Una mujer espera | Relato de Miguel Bravo Vadillo

En «Una mujer espera», Miguel Bravo Vadillo desarrolla una historia contada por un camarero-escritor que lleva tiempo observando desde el ventanal de la cafetería a una mujer que espera sentada en la parada del autobús.

Esta circunstancia le invita a una larga reflexión sobre la condición humana en general y sobre la felicidad en particular.

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: Una mujer escucha

«Deja que mire unos ojos humanos; es mejor que mirar el mar o el cielo, es mejor que mirar a Dios».

Herman Melville

Desde la cafetería Moby Dick, donde trabajo como camarero, puedo ver la parada de autobuses urbanos situada al otro lado de la calle. Sentada en el banco de la parada hay una mujer con las piernas extendidas que, cabizbaja, parece mirar sus propios pies. No sabría precisar cuánto tiempo lleva allí aquella mujer, pero, desde que me fijé en ella, he visto pasar al menos cinco autobuses, y sé de buena tinta que en esa parada no coinciden más de tres líneas diferentes. Confieso que el asunto me tiene intrigado, y cuando algo me intriga de esta manera siempre pienso, como Marcelo, el curtido oficial de Hamlet, que «algo está podrido en el Estado de Dinamarca»: supongo que soy pesimista por naturaleza.

Sin embargo, es posible que la buena mujer no esté esperando ningún autobús. Es posible que haya quedado allí con alguien que se está retrasando más de lo previsto. Puede que espere a una amiga o a un familiar, puede que sea una mortal afortunada y espere al amor de su vida (demasiado optimismo para un martes por la mañana). También cabe la posibilidad, nada desdeñable por otro lado, de que esa mujer no esté esperando a nadie, sino que esté esperando algo. Todo el mundo espera algo, digo yo. Hay quienes esperan ser felices algún día, por poner un ejemplo de lo más corriente. Aunque si esperan tal cosa es porque nunca se han preguntado, con un mínimo de rigor, qué es la felicidad.

¿Y qué es la felicidad? Ya ven ustedes que yo sí me lo pregunto. No se trata de una pregunta lanzada al aire, no; pero admito que no he hallado una respuesta satisfactoria, ni objetiva ni subjetiva. Sospecho que el término felicidad está vacío de concepto o, lo que es lo mismo, hace referencia a una idea abstracta e inaccesible de puro irreal. La felicidad, según mi padecer, perdón, según mi parecer (no entiendo este lapsus, no suelo cometerlos), es un mito; y quienes la buscan, o la pretenden, no hacen sino perder el tiempo. La felicidad es inalcanzable, como el rayo de sol que se pierde tras el horizonte; ustedes lo saben y yo lo sé, es inútil fingir lo contrario. La felicidad nos tienta con multitud de disfraces, pero nada hay bajo el disfraz. Es un espejismo puro y duro, la felicidad; y prueba de ello es que tenemos la costumbre de confundirla con los anhelos todavía no satisfechos. En el fondo, somos como esos niños caprichosos y malcriados que poco después de conseguir un juguete comienzan a patalear por otro. Así es como se adueña de nuestras vidas, casi sin apercibirnos siquiera, una constante insatisfacción.

Pero a los psicólogos, por supuesto, les viene muy bien que pensemos que la felicidad es algo real y accesible, porque a partir de ese momento nace en nosotros la necesidad de ser felices. Y ahí es cuando empiezan de verdad nuestros problemas; porque, al ser incapaces de alcanzar por nosotros mismos tamaña conquista, no nos queda más remedio que acudir a un profesional –en este caso, un médico de la mente, o de la psique si ustedes lo prefieren, que estará encantado de aflojar nuestro bolsillo– para que nos ayude a superar los obstáculos que nos separan de esa perfecta quimera. Muchos aseguran, incluso, que nuestra principal obligación en esta vida es la de ser felices. Pero ¿existe, en verdad, tal obligación? Yo, desde luego, no lo creo. ¡Menuda responsabilidad si así fuera! Ni tengo la obligación ni siento la necesidad de ser feliz, puesto que la felicidad no existe. Solo los tontos o los ignorantes pueden presumir de ser felices. Los tontos, los ignorantes, los que no saben lo podrido que está el mundo; también los que se las apañan para mirar hacia otro lado y vivir alegremente, como si nada fuera con ellos (a estos no sé qué nombre ponerles). Pero el resto debemos conformarnos con pasarlo bien de vez en cuando, eso es todo. Y quizá sea mejor así, porque la gente feliz –perdón, la gente que cree ser feliz– tiene demasiado miedo a la muerte; y dicho miedo, además de un error, es una pesada carga: la vida es mucho más llevadera si no se le tiene demasiado apego.

Yo no persigo quimeras, ya digo. Me basta con disfrutar de la vida cuando se me presenta la ocasión y los vientos soplan favorables (bien es sabido, como escribió Melville, que «los vientos contrarios prevalecen abundantemente sobre los vientos de popa»; así que hay que aprovechar estos últimos, cuando se dignan hacer acto de presencia, para desplegar el velamen y vivir a todo trapo). Aparte de esto, procuro no remorderme la conciencia a causa de los posibles errores que haya podido cometer a lo largo de mi vida: no hay nada más inútil ni más pernicioso que el remordimiento, pues, a la larga, el peso de la culpa no nos deja vivir con naturalidad y confianza, sino que tiende a hundir nuestro espíritu en las negras aguas de la amargura. Esto lo sé de primera mano, pero ya hace mucho tiempo que aprendí la lección. Por eso les aseguro a ustedes que, más que perseguir la felicidad, prefiero erradicar de mi espíritu cualquier posible sentimiento de culpa que me provoquen mis acciones u omisiones; evitar el sufrimiento en la medida de lo posible es, para mí, la mayor victoria a la que puede aspirar la mente humana. Hay que asumir los errores que hayamos podido cometer, desde luego, y debemos aprender de ellos para intentar mejorar; pero esto debería bastar para dar por cumplida toda expiación. Erradicar el dolor y aprender de los errores son lo que podríamos llamar perfectos ejercicios de superación espiritual. Ahora bien, por suerte o por desgracia, los humanos siempre estaremos expuestos a cometer errores; aunque, a veces, incluso aquello que a priori nos parece un error puede acabar transformándose en un acierto. ¡Cómo saber con antelación cuándo vamos a equivocarnos y cuándo no! En verdad, este sería el culmen de la sabiduría. Pero, puesto que no lo sabemos, tampoco sería inteligente dar a ese supuesto error más importancia de la que tiene; de lo contrario, estaríamos cometiendo un despropósito más, es decir, redundaríamos en el error.

Llegados a este punto, debo concluir que tan absurdo es arrepentirnos de lo que hemos hecho como arrepentirnos de lo que no hicimos. Si lo pensamos bien, veremos que son arrepentimientos que se anulan, miserias sobre las que ninguna persona debería edificar la morada de su espíritu. Lo que importa de verdad son aquellas acciones y omisiones de las que sí nos sentimos orgullosos. En ellas deberíamos ocupar nuestra voluntad, porque son los únicos cimientos sobre los que podemos crecer y hacernos mejores y más fuertes. Siempre habrá obstáculos en el camino, siempre habrá tropiezos –vivir del todo satisfecho con uno mismo es el fantasma que persiguen los insensatos (nadie puede ser sublime sin interrupción, como aconsejara Baudelaire)–; pero las personas inteligentes y serenas, las personas juiciosas, comprendemos que lo más importante es vivir con probidad y entereza, disfrutando del enorme privilegio de estar vivos, sin por ello dejar de gozar en la medida de nuestras fuerzas el momento presente (ya saben, el viejo tópico del carpe diem). Cada instante es valioso porque podría ser el último. Y a pesar de esto, tampoco importa cuánto tiempo crea haber perdido en mi vida, pues la clara conciencia del tiempo perdido hace que valore más el que me queda por vivir. Eso es lo que debe hacer una persona sensata, y yo soy muy sensato.

Pues bien, no hay ninguna razón para pensar que la mujer de la parada no es también una mujer sensata; así que no tiene por qué estar esperando la felicidad. Es posible que esté disfrutando –a su manera, eso sí– de la vida que bulle a su alrededor. Para empezar, se trata, sin lugar a dudas, de una mujer a la que no le importa invertir toda una mañana en sentarse en un banco y ver a la gente pasar, una mujer que tiene tiempo suficiente para hacer lo que le plazca, una mujer sin prisas; quizá, incluso, una verdadera mujer (como esa que no se atrevió a buscar Diógenes con su linterna a plena luz del día), una mujer dueña de sí misma, imperturbable, a quien no le desagrada su propia compañía. Claro que, desde aquí, no puedo saber qué piensa ni qué planes de futuro tiene; tampoco es que me importe demasiado, pues para pasar el rato –ya se habrán percatado ustedes de ello– me basta con mis propios pensamientos. Además, las mañanas están llenas de trabajo aquí, en la cafetería Moby Dick, sobre todo a esta hora en que la gente acude en masa a la búsqueda de un café con tostadas. Más me vale, entonces, que me sacuda las moscas y no pierda el tiempo distrayéndome con lo que pasa en la calle.

*****

Como todo pasa, o todo llega (según se mire), han pasado las horas y ha llegado el momento en que vuelvo a tener un minuto de respiro. Casi sin darme cuenta miro de nuevo a través del gran ventanal de la cafetería. Ya es casi la una de la tarde, pero aquella mujer sigue sentada en el banco de marras con la misma actitud ensimismada. Es curioso, pero hasta ahora no había vuelto a pensar en ella. Compruebo que no está sola: más gente espera sus respectivos autobuses. Hay dos tipos que me recuerdan a los personajes de Esperando a Godot: uno de ellos se quita el sombrero y parece buscar algo en su interior, el otro mira su reloj con impaciencia. Ahora llega el autobús número ocho, y los dos ridículos personajes de Beckett suben a él y desaparecen. Es obvio que no estaban esperando a Godot. Siempre es mejor actuar que esperar, desde luego; sin embargo, y a pesar de que el enigma de la mujer de la parada me tiene intrigado, no estoy dispuesto (ignoro la razón exacta) a cruzar la calle y desentrañarlo. Sé que sería mucho más eficaz acercarme a ella y preguntarle qué hace allí, en vez de esperar a que el enigma se resuelva por sí solo; y, sin embargo, ya me ven… No hay duda de que soy un espíritu contemplativo. No es que prefiera mirar a otro lado, ni que me desentienda del problema; es que no soy lo que se llama un hombre de acción. Ni siquiera me atrevería a actuar sobre un escenario; antes bien, un incesante monólogo interior ocupa mi mente de continuo. A veces pienso que no he logrado triunfar en la vida porque mi mente no cesa ni un solo instante de barajar las más variopintas especulaciones, sin decidirse nunca por nada concreto. Quizá pienso demasiado. Incluso he llegado a temer, en alguna que otra ocasión, que este constante martilleo al que someto mi conciencia sea algo así como el tormento que precede a la neurastenia. Pero no sigamos por ahí.

Por cierto, tengo la extraña impresión de que nadie se atreve a sentarse al lado de mi peculiar amiga. Sin embargo, no tengo tiempo para reflexionar sobre este nuevo detalle porque otra avalancha de clientes irrumpe en el café: ya es la hora de tomar cañas frescas y sabrosas tapas agradables al paladar, como podría haber dicho Homero; así que no me queda más remedio que abandonar mis improductivas cavilaciones para dedicarme a lo mío. Bueno, a lo mío no, más bien al trabajo que me da de comer. Lo mío es otra cosa, pero no vale la pena hablar de eso ahora; ¿para qué? No es que me avergüence de mi vocación, lo que pasa es que mi primera novela no ha tenido la buena acogida que yo esperaba y he debido buscarme las habichuelas por otro lado. Todos tenemos un leviatán, un monstruo que combatir, y el mío es, desde que tengo uso de razón, la pobreza. Eso no quiere decir que haya abandonado mi propósito de alcanzar el éxito haciendo lo que más me gusta, aquello que conforma mi razón de ser y mi vida entera, pues no soy de los que se rinden con facilidad. De hecho, ya estoy trabajando en mi segunda novela; lo cual no es óbice para que de vez en cuando me ejercite en la escritura de un pequeño relato, como este que ustedes están leyendo ahora. Por cierto, los hechos que aquí narro acaecieron hace más de veinte años; si he escogido el tiempo presente para ponerlos sobre el papel es porque considero dicho tiempo verbal el más adecuado para que el orden de los acontecimientos fluya de la manera más acompasada y coherente posible, pero también porque me parece necesario crear en mis lectores cierta sensación de inmediatez respecto al transcurso de la historia (y eso es mucho más fácil de conseguir si el personaje narrador, que en este caso coincide con el protagonista del relato, actúa como si tampoco conociera el desenlace de su narración); de este modo, el final resultará más sorpresivo, pues la sorpresa del protagonista y narrador habrá de favorecer también la sorpresa de los lectores. Dicho de otro modo, he comenzado esta historia partiendo de lo que los escritores llamamos un final conocido. No quiero decir con esto que haya colocado el final al principio del relato, lo que quiero decir es que… Bueno, no importa; no quiero perderme en digresiones inútiles (no todas lo son, por eso empleo el adjetivo con función restrictiva; vamos, que inútiles no hace aquí las veces de epíteto, tampoco considero que la expresión digresiones inútiles sea tautológica, ustedes ya me entienden). Pero reconozco que a veces me cuesta mucho seguir el hilo de mi propio discurso y, con más facilidad de la que sería plausible, me extravío por otros derroteros. Supongo que soy incapaz de contar nada sin irme de vez en cuando por los cerros de Úbeda. Incluso he llegado a sospechar que esta manera de narrar no es un defecto por sí misma y que, al fin y al cabo, no hay otra manera de contar las cosas como es debido. ¿No les ocurre a ustedes lo mismo cuando relatan alguna de sus aventuras a quien tiene la paciencia de escucharla? No hace falta que respondan, solo es una pregunta retórica. Sea como fuere, uno debe aprender a justificar sus propias manías si no quiere volverse completamente loco; así que confío en que ustedes sepan disculparme. Pero sigamos adelante.

A ver, ¿por dónde íbamos? Ah sí: era la una de la tarde, y la cafetería comenzaba a llenarse de gente a la busca de los más variados aperitivos con que saciar el apetito y entretener el paladar. Pero como esto tampoco tiene mucha importancia, digamos mejor que ya son las cuatro de la tarde; así damos un buen salto en la cronología de la historia y recuperamos el tiempo que he perdido con mis digresiones: para algo ha de servir una buena elipsis, después de todo. A esta hora (a las cuatro de la tarde) termina mi jornada laboral y llega Ernesto, el camarero que hace el segundo turno. Su nombre, en realidad, carece de importancia (se ponga Wilde como se ponga); además, se lo he cambiado porque él mismo me dijo que si alguna vez contaba esta historia no lo citase por su verdadero nombre. Un tipo precavido, Ernesto. Por supuesto, la mujer de la parada continúa en su lugar, impasible, y no me resisto a contarle la anécdota a mi compañero recién llegado. Mientras lo pongo al corriente del asunto parece escucharme con atención, aunque de vez en cuando se sonríe con aire de suficiencia. ¡Cómo detesto esas sonrisillas socarronas y apenas encubiertas! El tipo se cree más listo que nadie porque lleva quince años trabajando detrás de la barra de un bar. «Aquí se aprende mucha psicología», sentencia a menudo en tono jactancioso. Esta es, por así decirlo, su frase favorita de todos los tiempos.

Pues bien, cuando termino de contarle la historia de la mujer de la parada, Ernesto me suelta más o menos lo siguiente: mira tío, si quieres que te dé un consejo, atiende a lo tuyo y no te metas en la vida de los demás; te lo digo por propia experiencia. Yo le digo que sí, que vale, que lo que él diga; pero que no puede negar que el caso es de lo más extraño. No obstante, y según sus propias palabras, para él aquello no tiene nada de extraño; y añade que lo mejor será que mire para otro lado y haga oídos de mercader (así dijo: «oídos de mercader»), si no quiero acarrearme problemas innecesarios. Según él, aquí voy a encontrar de todo; porque esta ciudad no es como la aldea de la España profunda de la que yo provengo (y yo me pregunto ahora si aquel bruto, aquel ignorante supino conocería el verdadero significado de la expresión España profunda, más acorde con su natural condición que con la mía, si me permiten ustedes la inmodestia; mejor hubiera hecho en emplear la expresión España vaciada, mucho más apropiada al caso, aunque es bien cierto que no se estilaba tal expresión hace veinte años, o, al menos, yo no lo recuerdo). Pues bien, en lugar de mandarlo a hacer puñetas, solo me atrevo a decir algo como: ya, ya, pero no sé… Él insiste en que aquí, en una ciudad populosa y tal, cada uno va a lo suyo y nadie se mete en lo que no le importa, es decir, en la vida de los demás. Y luego me aconseja que deje de pensar en tonterías o el jefe se dará cuenta de que no estoy a lo que tengo que estar. Zapatero a tus zapatos, concluye tajante. En fin, con tipos así es mejor no hablar; y como estoy deseando volver a los brazos de Nadia, decido olvidarme de todo y me marcho a casa.

La historia de Nadia es bastante complicada, pero no voy a satisfacer la natural curiosidad del lector narrándola aquí, porque no tiene ninguna relación con el asunto principal de mi relato. O a lo mejor sí, no sé; pero por nada del mundo quisiera divagar más de lo necesario, así que solo diré que a Nadia le hacía mucha ilusión comenzar una nueva vida en un país civilizado y próspero, un país en el que no fuese difícil tener una oportunidad para salir adelante y vivir de la manera más digna posible; por eso vino a España y por eso se instaló en esta ciudad tan bulliciosa y tan poco profunda –tan superficial, vaya–. Y es que, como ya habrán adivinado ustedes, Nadia es «una inmigrante extranjera» (según ella misma dice). A mí me gustó de inmediato: tiene esa belleza eslava que sabe elevar lo mejor de mí mismo a esplendores insospechados y una generosidad natural capaz de satisfacer mis mejores deseos. Es Nadia una mujer dulce y comprensiva con el género humano, lo cual, aunque yo no lo acabe de suscribir del todo, provoca en mí una sincera admiración por su persona. ¡Y hay tan poca gente en este mundo que me parezca admirable! Quizá solo se trate de una sensación mía, pero a veces creo que la bondad abunda menos que el talento, que ya es decir. Por otra parte, hay gente que solo tiene talento para hacer el mal; y lo más triste de todo es que no dudan en hacerlo si con ello han de conseguir algún beneficio personal, por nimio que este sea. Nadia, sin embargo, rezuma bondad por todos sus poros; lo cual vale tanto como tener talento creativo. Ya quisiera yo que la medida de mi arte fuese equiparable a la de su bondad.

Nadia es mejor persona, desde luego, que la última mujer que conocí (entiéndase esta expresión en sentido bíblico), y cuyo nombre prefiero no citar aquí. Solo diré de ella que puso pies en polvorosa en cuanto se enteró de que todas mis ambiciones profesionales se reducían al ámbito de la escritura creativa. De poco sirvió que le hablase de las privaciones que sufrió Hemingway antes de hacerse famoso. A ella, claro está, le importaban un carajo Hemingway y sus privaciones. Tampoco le debían de importar mucho sus libros, porque no leyó ninguno. Solo le atraían los hombres que saben hacer dinero, y detestaba a los que poseían un espíritu soñador y reflexivo. De hecho, para ella, más que un espíritu contemplativo yo era algo así como un espectador de la vida, alguien que nunca se atrevería a coger el toro por los cuernos por muy necesario que esto fuera. Pero Nadia es muy diferente. Nadia es una mujer noble, aunque, como todas las cosas nobles, tiene cierta sombra de melancolía (esto también lo dijo Melville); pero no me entiendan mal: la melancolía de Nadia no es permanente ni enfermiza. Yo diría que se trata, más bien, de una vaga, reposada tristeza que de cuando en cuando asoma a sus ojos plenos de inteligencia. Y eso la hace aún más atractiva para mí. Es verdad que a veces no parece muy lista, aunque las extranjeras que no hablan bien nuestro idioma pueden producir, en ese sentido, una impresión errónea. De todos modos, no es conveniente que saque conclusiones precipitadas sobre su carácter ni sobre su inteligencia, ya que hace muy poco tiempo todavía que trocamos una relación comercial, por decirlo así, en una relación de pareja.

Cuando llego al piso, Nadia me rodea con sus brazos y me besa con una desenvoltura cautivadora. Su beso, fluido y prolongado hasta la extenuación, hace que olvide todas las fatigas del día. Su belleza ocupa ahora mi mente por completo, y, embriagado por la estimulante vivacidad de su cuerpo –tan lujuriante como elástico, su liviano cuerpo–, dejo, por fin, de divagar. Nadia es la mujer idónea para salvarme de lo peor de mí mismo, el perfecto revulsivo para mi desasosiego. Y ahora, mientras suenan de fondo las sonatas para clavecín de Scarlatti, nuestros espíritus (ayudados por las más que saludables herramientas de la carne) se confunden entre las sábanas con acompasada y sublime lascivia. ¡Quién, en su sano juicio, puede decir que la vida no es bella!

En fin, una de las principales consecuencias que tiene escuchar al bueno de Domenico con el estómago vacío es que te emocionas con felicidad, perdón, con facilidad. Por cierto, recordarán ustedes que antes, algunos párrafos más arriba, me preguntaba en qué consiste la felicidad. Pues bien, hacer el amor con Nadia mientras Blandine Verlet desliza sus ágiles dedos por el teclado (aunque solo se trate de una grabación en CD) es algo que, a mi parecer, se asemeja mucho a la felicidad. Durante esos momentos, al menos, puedo disfrutar de ese deseable «estado de grata satisfacción espiritual y física», que es como la RAE define (ya es audacia) la felicidad. En cualquier caso, y en lo que a mí respecta, la satisfacción que ahora experimento es una satisfacción pasajera (¿acaso no es efímero todo placer?). Después de todo, el disco de Blandine dura poco más de cincuenta minutos. Luego, uno vuelve a la cruda realidad. La próxima vez que hagamos el amor probaré a poner de fondo una ópera de dos o tres horas de duración (ya saben: lo bueno, si abundante, dos veces bueno). Y es que hacer el amor con Nadia se está convirtiendo en uno de los principales platos de mi dieta espiritual. Con todo, conviene alimentar el cuerpo de vez en cuando, y hoy apenas he tenido tiempo de picar nada en el bar. Así que le propongo que compartamos la ducha y luego nos pongamos nuestras mejores galas para salir a cenar en el restaurante más selecto que pueda permitirse mi bolsillo. El plan le parece genial, así que acepta encantada.

Cuando salimos a la calle todavía es pronto para cenar, y Nadia sugiere que demos un paseo por el centro. Aunque es temprano, ya ha anochecido y las luces de la ciudad desgarran la oscuridad de la noche bajo un cielo estrellado y frío. Las calles están abarrotadas de gente y la profusión de luminarias es descomunal. ¡Ya huele a Navidad! Nadia mira a diestra y siniestra con los ojos muy abiertos, y una amplia sonrisa se dibuja en su rostro aniñado. Imagino que en su país llevaría una dieta muy estricta, porque puede pasar horas y horas sin llevarse nada comestible a la boca. Yo comienzo a sentir un apetito voraz, pero a ella se le antoja entonces visitar unos grandes almacenes. Nadia cambia de planes con una facilidad pasmosa y, lo que es más desconcertante, sin previo aviso. De hecho, pasadas las nueve y media de la noche, me dice que le gustaría conocer la cafetería en que trabajo y que podríamos picar algo allí y dejar el restaurante caro para otro día. Una vez que ha tomado una decisión, es inútil llevarle la contraria; a pesar de que a mí no me apetece nada en absoluto volver a ver a Ernesto, pues, dicho sea de paso, me parece un tipo de lo más impertinente y lenguaraz. Además, me consta que se burla de mí porque soy un escritor que trabaja como camarero para poder comer; mientras que él, y siempre según sus propias palabras, vive del oficio que le gusta. Pero tengo tanta hambre que no me importaría enfrentarme a la mismísima ballena blanca con tal de arrancarle un filete del lomo. Conclusión: nos encaminamos hacia Moby Dick, que, por otra parte, está muy cerca de donde nos encontramos en este momento.

Llegamos, pues, sin ninguna novedad; y, una vez hechas las presentaciones de rigor entre Ernesto y Nadia, abro la carta de tapas y raciones en busca de algo sólido con que acallar las efusivas protestas de mi estómago. El modo en que Ernesto se come a Nadia con los ojos es casi insultante, pero ella no parece darse cuenta o, tal vez, lo ignora a propósito; antes bien, fija su mirada en la carta, como esforzándose por entender qué es cada cosa. Por supuesto, yo hablaré con él mañana mismo, a solas: sería demasiado bochornoso para mí discutir con un zafio semejante delante de Nadia, sobre todo, con el estómago vacío; y es que no me fío de mí mismo cuando estoy hambriento. Por cierto, yo ya he decidido qué voy a cenar, solo deseo que Nadia elija lo antes posible para pedir los dos a la vez: uno es un caballero, y que esté muriéndome de hambre no es razón suficiente para perder las buenas maneras. Sin embargo, parece que a ella le cuesta decidirse. Iba a recomendarle un par de platos cuando, como al descuido, miré a través del ventanal. No pude dejar de sentir un ligero escalofrío recorriendo mi espalda cuando vi que la misma mujer, sucia y escuálida, continuaba allí sentada, en el banco de la parada.

Quizá ustedes no se hayan percatado de ello, pero sin querer he cambiado el tiempo verbal de la narración. Discúlpenme. Vuelvo al presente para pedir a Ernesto que mire hacia la ventana (así apartará sus ojos de Nadia, aunque solo sea por un momento). Aún sigue ahí esa mujer, le digo. No le he prestado atención, me dice él, pero seguro que no es la misma prójima, añade; uno se encuentra con mucha gente así por la calle, y todos se parecen. De todas formas, continúa, ya te dije que eso no es asunto mío. Si tanto te interesa, ve y habla con ella; quizá se trate de otra escritora muerta de hambre, y hagáis buenas migas los dos. Por cierto, cuando hayáis decidido qué queréis tomar me avisas; a no ser que prefieras pasar la comanda tú mismo: ya sabes dónde está la cocina, ¿no? Y mientras dice esta última frase, pone una de sus manazas sobre mi hombro, para rematar su agudeza con tres ágiles palmaditas. Bueno, encantado de conocerte; concluye, dirigiéndose a Nadia, a la que, dada la extrema vulgaridad que lo caracteriza, no puede evitar guiñarle un ojo. Seguro que cree que no me he dado cuenta, pero sí me he dado cuenta; aunque eso a él le importe un comino. Mañana ya hablaremos tú y yo, pienso para mi coleto. Por fin lo reclaman otros clientes, y debe marcharse con paso decidido; pero como ya me temía, a medio camino gira la cabeza para dedicarme una de esas sonrisillas burlonas que tanto detesto. Mañana le canto las cuarenta sin falta, entonces sí que me va a oír.

Una vez a solas los dos, Nadia se interesa por la historia de la mujer de la parada. Yo le cuento que lleva sentada allí todo el día, aunque a nadie parece importarle lo más mínimo. Nadia me pide que hablemos con ella y que tratemos de averiguar si necesita ayuda. Pero, ahora que Nadia siente interés por la desconocida, no tengo muy claro que sea una buena idea meterme donde no me llaman. No le digo ni que sí ni que no, claro; pero sí que preferiría, en todo caso, comer algo antes. Ella, con su español estrafalario, alega que no podría comer a gusto sin resolver primero aquel misterio. Le digo que a lo mejor aquella mujer se molesta si hablamos con ella; después de todo, no la conocemos de nada. También a lo mejor, dice Nadia, que ella agradece interés de nosotros; quizá tiene mal, es enferma o perdida, a lo mejor que no comer nada en todo el día. También yo estoy muerto de hambre y eso no parece importarte, me quejo. Además, añado, es posible que se trate de una de esas chifladas harapientas que deambulan por las calles vociferando proclamas sobre el fin del mundo. Quizá, sigo diciendo, lleve un arma oculta bajo el sucio abrigo, y está esperando a que alguien se le acerque para empezar a pegar tiros a diestro y siniestro. O quizá, dice Nadia, espera autobús de su vida que nunca llega. ¿Cómo hablas tú esta noche?, pregunta. La vida son esos autobuses que pasan mientras esperas otro que a lo mejor no pasa nunca, le aclaro. ¡Eso, tak, sí! Eso no tiene nada que ver con el caso, le digo; además, la frase me la inventé inspirándome en una cita de John Lennon que ahora no recuerdo. Pero ya sabes cómo acabó Lennon: lo mató un loco trastornado. Digo «loco trastornado» haciendo hincapié en la tautología. Pero mujer no llevar arma y disparar gente, ni es… ¿cómo decir tú? ¡Una chiflada!, protesto. Y le aclaro que chiflada es lo mismo que loca. Chiflada, sí; pero mujer no chiflada que dice fin del mundo; hombre sí puede ser chiflada o loco. Tú ser bueno conmigo, pero a veces yo no comprende a ti.

Después de mucho no comprender o de no dar su brazo a torcer, no sé, acabo claudicando ante las súplicas de Nadia (supongo que estamos en esa fase de la relación en la que ella siempre se sale con la suya). Solo le pongo una condición: que me deje hablar a mí. Bien, sí; tú hablas mejor bien, tak. Quizá yo hable mejor bien que ella, pero lo cierto es que soy incapaz de pensar con un mínimo de claridad cuando mi estómago se queja de puro ocioso. Mejor también, dice Nadia, llevamos comida, bocadillo para ella. Pues ya está todo dicho: compramos un bocadillo para la desconocida ensimismada y emprendemos la pequeña aventura. Yo tengo tanta hambre que podría comerme el bocadillo en la mitad de tiempo que el semáforo que ahora nos impide cruzar la calle necesita para cambiar de color. Incluso, en una ráfaga de pensamiento involuntario, he llegado a desear que aquella buena mujer se niegue a aceptar la imprevista pitanza para así poder hincarle el diente sin el menor remordimiento de conciencia. Para colmo de males, comienza a lloviznar.

Por fin llegamos ante la absorta mujer, y ahora sí que no me cabe la menor duda de que se trata de una indigente; así lo delatan su mugriento aspecto y su olor fétido, casi putrefacto. Por sus rasgos faciales parece una mujer sudamericana, pero no sabría decir de qué país. Le pregunto si tiene hambre, pero no dice ni esta boca es mía; a decir verdad, ni siquiera me mira. Puede que se trate de un ser profundo, ya saben, uno de esos seres que, al decir del propio Melville, tienen poco que decir a este mundo, a no ser que se les obligue a balbucir algo para ganarse el pan. Pero yo prefiero tomar su silencio como una negativa a mi ofrecimiento, así que no me disgusta que calle (quien calla, otorga, ya saben). ¿Ves?, pasa de nosotros, le digo a Nadia. Seguro que no tiene hambre, añado, y que le gusta estar sola para pensar en sus cosas; será mejor que no la molestemos más. Mientras hablamos, dos señoras mayores, que aguardan de pie a cierta distancia de la extraña mujer, nos miran con recelo: parecen sorprendidas ante el espontáneo interés que demostramos por la desharrapada y estática vagabunda. Ahora me aparto unos pasos con Nadia e insisto en advertirle de que nunca se sabe cómo puede reaccionar este tipo de gente. Y no te preocupes por el bocadillo, le digo, que ya me lo como yo. Nadia, sin embargo, me quita el apetitoso manjar de las manos, al que, a su vez, retira el papel de aluminio (tal vez para dejar plena constancia de que está ofreciendo comida de verdad), y vuelve a acercarse a la indigente menesterosa con decisión, como dispuesta a sentarse a su lado y conversar con ella de igual a igual; pero de repente se para en seco. Noto en sus ojos la sombra de una duda; de una sospecha, más bien. Entonces hace el amago de tocarle el hombro, pero se lo piensa mejor y opta por agitar una mano muy cerca de su mirada ausente: ojos que son mirados, pero que ya no miran, y bajo los cuales permanece esculpida –ahora podía verlo con absoluta claridad– una mueca entre cómica y desgarradora. Mi peor presentimiento se hace patente: la extraña mujer ni siquiera pestañea. Y Nadia, sobresaltada, deja caer el bocadillo con toda la fuerza de la gravedad.

FIN DE LA HISTORIA.

Post scriptum. Mañana, sin embargo, será otro día. Y el sol, indiferente a nuestras desgracias, continuará alumbrando nuestros pequeños quehaceres y nuestros ridículos desvelos.

Miguel Bravo Vadillo

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