Cuento de Miguel Bravo Vadillo: La receta

Hace ya mucho tiempo que leí, valga decir que con más entusiasmo que devoción, las obras completas de Blaise Pascal. Al parecer ese tipo intentó demostrar la existencia de Dios con una ecuación matemática, hasta que comprendió que dicha ciencia aún no había avanzado lo suficiente respecto a determinados cálculos. Por suerte, un trastorno depresivo con características psicóticas le hizo experimentar muy oportunas alucinaciones, de tal guisa que pudo cerciorarse de la existencia divina con sus propios ojos, que siempre es un camino mucho más fácil y rápido –no sé si más fiable– que el de la experimentación científica. No es que él necesitara ver para creer, pues con la mucha fe le bastaba; pero, sin menospreciar el poder de la razón y menos aún el de la fe que mueve montañas, tampoco es cuestión de hacer ascos a una provechosa ayudita de los sentidos. Amén de beatíficas visiones, también sufrió delirios intelectuales que lo llevaron a afirmar que el hombre es una caña pensante o a desarrollar el disparatado argumento conocido por todos como Apuesta de Pascal, según la cual merece la pena creer en la existencia de Dios porque si este existe ganaremos la gloria eterna, mientras que no tendríamos nada que perder en el caso de que Dios no existiera; ahora bien, si no creemos, nos arriesgamos a una condena eterna. Yo no veo la correlación entre una cosa y la otra, aunque lo que yo vea o deje de ver no viene al caso. El caso es que no solo la existencia de Dios es indemostrable (como ya admitía el propio Pascal), sino que, aunque Dios existiese, todavía quedaría por demostrar la existencia de dicha gloria eterna, así como que este será el premio que Dios tiene reservado a los interesados creyentes, y no otro muy distinto, como un fin de semana post mortem en Delfos (ombligo del mundo), por poner un ejemplo como otro cualquiera; además, cada creyente tendrá su propia noción de cómo le gustaría que fuese el mundo de ultratumba, aunque es posible que este no se parezca a nada que nadie haya sabido imaginar nunca (no sé si esto último está bien expresado, pero seguro que ustedes entienden lo que he querido decir). Tampoco es cosa probada, me parece a mí, que si Dios existe y no creemos en él, habremos de ser condenados al fuego eterno. Sea como fuere, y ahora según el parecer del autor de Pensamientos, en todo lo referente a estas cuestiones tan teológicas, a la ya referida caña le interesa más echar mano de la fe tamizada por el propio interés personal que no perder el tiempo en razonamientos que no conducen a nada y que son de todo punto irrelevantes a tenor de la materia que nos ocupa. Si lo pensamos bien, tampoco hace falta que la caña pensante esté pensando todo el rato; aunque el mismísimo Pascal, como buen neurótico, no dejara de comerse el tarro ni un segundo. De hecho, a la idea de la consabida apuesta que lleva su nombre llegó, como cabe suponer, a través de sistemáticas y concienzudas reflexiones; vamos, que, en este caso, su propia razón le echó una mano para desentenderse de sí misma y, aunque parezca contradictorio, llevarlo en volandas al amparo de la fe. Cosas más extrañas se han visto, dirán ustedes; y tendrán razón.

Pascal, por su parte, apostó por la vida ascética y ganó un cáncer de estómago. ¡Qué me va a enseñar este a mí! «Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios», cantaba en puro éxtasis místico. Como diría el legendario Homero, murió a causa de sus propias locuras. ¡Y es que hay innúmeras formas de comerse las vacas del Sol, hijo de Hiperión! Y una de ellas es el ayuno prolongado y otras privaciones que exige el ascetismo a quien persigue la purificación espiritual profesando su doctrina. Tampoco es muy recomendable la ingesta de pan de centeno contaminado por cornezuelo, una sustancia psicoactiva que provoca efectos alucinógenos si es consumida en cantidades pequeñas, pero que en grandes cantidades podría ocasionar demencia o la muerte por gangrena. No hay que descartar que Pascal sufriera este tipo de alucinaciones –a las beatíficas visiones me refiero– por ingerir pan de centeno en mal estado. Antonio de Padua, sin ir más lejos, padre guardián y sacerdote de la orden franciscana, predicador, teólogo, santo y doctor de la Iglesia, murió, según revelan algunas fuentes, de ergotismo causado por la ingesta de centeno contaminado por cornezuelo; pero antes tuvo tiempo de sufrir no pocas alucinaciones, incluida la visita del niño Jesús. Resulta curioso que esta enfermedad sea conocida por los nombres –tan sugerentes como contradictorios– de Fuego sagrado o Fuego del infierno, también lo llaman Fuego de San Antonio (no por Antonio de Padua, sino por Antonio Abad, cuyos seguidores, los antonianos, se dedicaron a cuidar, que no curar, a los enfermos aquejados de este mal). «¡Fuego!», precisamente, es la palabra con la que Pascal inicia Memorial, ese breve texto donde plasma las impresiones de su espíritu tras su primera visión transformadora. Claro que la mencionada visión pudo estar propiciada por causas diferentes a la de la ingesta de cornezuelo, y habida cuenta de que tuvo lugar tras un accidente de carroza (tan célebre como supuesto), podría haber sido causada por un fuerte golpe en la cabeza en conjunción con el deslumbramiento del propio Sol («La certidumbre llega con un deslumbramiento», escribió Guillén –Rafael Guillén, que no Jorge; aunque esta suerte de conocimiento no la ignora ningún poeta, y podría haberlo escrito cualquiera); por lo demás, dicho deslumbramiento pudo producirse incluso tras la pérdida de la consciencia, en caso de que el golpe hubiese sido demasiado fuerte, y no cegado por la luz sino por la oscuridad («Cierro los ojos. Y persiste un mundo/ Grande que me deslumbra… Mi certidumbre en la tiniebla fundo», escribe Guillén –Jorge Guillén, en este caso, que no Rafael–). Por cierto, Helios (ya saben, el Sol, el dueño de las vacas que se zamparon los compañeros de Ulises) también conducía un carro, aunque sus corceles tenían la particularidad, al decir de Píndaro, de arrojar fuego; así que es posible que, tras el asombroso accidente de carroza, Pascal no viera al dios de los cristianos sino al dios Sol y sus fogosos equinos. Pero no crean que estoy divagando, lo que pasa es que me encanta jugar a relacionar unas ideas con otras, lo hago, en realidad, casi sin darme cuenta. Admito que a veces puede parecer que me adentro por los enrevesados caminos de la digresión, pero no les quepa la menor duda de que siempre sé dónde estoy y a dónde quiero llegar. Así que no teman ustedes que me pierda en alguna encrucijada, ya sea física o mental. Por supuesto, además de saber dónde estoy y a dónde voy, «yo sé quién soy» (como bien dijera don Quijote después de hacerse caballero andante). No sé qué soy –solo un verdadero loco presumiría de tal cosa–, pero sí sé quién soy. Al fin y al cabo, el qué y el quién son cosas muy dispares. ¿Y quién soy?, se preguntarán ustedes. Pues soy, oh «grandeza del alma humana» (Pascal), entre otros muchos yoes que no viene al caso citar aquí (y entre ellos uno del que reniego de manera especialísima y particular), el autor de estas líneas con las que pretendo demostrar, aunque solo sea a mí mismo, que mi fingida locura no es cosa de la que deba preocuparme en demasía si cada noche, y gracias a los esfuerzos y desvelos de mi vehemente pluma, logro dormir a pierna suelta y disfruto de un sueño tan reparador como profundo. También soy, y por encima de todas las cosas, aquel que con cada palabra pretende rescatar un dulce vestigio del sol de su infancia, para experimentar de nuevo –siquiera durante un instante– el abrazo sublime de su fuego sagrado y eterno.

Por su parte, estos introductorios rodeos –estos preliminares solo en apariencia innecesarios– no son más que el medio –o, mejor dicho, el preámbulo– con el que pretendo ilustrar las oscilaciones –entre la calma y la tormenta, entre la serenidad y el fulgor– que sufrió mi estado de ánimo mientras leía aquellas perturbadoras y encendidas palabras que Blaise Pascal plasmó en una pequeña hoja de papel la noche de fuego del 23 de noviembre de 1654. «Alegría, alegría, llantos de alegría. (…) Renuncia total y dulce». Entonces sí que comencé a recelar de mi propia integridad psíquica. Me sentía inquieto y confuso, como jamás antes en toda mi vida; e incluso podría jurar con gran juramento y por las aguas del río Estigia, o por las del río Lete (y que olvide todo cuanto sé si miento, pero que Mnemósine me asista siempre en todos y cada uno de mis cantos si digo la verdad), que se me aparecieron las nueve musas «cantando al unísono el presente, el futuro y el pasado», tal y como las describe Hesíodo en su Teogonía. Un amigo mío, como ya quedan pocos, me recomendó visitar a un psicólogo. Es evidente que este buen amigo no conocía el célebre aforismo de Karl Kraus que reza «El psicoanálisis es la enfermedad que se reivindica a sí misma como una cura». Por lo que decidí hacer caso omiso de su recomendación y, en vez de acudir a un psicólogo, visité a un psiquiatra, cuyos usos y prácticas también difieren, en gran medida, de los de aquel. Además, hasta ese momento yo tenía bastante más fe en los medicamentos que en la mera palabrería. Desde entonces, sin embargo, soy consciente de que la medicina no cura, si acaso alivia durante algún tiempo (por regla general, bastante breve: tempus brevis est, ya saben); y, a la postre, mata. Voltaire diría que la medicina solo entretiene al enfermo, mientras que la naturaleza es la verdadera sanadora. Pero comoquiera que yo no soy médico ni psicólogo, tampoco naturista (y mucho menos naturalista), pues prefiero no meterme en camisa de once varas y no sentar cátedra sobre nada, solo exponer los hechos mondos y lirondos. Y los hechos son que allí estaba yo, en la consulta del doctor Maldonado, poniendo a prueba su bendita paciencia. Y, después de explicarle mi cuadro sintomático de manera clara y objetiva, ilustrando mis achaques y trastornos con todo lujo de detalle –y, ¡cómo no!, haciendo especial hincapié en que yo no era uno de esos hipocondríacos a los que suele interpretar Woody Allen en sus películas–, el paciente doctor extendió la pertinente receta.

Una vez en casa, leí el prospecto del fármaco con la mayor atención posible. En verdad, los comprimidos en cuestión están indicados de manera específica para personas con trastornos de ansiedad, así como para el alivio sintomático de la agitación aguda, el temblor y las alucinaciones. Suele utilizarse también como relajante muscular, tranquilizante, sedante y anticonvulsivo. Además, aunque en menor medida, también resultan eficaces contra la depresión, la confusión, las náuseas y el vértigo. Todo, pues, parecía estar en orden. Sin embargo, como me considero un hombre responsable y meticuloso (véase la primera acepción del DRAE, que no la tercera: yo no soy para nada medroso), nunca tomo un medicamento sin consultar antes los posibles efectos adversos y/o secundarios. Eran extensos y variados, pero los más comunes hacían referencia a potenciales estados de confusión, excitación aguda, ansiedad, trastornos del sueño, náuseas y alucinaciones (es decir, justo las dolencias que el medicamento prescrito pretendía curar). «Si nota alguno de estos efectos», continúa la leyenda, «interrumpa el tratamiento y consulte inmediatamente a su médico». En fin, que no cunda el pánico, dije para mi coleto; después de todo, «la contradicción no es indicio de falsedad», como asimismo señaló Pascal. De hecho, él creía con igual certeza tanto en la existencia del vacío como en que Dios está en todas partes. Tan contradictorio como eso.

En cuanto a mí, me deja bastante frío si Dios es ubicuo o no; pero sí es verdad que siempre he sentido verdadero horror vacui. Y no es que piense, con Aristóteles y sus seguidores, que la Naturaleza aborrece el vacío; a mí me da igual lo que la Naturaleza aborrezca o deje de aborrecer. Tampoco soy un culterano a lo gongorino (y no lo digo con sorna). Pero me espanta ver la hoja en blanco, por eso siempre estoy emborronando papeles; además, así mantengo la mente ocupada en algo. Esto es muy importante para mí, y ya lo considero remedio bastante para mantener a raya mis manías. Mi imaginación se desborda para lo bueno y para lo malo; pero mientras pueda plasmar mis quimeras sobre el papel, siempre será para lo bueno. Solo así los gigantes –o los monstruos marinos o esos dragones que exhalan su terrible fuego más allá de las fronteras seguras y conocidas por el corazón del hombre– no atormentarán mi conciencia, sino que deambularán por los restringidos límites de la hoja de papel, donde, tarde o temprano, serán abatidos por mi fuerte brazo. Porque el enemigo a batir es la realidad y nada más que la realidad. Y para vencerla no necesito ninguna ayuda externa, sino que me basta con mi propia fantasía. Así que poco me importa si mi imaginación me juega alguna mala pasada y hace que, de vez en cuando, me sienta confundido, o sufrir siquiera algún que otro espasmo: si este es el precio a pagar por vivir fuera de la realidad, lo pagaré a gusto. Por otra parte, ¿acaso no es cierto que vivimos tiempos convulsos y confusos?; al menos, eso es lo que dice la mayoría de la gente: y las mayorías, según dicen también las propias mayorías, nunca se equivocan. Conque mi supuesta locura, en última instancia, tampoco habrá de desentonar mucho con la universal locura que rige este mundo en que vivimos.

En conclusión, decido tirar toda esta mierda –a los medicamentos me refiero– por el retrete. Porque la experiencia me ha demostrado que las drogas son para los débiles, para los que no resisten la vida a palo seco. Y si no me curo, tampoco importa, ya que solo en la enfermedad el ser humano es como debería ser; y esto también lo dijo Pascal, que no me lo invento yo. Además, yo sé muy bien cuál es mi enfermedad, la conozco al dedillo; y sé también que no solo me ha salvado la vida, sino que me ha hecho más humano, más yo mismo (sea eso lo que sea). Esta enfermedad mía es, por supuesto, la literatura, el arte de escribir. Pero también es la mejor receta que conozco, pues, al igual que aquella sana locura que elogiaba Erasmo, espanta de mí el tedio de la vida y las preocupaciones del espíritu. «Escribir te salvará, y no esas asquerosas pastillas», dijo alguien una vez; alguien de cuyo nombre no consigo acordarme porque mi memoria, lo acepto sin rencor, ya no es la que era. FIN.

Entrevista a Miguel Bravo Vadillo

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