Disonancias. Un relato largo de Miguel Bravo Vadillo

«Narrar es como jugar al póquer, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad».

Alberto Piglia

Me encanta la fuente iluminada y el modo en que destaca sobre el fondo anodino de las enredaderas. Una brisa fragante me acaricia el rostro mientras una inmensa luna llena contempla con indiferencia a los más de trescientos invitados que bullen por el jardín. Pero yo solo tengo ojos para ella: mi bella desconocida. No está sola, habla con un tipejo barrigón y estrafalario al que tampoco he visto nunca. Me figuro que los dos están invitados por parte de la novia; aunque, según deduzco del lenguaje corporal de ambos, me atrevería a decir que ni siquiera se conocen. Algo en ella delata, además, cierta incomodidad. Si es así, eso me lo pondrá todo mucho más fácil. Me muero por hablar con ella, pero no tengo tiempo para idear una estrategia de seducción, así que será mejor que me presente sin más e improvise sobre la marcha.

Ahora ella también se ha fijado en mí y me ha sonreído. Creo que estoy enamorado. No es la primera vez que me enamoro a primera vista –ya saben: el típico flechazo–, pero nunca antes había sentido nada parecido a lo que siento ahora. Bueno, recuerdo que perdí la cabeza por aquella chica del taller literario, hasta el punto de que pasaba horas enteras escuchando canciones de Françoise Hardy mientras contemplaba extasiado una fotografía suya sacada de Internet. Incluso le escribí una carta, demasiado extensa si mal no recuerdo, en la que le confesaba mis sentimientos y le decía que estaba dispuesto a dejarlo todo por ella. Fui sincero cuando le prometí amor eterno. Por supuesto, ella me rechazó. Sin embargo, estoy convencido de que esta vez será diferente: creo que esta chica sí puede ser la mujer con la que siempre he soñado; no sé cómo explicarlo, pero siento en lo más profundo de mi ser que estamos hechos el uno para el otro.

Nuestras miradas vuelven a cruzarse. Esta vez en sus ojos hay escrita una súplica, como si deseara que la librase de ese pelmazo que permanece a su lado sin dejar de parlotear, tratando de venderle vayan ustedes a saber qué mercancía. Me siento afortunado de haber sido elegido para tan grata misión, así que ensayo una mirada cómplice y atrevida; pero no me sale muy bien, quizá porque aún no he logrado superar por completo mi ancestral timidez. Sea como fuere, ella sostiene mi mirada (lo que decido tomar como una buena señal); y también ha buscado mi complicidad con un gesto insinuante (lo cual me halaga hasta el infinito). Es evidente que yo también le gusto: después de todo, es bien sabido que las mujeres jóvenes suelen sentirse atraídas por hombres de mi edad. No en vano, estoy en el mejor momento de mi vida. De lo que ya no me cabe la menor duda es que el tipejo ese le está dando la tabarra a más no poder. Varios invitados se sitúan ahora entre nosotros e impiden que podamos seguir mirándonos a los ojos, pero eso ya no importa porque estoy decidido a ir en su busca. Creo que todo saldrá bien si manifiesto «valor y elegancia bajo presión», como diría Hemingway.

Me gusta pensar que es una artista, aunque no me atrevo a aventurar de qué disciplina. Me recuerda a una de esas actrices de la nouvelle vague francesa. Chantal Goya o Claude Jade, no sé. Detecto en ella un aura que irradia inteligencia, al mismo tiempo que familiaridad –eso me gusta–, y le confiere un encanto natural que me hace pensar en la lluvia cayendo sobre los tejados de París o en esos rayos de sol –eufóricos destellos– que salpican algunos cuadros de Claude Monet o de Marie Bracquemond. Supongo que soy un romántico empedernido, pero si una mujer te hace soñar con París bajo la lluvia es que estás enamorado de pies a cabeza; más aún si te hace ver el mundo con el rabioso y delirante optimismo de un genial pintor impresionista (ellos nunca veían nada de color negro). Pero no creo que haya un artista que pueda describirla de forma cabal. Es tan hermosa que una imagen no basta para expresar los mil nombres de su belleza, y mil palabras palidecerían ante uno solo de sus gestos. Pero si yo fuera un pintor o un fotógrafo o un cineasta… Si yo fuera un creador de imágenes, la retrataría tendida sobre una lujosa cama, sin más luz en la estancia que la de una vela encendida, para que su cuerpo desnudo semejara un espíritu trémulo, palpitante de deseo. Es evidente que la tercera copa me ha sentado de maravilla. Intuyo que esta será una boda inolvidable; al menos, la presencia de esta modélica Venus, tan conmovedora como sublime, hace que el bufé sea de lo más prometedor.

La primera frase es la más importante, porque con ella habré de romper el hielo; después, todo se reducirá a tirar del hilo para enhebrar una buena conversación. Puedo decirle: «Me parece usted la mujer más hermosa de la fiesta». Pero eso está muy trillado y seguro que se lo dicen a menudo. Sin embargo, por su edad (¡es tan joven!), no creo que la hayan tratado de usted con mucha frecuencia; y seguro que casi nadie la llama mujer, y sí chica o muchacha, cuando darles título de mujer es algo que siempre gusta a las jovencitas (acuérdate de Ernestina, la joven protagonista de aquel cuento de Stendhal). Pero quizá quede un poco ridículo que la trate de usted, teniendo en cuenta que soy mucho mayor que ella. Lo mejor será, creo yo, tutearla e ir al grano: «Solo existimos tú y yo en el mundo, amor mío; huyamos al Musée d’Orsay y hagamos el amor frente al Bal au moulin de la Galette». Pero si le hablo en francés, así, sin venir a cuento, pensará que soy gilipollas; un pedante, vamos. No es buena idea. Mejor le ofrezco una copa: si la acepta, habré dado en el blanco de lleno.

Casi por arte de magia, un camarero pone delante de mí una bandeja con dos copas de vino idénticas. Empiezo a pensar que esta noche nada me puede salir mal. El camarero actúa como si me estuviese dando a escoger una de las dos, pero yo me quedo con ambas. Una es para la mujer de mis sueños, le digo. Al muy cabrón se le escapa una sonrisilla socarrona que apenas hace esfuerzos por ocultar, pero yo no le hago caso y sigo a lo mío. No hay nada como un buen vino de Borgoña para despertar el paladar y prepararlo para posteriores y exquisitas degustaciones: ya me imagino bebiéndolo sobre su rasurada entrepierna (inmejorable buqué, deliciosa combinación de perfumes). Creo que estoy un poco achispado, pero bien. Con razón, el personaje protagonista de La educación sentimental aseguraba que no se debía beber vino de Borgoña antes de las comidas, aunque juraría que este caldo no es un auténtico Borgoña. No soy un experto, pero estoy casi seguro de que se trata de un genérico; y no de un Grand Cru, que es lo que ella y su entrepierna merecen.

Me ha vuelto a mirar. Ya sí que no me cabe la menor duda de que su acompañante le está dando el coñazo: sus enormes ojos se han abierto de par en par, como si gritaran pidiendo auxilio. No te preocupes, ma petite nymphe, ahora mismo acudo al rescate. No es la primera vez que libro a una chica bonita de un inoportuno, ya tengo cierta experiencia en estos lances; pero no puedo atravesar la fuente para ir a su encuentro, que sería el camino más corto, cual si trazara una imaginaria línea recta; así que no me queda más remedio que abrirme paso a través de un bosque de gente informe y bulliciosa: densa niebla que el sol radiante de su rostro hace trizas cuando me detengo frente a ella.

–He pensado que te apetecería tomar una copa –le digo–. Tengo entendido que es un vino excelente.

–Gracias.

Su sonrisa me acaricia el alma con mucha más destreza que la Meditación de Thaïs, de Massenet. Coge la copa que le ofrezco y, al hacerlo, sus dedos rozan los míos provocando en mi cuerpo una descarga eléctrica que tensa todos mis nervios hasta el límite que permite su naturaleza (seguro que Galvani no experimentó nada parecido en toda su vida). Me meto la mano izquierda en el bolsillo para tratar de disimular mi excitación, y le digo que necesito hablar con ella a solas lo antes posible, que se trata de algo importante. Y, dirigiéndome al otro, al pelmazo, añado: «Si nos disculpa usted un momento, por favor». El tipejo no ha puesto ninguna pega. Ha debido de suponer que la chica y yo nos conocemos. Desde luego yo he actuado como si así fuera, y ella, con mucha astucia, me ha seguido la corriente. Como de costumbre, mi intuición no me ha fallado: ella estaba deseando zafarse de aquel ser innominable, esperpéntico. Aprovecho mi pequeño triunfo para hacer que me siga hasta un sauce situado a pocos metros de distancia, cuyas ramas nos servirán de improvisado refugio. Solo la Luna continúa observándonos. La Luna, que ya solo tiene ojos para nosotros y nuestro naciente amor.

Me fijo en ella con más detenimiento. Viste un elegante vestido negro que deja sus hombros al descubierto. Un sedoso cabello castaño, largo y apenas ondulado, enmarca la nívea piel de su rostro y, cubriendo uno solo de sus pechos, desciende como un tobogán de fuego hasta muy pocos centímetros de su estrecha cintura. Sus labios son rojos y carnosos, como los sueños del infierno. Lleva zapatos de tacón, pero aun así es lo bastante alta para que sus ojos queden al mismo nivel que los míos. ¡Santo cielo, sus ojos…! Ahora que los contemplo de cerca, no me cabe la menor duda de que son alucinógenos capaces de modificar la realidad más inmutable: dos puertas abiertas en el recio muro de la conciencia, por las que podría escapar de este universo frío y mediocre para adentrarme en un bienaventurado paraíso repleto de perfecciones; dos lagunas místicas e insondables, sus ojos. ¡Se nota que estoy leyendo a Huxley! Debo sobreponerme a este arrebato de entusiasmo si quiero decir algo coherente. No se me ocurre otra cosa que pedirle perdón por abordarla sin ser presentados, y me justifico diciéndole que me apetecía mucho hablar con ella a solas. Ella me agradece que la haya librado de aquel pelmazo, así lo ha llamado. También yo lo llamé así antes, ¿recuerdan? Creo que vamos a congeniar a las mil maravillas.

Tras un breve silencio durante el que no logro apartar mis ojos de los suyos, le digo que me parece la mujer más bella que he visto en mi vida. Tal vez no sea una frase muy original, pero es tan cierta como que «el mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación», como bien advirtió el bueno de Nietzsche, lo cual no quiere decir que el mundo de la imaginación sea más verdadero que el mundo real (esto ya es de mi cosecha); después de todo, ¡cuántas cosas imaginamos que son falsas! Aun así, no solo me gusta lo que veo en ella, también lo que imagino sobre ella (al fin y al cabo, soñar es gratis). Pero de momento toca trabajar con los cinco sentidos. Me gusta su físico, me gusta su olor y me gusta el sonido de su voz. En cuanto a los sentidos del gusto y del tacto, qué decir:  siento vértigo de solo pensar en el sabor de todas y cada una de las partes de su cuerpo, y me seduce en extremo la idea de perderme por completo entre los cálidos brazos de esta ninfa de los bufés de boda al aire libre.

–Quizá te decepcione si me conoces un poco mejor.

No sé por qué sospecho que eso no se lo cree ni ella. Por lo demás, tengo la sensación de que la conozco desde el origen de los tiempos y de que nuestros espíritus son afines en carácter, en gustos, en opiniones, en todo.

Esbozo una sonrisa enigmática, estilo Gioconda, o al menos lo intento, y le digo que no creo que ella pueda decepcionar a nadie. Luego tomo un pequeño trago de vino con suma lentitud, y le pregunto si está invitada por parte de la novia. En lugar de contestar, se atreve a aventurar que yo debo de estar invitado por parte del novio: acierta. «El novio es mi hermano», me apresuro a aclararle. En cambio, ella asegura que yo no he acertado al suponer que la ha invitado la novia. Admito que ese comentario me deja bastante perplejo, porque no la conozco de nada; claro que puede tratarse de la nueva pareja de uno de esos primos a los que solo veo en bodas y funerales: cosa que dudo mucho, porque todos tienen tendencia a enamorarse de auténticos adefesios.

–No soy una invitada, en realidad –dice, poniendo fin a mis triviales reflexiones.

Como no entiendo muy bien qué quiere decir con eso, le pregunto si se ha colado en la fiesta. Me responde que no exactamente, y me aclara que está allí por trabajo; aunque puede decirse que al bufé se ha invitado ella sola. Luego ensaya un gesto cómplice para preguntarme si sé guardar un secreto. Le digo que no conozco a nadie que guarde secretos mejor que yo. Mi comentario la hace sonreír con cierto escepticismo, aunque no sé por qué; ¿acaso no parezco un hombre en quien se puede confiar? De todas formas, nunca he conocido a una chica que se colara en una fiesta (aunque ella no se ha colado exactamente), y reconozco que siento curiosidad por saber en qué consiste su trabajo; así que se lo pregunto sin más dilación, a quemarropa.

–Ten un poco de paciencia –contesta– y lo descubrirás por ti mismo, durante los postres. Ya sé que no debería estar aquí ahora, pero me gusta ver de cerca al público para el que voy a actuar: luego estoy demasiado concentrada para prestar atención a cualquier otra cosa que no sea mi actuación.

Se muestra tan relajada y segura, su coqueteo es tan sutil y elegante que consigue que yo me sienta cada vez más a gusto a su lado. Ahora, y sin dejar de mirarme a los ojos, se lleva la copa a los labios por vez primera. Todas las señales me hacen pensar que voy por el buen camino. Le pregunto si el vino es de su gusto. Dice que sí, pero que no es una experta en vinos. Entonces intento alardear de mis conocimientos sobre la materia: el borgoña, le digo, es un vino en cuyos brazos uno puede abandonarse, porque el pinot noir es un tipo de cepa que destaca por su especial sensualidad; aunque hay quienes prefieren el burdeos, por aquello de que invita a mantener conversaciones elegantes y filosóficas. Esto, me apresuro a aclararle, lo leí hace algún tiempo no recuerdo dónde.

–¿Conversaciones filosóficas?

 Preferiría que su pregunta fuese retórica, pero no tardo en percatarme de que espera una respuesta. A pocas mujeres les gusta reflexionar sobre cuestiones metafísicas (tampoco es la actividad favorita de la mayoría de los hombres), y menos durante una fiesta. Las fiestas son para divertirse, no para filosofar; son para el borgoña, no para el burdeos. Después de todo, no lograré que se enamore de mí si la asusto con diálogos sesudos a lo Ingmar Bergman. De momento esto no es un duelo intelectual entre individuos de distinto sexo, así que será mejor que le responda con sencillez, nada de pensamientos profundos.

–Bueno, a una boda uno viene a divertirse, por supuesto. No quiero decir que la filosofía no pueda ser divertida. Lo es, desde luego, si atendemos a la etimología de la palabra divertir, pues esta viene del latín divertere: llevar por varios lados. De hecho, ahí tenemos la ironía socrática. Sócrates se lo pasaba de miedo con la filosofía, ya ves, divirtiendo a sus discípulos por aquí y por allá. Pero no creas que yo sé mucho de vinos: el tinto para la carne y el blanco para el pescado, eso sí. Claro que esto no es un burdeos, así que no hay de qué preocuparse; quiero decir que no vamos a acabar hablando del sentido de la vida ni del eterno retorno, ya sabes.

Ella ríe de buena gana y añade:

–Eres un tipo de lo más divertido, no sé si lo sabías.

–No, no lo sabía en absoluto –digo con seriedad.

–Lo cierto es que tienes una conversación más interesante que la mayoría de los hombres que conozco. Por regla general, un hombre pretende seducir a una mujer del mismo modo que un político a la masa irracional, es decir, empleando discursos que van dirigidos a manipular sus emociones; porque la masa prefiere que le regalen el oído antes que escuchar argumentos racionales, como bien sabrás. Es el mismo lenguaje que emplea la publicidad para manipular al consumidor y vender lo invendible. Pues bien, los hombres creen que deben comportarse del mismo modo con las mujeres: aduladores y artificiosos hasta la médula. Pero te advierto desde ya que eso no va conmigo.

Esta chica me deja de piedra. Así que se humedece con los discursos ingeniosos y reflexivos. Genial.

–Será mejor, entonces, que cambiemos de vino –le digo.

–No será necesario, no te preocupes.

En cualquier caso, me apresuro a cambiar de tema:

–¿Y qué harás, exactamente, a los postres?, ¿sales del interior de una tarta? –me asalta la imagen de Debbie Reynolds en una escena de Cantando bajo la lluvia, mi película favorita de todos los tiempos.

–¿Es esa la opinión que te merezco? –responde con fingida sorpresa, pero sin perder la sonrisa.

–No pretendía ofenderte, es que… Bueno, me tienes bastante intrigado, la verdad.

–No te preocupes, no voy a enfadarme por eso.

Perfecto: meto la pata, pero no me lo tendrá en cuenta; esto promete. En fin, ya que está dispuesta a darme otra oportunidad, pero no a soltar prenda sobre su profesión, resuelvo decirle (y, de hecho, se lo digo) que intuyo que tiene un trabajo creativo, algo artístico. Me parece un efugio de lo más elegante para compensar la salida de tono anterior (ya saben, lo de la tarta).

–¿Crees que soy una artista?

–Tienes aspecto de serlo.

–¿Una artista que sale de una tarta?

–Solo bromeaba con lo de la tarta, y has dicho que no me lo tendrías en cuenta.

–Y no lo hago, pero yo también sé bromear.

–Ten en cuenta que muchos artistas tienen que hacer trabajos alimenticios para subsistir: así que una cosa no quita la otra.

–Eso es cierto. Pero, en mi caso, no necesito salir de una tarta para comer. Aunque me gusta todo lo dulce.

–Brindemos por eso.

Chocamos las copas con improvisada solemnidad. Ahora bebemos los dos, y aprovecho para mirarla de nuevo con la máxima atención posible. El brillo de sus ojos delata un alma apasionada, mientras que la delicadeza y espontaneidad de sus gestos me hacen pensar en una mujer afectuosa y complaciente. Creo que estamos hechos el uno para el otro. Hasta hoy solo había podido gozar en sueños de ese estado de perfección en el que dos almas se saben destinadas a compenetrarse y sostenerse la una a la otra. Pero ahora estoy seguro de haber encontrado mi media naranja, mi otra mitad; esa mitad complementaria con la que uno puede conformar el ser mítico sobre el que ya escribió Platón: una sola carne, un solo cuerpo, dos corazones palpitando al unísono. Nuestros sueños, nuestros deseos, nuestros pensamientos entrelazados para siempre con el vínculo del amor; incluso más allá de la muerte. Mi alma complementaria, mi alma afín, no mi alma gemela; porque las almas gemelas no existen, no hay dos almas iguales. Pero todavía no sé su nombre, ni yo le he dicho el mío. No es que un nombre importe mucho, claro; por otra parte, yo ya he decidido amarla aunque se llame Teófila o Anacleta.

–Por cierto, me llamo Sergio –le digo.

–Yo no tengo un nombre bonito. Me llamo Juana.

No es un nombre bonito, qué duda cabe. Hay padres muy poco inspirados a la hora de escoger nombre para sus hijos. Es, sobre todo, una cuestión de oído: Juana no suena nada bien (¡y no digamos Juani o Juanita!).

–No te preocupes, a partir de ahora te llamaré Jane. Así, en inglés –le digo.

–Estupendo –contesta ella–, y yo te llamaré Serge. Así, en francés.

Me sorprende mucho que una chica tan joven conozca a la pareja Birkin/Gainsbourg, pero es evidente, por su comentario, que es así; por lo que decido seguirle el juego.

–Pues ya es casualidad que nuestros nombres de pila coincidan con los de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, ¿no te parece?

–En mi caso no es nombre de pila propiamente dicho, porque no estoy bautizada. ¿Tú lo estás?

–Yo sí, cuando nací (allá por el pleistoceno) todavía existía esa costumbre.

–No eres tan viejo. Y, en realidad, todavía existe esa tradición en las familias católicas, ¿no?

–Supongo que sí. Pero, aunque no estés bautizada, lo de nuestros nombres sigue siendo una dichosa casualidad: a no ser que haya sido el destino el que nos ha reunido aquí esta noche.

–Yo no creo en el destino. Y prefiero que no insistas en ese tema, me parece de mal gusto. Demasiado trillado y romanticoide.

Tal vez tenga razón, así que le doy un ligero viraje a mi parloteo.

–¿Sabes? Ahora que lo pienso, te pareces bastante a Jane Birkin. Cuando era joven, claro.

–Tú no te pareces nada a Serge Gainsbourg. Eres más guapo.

–Te lo agradezco. Aunque él era un genio, y yo estoy bastante lejos de serlo.

–Nunca me gustaron los genios. Están sobrevalorados.

–En eso estoy de acuerdo contigo.

–Me basta con que un hombre sepa tomar sus propias decisiones. Y, sobre todo, que me deje tomar a mí las mías.

–Esas son palabras muy sabias.

–Pero reconozco que Jane B es una de mis canciones favoritas.

–También es una de las mías.

–Entonces sabrás que Gainsbourg la compuso inspirándose…

«En un preludio de Chopin», decimos al mismo tiempo; pero omito hacer ninguna referencia al destino ni a la bendita casualidad de que nuestras voces se hayan armonizado en una única e idéntica frase.

–Correcto –sentencia ella.

–El número 4 –presumo yo.

–Opus 28 –añade ella.

Reconozco que ahí me ha pillado: mis conocimientos musicales no dan para tanto. Me ha pillado y, desde luego, estoy muy pero que muy pillado por ella. Esta chica me gusta cada vez más, y creo que este es un buen momento para decírselo.

–Me gustas mucho, Jane.

–Eso es porque todavía no me conoces a fondo. Para que una persona nos parezca atractiva es preferible no conocerla demasiado bien. Así nuestra imaginación tiende a adornar de insospechadas virtudes al ser amado. Podríamos decir que la imaginación sustituye, en este caso, al conocimiento. Por eso es mejor mantener cierta dosis de misterio.

Sospecho que a ella le gusta hacerse la misteriosa. De hecho, todavía no sé a qué se dedica. ¿Y ha dicho «al ser amado»? ¿Acaso intuye que estoy perdidamente enamorado de ella? Tal vez solo se trate de una expresión dicha en abstracto. Pero…

–Yo solo sé que estamos hechos el uno para el otro –le digo–. Y presiento…

–Que el destino nos ha unido aquí esta noche. ¿Es eso lo que ibas a decir?

–No iba a decirlo, te lo aseguro –aunque mucho me temo que lo he pensado.

–Ya te he dicho que no creo en el destino, y tú tampoco deberías hacerlo: no es propio de una persona inteligente. Cioran dijo que la obligación de tener un destino es un lastre del que hay que liberarse, solo así podremos hacernos a nosotros mismos con absoluta libertad.

Les aseguro que estoy tan sorprendido como puedan estarlo ustedes. Resulta que esta chica ha leído a Cioran. Nada menos que a Cioran. No salgo de mi asombro.

–¿Te sorprende que haya leído a Cioran?

–¿Qué?

Supongo que habré puesto cara de sorpresa, a no ser que esta increíble y bella joven también sea capaz de leer el pensamiento. Le miento con todo el descaro del mundo y le digo que no me sorprende en absoluto. En realidad, a partir de ahora me dispondré a esperar cualquier cosa de ella.

–Cioran es mi filósofo favorito. Bueno, él no se consideraba a sí mismo un filósofo, sino una especie de pensador orgánico. No le gustaban las filosofías sistémicas.

¡Alucinante!: ¡eso es expresarse de manera clara y concisa! Por cierto, si Cioran es su filósofo favorito (bueno, su pensador orgánico favorito), debo entender que no es el único que conoce. Al final, acabaremos hablando sobre filosofía; y yo qué pensé que el borgoña nos llevaría por otros derroteros, claro que ya dije que este caldo parece más bien un genérico y no un Grand Cru. Pero no está nada mal una mujer con el rostro de Jane Birkin y la mente de María Zambrano. Así, además de orgasmos físicos, podré tener algún que otro orgasmo intelectual.

–¿Es que has estudiado filosofía?

–No, pero sé leer.

Bonita respuesta. Está claro que no va a soltar prenda sobre su profesión. Ahora bien, si no me importa que se llame Juana, ¿por qué habría de importarme su trabajo? El trabajo (al igual que el nombre que recibimos al nacer) es solo un accidente más en la vida de una persona, no dice nada sobre nuestra verdadera esencia, sobre nuestro verdadero ser. Además, ya me ha demostrado que es una mujer culta e inteligente; qué más da a qué se dedique para ganarse la vida. Así que decido volver sobre Gainsbourg y Birkin a tenor de su diferencia de edad, para ver si puedo convencerla de que hacemos buena pareja, a pesar de que ella sea mucho más joven que yo.

–Como ya imagino que sabrás, Serge Gainsbourg y Jane Birkin se conocieron cuando él tenía cuarenta años y ella estaba a punto de cumplir los veintidós. Yo cumpliré pronto los cuarenta y dos…

–Felicidades.

–No los he cumplido aún.

–Yo he cumplido hoy veintitrés.

–Entonces soy yo quien debe felicitarte.

–Gracias.

–Sí. Bueno, lo que estoy intentando decirte es que tú y yo haríamos buena pareja; ¿no te parece?

A juzgar por su mirada, me da la impresión de que no se lo parece.

–Mira, Sergio, no estás mal para alguien de tu edad; pero quiero que sepas que me gustaría formar una familia algún día, y no tengo la menor intención de perder el tiempo con relaciones que, ya de entrada, no llevan a ninguna parte. Si me hubieses pillado en mi fase experimental, hace un par de años o tres, quizá podríamos haber follado, pero ahora estoy centrada en conseguir una pareja estable; y tú, perdóname que te lo diga, no das el tipo. Lamento haberte causado otra impresión, y discúlpame por ser tan sincera.

¿Fase experimental?

–No tienes nada de qué disculparte. Yo mismo, aquí donde me ves, todavía no he logrado superar mi período azul.

–No quiero complicaciones, eso es todo.

–Nadie las quiere.

–¿Puedo hacerte una pregunta personal?

–Todas las que quieras.

–¿Has venido solo?, ¿no estás casado ni tienes pareja?

–Eso son dos preguntas, quizá tres.

–Has dicho que podía hacerte todas las que quisiera.

–Es verdad, haces bien en recordármelo. Los hombres de mi edad ya empezamos a sufrir pérdidas de memoria.

–¿A los cinco segundos?

–Solo pretendía ser irónico.

–Da igual: en el fondo, se trata de una sola pregunta.

No me gusta nada el cariz que está tomando la conversación. Se me ocurre que quizá la estoy incomodando y que empieza a desear que un chico de su edad la libere de mi compañía, como yo la liberé del mamarracho gordinflón. Aunque quizá solo intente ponerme a prueba. En cualquier caso, y según estoy viendo, se las apaña bastante bien sola y no necesita que nadie acuda a su rescate. Al menos, de momento sabe muy bien cómo mantener el tipo frente mí; y eso no es mala señal: no es tímida, sino discreta; no es fría, sino recatada. Y es bien sabido que las mujeres discretas y recatadas en el trato social suelen ser, a su vez, las más sensuales y apasionadas en el amor. Por supuesto, decido no responder a su impertinente pregunta; después de todo, es una pregunta retórica, ¿o no? Tan solo dejo pasar unos pocos segundos, incómodos y eternos, mientras tomo un nuevo sorbo de mi copa. Sea como fuere, no atino a decir nada con la suficiente celeridad.

–¿Sabes, Sergio? Jane Birkin siempre me ha parecido una mujer encantadora; pero Gainsbourg era un capullo. Buen músico, pero un capullo.

¿Por qué habrá dicho lo de capullo? Una vez oí decir que Gainsbourg era arrogante con las mujeres y que tenía las manos demasiado largas; pero yo creo que en el fondo era un sentimental. Cierto que una cosa no quita la otra, pero lo que yo quiero decir es que Gainsbourg atraía a las mujeres, al menos a algunas mujeres, sobre todo porque tenía una sensibilidad artística a flor de piel. Es decir, al igual que a mí, lo emocionaba la belleza en todos los órdenes de la vida. Prefiero creer que más allá de su instinto suicida y de su actitud cínica, era un genio desvalido que inspiraba tanta ternura como deseo al eterno femenino. Yo siempre he querido parecerme a Serge Gainsbourg, ¡y ahora resulta que es un capullo!

–¿Qué intentas insinuar con lo de capullo? –le pregunto.

–Lo sabes perfectamente, Sergio. Nunca preguntes lo que sabes, tú eres más listo que eso.

–Aclárame una cosa, Juana –decido llamarla Juana, y no Jane, en vistas de que ella tampoco me llama Serge–. A lo mejor me estoy pasando de listo, pero antes me pareció que querías que te librara de aquel pelmazo; ¿no lo llamaste así?

–Sí, y te lo agradezco de veras. Pero ahora eres tú quien va camino de convertirse en un pelmazo, ¿no crees?

–¿Quieres que me vaya?

–No he dicho eso.

–Mira, Juana, eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, y también la más hermosa de la fiesta –creo que esto ya lo dije antes y que me estoy liando un poco, demasiado vino tal vez; por cierto, no quiero caer en el error de ser adulador y artificioso con ella, así que rectifico tan rápido como puedo–: quiero decir que no conozco a ninguna mujer más inteligente que tú. Haría cualquier cosa por estar contigo, en serio. Ya sé que esto no es muy ingenioso ni reflexivo, pero lo dejaría todo por ti.

–¿Por qué? Yo no te he pedido nada.

Hubiese preferido que dijera algo como «Gracias, lo tendré en cuenta»; pero no. En lugar de eso, me pregunta por qué. El puñetero por qué. La más paradigmática, la reina de las preguntas. ¡Cómo la detesto! En momentos así es cuando más echo de menos no tener la apasionada locuacidad de Lord Byron, por poner un ejemplo; aunque el incisivo ingenio de Wilde tampoco me vendría mal. La labia, el humor, la chispa, el ingenio…; esas cosas desarman a las mujeres en un santiamén, incluso a las más distinguidas. Pero carezco de dichos atributos. Razón por la cual casi siempre me veo obligado a ser más brusco, menos sutil, más audaz a pesar de mi ingénita timidez; y casi toda mi estrategia se limita a besarlas en la boca a la menor oportunidad. Puede que no siempre sea la acción más acertada con una desconocida; pero a veces un comportamiento atrevido es lo que mejor resultado da con las mujeres. No a todas les gusta (me he llevado más de un tortazo), pero sí a un número suficiente como para no sentirme un completo fracaso. Así que debo conformarme con seducir a estas y prescindir del resto. Sin embargo, algunas de las que pertenecen a ese resto me parecen la mar de atractivas; y me disgusta sobremanera prescindir de ellas. Intuyo que Juana es de las que me daría una bofetada sonora y doliente; y no quiero arriesgarme a fastidiarlo todo con un gesto inadecuado, porque ya no hay otra mujer en el mundo que me interese más que ella. Además, aquí no estamos solos: hay demasiada gente como para plantearme siquiera estrecharla entre mis brazos. Ha dicho que Gainsbourg le parece un capullo, así que tampoco es cuestión de comportarme como lo hizo él con Whitney Houston, cuando se atrevió a decirle, ante las cámaras de televisión, que quería follar con ella. Seguro que es a ese comentario intempestivo, y a otras cosas por el estilo (como aquella trastada que le hizo a una jovencísima e ingenua France Gall, y que es imperdonable por muy genial que uno sea), a lo que se refiere Juana cuando lo tacha de capullo. Sin contar lo más grave: su comportamiento autodestructivo, hasta el punto de que Jane Birkin decidió dejarlo para salvarse de la quema (salvarse ella y salvar a Charlotte). Aunque, como ya dije antes (o creo que lo dije, ya no lo recuerdo), yo no estoy seguro de quién dejó a quién; después de todo, hay muchas formas de dejar a alguien, y una de ellas es hacer todo lo posible para que ese alguien te deje a ti primero. Pero a ver, volvamos sobre el episodio con Whitney Houston: el error de Gainsbourg no fue decirle a Whitney que estaba deseando follarla, sino decírselo delante de todo el mundo. Además, stricto sensu, no era Gainsbourg quien lo dijo, sino Gainsbarre; así que el capullo era este y no aquel. Ni que decir tiene que yo no voy a meterle mano delante de trescientos invitados, pero sí puedo decirle que me gustaría follarla; porque en medio de este bullicio nadie, salvo ella, va a escucharme. Puede que finja tomárselo a mal y me eche en cara que estoy borracho, pero estoy dispuesto a correr el riesgo; quizá porque me figuro que, en el fondo, preferirá que se lo diga así: sin rodeos ni subterfugios de ninguna clase. A Matthias Schoenaerts, el protagonista de De óxido y hueso, le fue bastante bien cuando se lo dijo así, a bocajarro, a Marion Cotillard. Claro que aquello era una película, y esto es la vida real. En una película es mucho más sencillo seducir a una mujer, porque estas están obligadas a sucumbir a los deseos del protagonista si así lo dicta el guion. Pero en la vida real no hay guion, y las reacciones de una mujer a según qué palabras y/o acciones son del todo impredecibles. Sin embargo, algo tengo que decirle o no volveré a verla nunca más.

–Te has quedado muy pensativo.

–Supongo que sí. Verás, sé que no me has pedido nada; pero yo quiero dártelo todo sin necesidad de que tú me lo pidas. Qué te parece si empiezo por darte mi número de teléfono. Así podrás avisarme cuando pueda verte actuando en otro sitio, ya sabes: haciendo lo que quiera que hagas.

Ofrecerle mi número de teléfono no es que sea el colmo de la intrepidez, pero algo es algo. Sin embargo, antes de que Juana pueda abrir la boca estallan los primeros acordes de la marcha nupcial de Mendelssohn anunciando la entrada de los novios en el jardín. Los dos nos giramos hacia ellos. Quizá no se trate de la marcha de Mendelssohn, puede que sea la de Wagner; no estoy seguro (lo mío no son las marchas nupciales), pero supongo que a ninguno de los presentes le importa eso un carajo. La gente aplaude y lanza flores y vivas a los novios. No sé si Juana ha dicho algo sobre mi ofrecimiento, pero, aunque lo hubiera dicho, no habría podido oírla con este ruido infernal.

–Me muero por lamerte de pies a cabeza –digo en un inaudible susurro.

Juana se me acerca buscando mi oído.

–Demasiado convencional para mi gusto.

–¿Y qué prefieres que te haga? –pregunto un poco más alto.

–¿Qué?

–Creo que no he entendido bien lo que has dicho –digo alzando la voz.

–Decía que la marcha nupcial de Mendelssonh es demasiado convencional para mi gusto.

Ya me parecía.

–¿Y qué tipo de música te gusta?

Juana sonríe. Por cierto, he acertado: se trata de Mendelssonh, y no de Wagner. Y ella parece una entendida, quizá tenga alguna profesión musical o algo así; o tal vez sea una simple melómana, aunque algo más competente que yo, y se dedique a cualquier otra cosa. No es que su oficio sea demasiado importante para mí, ya lo dije antes; por otra parte, casi nadie trabaja en lo que le gusta, quiero decir que una cosa es quién eres y otra lo que haces para ganarte la vida. No deberíamos juzgar a nadie por sus trabajos alimenticios, aunque a la larga estos también pueden influir en el estilo de vida de esa persona o, hasta cierto punto, incluso en su carácter. Pero debería reflexionar sobre estas cuestiones otro día, ahora no es el momento; además, es mejor no pensar a menudo en según qué cosas, a no ser que uno quiera amargarse la existencia sin necesidad. Lo digo porque yo tampoco tengo el trabajo que me gustaría tener.

Por fin cesa la música y también el alboroto en torno a los novios. Juana aprovecha esta circunstancia para responder a mi pregunta sin forzar sus cuerdas vocales.

–En estas ocasiones prefiero la marcha nupcial de Mozart, ya que lo preguntas; pero casi nunca la tocan en las bodas.

Pues sí que es una entendida. Yo, ahora mismo, no consigo ubicar la marcha nupcial de Mozart. Vamos, que no me suena. Pero le digo que estoy de acuerdo con ella. Y es mucho menos conocida, añado.

–Sí, es menos conocida –reconoce ella–. Sin embargo, pertenece a una de sus óperas más famosas: Las bodas de Fígaro.

–Claro, Las bodas de Fígaro –asiento con la cabeza para reforzar más mis palabras. Esta chica me deja de una pieza, y está claro que le gusta la música.

–¿Te gusta la ópera? –pregunta acto seguido.

–Me gusta la ópera, sí; no toda la ópera, pero sí. ¿Tú cantas ópera? Aún no me has dicho a qué te dedicas –le recuerdo.

–Te dejaré con la intriga.

–¿Por qué?

Ahora soy yo quien pregunta por qué.

–Tengo la impresión de que te gustan las mujeres misteriosas.

–¿Te consideras una mujer misteriosa?

–No más de lo necesario.

–Y si me das una pista…

–Tengo una profesión artística, como tú dices.

–Lo sabía. ¿Ves, como tengo intuición para estas cosas? Una pista más, solo una: de entre las personas de tu profesión, ¿a quién admiras más?

Me mira durante unos instantes sin mover un solo músculo de la cara.

–¡Menuda pista! –dice–. Menos mal que no soy pintora, porque mi pintor favorito es Van Gogh, y lo conoce todo el mundo. Pero te daré una pista más si no haces más preguntas sobre mi profesión.

–Trato hecho.

Le tiendo la mano para sellar nuestro acuerdo. Ella no la rechaza, y siento palpitar de nuevo mi acelerado corazón.

–Admiro muchísimo a una mujer que se vio obligada a retirarse muy joven –dice–. Tuvo que hacerlo por culpa de una enfermedad degenerativa. Pero ya no hay más pistas. Y ahora debo irme: no quiero que los novios me vean aquí. Adiós, Sergio. Confío en que nos veamos más tarde, así podrás salir de dudas.

Después de decir eso, sonríe con dulzura y deja su copa en mi mano izquierda. Se marcha caminando muy despacio, muy femenina. Más que caminar, se desliza con la sensualidad de una pantera. Tendré que esperar a los postres para averiguar su profesión. Tanto misterio comienza a fastidiarme. Pero no ha ido tan mal la cosa: ha dicho que confía en que nos veamos más tarde (eso significa que quiere que volvamos a vernos). «Así podrás salir de dudas». ¿Qué habrá querido decir con eso? Supongo que lo sabré a su debido tiempo. Al menos no se ha cabreado mucho cuando le he dicho que haríamos buena pareja. Ni siquiera ha puesto la excusa de que tiene novio, como hacen otras mujeres jóvenes cuando quieren que las dejen en paz. Seguro que no lo tiene, pero no hubiese dudado en inventarse uno si deseara librarse de mí. O quizá lo tiene, pero está pensando en romper con él. Lo que sí es evidente es que se ha hecho la interesante durante toda la conversación. Si yo no le gustara, ¿por qué habría de hacerse la interesante y la misteriosa? Incluso ha tratado de impresionarme hablando de Gainsbourg y de Mozart. ¿Y por qué habría de sonreír tanto si yo no le gustara? Y me ha llamado por mi nombre en su última frase, antes de irse; ese detalle de familiaridad debe de significar algo. En fin, ninguna mujer pronuncia el nombre de un hombre con ese tono de voz si no quisiera volver a verlo. Pero es que también ha dicho que confía en que nos veamos luego. La cosa está bastante clara, creo yo: seguro que le gusto, y, desde luego, no le molesta que ella me guste. Lo que no tengo nada claro es a qué se ha referido cuando ha dicho «salir de dudas», si a lo de su profesión o a lo de tener una relación conmigo. Quizás a las dos cosas. Debería haberle preguntado cuándo y cómo habríamos de vernos, pero no me han salido las palabras.

A lo mejor espera que la siga. La idea es tentadora, ya lo creo. Desde algún lugar de mi mente, una voz me grita «Síguela, aunque sea una locura»; pero otra voz (demasiadas voces siempre) me dice que este no es el momento adecuado, que habrá mejor ocasión. Y gana esta última. Las circunstancias no son las más propicias para tal aventura, porque estoy en el banquete de bodas de mi hermano y es necesario que ocupe mi lugar en la mesa. Si no fuera así, iría tras ella ahora mismo; pero es así. No es cuestión de si es sensato o insensato, es que no tengo otra opción. Además, tarde o temprano, Juana aparecerá en escena para hacer lo que tenga que hacer; solo debo esperar a los postres. Y cuando termine su actuación me levantaré de la mesa con la excusa de ir al baño, pero (entonces sí) iré tras ella. También hay que ver aquí el lado bueno de las cosas, pues ahora tendré tiempo suficiente para planificar mejor mi siguiente paso hacia la conquista de su corazón; digámoslo así. Sea como fuere, algo he conseguido en el poco tiempo de que disponía: me he acercado a ella y hemos hablado bastante; y si consigo que acepte mi número de teléfono antes de que termine la velada, me daré por satisfecho. Solo necesito eso para que esta noche sea perfecta. Ojalá pudiese desdoblarme, pero lo que no puede ser no puede ser. De nada sirve torturarse de esta manera: no puedo desaparecer y eludir mis obligaciones. De momento, solo puedo dejar las cosas como están. Una vez que he llegado a esta conclusión, apuro mi copa de un solo trago y también doy cumplida cuenta de la copa de Juana colocando mis labios en la marca que han dejado los suyos. Después, al igual que el resto de invitados, camino hacia la mesa que me corresponde. La mía es la mesa número dos.

Mi mujer ya está sentada. Mi hermana y su marido permanecen de pie, hablando entre ellos. Según parece, me han dejado el sitio que está situado entre mi mujer y mi hija. La pequeña, por decisión propia, no quiso sentarse en la mesa destinada a los niños. Ignoro la razón exacta, pero basta con que la niña se muestre algo zalamera con su madre para que esta dé su brazo a torcer sin ofrecer la menor resistencia.  Aurora, que así se llama mi hija, nunca se ha llevado bien con uno de los hijos de mi hermana, e intuyo que esta puede ser la razón de que prefiera estar con nosotros. Por otra parte, la aburren los típicos juegos de niños; desde muy pequeña ha dado muestras de una fantasía desbordante y solo se siente a gusto cuando está haciendo algo creativo. Lo que más le gusta es dibujar: siempre lleva encima un cuaderno y varios lápices de dibujo. Y es raro no verla tomando apuntes del natural o esbozando alguna otra cosa en su cuaderno. Del mismo modo que otros llevan un diario escrito, ella lleva una especie de diario gráfico, por así decirlo. Hace algunas semanas conseguí que me prometiese que algún día, cuando sea una artista famosa, me haría un retrato. La única condición que le puse fue que me sacara tal y como soy, o al menos lo más parecido posible: nada de cosas ultramodernas.

Antes de sentarme, mi mujer me pregunta dónde he estado. «Por ahí, echando un vistazo». «¿Y has visto algo que merezca la pena?». Tiene la fea costumbre de lanzarme preguntitas de ese tipo, bastante capciosas, digamos. «No sé qué quieres decir». «¿Seguro?», insiste. No le contesto. Siempre ha sido una celosa patológica, y eso es lo que ha arruinado nuestro matrimonio. Ella dirá que tiene motivos para ser celosa, pero no es cierto; no comprende, la muy desdichada, que son precisamente sus celos los que la han distanciado de mi ánimo (tal y como diría Zeus sobre la enfermiza Hera). «¿Por qué llevas dos copas en la mano?». La pregunta me pilla por sorpresa. Resulta que he olvidado dejar las copas en alguna de las mesas del jardín. Por lo menos debí dejar la de Juana. Pero no he dejado ninguna de las dos. La bebida, a veces, me juega estas malas pasadas. Por suerte, con mis labios he borrado la huella de los suyos, así que improviso una respuesta con rapidez y naturalidad: «El camarero solo llevaba dos copas en su bandeja, y pensé que luego me sería difícil conseguir otra; por eso cogí las dos». «Está bien, ya hablaremos más tarde tú y yo sobre la jovencita esa del vestido negro», dice ella; «ahora siéntate, ¿o vas a comer de pie?». Dejo las copas vacías en la mesa. Me quito la chaqueta y la coloco en torno al respaldo de la silla. Mi hermana se acerca a saludarme, dice no sé qué y vuelve junto a su marido. Saludo a su marido, también al hermano de la novia y a su mujer, a quienes apenas conozco. Son jóvenes y aún no tienen hijos. Todos nos sentamos a la misma mesa.

Enseguida nos sirven el primer plato. Comemos, bebemos, charlamos, reímos…; en fin, hacemos todo lo que se suele hacer en un banquete de bodas.

–¿Y en qué andas metido ahora? –me pregunta el hermano de la novia.

Solo he hablado con él tres veces en toda mi vida, pero ya se atreve a tratarme con toda la familiaridad del mundo.

–Ahora no tengo trabajo, estoy cobrando el paro.

–¿Y sigues escribiendo?

–Sí, claro. Escribir es una condena vitalicia –digo tratando de ser gracioso; pero sin mucho éxito, porque nadie se ríe–. De vez en cuando publico algún cuento en Internet o en alguna revista, aunque no me pagan por ellos.

–¿Y la revista es gratuita? –pregunta el marido de mi hermana, otro listo de la vida.

–No.

–Curioso. Es como regalar naranjas a un frutero para que él las venda y se quede con toda la ganancia. No es mal negocio para el frutero.

–Bueno, al menos me publican. Cuando empecé a escribir, ninguna revista mostraba el menor interés por mis cuentos. Algunas ni siquiera mostraban la menor diplomacia a la hora de rechazarlos. Así que, de momento, me conformo con publicar, aunque sea gratis. Por algo se empieza.

–Pero a tu edad no puede decirse que estés exactamente empezando. ¿O sí?

¿Ha dicho «que estés exactamente empezando»? Por suerte, mi mujer logra desviar el tema de conversación hacia el vestido de la novia. Todos coinciden en que está preciosa. Ella sabe que no me gusta hablar de mi faceta literaria con profanos en la materia: gente que no entiende cómo funciona el mercado editorial ni sabe de las íntimas e irrenunciables compensaciones que puede tener un escritor por el simple hecho de escribir. Aunque lo cierto es que me hago mayor y mi obra no ha logrado la proyección que yo esperaba. ¿Qué pensará Juana de mí cuando se entere de que solo soy un escritor fracasado? Si yo fuera un novelista famoso, seguro que no me rechazaba por muy casado que estuviese. La creencia general de que los escritores pobres tenemos con las mujeres más éxito que los famosos es falsa. Un mito, como tantos otros que giran en torno a la figura del creador. Lo sé de buena tinta, porque yo no me como una rosca. Cómo voy a hacerlo, si me paso el día entero entre cuatro paredes tratando de conciliar a las musas. Y con ellas, claro, debo conformarme cuando se dignan aparecer: ¡cómo si yo no prefiriese a las mujeres de carne y hueso! Pero las mujeres tienen sentido práctico por más que digan que son unas románticas, y prefieren a un hombre que se gane bien la vida antes que verse relacionadas con un soñador de tres al cuarto. Y si, aparte de una abultada billetera, tiene un buen físico, tanto mejor. Quizá sea ese el quid de la cuestión: que no tengo donde caerme muerto. Otro gallo me cantara si yo fuera un autor de best sellers. Pero ni tengo caudal ni el menor atractivo físico, tampoco labia ni encanto. Ni siquiera soy gracioso, la verdad. No sé por qué mi mujer me aguanta todavía.

Mi amigo Pedro dice que tengo aptitudes pero que no sé venderme. Según él, soy de una modestia insufrible. No creo que sea para tanto, pero si él lo dice… Además, qué puede saber sobre literatura un vendedor de seguros, si no ha leído un libro en su vida. Pero cuando habla de modestia y de que no sé venderme no solo se refiere a mi proyección en el mercado literario, claro está: también habla de mujeres. Y él suele tener bastante éxito en ese sentido, cosa que no entenderé en la vida. De hecho, y a pesar de sus cuarenta años, sigue teniendo menos luces que una linterna sin pilas; las mismas que tenía a los diecisiete, cuando compró una moto y le rompió el tubo de escape para que hiciese más ruido. ¿Qué tiene eso de seductor? Recuerdo que le encantaba empinar la moto sobre una rueda y hacer otras payasadas por el estilo. En fin, un mastuerzo integral; ya digo. Con todo, siempre había más de una jovencita que bebía los vientos por él. Aprende a presumir de lo que tienes, me decía; ¿de qué sirve callar las virtudes cuando los defectos hablan por sí solos? Es lícito hacerse el chulo si con eso consigues echar un polvo, me sigue diciendo todavía; si yo fuese escritor, como tú, me las llevaría a todas de calle. ¡Pobre iluso! Aunque él sí tiene esa palabrería y ese desparpajo que gusta al sexo femenino, eso sí es verdad. Porque en lo primero que se fijan las mujeres de un hombre es en la fachada y la facundia, y Pedro tiene de las dos. También hay que decir que está soltero, y eso siempre es un plus: puede hacer lo que le plazca sin tener que rendir cuentas a nadie. Sin embargo, yo apenas puedo dar un paso sin que mi mujer se entere. Incluso estoy obligado a justificar todos los gastos que hago, porque es de esas que controlan la cuenta corriente (¡y no digamos el teléfono móvil!). Para qué nos vamos a engañar: ¡mi matrimonio es un completo fastidio! Si fueras más despabilado, ligarías más; porque eres un tío culto, pero un poco parado. Yo le digo que él es un fanfarrón, y así dejo equilibrada la balanza. Nuestra amistad viene de lejos, y no nos enfadamos por decirnos las cosas claras. Ya éramos así en el colegio: inseparables a pesar de nuestras diferencias de carácter. Por suerte para mí, no está invitado a la boda; de lo contrario, yo no hubiese tenido la menor oportunidad de acercarme a Juana. Aunque ella no parece tan tonta como la mayoría de las mujeres, quiero decir como la mayoría de las mujeres que se fijan en Pedro. Es cierto que Ortega prefería a esas mujeres (para él, la mayoría) que no poseen más sindéresis que una corza –¡Ortega!, uno que pensaba–; también Nietzsche era del mismo parecer, y este pensaba más todavía: tanto que acabó loco. Pero no teman ustedes: yo no pienso lo mismo que ellos, y espero mantener la cordura hasta el último de mis días. En realidad, no debería juzgar con tanta dureza a mi buen amigo; y mucho menos en estos momentos tan difíciles para él, pues está ingresado en un hospital a la espera de un trasplante de hígado: el pobre pasó de empinar la moto a empinar el codo. ¡Y quién sabe si eso es ya todo lo que puede empinar! Pero si la mayoría de las mujeres son tontas (al decir de Ortega, claro) y, en principio, se sienten atraídas por un charlatán engreído y con buena planta, por qué Pedro no habría de aprovecharse de ello. En cambio, yo nunca he sido un engreído, ni siquiera un engreído con encanto. Soy, más bien, un maniático algo atormentado, alguien a quien le gusta vivir alejado del mundanal ruido. A las mujeres no les interesan los tipos como yo, con fama de sufridores; ni siquiera a las más inteligentes. Incluso mi mujer cree que soy un sufridor profesional y que, en secreto, me considero un genio incomprendido. Nada más lejos de la realidad. Pero será mejor que no pruebe ni una gota de vino más, porque está empezando a hacerme el efecto contrario al de la euforia: comienzo a sentirme mareado y abatido.

Después del solomillo con guarnición y antes de la tarta nupcial, por fin, Juana, la sofisticada y misteriosa Juana –mi bella ninfa, en tus plegarias acuérdate de mí– hace acto de presencia. Pero no viene sola. La acompaña una especie de chulo de barrio de descabelladas patillas. Ambos van vestidos con la espantosa indumentaria característica de los bailes de salón. No puedo creer lo que ven mis ojos. Este descubrimiento frustra todas las ilusiones que he ido alimentando a lo largo de la cena. Sigue pareciéndome una mujer hermosa, desde luego, y su nuevo atuendo deja entrever las bondades de su cuerpo con una esplendidez tentadora; sin embargo, los bailes de salón me parecen de una vulgaridad insoportable. Yo la imaginaba una artista refinada, y aspiraba a algo más que a un cuerpo apetecible: aspiraba a un espíritu en consonancia con la belleza de su cuerpo, tal y como me apresuré a inferir de su conversación. No puedo creer que esa chica sea la misma con la que he hablado durante el bufé. No puedo, no quiero creerlo. ¡Pero qué hace abrazada a esa especie de bandolero danzarín con pinta de chuloputas! De repente, me he puesto de mala leche. Yo, que me había imaginado una relación idílica, contemplo ahora cómo el henchido velero de mis ilusiones se va a pique por la proa. La metáfora es horrible, lo sé; pero qué esperan a estas alturas de la función: el vino no me deja pensar con claridad. ¿In vino veritas? Comienzo a sentir ganas de vomitar.

No consigo salir de mi asombro. Yo imaginé que se trataba de una mujer distinguida, a más de con talento para algo artístico. Nada intelectual, claro; sino, más bien, algo como la interpretación, la música, el ballet… El ballet clásico, se entiende; no los bailes de salón, que me parecen una auténtica horterada. A mí las mujeres me gustan guapas y con talento; pero una mujer que se siente atraída por los bailes de salón no tiene la bastante clase como para que yo pueda considerarla una mujer para toda la vida. Está para mojar pan, por supuesto –y, como dijera Quevedo, no muda el coño, por el don, visajes–; pero eso es todo. Así que podríamos decir que ha pasado a formar parte de ese grupo nada selecto al que mi amigo Pedro –tan misógino como mujeriego– llama de usar y tirar. Estoy confuso, porque parecía una mujer interesante y culta. Aunque tal vez también a ella la juzgo con dureza: después de todo, yo tampoco me gano la vida escribiendo, sino haciendo trabajos temporales aquí y allá; todos forzados y fatigosos, y con los que consigo ganar algo de calderilla mientras el destino –y que Juana me perdone por insistir en dicho término– aplaza por tiempo indefinido la consecución de mi mayor anhelo: ganarme la vida con la literatura. Quién soy yo entonces, yo que siempre he vivido a salto de mata, para juzgar cómo otros se las arreglan para salir adelante. Pero me había hecho tantas ilusiones… Además, nadie se dedica –ya sea de forma amateur o profesional– a los bailes de salón si no le gustan; y me parece evidente que ninguna bailarina de ballet clásico se dedica a bailar boleros en las bodas para poder llegar a fin de mes; y esto ya es suficiente razón para que desaparezca mi interés por Juana. Pero para qué dar más vueltas al asunto: lo único cierto es que Juana ya no me parece la diosa que, tal vez de manera más caprichosa que realista, había ideado a mi completa satisfacción. ¿Acaso era pedir demasiado? Siempre me pasa lo mismo: tengo una confianza desmedida en que la realidad acabará ajustándose a mis anhelos, aunque no haya ninguna razón objetiva para pensar tal cosa. Lo que pasa, creo yo, es que mi deseo puede llegar a ser tan fuerte que hay ocasiones en que, más que un simple deseo, me parece una corazonada, una intuición infalible. Es fácil confundirse con estas cosas, sobre todo si uno se considera a sí mismo un ser especial, ya saben: alguien que tiene el pálpito de que el futuro le reserva un triunfo extraordinario. Y yo siempre he creído que, tarde o temprano, el hado habrá de serme favorable, y que estoy destinado a hacer algo importante en la vida. Pero no me malinterpreten, sé que la grandeza hay que ganársela. Lo que quiero decir es que yo siento que nací con una especie de aura especial, un aura como esas que parecen irradiar los prohombres del mundo. Bueno, yo sé qué me digo; por otra parte, en la vida hay cosas peores que ser un iluso con aires de grandeza.

Por cierto, ¿existe el término «promujer»? El término «prohombre», como es bien sabido, sí existe; es más, el corrector de Word ni siquiera lo subraya en rojo, como sí hace con «promujer». Tal vez, en este caso, tengamos que considerar el término «hombre» en la primera acepción que recoge el DRAE: ser animado racional, varón o mujer. Así las cosas, «prohombre» valdría tanto para referirse a varones como a mujeres; siempre y cuando, se entiende, tanto unos como otras gocen de personalidad destacada y gran consideración.

Pero miren a mi mujer: no para de aplaudir. ¡Le encantan estas danzas ridículas! Y eso que durante un tiempo –años desperdiciados en una ingente variedad de esfuerzos inútiles– intenté ejercer de Pigmalión con ella. Qué iluso fui al pensar que, con tiempo y esfuerzo, podría convertirla en una mujer culta y refinada: una mujer a la que poder admirar –como Pigmalión admiraba a su Galatea– y de la cual, por fin, poder enamorarme. Sobra decir que no fue así. Muy a mi pesar, me vi forzado a concluir que el mito de Pigmalión es solo eso –un mito– y que, si quieres compartir tu vida con una persona inteligente y culta, no debes emparejarte con una de esas corzas que tanto gustaban a Ortega, y luego tratar de educarla, porque estarás destinado al fracaso. Yo lo intenté con Sara –que así se llama mi mujer–, pero no logré más que avances minúsculos que, con rapidez, cedían a fuerzas de retroceso más poderosas y arraigadas en su carácter. Para colmo de males, sus reacciones a mi celo cultural siempre estuvieron revestidas de la más iracunda soberbia, pues juzgaba mis consejos y llamadas de atención como insultos a su persona en lugar de como críticas constructivas. Agotado, abandoné la lucha. Eso sí, desde entonces todo fue a peor. Sus hábitos llegaron a relajarse tanto que ya ni siquiera mostraba el menor interés por abrir un libro, y, si de ella dependiera, cambiaría mi biblioteca entera por un bolso de Chanel. A día de hoy, reparte su tiempo entre cotilleos de comadres y mensajes de wasap (que, en la práctica, son la misma cosa). Ya ven, para ella no hay nada más exótico, e incluso erótico, que un tango. Me pregunto qué tienen de mágicos, de sibilinos, de enigmáticos, los bailes de salón. Nada en absoluto. Para mí carecen de interés por completo. Puedo admirar la elegancia de Fred Astaire y Cyd Charisse, desde luego; pero lo que ahora contemplan mis espantados ojos no tiene nada que ver con la gracia y sutileza de estos dos artistas: el señor Astaire era un caballero, un príncipe de la elegancia, y ese tipejo más bien parece el hermano hortera de Toni Manero; en cuanto a Juana, antes sí podía haberla comparado con Cyd Charisse, incluso saldría ganando, pero ahora es evidente que no. Además, si un cejijunto descerebrado como ese puede aprender a bailar un tango, o cualquier otra danza por el estilo, es que los bailes de salón no tienen nada que pueda interesarme.

Esto del tango seguro que ha sido idea de mi hermano, que estuvo haciendo surf en Río de la Plata el verano pasado. Incluso vino chapurrando con acento argentino. Su mujer, en cambio, tiene mejor gusto; a pesar de haberse casado con él. Esa es una relación que no podré entender en la vida. Como tampoco entiendo por qué se sigue casando la gente. ¿Es que no se mienten lo suficiente durante el noviazgo? El matrimonio es para masoquistas, cada vez estoy más convencido de ello. Y si me apuran mucho, puedo entender (hasta cierto punto, claro) que un hombre que no ha probado las mieles (ni las hieles) de la vida conyugal se case; pero los reincidentes escapan a mi entendimiento. Yo no soy, créanme ustedes, de los que tropiezan dos veces con la misma piedra. Pero ahí tienen a mi hermano: quizá piensa que esta vez le irá mejor. No será así, porque si hay una verdad irrefutable en este mundo es que todos los matrimonios terminan de la misma manera: mal. Bueno, dejémoslo en casi todos, por aquello de no ceder al desaliento ni ser en extremo categórico: puede que haya alguna excepción que contradiga dicha regla, pero son tan pocas las excepciones que es de todo punto imposible dudar de que dicha regla existe. Cuando uno es joven cree que nunca cometerá los mismos errores que cometieron sus padres y que, si alguna vez se casa (he aquí ya la inminencia del error: tolerar siquiera la idea de que podría casarse), su matrimonio no caerá en las mismas trampas. Los jóvenes se figuran que conocen la fórmula para evitar que su matrimonio derive hacia una de esas relaciones apáticas y malavenidas que con tanta suficiencia juzgan y desaprueban, y poseen una natural predisposición a suponer que su vida a este respecto será un camino de rosas (olvidan las espinas, claro); pero cuando llegan los problemas (y tarde o temprano siempre llegan), entonces la única solución que se les ocurre es el divorcio. Quizá sea necesaria la experiencia del propio matrimonio para poder comprender que a todos les sobreviene ese momento en que se quedan estancados, y sus aguas –antaño estimulantes y vivaces– comienzan a pudrirse sin remedio. Si en el inicio de Ana Karenina sustituimos la palabra familia –que no deja de ser un concepto impreciso, sobre todo a la hora de juzgar la dicha o la desgracia de cada miembro de la misma– por la palabra matrimonio, comprenderemos al primer golpe de intuición que Tolstoi se equivocaba. En realidad, todos los matrimonios infelices se parecen los unos a los otros (el rostro de la desgracia no suele ser muy original); pero los felices (que son los menos) lo son cada uno a su manera, pues para lograr una dicha duradera en las relaciones de pareja no cabe la menor duda de que hay que poseer cualidades fuera de lo común y, por regla general, distintivas de cada carácter, tales como el talento, la imaginación (véase la cuarta acepción del DRAE) y el pundonor. Este pensamiento es mucho más pesimista, y por esa misma razón es también más verdadero.

Por fin ha terminado la actuación. Menos mal: ha sido un espectáculo bochornoso. Aun así, he intentado en varias ocasiones, aunque sin éxito, que mi mirada se cruzase con la de Juana. Debo decir en su favor que se entrega por entero a su trabajo: baila como en estado de trance, como si la música y la letra de esas canciones contasen su verdadera historia de nostalgias y deseos. Si todo lo hace con el mismo entusiasmo, seguro que es una amante excepcional. He dicho que ya no puedo considerarla la mujer de mi vida, pero todavía me parece una mujer deseable. No es cuestión de renunciar a un apasionado romance solo porque ella no sea una Tamara Rojo o una Alicia Amatriaín. Estas dos sí que bailan como los ángeles. No es que yo sepa cómo bailan los ángeles, ni siquiera sé si los ángeles existen. Solo se trata de una expresión, nada más; una frase hecha, ya saben. Supongo que estamos mal acostumbrados a hablar por hablar, sin prestar demasiada atención a las palabras que utilizamos. Lo que he querido decir, en cualquier caso, es que bailan como diosas; y es que, en rigor, creo que los ángeles no bailan: solo cantan. Pero dejémoslo.

Aunque Juana me haya decepcionado de manera irremisible, me levanto de la mesa con la excusa de ir al baño, tal y como tenía previsto. Los camareros comienzan a servir los postres. Por suerte, la pareja de danzarines va en la misma dirección en la que están los aseos. Los sigo a una distancia prudente. Puedo ver cómo los dos desaparecen tras una puerta en la que puede leerse Privado en un pequeño letrero. La puerta está en un pasillo a medio camino entre el jardín donde hemos celebrado el bufé y el salón donde se sirve el banquete. Me apoyo contra la pared situada enfrente de la puerta, y espero a que salga Juana. El primero en salir, sin embargo, es el bandolero danzarín. Las garrafales patillas y la ciclópea ceja son de verdad, no formaban parte del maquillaje. Su traje de calle no varía mucho del que llevaba puesto hace unos minutos.

¿Qué quiere usted?, me dice, ¿busca a alguien? Le digo que estoy esperando a Juana. ¿A quién? «A Juana, me gustaría hablar con ella». Juana no está aquí. «La he visto entrar contigo». El tipejo insiste en que allí no hay ninguna Juana. «Mira, muchacho, no quiero problemas; solo quiero hablar un momento con Juana». Si no quieres problemas, no los busques. Estupendo, ahora el muy majadero (por no decir mamarracho sin el menor atisbo de elegancia ni sentido del decoro) se atreve a tutearme. Ya que parece tan molesto, le pregunto si es su novia. ¿Quién? «Juana». El mamarracho, digo el muchacho sonríe con una de esas sonrisillas subrepticias y prepotentes que tanto detesto. Juana no es mi novia, dice, y te repito que no está aquí. El mostrenco (véase segunda acepción del DRAE) me vuelve a tutear: no parece darse cuenta de que casi le doblo la edad. «De acuerdo, chaval», le digo; «lo entiendo perfectamente». ¿Qué coño entiendes? Ahora se pone gallito. «Nada, no entiendo nada; pero prefiero seguir esperando, si no te importa». Intuyo que el patán comienza a ponerse nervioso (yo tengo una intuición infalible para estas cosas); pero, antes de que podamos decir nada más, se abre la puerta de nuevo y aparece Juana. Viste una camiseta ceñida que no le llega al ombligo y unos pantalones vaqueros que dejan ver la parte superior de (horror de los horrores) un tanga. Me mira con cierta curiosidad, y finge no reconocerme. Él la besa en la boca al mismo tiempo que, con una de sus manos peludas, le aprieta el culo. No me puedo sentirme más defraudado. Cómo es posible que esta mujer, que había coqueteado conmigo de un modo tan hábil y perspicaz que supo ganarse mi interés, sea, en realidad, la novia de este prototipo de matón de verbena. ¿Y qué ha sido de su elegante vestido negro? O mi sexto sentido se ha malogrado del todo o aquí hay gato encerrado.

¿Conoces a este tío?, le pregunta él señalándome con un dedo. No lo he visto en mi vida, dice ella. Ya me parecía, tiene pinta de gilipollas. «Oye, chaval», le digo, «ten cuidado con lo que hablas, que yo todavía no te he insultado ni faltado al respeto». Y es verdad, al menos de palabra lo he tratado con toda la educación que cabe esperar de un hombre de mi integridad moral e intelectual; de pensamiento ya es otra cosa. ¿Faltarme tú al respeto?, dice con sorna, solo faltaría eso; claro que si quieres ganarte un par de hostias… El tipejo es un subnormal profundo, no hay lugar a dudas. Oye, Manolo, dice ella, déjalo y vámonos de aquí. Sí, vámonos antes de que se me crucen los cables y acabe atizándole un par de hostias. Se conoce que las hostias le gusta repartirlas de dos en dos. No merece la pena, dice ella, ¿no ves que no tiene ni idea de por dónde anda?; aparte de que no tiene ni media hostia, cómo vas a darle dos. Ambos ríen la gracia. Entonces, siguiendo el consejo de mi amigo Pedro, decido presumir un poco: «que sepas que soy un escritor de talento», digo mirando a Juana a los ojos; «todavía no soy famoso ni estoy forrado ni nada de eso, pero todo llegará, porque todo llega en esta vida y ese es mi hado y es mi destino –digo subrayando los dos últimos sustantivos–, y quizá luego te arrepientas de haberte burlado de mí; pero ya será demasiado tarde para ti». Ella me mira como si yo acabara de bajar de un ovni o algo parecido. Mira, tarao, dice el otro, porque está esta delante, que, si no, te daba las hostias que no tienes, por subnormal; anda, tía, pirémonos de aquí antes de que me encojone más de lo que estoy. Vuelve al salón, me dice ella por fin, quizá allí encuentres a quien estás buscando. Y se van cogidos de la mano.

No acabo de comprender qué es lo que está ocurriendo. Entro en el cuarto privado, aunque no sé muy bien con qué intención. Supongo que busco a Juana, porque no puedo creer que aquella reina del mal gusto sea Juana. Ni siquiera habla el mismo idioma. Puede que haya fingido la voz, o tal vez articula de modo distinto según con quién hable. No sé, todo me parece demasiado extraño. «Porque está esta delante», dice el pedazo de adoquín, y «anda, tía, pirémonos de aquí». ¡Menuda forma de dirigirse a una mujer! A estos patanes se los reconoce a la legua. Pero no, esa no puede ser Juana. Ella es inteligente, y resultaría inconcebible que estuviese liada con un individuo que parece sacado de un reality de la televisión. La habitación está vacía, claro. De repente, tengo la absurda ocurrencia de ir en busca de ese par de tangueros. ¡Menuda palabreja!: ¡tangueros! No hay mucha diferencia entre las palabras tango y tanga, ahora que lo pienso. En realidad, solo tienen distinto género; y por qué no habrían de tener la misma etimología. ¿Del latín tangere? Me inclino más a pensar que son palabras de origen africano, como el taparrabos. ¿O vendrán ambos términos del tupí brasileño? No lo sé. Lo que sí sé es que ella, además de bailar tango, usa tanga: el colmo de la vulgaridad. Pero, si tan vulgar me parece, ¿por qué la sigo? Quizá porque hay algo que no me cuadra en esta historia y necesito resolver el enigma a toda costa. Esta es una de mis mayores virtudes: me gusta llegar al fondo de las cosas. Así que decido abandonar mi zona de confort y me adentro, remontando el río Congo, en plena selva tropical, hacía el mismísimo corazón de las tinieblas.

Gracias a que los zapatos de inverosímil tacón que ella calza le impiden moverse con agilidad y soltura, no tardo en alcanzarlos. Caminan abrazados, pero de tal modo que más parece que él la va sujetando para que ella no pierda el equilibrio. Hablan y ríen. Aunque no puedo escuchar con claridad lo que dicen, sospecho que continúan burlándose de mí. Los alcanzo cuando están a punto de subir a su coche, un viejo y destartalado Seat León.

El patán mal encarado.–¿A ti qué coño te pasa?

Yo.–Solo quiero preguntarle algo a tu novia.

Ella.–Deja que hable, a ver qué quiere.

Yo.–Antes, durante el bufé, ¿por qué coqueteaste conmigo si tienes novio? ¿Por qué me insinuaste que podría haber algo entre nosotros? Dijiste que volveríamos a vernos (para salir de dudas, ya sabes). Pero no entiendo qué clase de fulana estás…

El primer puñetazo no se hace esperar: ni siquiera tengo tiempo de terminar la frase. Por qué he dicho lo que he dicho, ni yo mismo lo sé; pero sospechaba cuál sería la reacción del bandolero patán y aun así he dicho lo que he dicho. Por cierto, creo que he conseguido atizarle una vez: no estoy muy seguro, pero me parece que sí, que por lo menos un puñetazo le he dado. En un zapato o algo así: estaba bastante duro. De los golpes que yo he recibido no he sido capaz de llevar la cuenta. Hasta que la golfa esa ha conseguido separarnos, el muy cabrón se ha despachado a gusto. Pero tampoco es tan duro como aparenta, apenas sí me ha roto un diente. Y creo que tengo varias costillas machacadas. Poco más. La peor parte se la ha llevado la camisa, que tiene la espalda rasgada de arriba abajo.

Ahora sí, los dos enamorados salen disparados rugiendo motores. ¡Vuelve al salón, gilipollas!, dice ella a voz en grito, la ventanilla de su puerta bajada. Yo me recompongo como puedo y decido volver al salón, al lado de mi mujer, que es con quien debería estar. Si lo pienso bien, mi mujer es la perfecta esposa y madre. Pero perfecta en todos los sentidos. En el sexo, por ejemplo, nunca me niega nada; todo le gusta y, claro, uno siempre queda como un caballero. Esta mañana, por ejemplo, estuvo magnífica; y es que le encanta el sexo matinal. Pero mejor no lo cuento, no quiero aburrirles a ustedes detallando las habilidades de mi encantadora esposa para las bellas artes amatorias. Nuestro matrimonio funciona en ese aspecto a las mil maravillas y está repleto de experiencias gratificantes, es todo cuanto ustedes necesitan saber. Si soy sincero, no puedo quejarme: he tenido mucha suerte al encontrar a una mujer como la mía. Es lo que se puede llamar una mujer de los pies a la cabeza. Pensándolo bien, no se merece que vaya por ahí perdiendo el culo por cualquier golfilla de medio pelo. Y es que a veces actúo como un adolescente caprichoso: es algo que no tiene el menor sentido y que ni yo mismo logro comprender del todo. Al fin y al cabo, qué gano con ello: menos que nada. Es más: si ella hiciera lo mismo que yo, jamás se lo perdonaría. Porque la quiero demasiado, la quiero más de lo que a veces me atrevo a reconocer. Quizá me asusta quererla tanto. Sí, amor mío, yo te quiero, te quiero muchísimo. Eres preciosa, ¡preciosa!, y la mejor esposa del mundo. ¡Dios mío, qué dirá cuando me vea con esta pinta de eccehomo! ¡Joder, no hago más que darle disgustos! Debo cambiar, esforzarme por ser más razonable, menos enamoradizo. Además, qué significa enamorarse. Cuando creemos enamorarnos de una persona, qué hacemos sino proyectar sobre esa persona una imagen de nuestro ideal. Solo eso. Y con el tiempo, cuando la conocemos bien, descubrimos que ese ideal solo estaba en nuestra imaginación, que es, claro está, la morada natural de todo ideal. Dicho de otro modo, siempre nos enamoramos de la imagen que nuestro espíritu proyecta en la otra persona, que es tanto como decir que nos enamoramos de nuestro propio espíritu, es decir, de nosotros mismos. Es así de simple. El amor es una locura narcisista, una trampa en la que no vale la pena caer. Lo mejor en lo que a las relaciones de pareja se refiere es no comprometer el corazón. No es prudente hacerlo, nada prudente. El corazón, como dicen los cardiólogos, es un órgano complicado, muy difícil de entender. También muy delicado. Y por mucho que uno lo cuide, nunca lo cuida lo suficiente: hay que llevar una dieta equilibrada (eso está muy de moda), hacer ejercicio moderado (pero de manera regular) y nunca enamorarse. Después de todo, corazón solo tenemos uno. El sexo sin amor es mucho mejor, el sexo y la sabrosa satisfacción (para usar palabras de Baudelaire) que el buen sexo nos procura. Y eso ya lo tengo con mi mujer. Está decidido: jamás volveré a interesarme por otra mujer que no sea la mía. Por otra parte, y como dicen los manuales cristianos de autoayuda, lo mejor y más razonable es practicar el arte de querer a una sola mujer; y para eso no hace falta estar enamorado: solo hay que abastecerla del cariño suficiente. No creo que sea tan difícil, debería bastar con un poco de disciplina. Si hacemos caso a Erich Fromm, amar es un arte que puede aprenderse e incluso perfeccionarse; bastaría con ser un poco más responsable y respetuoso. También más sabio, claro; lo cual implicaría aceptar el hecho de que podemos amar a quien decidamos amar. La ignorancia consistiría en no creerlo. El amor no es una cuestión de azar, no es un rayo que nos parte los huesos, como decía Cortázar. Ese amor no es verdadero amor, ni siquiera es un amor válido; es, más bien, un amor de película. Y dejarse llevar por ese tipo de amor –llamémoslo amor romántico– es un error porque siempre acaba siendo tan decepcionante como efímero. Lo más sensato es saber controlar los sentimientos a nuestro antojo, ser libres y no esclavos de una pasión. Es una manera de amar mucho más racional y satisfactoria. Y, por supuesto, podemos (y aun debemos) aprender a amar a una persona en concreto, la que nosotros escojamos según nuestro razonado criterio. De hecho, si me esfuerzo por amar a mi mujer, si pongo en ello mis cinco sentidos, a la postre acabaré enamorado de ella. Así es que esto es lo que haré: elijo amar a mi mujer, y aprenderé a amarla contra viento y marea. Debo hacerlo por ella y también por mí, porque ya va siendo hora de que madure un poco y de que lleve una vida más juiciosa y menos expuesta a estos ridículos. Y también porque mi mujer lo es todo para mí. La necesito tanto que no sé qué haría si la perdiera, no me imagino viviendo sin ella. De verdad, vida mía, yo no sé qué haría en este mundo si tú me faltaras, y te prometo que nunca jamás volveré a comportarme como lo he hecho esta noche. Te lo prometo. Nunca jamás, ¿me oyes?: nunca jamás.

Repitiéndome esta consigna en voz baja, entro en el salón. Por suerte, nuestra mesa está situada muy cerca de una de las puertas de acceso, así que no tengo que exhibirme demasiado antes de sentarme.

¿¡Qué ha pasado!? ¿¡Cómo estás así!? «Nada, he tenido que darle unas hostias a uno que se ha puesto chulo conmigo». Cojo la chaqueta del respaldo de la silla y me la abrocho para disimular un poco los quebrantos de la camisa. Mis compañeros de mesa me miran con sorpresa. Mi hermana me dice algo, pero no entiendo qué. ¿Chulo contigo?, ¿de qué hablas? «Un borracho que no abría la puerta de los lavabos, se conoce que estaba esnifando». ¡Dios mío!, ¿era un invitado? «No, era el tipejo ese del tango; ya se ha ido con el rabo entre las piernas: su novia ha tenido que llevárselo a rastras». ¿El bailarín de tango, borracho? «Pues sí, ¿no te has fijado cómo bailaba?; si no daba pie con bola». Bueno, tengamos la fiesta en paz; y vamos un momento al coche tú y yo. «Estoy bien, no te preocupes por mí; solo tengo algunas contusiones en la camisa». Límpiate el labio. «De acuerdo, me limpio el labio y ya está; ¿ves?, todo listo». Ya sabes que siempre meto una camisa limpia en el coche, por si acaso; así que será mejor que nos acerquemos y te cambies. «Puedo ir solo, vosotros terminad el postre». Iré contigo, aunque no quieras. Te estoy dibujando en mi cuaderno, papá. «¿Ese soy yo?». Sí, pero todavía no tienes cabeza; ahora estoy dibujando el cuerpo. «Termina la tarta y deja eso para otro día, anda». Mira, papá, están tocando música clásica, de la que a ti te gusta.

Ni siquiera había reparado en la música, pero es cierto: suena el andante cantábile del célebre Cuarteto de las disonancias, de Mozart. Cuatro jovencitas interpretan con una más que aceptable solvencia esta música deliciosa y esperanzadora. Recuerdo que Virginia Woolf escribió, en uno de sus cuentos, que toda la obra de Mozart producía desesperación, para luego rectificar y añadir que no, que había querido decir esperanza. Desesperación, esperanza… Virginia sabía muy bien que nada es concluyente, pero me hubiese gustado discutir con ella sobre este incomparable cuarteto para cuerda. Con mi mujer es imposible hablar sobre nada interesante. A Mozart, sin ir más lejos, solo lo conoce por la célebre película de Milos Forman, que, para colmo, le parece aburrida. El segundo movimiento es tan delicioso como abrumador (véase también la cuarta acepción del DRAE para el verbo abrumar). Es una pena que me haya perdido el primero. Pero lo que más me disgusta es que, mientras aquellas cuatro placenteras musicuerdistas arrancaban a sus instrumentos las delicadas notas del primer movimiento de uno de los cuartetos más perturbadores del genio vienés, aquel paleto medio lunfardo me estaba dando de hostias de la manera más disonante que quepa imaginar.

¿Qué te ocurre?, pregunta mi mujer. «Nada», respondo. ¿Seguro?, parece que has visto un fantasma.

No veo ningún fantasma. Veo algo más sorprendente aún, porque entre aquellas cuatro delicadas intérpretes está Juana, la verdadera Juana, la auténtica Juana, la inimitable e irrepetible Juana, la ferviente admiradora de Jacqueline du Pré, tocando el violonchelo. Bella, magistral, extática. Su rostro, transportado por la música a paradisíacas regiones de las que ningún mortal podría dar noticia cabal, me recuerda al de la Beata Beatrix de Rossetti. ¡Cómo no imaginar ahora que mi glande reposa, cual encarnada amapola, sobre sus voluptuosos labios entreabiertos, después de haber esparcido la cálida nieve de mi semen por su enigmático rostro de esfinge! La otra, la del tango, solo es una vulgar imitación –una hermana gemela, supongo–, cuyo espíritu está muy lejos de poder competir con el de aquella enigmática diosa que, una vez más, está llamada a ser el amor, verdadero y eterno amor, de mi vida.

¡Dios mío, nunca vas a escarmentar!

Miguel Bravo Vadillo

Una mujer espera | Relato de Miguel Bravo Vadillo

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Última actualización el 2024-05-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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