Truman Capote y un cuento rescatado del olvido

Los escritores de renombre, en ciertos casos, tienen textos pocos conocidos. La atención se la llevan los grandes títulos, las obras premiadas, las más vendidas, las más comentadas, las que van al cine. Su producción restante, aunque editada y reeditaba, habita las penumbras de la ausencia, del olvido, del desconocimiento general. Son los llamados “ratones de librería” quienes a veces, escarbando y removiendo escombros, suelen hallar esos textos ocultos que tienen tanto mérito como los más conocidos.

A Truman Capote se le conocoe por su novela A sangre fría y por su novela corta Desayuno en Tiffany’s (Breakfast at Tiffany’s), amén de sus relatos recogidos en Música para camaleones. Escribió también otros títulos muy populares como Retratos. Su obra, no siendo extensa, es notable y variada. Incursionó en el relato, en la entrevista y el periodismo. Le asignan con alguna imprecisión y vaguedad conceptual, ser uno de los progenitores del llamado “nuevo periodismo”. La gran crónica literaria de su autoría fue sin duda A sangre fría. Para ello se trasladó a Kansas y hurgó en los archivos policiales de un caso de homicidio que terminó en pena de muerte.

Su estilo en ese escrito, como en otros, aún en los tempranos, es frontal y por momentos confrontacional. En el relato dice las cosas de frente, sin rodeos. Sus personajes no caen en la tentación de filosofar sobre esto o aquello, y tampoco entran en ese juego narrativo llamado “monólogo” interior. Capote no pierde el tiempo en largas descrpciones paisajistas y no recubre de ambrosía las palabras.

El cuento elegido esta vez (“Si yo te olvidara” que pertenece a su primera época) es como una suite del proceso de enamoramiento, desde la perspectiva de ella. La chica cree en el amor o sospecha cómo es, pero no está cierta de que eso es lo que siente por el muchacho al cual le dedicó un poema de escuela y que ahora, ya siendo mayor se va del pueblo. El olvido o la posibilidad de ser olvidada o olvidar, la aterroriza y la conmueve. (Florianópolis SC Brasil).

Ernesto Bustos Garrido

Si yo te olvidara. Cuento de Truman Capote

Grace llevaba esperándole de pie en el porche casi una hora. Cuando lo había visto en el pueblo, aquella tarde, él le había dicho que estaría allí a las ocho. Y eran casi las ocho y diez. Se sentó en la mecedora. Trató de no pensar que iba a venir, o incluso de no mirar el camino que conducía a su casa. Sabía que si pensaba en ello, nunca ocurriría. Nunca vendría.

—Grace, ¿sigues ahí fuera? ¿No ha llegado aún?

—No, madre.

—Bueno, no puedes quedarte ahí fuera toda la noche. Entra ahora mismo en casa.

Ella no quería entrar; no quería tener que sentarse en aquella vieja sala de estar cargada y ver cómo su padre leía el periódico y su madre hacía crucigramas. Quería quedarse allí fuera, respirando y oliendo y tocando la noche, que le parecía tan palpable que podía sentir su textura de fino satén azul.

—Ahí viene, madre —mintió—. Está viniendo por el camino; voy corriendo a recibirle.

—No vas a hacer nada de eso, Grace Lee —dijo su madre con voz sonora.

—¡Sí, madre, sí! Y vuelvo en cuanto le diga adiós.

Bajó con paso liviano los escalones del porche y se apresuró hacia el camino antes de que su madre pudiera añadir nada. Estaba decidida a ir a su encuentro, tuviera lo que tuviera que caminar, aunque tuviera que llegar hasta su misma casa. Era una gran noche para ella; no exactamente una noche feliz, pero sí una noche hermosa, de todas formas.

Él se iba del pueblo, después de tantos años. Todo sería tan extraño después de su partida… Sabía que nada volvería a ser lo mismo. Una vez, en el colegio, la señorita Saaron había mandado escribir un poema a sus alumnos, y ella le había escrito uno a él.

Era tan bueno que lo habían publicado en el periódico local. Lo había titulado «En el alma de la noche». Y ahora recitaba los dos primeros versos mientras avanzaba por el camino bañado de luz de luna.

Mi amor es una Luz Brillante y

Fuerte que anula la negrura de la Noche.

Una vez él le había preguntado si realmente lo amaba. Y ella había dicho:

—Te amo ahora, pero no somos más que unos chiquillos, y no es más que el primer amor.

Pero ella sabía que había mentido, al menos a sí misma, porque ahora, en aquel breve instante, sabía que lo amaba, por mucho que apenas hacía un mes hubiera estado completamente segura de que todo era tonto y pueril.

Pero ahora que él se iba del pueblo, sabía que no era así. En cierta ocasión él le había dicho, después del episodio del poema, que no debía tomarse la cosa demasiado en serio, ya que no era más que una chica de dieciséis años.

«Cuando tengamos veinte, si alguien le menciona a uno el nombre del otro, seguramente ni nos acordemos de a quién se refiere.» Se había sentido terriblemente mal. Sí, era muy probable que él la olvidara. Y ahora se iba del pueblo y era posible que no volviera a verlo más. Tal vez él llegara a ser un gran ingeniero, como quería, y ella seguiría allí en aquel pequeño pueblo sureño del que nadie había oído hablar jamás. «Puede que no me olvide», se oyó decir. «Quizá vuelva a buscarme para llevarme a alguna urbe grande como Nueva Orleans, o Chicago, o incluso Nueva York.» El solo pensamiento la llenó de alegría.

El olor de los pinares de ambos lados del camino le trajo a la memoria lo bien que se lo habían pasado en las excursiones campestres, en los paseos a caballo y en los bailes.

Recordó la vez que él le había pedido que fuera su pareja en el baile de fin de curso. Fue cuando se conocieron.

Era tan condenadamente guapo y ella estaba tan orgullosa de sí misma; nadie hubiera imaginado nunca que la pequeña Grace Lee, con sus ojos verdes y sus pecas, llegaría a alzarse con un premio como él. Se había sentido tan orgullosa y tan emocionada que casi se le había olvidado bailar. Y estaba tan turbada que en un momento dado, no le siguió bien el paso y él le pisó un pie y le desgarró la media de seda.

Y justo cuando se había convencido a sí misma de que era un idilio real, su madre le había dicho que eran unos niños, y que los niños no podían saber lo que era el verdadero «cariño», tal como ella lo llamó.

Entonces las chicas del pueblo, muertas de envidia, empezaron la campaña «No nos gusta Grace Lee».

«Mirad esa tontita —susurraban—, echándose en sus brazos.» «No es más que una… que una… zorra.» «Daría un buen montón de centavos por saber lo que esos dos han estado haciendo, pero supongo que sería demasiado fuerte para mis oídos.»

Mientras apretaba el paso se enfureció al recordarlo; aquellas mojigatas engreídas… Nunca olvidaría la pelea que tuvo con Louise Beavers la vez que la sorprendió leyendo en voz alta una carta suya a un grupo de chicas que se morían de risa en los aseos del colegio. Louise se la había robado de uno de sus libros, y la leía en voz alta con grandes aspavientos burlones, riéndose de algo que no era en absoluto divertido.

—Oh, bueno, no son más que frivolidades tontas —se dijo.

La luna brillaba muy clara en el cielo; pequeñas nubes pálidas y desvaídas pendían en torno a su superficie como un chal de fino encaje.

La contempló fijamente. Pronto llegaría a la casa. Subiría aquella colina, bajaría y habría llegado. Era una casa pequeña y bonita; sólida y compacta. El lugar perfecto para él, pensó Grace.

A veces llegó a pensar que ese primer amor era sólo un exceso de emoción, pero ahora tenía la certeza de que no era así. Iba a marcharse del pueblo. Iba a vivir con su tía en Nueva Orleans. Su tía era artista, y eso no le gustaba gran cosa. Había oído que los artistas eran gente rara.

Él no le había dicho hasta el día anterior que se marchaba. Seguramente le habrá dado un poco de miedo decírmelo, pensó; y ahora soy yo la que está asustada. Oh, lo contentos que iban a ponerse todos ahora que él se marchaba y ella no iba a tenerlo más; hasta los veía riéndose.

Se apartó el pelo rubio colorín y fino de los ojos. Soplaba un viento frío entre las copas de los árboles. Se acercaba a la cima de la colina, y de pronto supo que él estaba subiendo por la ladera opuesta y que iban a encontrarse arriba. Sintió tanto calor en toda ella: estaba tan segura de su premonición… No quería llorar, quería sonreír. Palpó en su bolsillo la fotografía que le había pedido que llevara. Era una foto barata que un hombre le había sacado en una feria que había pasado por el pueblo. Ni siquiera se le parecía mucho.

Ahora que estaba casi en la cima, no quiso seguir. Mientras no le dijera adiós, lo tendría para ella. Se sentó a esperarle en la suave hierba de la noche, a un lado del camino.

—Mi esperanza —se dijo, con la mirada fija en el cielo oscuro lleno de luna— es que no me olvide. Supongo que es lo único que tengo derecho a esperar.

Cuentos tempranos, Truman Capote.

Cuentos norteamericanos

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