Almas gemelas. Cuento de Rafael Garcés Robles

Por un amigo, Ramón se enteró que Berenice llegaría a la ciudad proveniente del extranjero; muy discretamente, Ramón fue al terminal aéreo y se coló entre los familiares y amigos que esperan a los repatriados en el muelle internacional. Con exactitud, eran cincuenta años, seis meses y veinte días el tiempo que marcaba en la cuenta de Ramón, desde el último momento que la vio partir en un destartalado bus, al terminar sus estudios secundarios en el pueblo donde la había conocido. Ramón la identificó por su sonrisa agradable y el brillo de sus ojos al explayar su mirada en la búsqueda de sus parientes que saltaban y coreaban su nombre tras los cristales. “Aún estás bella y lozana a tus sesenta y seis años”, parecía decir como si Berenice estuviera enfrente a él.

Después de los abrazos, los besos y de preguntas tras preguntas sin respuestas, su comitiva empezó a desfilar; por fuera de ese barullo que pasó cerca a Ramón, hizo que se atreviera a gritar:

–¡Adios Berenice! –Ella miró y saludó con la mano en alto, algo desconcertada ante ese señor que no identificó en esa premura.

Luego de unas semanas, el amigo que lo alertó de la llegada de Berenice le informó que ella había viajado a su pequeña ciudad de origen donde se radicaría definitivamente. José, su confidente, prometió conseguir el número de su celular; sólo él sabía del amor guardado por Ramón hasta la obsesión durante todo el tiempo que ella se perdió de su vida y tomaron rumbos diferentes.

Ramón guardó en su celular el contacto con Berenice, sin atreverse a llamarla por muchos días:

 “¿Me recordará?”. “¿Estará con su esposo?”. “¡Y su amor, y su corazón!”. “Y yo en su vida, ¿qué?”.

Ramón repasó todas esas noches interminables de años tras años, hasta cuando el amanecer entraba a su escondite por la puerta entreabierta que nunca pensó en cerrar, para verla pasar en cada sueño: lejos de sus brazos, de sus besos, de su calor, pero cerca de una esperanza guardada en tiempos de esperanzas que podrían llegar, cuando vería a Berenice cruzar el umbral de su refugio. Ella estaba de regreso a su mundo real, pero ¿era ella real para Ramón en el mundo de ella? ¿Acaso ese amor alimentado en el dolor de una distancia sin correspondencia, se merecía ahora, el desencanto y el tormento de la duda y de la incertidumbre?

La fresca tibieza de un sol mañanero motivó en Ramón la decisión de llamar a Berenice:

–¡Aló! –respondió una hermosa y fresca voz, tanto que Ramón dudó que fuera Berenice, pero decidido se identificó con su nombre al responder. Con efusividad y emotividad, ella contestó:

 –¡Hola, Ramoncito! ¡Qué alegría escucharte, tiempos sin saber de ti!-

Casi titubeando, Ramón le dio la bienvenida al país y en un minuto con palabras entrecortadas le habló de su desamor ante su ausencia y de la penuria de medio siglo buscando su camino. Berenice, con una paz que brotaba de alma, también manifestó que hubo tiempos que los recuerdos no amainaban. Nuestros errores de juventud, tal vez ya los saldamos, le dijo para calmar su sentimiento. Luego, la conversación fluyó con recuerdos de momentos, de viejas canciones, de anécdotas estudiantiles y del último abrazo.

–¿ Puedo llamarte en otro momento? Lo digo por tu esposo –aclaró Ramón.

Con la serenidad de haber superado episodios de su vida pasada, ella contestó:

–Enviudé hace varios años. Ramón, llámame cuando gustes.  

Quedaron en silencio y en esos segundos se cruzaron sus sonrisas invisibles hasta despedirse con un tenue: ”adiós”.

En las siguientes conversaciones, se manifestaron mutuamente: sus amores sin olvidos, sus amores con nostalgias. Ramón le contó que sus amorosos versos los soltaba a volar con la esperanza de ser llevados donde ella por los vientos amigos; ella recordaba que llegaban vientos que la abrazaban y le hablaban de él. Comprendieron que nunca se habían olvidado, aunque los pasos que debieron andar no les permitieron cruzar juntos ese puente que los pudiera unir, pero juntos desde sus distancias construyeron un camino donde ahora, podrían andar cogidos de la mano. En las noches, se enviaban versos, Ramón le escribía:  – Es verdad que el sol / alumbra el universo entero / pero es más verdadero / que tú iluminas mi existencia toda.-

Berenice le responde:

Ramón: me quedo sin palabras / cuando me dices: “Te amo”/ sólo sé que te llevo dentro de mí / y allí vivirás por siempre.

En tres meses de continuas llamadas y largas charlas, se conocieron tanto que, ese medio siglo de separación, se acortó, era como si la despedida hubiera sido la noche anterior, luego de las visitas del noviazgo: hablaban de los tejemanejes de los trabajos que desempeñaron; de las afujias de sus vidas; de la crianza de sus hijos, pero en un acuerdo que nunca pactaron, no mencionaban a sus parejas ni su vida marital ni su estado sentimental pasado. Ese episodio siempre lo pasaron por alto, parecía que su reencuentro lo hubiese borrado. Siempre estaban de acuerdo como a sus dieciocho o veinte de sus edades plenas de amor. Lo que ella pensaba, lo pensaba él; estaban tan compenetrados, que, en una ocasión llegó a la mente de Ramón un mensaje repentino, que copió literalmente verso a verso en su cuaderno de notas:

 “Sol: dale un abrazo fuerte y caluroso, / que no tenga frío. / Viento: llévale mis besos guardados. / Lluvia: cántale al oido / mi canción favorita. / Que la tierra que pisa guarde sus pasos / y no los borre el tiempo, / algún día los encontraré / porque son los mismos pasos / que yo camino “. Y cuál sería el asombro de Ramón cinco minutos después, al recibir de Berenice el mismo mensaje de amor enviado a su whatsapp, aclarando ella, que acababa de escribirlo para él, en medio de un torrentoso aguacero. Ramón, asintiendo con la cabeza, sonrió maravillado y empezó a cantar la canción favorita de ella: “Cuando te acuerdes de mí.”

Ellos sabían que estaban escribiendo su historia de amor, una historia que parecía nunca haber sido interrumpida. Para complementar su leyenda planearon un primer reencuentro que fracasó ante una intempestiva llegada de un hermano de Berenice a quien no veía por más de una década; y luego, unos y otros proyectos planeados se fueron esfumando por motivos diferentes, hasta el crecimiento de un río que rebozó y anegó la vía, obligó a Ramón a devolverse, estando a media hora del lugar de la cita con Berenice. Jocosamente se decían: “Nos hemos esperado toda una vida, qué importa un ratito más”. Aunque pensaban: los días, las horas y los minutos corren ahora más rápido.

Se acostumbraron tanto a estar pendientes el uno del otro, desde las distancias, que en ocasiones no necesitaban del celular para comunicarse, bastaba con pensar el uno en el otro para contarse sus sentimientos e inquietudes, y recibir las respuestas de inmediato en una comunicación intercerebral que ellos nunca supieron ni entendieron cómo les llegó. No les importaba el correr lento de los días, de los meses ni la velocidad de los segundos o de las semanas, si siempre estaban juntos en una distancia que no existía para ellos.

La acuciosa Berenice, en una de las tantas conversaciones intercerebrales, le explicó a Ramón que el motivo de sus amores eternos, de su reencuentro planeado en el silencio y de su cercanía incorpórea, correspondía a una sola razón y lo aseveró diciendo:

–Tú y yo somos “almas gemelas”.

Ramón, desconcertado, no pidió explicaciones, se reincorporó de su vieja silla mecedora donde acostumbraba a departir con Berenice, y se dirigió a su biblioteca a esculcar libros sobre libros acerca de un tema que nunca había escuchado para dos seres que se amaban, y que creía sólo atribuido para los hermanos gemelos.

Pasados los días de lecturas especializadas y de consultas en enciclopedias con exclusividad en comunicaciones extrasensoriales, Ramón empezó a dilucidar la afirmación tajante hecha por Berenice en días pasados. Cada característica etiquetada a las “almas gemelas”, la fue encontrando en su vida amorosa:

 “Desde el primer momento que vi a Berenice, me sentí a gusto con ella y después de cada adiós, empezaba a extrañarla”. “Durante el noviazgo y junto a ella, me sentía feliz y una persona importante; y no hacía falta hablar para entendernos; bastaba una mirada para expresarnos amor y felicidad; entenderla a ella, sólo me producía complacencia”. “Cuando nos separamos, empecé a sentir su presencia y escuchaba su voz cuando desfallecía”. “Fueron muchos los versos de amor que ella me cantó en felices sueños y en otras hermosas quimeras nos invadimos de besos y de caricias y de deseos y de pasiones.

Ramón aprobó todos los postulados para declararse el “alma gemela de Berenice”.

El amor de Berenice y de Ramón no fue destruido por el tiempo ni la distancia porque trasciende más allá de lo natural, porque está tan compenetrado el uno en el otro como si fueran un solo ser; es un amor tan misterioso como el mismo amor. Esa noche como todas las noches, al posar sus cabezas en sus respectivas almohadas, y al sentir sus alientos tan cerca a sus labios, y al sentir la tibieza de sus manos y el latido de sus corazones, quiso Ramón explicar a ella su teoría sobre las almas gemelas, pero Berenice amorosa le interrumpió, diciendo:

–Cariño, ya lo sé, y también sé, que, cuando posemos nuestras cabezas en la almohada y no encontremos la tibieza en nuestras manos ni escuchemos los latidos de nuestros corazones, es hora de reiniciar nuestro encuentro en la eternidad de otras dimensiones, allá nos encontraremos en todas las vidas para seguir amándonos.-

¡Un dulce y espirituoso beso selló su amor infinito!

Rafael Garcés Robles

Imagen destacada: CharlVera (Pixabay)

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