitantes se duermen. Y sé que mi cerebro está condenado, que el terror que una vez experimenté, mis temores ante el hecho inapelable de existir, volverán a sobrecogerme; sé que entonces no habrá salvación posible.

Vladimir Nabokov

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