4 Premios Nobel de Literatura que escribían (o escriben) relatos cortos

En el vasto universo de las letras, los Premios Nobel de Literatura destacan como el reconocimiento máximo a la maestría y contribución excepcional a este arte. ¿Alguna vez te has preguntado cuántos de estos laureados han incursionado en el fascinante mundo de los relatos cortos?

Aunque el género breve no es precisamente el más valorado en ciertos sectores de la literatura, en este artículo citamos 4 escritores que ganaron el Premio Nobel que escribían relatos cortos. Aprovechamos, para compartir algunos de sus cuentos.

Hemos seleccionado a dos autores muy conocidos sobre todo por sus novelas (el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa) y a otros dos que enfocaron gran parte de su producción a la narrativa breve (la canadiense Alice Munro y el estadounidense Ernest Hemingway).

Esperamos que os gusten estos cuentos.

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Gabriel García Márquez: Más allá del realismo mágico

Gabriel García Márquez, el genio colombiano galardonado con el Nobel en 1982, es conocido por su inigualable dominio de un estilo de narrativa que ha venido a denominarse “realismo mágico”. Sin embargo, no se habla de su faceta de cuentista (al menos no lo suficiente). Por lo general lo recordamos por sus novelas Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El coronel no tiene quien le escriba (entre muchas otras).

Pero es también autor de notables relatos cortos que encapsulan la esencia de sus obras más extensas. Obras como «Ojos de perro azul» demuestran su habilidad para tejer narrativas envolventes en espacios reducidos.

 

Relato corto de Gabriel García Márquez: Amargura para tres sonámbulos

Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes de que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.

Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo: “No volveré a sonreír”.

Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.

Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.

Sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.

Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.

Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos, que había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.

Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. Nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.

Sabíamos, sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.

Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos, sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiado de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.

De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada, con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y segura en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.

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Mario Vargas Llosa: Conocido sobre todo por sus novelas y ensayos

El laureado peruano Mario Vargas Llosa, distinguido con el Nobel en 2010, es igualmente conocido por sus novelas, si bien también escribió algún que otro relato corto (no demasiados, que sepamos).

A modo de ejemplo, reproducimos su relato “Día Domingo”, incluido en el libro Los jefes (Amazon).

Día Domingo. Un relato de Mario Vargas Llosa

Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido: «Estoy enamorado de ti». Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y. petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: «Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras cómo te odio!». Y antes todavía, en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz baja, volvía —a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de la luz: «No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén». Y la noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta; caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. «Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me friego.» Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que cesara aquella humillación. «Qué le digo, pensaba, qué le digo.» Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y ridículo’ Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.

—Flora —balbuceó—, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.

Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin. embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación pequeñitos y perfectos.

—Mira, Miguel —dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura—. No puedo contestarte ahora. Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.

—Todas las mamás dicen lo mismo, Flora —insistió Miguel—. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.

—Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo —dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos segundos añadió—: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.

Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.

—¿No estás enojada conmigo, Flora, no? —dijo humildemente.

—No seas sonso —replicó ella, con vivacidad—. No estoy enojada.

—Esperaré todo lo que quieras —dijo Miguel—. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta tarde, no?

—Esta tarde no puedo —dijo ella, dulcemente—. Me ha invitado a su casa Martha.

Una correntada cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual. Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.

—No seas así, Flora. Vamos a la matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.

—No puedo, de veras —dijo Flora—. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme. Pero después iré con ella al Parque Salazar.

Ni siquiera vio en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era posible competir con un simple adversario, no con Rubén. Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque, personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano, y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada, murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando el horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima Ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.

Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama; en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus párpados, apareció el rostro de la muchacha —»Te quiero, Flora», dijo él en voz alta— y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil, estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente mientras su boca avanzaba hacia Flora.

Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. «No la verá, decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada.» La avenida Pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con la avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío; había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían Y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacia Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.

—Hola —les dijo, acercándose—. ¿Qué hay de nuevo? —Siéntate —le alcanzó una silla el Escolar—. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?

—Hace siglos que no venías —dijo Francisco.

—Me provocó verlos —dijo Miguel, cordialmente—. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se asombran? ¿O ya no soy un pajarraco?

Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.

—¡Cuncho! —gritó el Escolar—. Trae otro vaso. Que no esté muy mugriento.

Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo «por los pajarracos» y bebió.

—Por poco te tomas el vaso también —dijo Francisco—. ¡Qué ímpetus!

—Apuesto a que fuiste a misa de una —dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo—. ¿O no?

—Fui —dijo Miguel, imperturbable—. Pero sólo para ver a una hembrita. nada más.

Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez Prado.

—¡Buena! —aplaudió el Melanés—. Buena, donjuán. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?

—Eso es un secreto.

—Entre los pajarracos no hay secretos —recordó Tobías—. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?

—Qué te importa —dijo Miguel.

—Muchísimo —dijo Tobías—. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.

—Toma mientras —dijo el Melanés a Miguel—. Una a cero.

—¿A que adivino quién es?—dijo Francisco—.¿Ustedes no?

—Yo ya sé —dijo Tobías.

—Y yo —dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes—. Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?

—No —dijo Rubén, con frialdad,. Y tampoco me importa.

—Tengo llamitas en el estómago —dijo el Escolar—. ¿Nadie va a pedir una cerveza?

El Melanés se pasó un patético dedo por la garganta: —I haven’t money, darling —dijo.

—Pago una botella —anunció Tobías, con ademán solemne—. A ver quién me sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.

—Cuncho, bájate media docena de Cristales —dijo Miguel.

Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.

—Eres un verdadero pajarraco —afirmó Francisco. —Sucio, pulguiento —agregó el Melanés—, sí, señor, un pajarraco de la pitri-mitri.

Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos metros que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.

—Lo hacía porque yo estaba ahí —afirmó el Escolar—. Quería lucirse.

—Es un retrasado mental —dijo Francisco—. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no tiene gracia.

—Tiene gracia lo que pasó después —rió el Escolar—. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su carro?

—¿Qué? —dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote Tomasso forcejeaba con la puerta.

—Con su navaja —dijo el Escolar—. Fíjese cómo le ha dejado el asiento.

El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: «agarren a ese desgraciado».

—¿Lo agarró? —preguntó el Melanés.

—No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.

Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.

—Me voy —dijo—. Ya nos vemos.

—No te vayas —dijo Miguel—. Estoy rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.

Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.

—No puedo —dijo Rubén—. Tengo que hacer.

—Anda vete no más, buen mozo —dijo Tobías—. Y salúdame a Marthita.

—Pensaremos mucho en ti, cuñado —dijo el Melanés. —No —exclamó Miguel—. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.

—Ya has oído, pajarraco Rubén —dijo Francisco—, tienes que quedarte.

—Tienes que quedarte —dijo el Melanés—, no hay tutías.

—Me voy —dijo Rubén.

—Lo que pasa es que estás borracho —dijo Miguel—. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.

—¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? —dijo Rubén—. ¿Cuántas te he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.

—Resistías —dijo Miguel—. Ahora está difícil. ¿Quieres ver?

—Con mucho gusto —dijo Rubén—. ¿Nos vemos a la noche, aquí mismo?

—No. En este momento. —Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los brazos—: Pajarracos, estoy haciendo un desafío.

Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.

—¡Cuncho! —gritó Tobías—. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un desafío.

Pidieron bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su. garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas, hacia rato que Cuncho había retirado los platos.

—Ordena tú —dijo Miguel a Rubén. —Otras tres por cabeza.

Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.

—Me hago pis —dijo—. Voy al baño.

Los pajarracos rieron.

—¿Te rindes? —preguntó Rubén.

—Voy a hacer pis —gritó Miguel—. Si quieres, que traigan más.

En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.

—Salud —dijo Rubén, levantando el vaso.

«Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué.» —Huele a cadáver —dijo el Melanés—’. Alguien se no muere por aquí.

—Estoy nuevecito —aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.

—Salud —repetía Rubén.

Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza; la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.

—¿Te rindes, mocoso?

Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén pero antes que el simulacro prosperara, intervino el Escolar.

—Los pajarracos no pelean nunca —dijo, obligándolos a sentarse—. Los dos están borrachos. Se acabó. Votación.

El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.

—Yo ya había ganado —dijo Rubén—. Este no puede ni hablar. Mírenlo.

Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua chorreaba un hilo de saliva.

—Cállate —dijo el Escolar—. Tú no eres un campeón que digamos, tomando cerveza.

—No eres un campeón tomando cerveza —subrayó el Melanés—. Sólo eres un campeón de natación, el trome de las piscinas.

—Mejor tú no hables —dijo Rubén—; ¿no ves que la envidia te corroe?

—Viva la Esther Williams de Miraflores —dijo el Melanés.

—Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar —dijo Rubén—. ¿No quieres que te dé una clases?

—Ya sabemos, maravilla —dijo el Escolar—. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.

—Este no es campeón de nada —dijo Miguel, con dificultad—. Es pura pose.

—Te estás muriendo —dijo Rubén—. ¿Te llevo a tu casa, niñita?

—No estoy borracho —aseguró Miguel—. Y tú eres pura pose.

—Estás picado porque le voy a caer a Flora —dijo Rubén—. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas?

—Pura pose —dijo Miguel—. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.

—Por lo menos nado mejor que tú —dijo Rubén—, que ni siquiera sabes correr olas.

—Tú no nadas mejor que nadie —dijo Miguel—. Cualquiera te deja botado.

—Cualquiera —dijo el Melanés—. Hasta Miguel, que es una madre.

—Permítanme que me sonría —dijo Rubén.

—Te permitimos —dijo Tobías—. No faltaba más.

—Se me sobran porque estamos en invierno —dijo Rubén—. Si no, los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua son tan sobrados.

—Ganaste el campeonato por tu padre —dijo Miguel—. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas no más, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.

—En la playa —dijo Rubén—. Ahora mismo.

—Eres pura pose —dijo Miguel.

El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.

—Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón —dijo.

—Pura pose —dijo Miguel.

—Si ganas —dijo Rubén—, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a otra parte.

—¿Qué te has creído? —balbuceó Miguel—. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?

—Pajarracos —dijo Rubén, abriendo los brazos—, estoy haciendo un desafío.

—Miguel no está en forma ahora —dijo el Escolar—. ¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?

—Y tú por qué te metes —dijo Miguel—. Acepto. Vamos a la playa

—Están locos —dijo Francisco—. No no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.

—Ha aceptado —dijo Rubén—. Vamos.

—Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo —dijo Melanés—. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.

—Los dos están borrachos —insistió el Escolar—. El desafío no vale.

—Cállate, Escolar —rugió Miguel—. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.

—Bueno —dijo el Escolar, encogiendo los hombros—. Friégate, no más.

Salieron.. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris, Miguel respiró —hondo; se sintió mejor. Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la avenida Grau había algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor— y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos —y la excitación los iba ganando, poco a poco.

—¿Ya se te pasó? —dijo el Escolar.

—Sí —respondió Miguel—. El aire me ha hecho bien.

En la esquina de la avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los árboles irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.

—Hola, Rubén —cantaron ellas, a dúo. Tobías las imitó, aflautando la voz: —Hola, Rubén, príncipe.

La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el Malecón , asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro, y llega hasta el mar. Se llama «la bajada a los baños», su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.

—Entremos en calor, campeones —gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.

Corrían contra el viento y la delgada bruma que subían desde la playa, sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y repentina sensación de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas. E! mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.

—Regresemos —dijo Francisco—. Tengo frío.

Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las olas.

—Me voy si éste se rinde —dijo Rubén.

—¿Quién habla de rendirse? —repuso Miguel—. ¿Pero qué te has creído?

Rubén bajó la escalerilla a saltos, a la vez que se desabotonaba la camisa.

—¡Rubén! —gritó el Escolar—. ¿Estás loco? ¡Regresa!

Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.

En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.

—La reventazón no se ve —dijo Rubén—. ¿Cómo hacemos?

Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros serios.

—Esperen hasta mañana —dijo el Escolar—. Al mediodía estará despejado. Así podremos controlarlos.

—Ya que hemos venido hasta aquí que sea ahora —dijo el Melanés—. Pueden controlarse ellos mismos.

—Me parece bien —dijo Rubén—. ¿Y a ti?

—También —dijo Miguel.

Cuando estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó; tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó, y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les había arrebatada de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina a la orilla, donde se encuentran la resaca —y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse —apenas si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano—, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar avanzando disimuladamente con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto, en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.

Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.

—¿Vamos?

—Vamos.

A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez más la frente y la barbilla apenas, para no frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que había llegado una vez hacía dos veranos, cuyo oleaje era intenso, de espuma verdosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.

Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle «por qué no descansamos un momento», pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió 1os pies febrilmente. Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca., y un manto de nubes, a ras de agua. Entonces, sintió miedo. Lo asaltó el recuerde de la cerveza que había bebido, y pensó «fijo que eso me ha debilitado». Al instante pareció que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. «No llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero regresemos.» Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.

La agitación y el esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.

—Creo que nos hemos torcido —dijo Miguel—. Me parece que estamos nadando de costado a la playa.

Sus dientes castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo observaba, tenso.

—Ya no se ve la playa —dijo Rubén.

—Hace mucho rato que no se ve —dijo Miguel—. Hay mucha neblina.

—No nos hemos torcido —dijo Rubén—. Mira. Ya se ve la espuma.

En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se deshacía Y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.

—Ya estamos cerca de la reventazón, entonces —dijo, al fin, Miguel.

—Sí. Hemos nadado rápido.

—Nunca había visto tanta neblina.

—¿Estás muy cansado? —preguntó Rubén. —¿Yo? Estás loco. Sigamos.

Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde. Rubén había dicho «bueno, sigamos».

Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando, gritó «¡Rubén!». Éste seguía nadando. » ¡Rubén, Rubén! «. Giró y comenzó a nadar hacia la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en el futuro, obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los pajarracos «voy a la iglesia sólo a ver a una hembrita» y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios iba a castigarlo, ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos —sus piernas colgaban como plomadas transversales—, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la vacilación y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando:»¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!».

Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya; sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.

—Tengo calambre en el estómago —chillaba Rubén—. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.

Flotaba hacia Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: «no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, no me toques». Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, «me voy a morir, sálvame, Miguel», o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.

—Hermanito —susurró Miguel—, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes así.

Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza débilmente.

—Grita, hermanito —repitió Miguel—. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.

Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: «¡no quiero morirme,, Miguel, sálvame!».

Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio tan grito y apuró. Un momento después podía pararse. Ni pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus manos se frotaba también.

—¿Estás mejor?

—Sí, hermanito, ya estoy bien. Salgamos.

Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la galería de las mujeres, mirándolos.

—Oye —dijo Rubén.

—Sí.

—No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.

—¿Crees que soy un desgraciado? —dijo Miguel—. No diré nada, no te preocupes.

Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.

—Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias —decía Tobías.

—Hace más de una hora que están adentro —dijo el Escolar—. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?

Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:

—Nada. Llegamos. a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.

Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.

—Te estás haciendo un hombre —le decía el Melanés.

Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él un porvenir dorado.

Alice Munro: Maestría en el arte del cuento

Al contrario que otros Premio Nobel, la escritora canadiense Alice Munro sí que es asociada a su quehacer en la narrativa breve. Galardonada con el Nobel en 2013, es toda una maestra en el arte del cuento.  

A continuación, podéis leer el cuento “Amistad de juventud”.

Relato corto de Alice Munro: Amistad de juventud

Con mi agradecimiento para R.J.T.

Soñaba a menudo con mi madre y, aunque los detalles del sueño variaban, la sorpresa era siempre la misma. El sueño se detenía, supongo que porque era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón.

En el sueño, yo tenía mi edad real, vivía la vida que estaba viviendo realmente, y descubría que mi madre vivía todavía. (El hecho es que ella murió cuando yo tenía veintipocos años y ella cincuenta y pocos.) A veces me encontraba en nuestra vieja cocina, donde mi madre estaba extendiendo una masa de pastel sobre la mesa, o lavando los platos en el maltrecho fregadero de color crema y borde rojo. Pero otras veces me la encontraba por la calle, en lugares donde nunca habría esperado verla. Podía ir andando por el vestíbulo de un hotel elegante, o estar haciendo cola en un aeropuerto. Se la veía bastante bien, no del todo joven, no totalmente a salvo de la enfermedad paralizante que la tuvo en sus garras durante una década o más antes de morir, pero mucho mejor de como yo la recordaba, lo cual me dejaba asombrada. «Oh, solo tengo este ligero temblor en el brazo —decía—, y algo de rigidez en este lado de la cara. Es una molestia, pero puedo moverme.»

Recuperaba entonces lo que en la vida consciente había perdido: la vivacidad del rostro de mi madre y su voz, antes de que los músculos de la garganta se le pusieran rígidos y una máscara afligida, impersonal se le fijase a los rasgos. ¿Cómo podía haber olvidado, pensaba yo en mi sueño, el humor despreocupado que tenía, no irónico, sino alegre, su liviandad, su impaciencia, su confianza? Yo le decía que sentía no haberla ido a ver en tanto tiempo, sin que eso quisiera decir que me sintiera culpable, sino que sentía haber guardado un fantasma en mi mente en lugar de aquella realidad…, y lo más extraño, la cosa más tierna de todas, era su desapasionada respuesta.

«Bueno —decía—, es mejor tarde que nunca. Estaba segura de que te vería algún día.»

Cuando mi madre era una mujer joven, de cara suave y traviesa, que llevaba medias de seda opacas en las piernas rollizas —he visto una fotografía suya, con sus alumnos—, fue a dar clases a una escuela que solo tenía un aula, la Escuela Grieves, en el valle de Ottawa. La escuela estaba en una parte de la granja que pertenecía a la familia Grieves, una granja muy buena para aquella región. Terrenos bien desecados, sin piedras precámbricas que emergieran del suelo, con un riachuelo bordeado de sauces que corría a su vera, una arboleda de arces de azúcar, establos de troncos y una casa grande y sin adornos, cuyas paredes de madera nunca habían sido pintadas, sino dejadas a merced del tiempo. «Y cuando la madera sufre la acción de la intemperie en el valle de Ottawa —decía mi madre—, no sé por qué, pero nunca se vuelve gris, se vuelve negra. Debe de ser algo del aire», decía. Hablaba a menudo del valle de Ottawa, que era donde había nacido —se había criado a unos treinta kilómetros de la Escuela Grieves—, de una manera dogmática y desconcertante, recalcando cosas del valle que lo distinguían de cualquier otro lugar del mundo. Las casas se vuelven negras, el jarabe de arce tiene un sabor que ningún otro jarabe de arce producido en otra parte puede igualar, los osos deambulan a la vista de las granjas. Por supuesto, me quedé decepcionada cuando finalmente fui a ver ese lugar. No era en absoluto un valle, si por eso se entiende una hendedura entre colinas; era una mezcla de campos llanos y peñascos bajos, de matorral denso y pequeños lagos; una región mezclada desordenadamente, sin armonía natural y que no se rendía fácilmente a descripción alguna.

Los establos de troncos y la casa sin pintar, bastante comunes en las granjas pobres, no eran un signo de pobreza en el caso de los Grieves, sino de costumbre. Eso fue lo que la gente le dijo a mi madre. Los Grieves trabajaban mucho y estaban lejos de ser ignorantes, pero estaban muy atrasados. No tenían ni coche, ni electricidad, ni teléfono, ni tractor. Algunas personas pensaban que se debía a que eran cameronianos: eran los únicos de esa religión en el distrito escolar, pero de hecho su iglesia (que ellos llamaban siempre Iglesia presbiteriana reformada) no prohibía ni motores, ni electricidad, ni invención alguna de esa clase, solo jugar a las cartas, bailar, ver películas y, los domingos, cualquier actividad que no fuese religiosa o ineludible.

Mi madre no sabía quiénes eran los cameronianos ni por qué se les llamaba así. Alguna religión rara de Escocia, decía desde el pedestal de su obediente y despreocupado anglicanismo. La maestra siempre se hospedaba con los Grieves y mi madre estaba algo atemorizada ante la idea de ir a vivir en aquella casa de madera negra, con sus domingos paralizados, sus lámparas de parafina y sus ideas primitivas. Pero para entonces estaba prometida y quería trabajar en su ajuar en lugar de dar vueltas por la región divirtiéndose, y pensaba que podría ir a su casa un domingo de cada tres. (Los domingos, en casa de los Grieves, se podía encender un fuego para calentarse, pero no para cocinar, ni siquiera se podía poner a hervir el agua para hacer té, y se suponía que no se podía escribir cartas ni matar una mosca. Pero resultó que mi madre estaba libre de esas normas. «No, no —decía Flora Grieves, riéndose de ella—. Eso no te afecta a ti. Tú sigue haciendo lo que acostumbras a hacer.» Y al poco mi madre se había hecho tan amiga de Flora que ni siquiera iba a su casa los domingos que tenía pensado ir.)

Flora y Ellie Grieves eran las dos hermanas que quedaban de la familia. Ellie estaba casada con un hombre llamado Robert Deal, que vivía allí y trabajaba la granja, la cual no había cambiado su nombre por el de Deal en la mente de nadie. Por la manera en que la gente hablaba, mi madre pensaba que las hermanas Grieves y Robert Deal debían de ser al menos de mediana edad, pero Ellie, la hermana más joven, solo tenía unos treinta años, y Flora era siete u ocho años mayor. Robert Deal podría estar en medio de las dos.

La casa estaba dividida de un modo sorprendente. El matrimonio no vivía con Flora. Cuando se casaron, ella les cedió el salón y el comedor, las habitaciones delanteras, la escalera y la cocina de invierno. No hubo necesidad de decidir sobre el cuarto de baño, porque no había. Flora tenía la cocina de verano, con sus cabrios abiertos y sus paredes de ladrillo descubierto, la antigua despensa convertida en un estrecho comedor y las dos habitaciones traseras, una de las cuales era la de mi madre. La maestra se alojaba con Flora, en la parte más pobre de la casa, pero a mi madre no le importó. Prefirió de inmediato a Flora y su jovialidad al silencio y la atmósfera de cuarto de enfermo de las habitaciones delanteras. En el territorio de Flora ni siquiera era cierto que todas las diversiones estuviesen prohibidas. Tenía un tablero de crokinole y enseñó a mi madre cómo se jugaba.

La división se hizo, desde luego, esperando que Robert y Ellie tuvieran familia y que necesitasen la habitación. Pero esto no había sucedido. Hacía más de una docena de años que se habían casado y ninguno de sus hijos sobrevivió. Una y otra vez, Ellie se había quedado embarazada, pero dos bebés nacieron muertos y el resto fueron abortos. Durante el primer año de estancia de mi madre, Ellie parecía guardar cama más a menudo, y mi madre pensó que debía de estar embarazada de nuevo, pero nada se dijo al respecto. Una gente así no lo mencionaría. No se podía saber por el aspecto de Ellie cuando se levantaba y paseaba, porque mostraba una figura ancha y estropeada, aunque de pecho caído. Olía a lecho de enfermo y, igual que un niño, se impacientaba por todo. Flora la cuidaba y hacía todo el trabajo. Lavaba la ropa, arreglaba las habitaciones y preparaba la comida que se servía a ambos lados de la casa, además de ayudar a Robert a ordeñar y desnatar. Se levantaba antes del amanecer y nunca parecía cansarse. Durante la primera primavera que mi madre estuvo allí se emprendió una limpieza a fondo de la casa. Flora se subió sola a las escaleras, bajó las contraventanas, las limpió y las guardó, llevó todo el mobiliario de una habitación a otra para poder restregar el enmaderado y barnizar los suelos. Lavó todos los platos y los vasos que había en los aparadores, supuestamente limpios. Escaldó todos los potes y las cucharas. La poseían tal urgencia y energía que apenas podía dormir: a mi madre la despertaba el sonido de los tubos de la chimenea cuando los desmontaba o el de la escoba envuelta en un paño de cocina, con la que golpeaba las ahumadas telarañas. A través de las limpias ventanas sin cortinas entraba un torrente de luz despiadada. La limpieza era arrolladora. Entonces mi madre dormía en sábanas que habían sido blanqueadas y almidonadas y que le provocaron una erupción. Ellie, enferma, se quejaba cada día del olor del barniz y de los polvos de limpiar. Las manos de Flora estaban ásperas, pero su disposición seguía siendo excelente. El pañuelo, el delantal y los holgados pantalones de trabajo de Robert le daban el aire de un cómico, deportivo, impredecible.

Mi madre la llamaba derviche danzante.

«Pareces un derviche danzante, Flora», le decía, y Flora se detenía. Quería saber qué significaba. Mi madre continuaba y explicaba, aunque tenía algo de miedo a ofender la piedad. (No se trataba exactamente de piedad, no se le podría llamar así. Rigurosidad religiosa.) Por supuesto, no era así. Nada había de ofensivo ni de vigilancia pagada de sí en la observancia de Flora a su religión. No temía a los paganos: siempre había vivido en medio de ellos. Le gustaba la idea de ser un derviche y fue a decírselo a su hermana.

«¿Sabes lo que la maestra dice que soy?»

Flora y Ellie eran mujeres de cabello y ojos oscuros, altas, de hombros estrechos y de piernas largas. Ellie era una ruina, desde luego, pero Flora se mantenía espléndidamente erguida y garbosa. Podía parecer una reina, decía mi madre, incluso yendo a la ciudad en aquella carreta que tenían. Para ir a la iglesia utilizaban una calesa o un trineo de un solo caballo, pero cuando iban a la ciudad a menudo debían transportar sacos de lana (tenían unas cuantas ovejas), o de productos agrícolas para vender, y debían llevar provisiones a casa. El viaje, de unos cuantos kilómetros, no lo hacían a menudo. Robert iba delante, para guiar el caballo; Flora podía guiar un caballo perfectamente bien, pero siempre debía ser el hombre el que condujese. Ella iba de pie, detrás, agarrándose a los sacos. Iba hasta la ciudad y volvía de pie, manteniendo un equilibrio natural y llevando su sombrero negro. Casi ridícula, pero no del todo. Parecía una reina gitana, creía mi madre, con su pelo negro y su piel que siempre parecía ligeramente bronceada, y con su ágil y valiente serenidad. Desde luego, le faltaban las ajorcas de oro y los vestidos brillantes. Mi madre le envidiaba la esbeltez y los pómulos.

Al volver en otoño, en su segundo año, mi madre se enteró de lo que le pasaba a Ellie. «Mi hermana tiene un tumor», dijo Flora. Nadie hablaba entonces de cáncer. Mi madre lo había oído anteriormente. La gente se lo imaginaba. Mi madre conocía a muchas personas de la región para entonces. Se había hecho muy amiga de una mujer joven que trabajaba en la oficina de Correos; aquella mujer sería una de las damas de honor de mi madre. La historia de Flora, Ellie y Robert, o lo que la gente sabía de ella, había sido contada en varias versiones. A mi madre no le pareció que escuchaba chismes, porque siempre estaba alerta a cualquier observación despectiva acerca de Flora; ella no la habría tolerado. Pero realmente nadie le hizo ninguna. Todo el mundo decía que Flora se había portado como una santa. Incluso cuando llegaba demasiado lejos, como en lo de dividir la casa, se comportaba como una santa.

Robert había ido a trabajar a Grieves unos meses antes de que el padre de las muchachas falleciera. Ellos ya le conocían, de la iglesia. (Oh, esa iglesia, decía mi madre, donde había ido una vez por curiosidad, aquel edificio lóbrego unos cuantos kilómetros al otro lado de la ciudad, sin órgano ni piano, con cristales sin adornos en las ventanas y con un ministro anciano y tambaleante, con sermones que duraban horas y un hombre que golpeaba un diapasón para cantar.) Robert había llegado de Escocia e iba camino del Oeste. Se detuvo en casa de unos parientes o conocidos, miembros de la reducida congregación. Para ganar algún dinero, probablemente, fue a casa de los Grieves. Muy pronto, él y Flora se prometieron. No podían ir a bailar ni a partidas de cartas como otras parejas, pero iban a dar largos paseos. La carabina, no oficial, era Ellie. Ellie era entonces una muchacha aniñada, de cabello largo, atrevida y muy bromista, llena de energía. Subía corriendo por las colinas y golpeaba con un palo los tallos de gordolobo, gritando, haciendo cabriolas y simulando ser un guerrero a caballo. Eso, o el mismo caballo. Esto cuando tenía quince o dieciséis años. Nadie, excepto Flora, podía controlarla y, por lo general, Flora solo se reía por estar demasiado acostumbrada a ella para preguntarse si estaba del todo bien de la cabeza. Sentían mucho cariño la una por la otra. Ellie, con su cuerpo largo y flaco, con su cara larga y pálida, era como una copia de Flora, la clase de copias que a menudo se ven en las familias en las que, debido a algún descuido o exageración de rasgos o de color, la hermosura de una persona pasa a ser fealdad o casi fealdad en la otra. Pero Ellie no estaba celosa por eso. Le encantaba peinar el pelo de Flora y sujetárselo. Pasaban muy buenos ratos lavándose el pelo la una a la otra. Ellie apretaba su rostro contra el cuello de Flora, como un potro hocicando a su madre. De modo que cuando Robert pretendió a Flora, o Flora a él, nadie sabía cómo había sido, hubo que incluir a Ellie. Ella no mostró la menor inquina hacia Robert, pero los seguía y los acechaba en sus paseos, se abalanzaba sobre ellos desde los arbustos o les seguía a hurtadillas tan de cerca que podía soplarles en el cuello. La gente vio cómo lo hacía. Y oyeron sus bromas. Siempre había sido terrible para las bromas y a veces eso le había acarreado problemas con su padre, pero Flora la protegía. Así pues, ponía cardos en la cama de Robert. Ponía su sitio en la mesa con el cuchillo y el tenedor al revés. Cambiaba los cubos de la leche y le daba el viejo con un agujero. Quizá por Flora, Robert le seguía la broma.

El padre había hecho que Flora y Robert fijasen la fecha de la boda con un año de antelación, y después de su muerte no la adelantaron. Robert siguió viviendo en la casa. Nadie sabía cómo decirle a Flora que aquello era escandaloso, o que parecía escandaloso. Flora solo habría preguntado por qué. En lugar de adelantar la fecha de la boda, la atrasó: de la primavera siguiente a principios del otoño, de manera que hubiese transcurrido todo un año entre la boda y la muerte de su padre. Un año entre la boda y el funeral, eso le parecía lo correcto. Confiaba plenamente en la paciencia de Robert y en su propia pureza.

Y bien podía ella. Pero en invierno empezó la conmoción. Allí estaba Ellie, vomitando, llorando, escapándose y escondiéndose en el henil, dando alaridos cuando la encontraron y la sacaron de allí, tirándose al suelo del granero, corriendo en círculos, revolcándose sobre la nieve. Ellie estaba trastornada. Flora tuvo que llamar al médico. Le dijo que su hermana había dejado de tener el período. ¿Podía la retención de la sangre estar volviéndola loca? Robert había tenido que cogerla y atarla, y junto con Flora la pusieron en la cama. No quería comer, solo movía la cabeza de un lado a otro, gritando. Parecía como si se fuese a morir muda. Pero de alguna manera la verdad salió. No por el doctor, que no pudo acercarse lo suficiente para examinarla por la manera en que ella se debatía. Probablemente Robert confesó. Flora por fin llegó a saber la verdad, con toda su magnanimidad. Tenía que haber boda, entonces, aunque no la que había sido planeada.

Sin pastel, ni trajes nuevos, ni viaje de novios, ni felicitaciones. Solo una vergonzosa visita apresurada a la rectoría. Algunas personas, al ver los nombres en el periódico, pensaron que el director debía de haberse confundido de hermana. Creyeron que debía de ser Flora. ¡Una boda apresurada para Flora! Pero no…, fue Flora quien planchó el traje de Robert (debió de ser ella), sacó a Ellie de la cama, la lavó y la puso presentable. Sería Flora quien cogiera un geranio de la planta de la ventana y lo prendiera en el vestido de su hermana. Y Ellie no se lo había arrancado. Ellie se había amansado; ya no gritaba, ni pataleaba, ni lloraba. Dejó que Flora la arreglase, dejó que la casaran; a partir de aquel día ya nunca, nunca más fue salvaje.

Flora dividió la casa. Ella misma ayudó a Robert a construir los tabiques necesarios. El niño llegó en su momento, nadie aparentó siquiera que fuese prematuro, pero nació muerto después de un parto largo y laborioso. Quizá Ellie le hubiese hecho daño cuando saltó desde la viga del establo y se revolcó por la nieve y se golpeó. Aunque ella no lo hubiera hecho, la gente esperaba que algo anduviese mal, con aquel niño o quizá con otro que llegó después. Dios castigaba las bodas apresuradas; no eran solo los presbiterianos quienes lo creían, casi todo el mundo lo creía. Dios pagaba la lujuria con hijos muertos, tontos, de labios leporinos y con miembros escuálidos y pies zopos.

En este caso el castigo continuó. Ellie tuvo un aborto detrás de otro, luego le nació otro niño muerto y tuvo más abortos. Estaba constantemente embarazada, y los embarazos iban acompañados de vómitos que le duraban días, de dolores de cabeza, de mareos. Los abortos eran tan dolorosos como los embarazos que llegaban a buen fin. Ellie no podía trabajar. Caminaba cogiéndose a las sillas. Su aturdido silencio pasó y se convirtió en una quejica. Si alguien iba de visita, hablaba de las peculiaridades de sus dolores de cabeza, o describía su último desmayo o, incluso delante de los hombres, o delante de chicas solteras o de niños, entraba en sangrientos detalles acerca de lo que Flora llamaba sus «contratiempos». Cuando las personas cambiaban de tema o se llevaban arrastrando a los niños, se quedaba taciturna. Pedía medicamentos nuevos, vilipendiaba al doctor, importunaba a Flora. Acusaba a Flora de lavar los platos con gran estruendo, por despecho, de tirarle del pelo cuando se lo peinaba, de sustituir con tacañería la medicina por agua con melaza. Dijera lo que dijese, Flora la calmaba. Toda persona que fuese a la casa tenía alguna historia de esa clase que contar. Flora decía: «¿Dónde está mi muchachita? ¿Dónde está mi Ellie? ¡Esta no es mi Ellie, esta es alguna cascarrabias que la ha suplantado!».

En las noches de invierno, cuando entraba en casa después de haber ayudado a Robert en las tareas del establo, Flora se lavaba y se cambiaba de ropa e iba a la puerta de al lado a leerle a Ellie hasta que se durmiese. Mi madre también podía añadirse, llevando con ella lo que estuviese cosiendo de su ajuar. La cama de Ellie estaba instalada en el comedor grande, en el que había una lámpara de gas sobre la mesa. Mi madre se sentaba a un lado de la mesa y cosía, y Flora se sentaba al otro y leía en voz alta. Ellie decía: «No te puedo oír». O si Flora hacía una pausa para descansar un momento decía: «No estoy dormida todavía».

¿Qué leía Flora? Historias sobre la vida escocesa…, clásicos no. Historias de golfillos y de abuelas cómicas. El único título que mi madre podía recordar era Wee MacGregor. No podía seguir muy bien las historias, ni reír cuando Flora se reía y Ellie emitía un quejido, porque gran parte de ellas era en dialecto escocés o porque las leía con aquel fuerte acento. Le sorprendía que Flora pudiera hacerlo…, no era en absoluto el modo en que ella hablaba habitualmente.

(Pero ¿no sería el modo en que Robert hablaba? Quizá esa sea la razón por la que mi madre nunca dice palabra de lo que Robert decía, nunca le hace aparecer aportando algo a la escena. Debía de estar allí, debía de estar allí sentado en el cuarto; solo calentaban la pieza principal de la casa. Le veo con el pelo negro, los hombros anchos, con la fuerza de un caballo de labranza y la misma clase de belleza sombría y encadenada.)

Luego Flora decía: «Eso es todo por esta noche». Cogía otro libro, un libro viejo escrito por algún predicador de su religión. Había en él unas cosas que mi madre nunca había oído. ¿Qué cosas? No sabía explicarlas. Todas las cosas que había en su monstruosa y antigua religión. Eso hacía dormir a Ellie, o hacía que fingiera estar dormida al cabo de un par de páginas.

Toda aquella configuración de los elegidos y los condenados, debía de querer decir mi madre…, todos los argumentos sobre la ilusión y la necesidad del libre albedrío. El juicio y la esquiva redención. El torturante y frustrante, pero para algunas mentes irresistible, cúmulo de nociones enlazadas y contradictorias. Mi madre pudo resistirlo. Su fe era sencilla, su temple, en aquella época, robusto. Las ideas no eran algo por lo que ella sintiera curiosidad, nunca.

Pero ¿qué cosa era aquella, se preguntaba —en silencio—, para leerle a una mujer moribunda? Aquello fue lo más cerca que estuvo de criticar a Flora.

La respuesta —y era lo único que cabía si uno creía en ello— nunca pareció habérsele ocurrido.

En la primavera llegó una enfermera. Aquella era la manera en que se hacían las cosas entonces. Las personas morían en su casa, y una enfermera iba a hacerse cargo.

El nombre de la enfermera era Audrey Atkinson. Era una mujer robusta, con corsés tan rígidos como los aros de un tonel, de cabello ondulado del color de candelabros de cobre y con una boca delineada por el lápiz de labios más allá de su propio y estrecho contorno. Llegó con su coche hasta el patio, su propio coche, un cupé verde oscuro, brillante y elegante. Las noticias de Audrey Atkinson y de su coche corrieron rápidamente. Se hicieron preguntas. ¿De dónde había sacado el dinero? ¿Había cambiado algún tonto su testamento a su favor? ¿Había influido ella? ¿O simplemente había cogido billetes escondidos debajo del colchón? ¿Cómo se podía confiar en ella?

El suyo era el primer coche que pasaba la noche en el patio de los Grieves.

Audrey Atkinson dijo que nunca la habían llamado para cuidar de un paciente en una casa tan primitiva. Escapaba a su comprensión, decía, cómo había gente que podía vivir de aquel modo.

«Ni siquiera es que sean pobres —le dijo a mi madre—. No es así, ¿verdad? Eso lo podría entender. Ni siquiera es por su religión. Entonces, ¿qué es? ¡Es que no les importa!» Al principio trató de entablar amistad con mi madre, como si fueran aliadas naturales en aquel lugar sumido en la ignorancia. Hablaba como si fuesen aproximadamente de la misma edad, como si ambas fuesen mujeres elegantes e inteligentes a quienes les gustaba pasárselo bien y que tenían ideas modernas. Se ofreció a enseñarle a conducir el coche. Le ofreció cigarrillos. A mi madre le tentó más la idea de aprender a conducir que la de los cigarrillos, pero dijo que no, que esperaría a que su marido le enseñase. Audrey Atkinson arqueó sus cejas de un naranja rosado a espaldas de Flora y mi madre se enfadó. La enfermera le gustaba todavía menos que a Flora.

«Yo sabía cómo era y Flora no —decía mi madre. Quería decir que ella había percibido el tufo de una vida barata, quizá incluso de establecimientos de bebidas y de hombres repugnantes, y de duros regateos, cosas que Flora era demasiado poco mundana para percibir.»

Flora emprendió de nuevo una gran limpieza de la casa. Extendió las cortinas, sacudió las alfombras colgadas de una cuerda, se subió a las escaleras para limpiar el polvo de las molduras. Pero la estorbaban constantemente las quejas de la enfermera Atkinson.

«Me pregunto si podría hacer algo menos de ruido —decía la enfermera Atkinson con ofensiva cortesía—. Solo lo pido por el bien de mi paciente.»

Siempre hablaba de Ellie como de «mi paciente» y pretendía ser la única que la protegía e imponía respeto. Pero no le tenía tanto respeto a la propia Ellie.

«Ale op —decía, arrastrando a la pobre criatura para ponerla sobre las almohadas, y le decía a Ellie que no iba a tolerar ni quejas ni lloriqueos—. De ese modo no se hace el menor bien. Y por supuesto no hace que yo venga más rápidamente. Sería mejor que aprendiese a dominarse.»

Esto exclamaba ante la espalda de Ellie a manera de reprensión, como si fuera otra desgracia de la casa. Pedía lociones, ungüentos, jabón caro…, la mayor parte de ello, sin duda, para proteger su propia piel, a la que ella aseguraba que perjudicaba el agua dura. (¿Cómo podía ser dura?, le preguntaba mi madre, defendiendo la casa cuando nadie más lo hacía, ¿cómo podía ser dura si procedía directamente del agua de lluvia?)

La enfermera Atkinson también quería nata; decía que debían guardar un poco, no vendérsela toda a la lechería. Quería hacer sopas y pudines nutritivos para su paciente. Y realmente hacía pudines y jaleas de mezclas empaquetadas de las que nunca habían entrado anteriormente en aquella casa. Mi madre estaba convencida de que se las comía todas ella.

Flora todavía le leía a Ellie, pero entonces solo pequeños párrafos de la Biblia. Cuando terminaba y se levantaba, Ellie intentaba agarrarse a ella. Ellie lloraba y a veces se quejaba de cosas ridículas. Decía que fuera había una vaca con cuernos que intentaba entrar en la habitación y matarla.

—A menudo les cogen manías así —decía la enfermera Atkinson—. No debe ceder ante ella o no la dejará ni de día ni de noche. Así es como son, solo piensan en sí mismas. Cuando estoy a solas con ella, se comporta muy bien. No tengo problema alguno. Pero cuando ha estado usted aquí, vuelvo a tener problemas porque la ve y se trastorna. No querrá usted hacerme el trabajo más difícil, ¿verdad? Quiero decir que me hicieron venir para que me hiciera cargo, ¿no es así?

—Ellie, cariño, Ellie, ahora debo irme —decía Flora; y a la enfermera—: Lo entiendo. Comprendo que tiene que hacerse usted cargo y la admiro. La admiro por su trabajo. En un trabajo como el suyo hay que tener mucha paciencia y amabilidad.

Mi madre se quedaba perpleja ante aquello. ¿Estaba Flora realmente tan ciega o esperaba con aquel elogio inmerecido exhortar a la enfermera Atkinson a tener la paciencia y la amabilidad que no tenía? La enfermera Atkinson era demasiado insensible y autocomplaciente para que funcionara un truco como aquel.

—Es un trabajo duro, realmente, y no hay muchas personas que puedan hacerlo —decía—. No es como el de las enfermeras de hospital donde lo tienen todo dispuesto para ellas. —No tenía tiempo de conversar más…, estaba intentando captar «Baile de salón imaginario» en su radio a pilas.

Mi madre estaba ocupada con los exámenes finales y los ejercicios de junio en la escuela. Se estaba preparando para la boda en julio. Llegaban amigos en coche y se la llevaban a la modista, a fiestas, a escoger las invitaciones y a encargar el pastel. Las lilas florecieron, las tardes se hicieron más largas, los pájaros volvieron a hacer sus nidos y mi madre atraía la atención de todo el mundo, a punto de iniciar la deliciosamente solemne aventura del matrimonio. Su vestido tenía que ser de encaje con rosas de seda, el velo sostenido por un casquete de perlitas. Pertenecía a la primera generación de mujeres jóvenes que ahorraban dinero y se pagaban sus propias bodas, mucho más lujosas de lo que sus padres se habrían podido permitir.

En su última tarde, la amiga de la oficina de Correos fue para llevarla en coche, con la ropa, los libros y las cosas que había preparado para su ajuar y con los regalos que sus alumnos y otras personas le habían hecho. Hubo una gran conmoción y risas al cargarlo todo en el coche. Flora salió a ayudar. Eso de casarse da todavía más molestias de las que había pensado, dijo Flora, riendo. Le regaló a mi madre un tapete de ganchillo para la cómoda que había hecho en secreto. La enfermera Atkinson no podía ser excluida de una ocasión importante: le obsequió una botella de colonia con atomizador. Flora se quedó en la cuesta en el lateral de la casa para decirle adiós con la mano. Había sido invitada a la boda, pero, por supuesto, había dicho que no podía ir, que no podía «salir» en un momento como aquel. Lo último que mi madre vio de ella fue aquella figura solitaria, diciendo adiós con energía, con el delantal de limpiar y un pañuelo, en la cuesta verde junto a la casa de paredes negras, a la luz del atardecer.

«Bueno, quizá ahora tenga lo que debería haber tenido la primera vez —dijo la amiga de la oficina de Correos—. Quizá ahora puedan casarse. ¿Es demasiado vieja para formar una familia? Y, en cualquier caso, ¿cuántos años tiene?»

Mi madre pensó que aquella era una manera grosera de hablar de Flora y respondió que no lo sabía. Pero tenía que admitir que había estado pensando exactamente lo mismo.

Una vez casada e instalada en su propio hogar, a casi quinientos kilómetros, mi madre recibió una carta de Flora. Ellie había muerto. Había muerto firme en su fe, decía Flora, y agradecida por su liberación. La enfermera Atkinson se iba a quedar durante algún tiempo más, hasta que tuviera que ir a atender a su próximo paciente. Eso fue a fines del verano.

Las noticias de lo que sucedió a continuación no procedían de Flora. Cuando escribió en Navidad, parecía dar por sentado que la información se le había anticipado.

«Con toda probabilidad habrás oído —escribió Flora— que Robert y la enfermera Atkinson se han casado. Viven aquí, en la parte de la casa de Robert. La están arreglando a su gusto. Es de muy mala educación llamarla enfermera Atkinson, como veo que he hecho. Debería haberla llamado Audrey.»

Desde luego la amiga de la oficina de Correos le había escrito, y también otras personas. Fue una gran conmoción, un escándalo, una cuestión que había excitado a las gentes de la zona: la boda tan secreta y sorprendente como lo había sido la primera de Robert —aunque seguramente no por la misma razón—, la enfermera Atkinson instalada permanentemente en la comunidad y Flora derrotada por segunda vez. Nadie se había dado cuenta de galanteo alguno, y se preguntaban cómo la mujer podía haberle engatusado. ¿Le habría prometido hijos mintiendo acerca de su edad?

Las sorpresas no iban a terminar con la boda. La novia se puso inmediatamente a la tarea de hacer «los arreglos» que Flora mencionaba. Llegó la electricidad a la casa y luego el teléfono. Entonces a la enfermera Atkinson —siempre se la llamaría enfermera Atkinson— se la podía oír en la línea telefónica colectiva reprendiendo a los pintores y a los empapeladores y a los servicios de reparto. Se lo hacía hacer todo. Había comprado una cocina eléctrica e iba a instalar un baño… ¿Quién sabía de dónde procedía el dinero? ¿Era todo suyo?, ¿procedía de sus tratos en los lechos de muerte?, ¿de donaciones dudosas? ¿Era de Robert, que reclamaba su parte, la parte de Ellie, legada a él y a la enfermera Atkinson para que la pareja desvergonzada se lo pasara bien?

Todas esas mejoras tuvieron lugar solamente en un lado de la casa. La parte de Flora siguió exactamente como estaba. Allí no había luz eléctrica, ni empapelado nuevo, ni persianas nuevas. Cuando se pintó el exterior de la casa, de color crema con un adorno verde oscuro, la parte de Flora se dejó sin pintar. Esta extraña manifestación pública fue recibida al principio con compasión y desaprobación, luego con menos simpatía, como una señal de la terquedad y excentricidad de Flora —ella podría haberse comprado su propia pintura y haberla adecentado— y finalmente como una broma. La gente se apartaba del camino para ir a verlo.

Siempre se ofrecía un baile en la escuela a una pareja de recién casados. Se les obsequiaba con el producto de una colecta en efectivo, llamada «bolsa de dinero». La enfermera Atkinson hizo correr la voz de que no le importaría que se siguiera esa costumbre, aunque la familia en la que había entrado por matrimonio era contraria al baile. Algunas personas pensaron que sería una vergüenza satisfacerla, una bofetada para Flora. Otras tenían demasiada curiosidad para no hacerlo. Querían ver cómo se comportarían los recién casados. ¿Bailaría Robert? ¿Con qué clase de atuendo se presentaría la novia? Se postergó un poco, pero finalmente se celebró el baile y mi madre tuvo su informe.

La novia llevaba el vestido que se había puesto para la boda, o eso dijo, pero ¿quién se pondría un vestido así para una boda en la casa del párroco? Era más que probable que lo hubiese comprado especialmente para hacer su aparición en el baile. Satén de un blanco puro, con un escote en forma de corazón tontamente juvenil. El novio se vistió con un traje azul oscuro y ella le puso una flor en el ojal. Eran algo digno de verse. El pelo de ella estaba recién arreglado para cegar con sus reflejos cobrizos, y la cara parecía que se le iba a desprender sobre la chaqueta de algún hombre si se apoyaba sobre el hombro en el baile. Desde luego que bailó. Bailó con cada uno de los hombres presentes, excepto con el novio, que estaba sentado aplastado en uno de los pupitres de la escuela que había junto a la pared. Bailó con cada uno de los hombres presentes, todos dijeron que tenía que hacerlo, que era la costumbre, y luego arrastró a Robert para que recibiera el dinero y les diera las gracias a todos por sus buenos deseos. A las señoras, en los aseos, incluso les insinuó que no se sentía bien por la razón habitual en las recién casadas. Nadie la creyó, y en efecto, nada surgió jamás de esa esperanza, si es que realmente la tenía. Algunas de las mujeres pensaron que les estaba mintiendo por malevolencia, insultándolas, dando a entender que eran muy crédulas, pero nadie le expresó sus dudas, quizá porque estaba claro que podía soltar una grosería capaz de dejar mudo a cualquiera.

Flora no estuvo presente en el baile.

«Mi cuñada no es una bailarina —decía la enfermera Atkinson—, se ha quedado anclada en los viejos tiempos. —Les invitó a que se rieran de Flora, a quien siempre llamaba su cuñada, aunque no tenía derecho a hacerlo.»

Mi madre le escribió una carta a Flora después de haberse enterado de todas esas cosas. Al estar alejada de la escena, y quizá en un ataque de importancia debido a su propio y reciente estado de casada, debió de olvidarse de la clase de persona a quien estaba escribiendo. Le ofreció su solidaridad, le demostró su indignación e hizo comentarios despectivos y contundentes acerca de la mujer que, según consideraba mi madre, le había propinado tal golpe. En respuesta, recibió una carta de Flora en la que decía que no sabía de dónde había obtenido su información, pero que parecía que no lo hubiera comprendido bien, o que hubiese escuchado a personas maliciosas, o que hubiera llegado precipitadamente a conclusiones injustificadas. Lo que sucediera en la familia de Flora no era asunto de los demás, y por supuesto nadie necesitaba sentirse ni apenado ni enfadado por ella. Flora decía que era feliz y que estaba satisfecha de su vida, como siempre lo había estado, y que ella no se metía en lo que los demás hacían o querían, porque esas cosas no eran de su incumbencia. Deseaba toda la felicidad a mi madre en su matrimonio y esperaba que pronto estuviera demasiado ocupada con sus propias responsabilidades para preocuparse de las vidas de la gente que había conocido.

Esta carta tan bien escrita hirió a mi madre, como ella decía, en lo más vivo. Ella y Flora dejaron de escribirse. Mi madre estuvo realmente ocupada con su propia vida, y finalmente fue prisionera de ella.

Pero pensaba en Flora. Años más tarde, cuando a veces hablaba de las cosas que podría haber sido, o hecho, decía: «Si hubiera podido ser escritora, y realmente creo que lo hubiera podido ser, entonces habría escrito la historia de la vida de Flora. Y ¿sabes cómo la habría llamado? “La dama soltera”».

La dama soltera. Decía esas palabras con un tono de voz sentimental y solemne que a mí no me gustaba. Yo conocía, o creía que conocía, exactamente el valor que encontraba en ellas. La dignidad y el misterio. El indicio de burla convirtiéndose en respeto. Yo tenía quince o dieciséis años entonces y creía que podía leer el pensamiento de mi madre. Veía lo que haría con Flora, lo que ya había hecho. La convertiría en una figura noble que acepta el abandono, la traición, que perdona y se mantiene al margen, no una vez, sino dos. Sin un momento de queja. Flora anda de un lado para otro con sus placenteras labores, asea la casa y limpia con la pala el establo de las vacas, quita la porquería de la cama de su hermana, y cuando por fin el futuro parece abierto para ella (Ellie morirá, Robert le pedirá perdón y Flora lo silenciará con el glorioso regalo de sí misma), Audrey Atkinson llega al patio y deja a Flora fuera de nuevo, más inexplicable y concienzudamente la segunda vez que la primera. Debe soportar la pintura de la casa, la luz eléctrica, toda la próspera actividad en la puerta de al lado. «Baile de salón imaginario», «Amos y Andy». Ya no más comedias escocesas ni sermones antiguos. Tenía que verles salir a bailar, a su antiguo novio y a aquella mujer insensible, estúpida y en absoluto hermosa, con el vestido de novia de satén blanco. Se burlan de ella. (Y por supuesto ella ha cedido la granja a Ellie y a Robert, por supuesto él la ha heredado, y ahora todo pertenece a Audrey Atkinson.) Los malvados medran. Pero está bien. Está bien, los elegidos están ocultos bajo la paciencia y la humildad e iluminados por una certeza que los acontecimientos no pueden perturbar.

Así es como yo creí que le parecían las cosas a mi madre. En su insistencia, sus ideas se habían vuelto místicas, y a veces había un silencio, un solemne estremecimiento en su voz, que me molestaba, que me alertaba sobre lo que parecía un peligro personal. Yo sentía una gran confusión de tópicos y devociones al acecho, un poder incontestable de madre impedida que podía capturarme y ahogarme. Nunca se acabaría. Tenía que mantenerme mordaz y cínica, discutir y rebajar los humos. Finalmente abandoné incluso ese reconocimiento y me opuse a ella en silencio.

Esta es una extraña manera de decir que no le serví de consuelo y que fui una pobre compañía para ella cuando casi no tenía otra parte adónde ir.

Yo tenía mis propias ideas sobre la historia de Flora. Yo no creía poder escribir una novela, sino que escribiría una. Pero yo tomaría otro punto de partida. Miré a través de la historia de mi madre y añadí lo que ella se dejó. Mi Flora sería tan negra como blanca era la suya. Alegrándose de las malas pasadas que le hacían a ella y, en su propia misericordia, espiando la ruina de la vida de su hermana. Una bruja presbiteriana, leyendo en voz alta su venenoso libro. Se precisa una crueldad rival, la comparativamente inocente brutalidad de la insensible enfermera para hacerla retroceder, florecer en su sombra. Pero se la obliga a retroceder; el poder del sexo y una avaricia ordinaria la hacen retroceder y encerrarse en su propia parte de la casa con las lámparas de parafina. Se contrae, se hunde, sus huesos se endurecen y sus articulaciones se entumecen, y (¡oh, ya lo tengo, ya lo tengo, veo la desnuda belleza del final que inventaré!) ella misma queda paralítica, con artritis, apenas capaz de moverse. Entonces Audrey Atkinson llega a su pleno poder…, pide toda la casa. Quiere que las divisiones que Robert construyó con la ayuda de Flora cuando se casó con Ellie sean derribadas. Ella le dará a Flora una habitación y la cuidará. (Audrey Atkinson no desea que se la considere un monstruo, y quizá no lo sea realmente.) De modo que un día Robert lleva a Flora (por primera y última vez la lleva en brazos) a la habitación que su esposa Audrey ha preparado para ella. Y una vez que Flora está instalada en su rincón bien iluminado y caliente, Audrey Atkinson se encarga de limpiar las habitaciones recién desocupadas, las habitaciones de Flora. Lleva un montón de libros viejos al patio. Es primavera de nuevo, el tiempo de la limpieza de la casa, la estación en la que la misma Flora llevaba a cabo esas hazañas, y entonces el pálido rostro de Flora aparece detrás de los nuevos visillos. Se ha arrastrado desde su rincón, ve el luminoso cielo azul con sus nubes que se deslizan en lo alto sobre los campos mojados, los cuervos en lucha, los riachuelos desbordados, las ramas de los árboles teñidas de rojo. Ve salir el humo del incinerador del patio, en el que sus libros se están quemando. Esos malolientes libros viejos, como Audrey les ha llamado. Palabras y páginas, los siniestros lomos oscuros. Los elegidos, los condenados, las débiles esperanzas, los extraordinarios tormentos… suben con el humo. Ese era el final.

Para mí la persona realmente misteriosa de la historia, según la contaba mi madre, era Robert. Nunca tiene una palabra que decir. Se promete a Flora. Camina a su lado junto al río cuando Ellie salta sobre ellos. Encuentra los cardos que le pone Ellie en la cama. Realiza los trabajos que se hacen necesarios para su boda con Ellie. Escucha o no escucha mientras Flora lee. Finalmente está sentado encogido en el pupitre de la escuela mientras su ostentosa novia baila con todos los hombres.

Hasta aquí en cuanto a sus actos y apariciones públicas. Pero él fue quien lo empezó todo, en secreto. Él «se lo hizo a» Ellie. Se lo hizo a aquella delgada muchacha salvaje estando comprometido con su hermana, y se lo volvió a hacer una y otra vez cuando no era más que un pobre cuerpo arruinado, una mujer fracasada en su maternidad, en cama.

También debió de hacérselo a Audrey Atkinson, pero con resultados menos desastrosos.

Esas palabras, «se lo hizo a», las palabras que ni mi madre ni tampoco Flora se atreverían nunca a pronunciar, eran simplemente excitantes para mí. No sentía la menor repugnancia ni indignación razonable. Yo rechazaba la advertencia. Ni siquiera el destino de Ellie podía darme asco. No cuando pensaba en aquel primer encuentro, en la desesperación del mismo, en la acometida y en la lucha. En aquel tiempo yo acostumbraba a lanzar a los hombres miradas de deseo a hurtadillas. Admiraba sus muñecas, sus cuellos y cualquier trozo del pecho que un botón suelto dejase entrever, incluso las orejas y los pies en los zapatos. Nada razonable esperaba de ellos, solo que estuviesen envueltos en su pasión. Yo tenía similares pensamientos acerca de Robert.

Lo que hacía mala a Flora en mi historia era exactamente lo que la hacía admirable en la de mi madre: su rechazo del sexo. Luché contra todo lo que mi madre quería explicarme sobre este asunto; despreciaba incluso que bajase la voz, la tenebrosa cautela con la que lo abordaba. Mi madre había crecido en un tiempo y en un lugar en los que el sexo era una oscura empresa para las mujeres. Sabía que se podía morir a causa de él. Así que honraba la decencia, la gazmoñería, la frigidez que podían protegerla a una. Y yo crecí sintiendo horror por esa misma protección, por la elegante tiranía que a mí me parecía que se extendía a todas las áreas de la vida, para imponer tertulias y guantes blancos y todas las demás estupideces de campanillas. Yo era partidaria de las palabrotas y de una ruptura; me atormentaba el pensamiento de la falta de consideración y de la dominación de un hombre. Lo curioso es que las ideas de mi madre estaban en consonancia con algunos conceptos progresistas de su época, y las mías se hacían eco de los conceptos preferidos en mis tiempos. Eso a pesar del hecho de que las dos nos considerábamos independientes y vivíamos en lugares apartados que no registraban tales cambios. Es como si las tendencias que parecen más profundamente arraigadas en nuestra mente, las más personales y singulares, hubieran entrado como esporas en el viento predominante, buscando un lugar apropiado donde aterrizar, una bienvenida.

No mucho antes de morir, pero cuando yo estaba todavía en casa, mi madre recibió una carta de la Flora real. Procedía de aquella ciudad cercana a la granja, de la ciudad a la que Flora acostumbraba a ir, con Robert, en la carreta, agarrada a los sacos de lana o de patatas.

Flora contaba que ya no vivía en la granja.

«Robert y Audrey todavía siguen allí —escribía—. Robert tiene problemas con la espalda, pero, por lo demás, está muy bien. Audrey tiene mal la circulación y a menudo se queda sin aliento. El doctor dice que tiene que perder peso, pero ninguno de los regímenes parece funcionar. La granja ha ido muy bien. Ya no tienen ovejas y ahora se dedican a las vacas lecheras. Como es posible que sepas, lo principal hoy en día es obtener la cuota de leche del gobierno y entonces ya está. En el antiguo establo se han puesto máquinas de ordeñar y el equipo más moderno, es una maravilla. Cuando voy allí de visita apenas sé dónde estoy.»

Seguía diciendo que hacía algunos años que vivía en la ciudad y que tenía un trabajo de dependienta en una tienda. Debía de decir qué clase de tienda era, pero ahora no lo recuerdo. Por supuesto, nada decía cerca de qué le había llevado a tomar esa decisión, si realmente la habían echado de su propia granja o si había vendido su parte, aparentemente sin mucho provecho. Ella subrayaba el hecho de su amistad con Robert y Audrey. Decía que estaba bien de salud.

«Me he enterado de que tú no has tenido tanta suerte en ese sentido —escribió—. Me encontré con Cleta Barnes, antes Cleta Stapleton, en la oficina de Correos de delante de casa y me dijo que tienes problemas con tus músculos y que tu habla también se ha visto afectada. Es triste escuchar eso, pero se pueden hacer cosas tan maravillosas hoy en día que espero que los doctores puedan ayudarte.»

Una carta inquietante, pues dejaba muchas cosas fuera. Nada había en ella sobre la voluntad de Dios o Su papel en nuestras aflicciones. No mencionaba si Flora seguía yendo a aquella iglesia. No creo que mi madre le respondiese. Su excelente y legible escritura, su caligrafía de maestra de escuela, se había deteriorado y tenía dificultad para sostener una pluma. Siempre estaba comenzando cartas y nunca las terminaba. Yo las encontraba por la casa. «Mi querida Mary», comenzaban. «Queridísima Ruth», «Mi pequeña Joanne (aunque ya me doy cuenta de que ya no eres pequeña)», «Mi querida y vieja amiga Cleta», «Mi encantadora Margaret». Estas mujeres eran amigas de sus días de maestra, de sus tiempos en la Escuela Normal, y del instituto. Unas cuantas eran antiguas alumnas. Tengo amigas por todo el país, decía, desafiante. Tengo amigas muy, muy queridas.

Recuerdo haber visto una carta que empezaba: «Amiga de mi juventud». No sé a quién iba dirigida. Todas eran amigas de su juventud. No recuerdo una sola que comenzase con «Mi muy querida y admirada Flora». Yo siempre las miraba, intentaba leer el encabezamiento y las pocas frases que había escrito, y como no podía soportar sentir tristeza, me impacientaba con el lenguaje florido, la petición directa de amor y compasión. Tendría más, pensaba yo —más de mí, quería decir— si pudiera conseguir retirarse con dignidad, en lugar de alargarse todo el tiempo para proyectar su sombra enferma.

Para entonces había perdido mi interés por Flora. Estaba siempre pensando en historias y en aquel momento probablemente tenía una nueva en mente.

Pero he pensado en ella desde entonces. Me he preguntado en qué clase de tienda trabajaría. ¿Una ferretería o un almacén de baratillo, en la que tendría que llevar una bata, o una farmacia en la que se lleva uniforme como una enfermera, o una tienda de ropa de señora en la que generalmente se espera que se vaya elegante? Quizá había tenido que aprender sobre batidoras o sobre sierras de cadena, saltos de cama, cosméticos o incluso condones. Tendría que trabajar todo el día con luz eléctrica y manejar una caja registradora. ¿Se haría la permanente, se pintaría las uñas y los labios? Debía de haber encontrado un lugar donde vivir; un pequeño apartamento con cocina que diese a la calle principal, o una habitación en una casa de huéspedes. ¿Qué hacía para seguir siendo cameroniana? ¿Qué para llegar a aquella iglesia alejada a no ser que consiguiese comprar un coche y aprendiera a conducirlo? Y si lo hiciera, podría ir no solamente a la iglesia, sino también a otros sitios. Podría irse de vacaciones. Podría alquilar una casita junto a un lago por una semana, aprender a nadar, visitar una ciudad. Podría comer en un restaurante, posiblemente en un restaurante en el que se sirvieran bebidas. Podría hacerse amiga de mujeres que estuvieran divorciadas.

Podría encontrar un hombre. El hermano viudo de una amiga, quizá. Un hombre que no supiese que era cameroniana, ni qué eran los cameronianos. Que nada supiese de su historia. Un hombre que nunca hubiese oído hablar de la pintura parcial de la casa, ni de las dos traiciones, o que evitar ser tomada a broma había requerido de toda su dignidad e inocencia. Él podría querer llevarla a bailar, y ella tendría que explicarle que no podría ir. Él estaría sorprendido, pero no desanimado…, toda esa cuestión de los cameronianos podría parecerle peculiar, incluso encantadora. Y también al resto del mundo. La educaron en una religión extraña, diría la gente. Vivió durante mucho tiempo en alguna granja olvidada de Dios. Es un poco rara, pero realmente muy agradable. Y también guapa. Especialmente desde que se arregló el pelo.

Podría ir a una tienda y encontrarla.

No, no. Debe de estar muerta hace mucho tiempo.

Pero supongamos que yo hubiese ido a una tienda: quizá a unos almacenes. Veo un lugar con una atmósfera de actividad, con escaparates sencillos, la antigua apariencia moderna de los años cincuenta. Imaginemos que una mujer alta, guapa y bien arreglada hubiese venido a atenderme y que yo hubiese sabido, de alguna manera, a pesar del cabello cardado y con laca y de los labios y las uñas rosas o de coral, que hubiese sabido que aquella era Flora. Habría querido decirle que yo sabía, que yo conocía su historia, aunque nunca nos hubiésemos conocido. Me imagino a mí misma intentando decírselo. (Esto ahora es un sueño, lo entiendo como un sueño.) La imagino escuchando, con una agradable compostura. Pero sacude la cabeza. Me sonríe, y en su sonrisa hay algo de burla, una tenue y confiada malicia. Aburrimiento, también. No le sorprende que le diga esto, pero está cansada de ello, de mí y de la idea que tengo de ella, de mi información, de que me imagine que puedo saber algo de ella.

Por supuesto, es en mi madre en quien estoy pensando, en mi madre como era en aquellos sueños en los que decía: «No es nada, es solo este ligero temblor», o con aquella indulgencia asombrosamente feliz: «Oh, sabía que algún día vendrías». Mi madre me sorprendía y lo hacía casi desinteresadamente. Su máscara, su destino y la mayor parte de su mal habían desaparecido. Qué aliviada y qué feliz me sentí. Pero ahora recuerdo que también me sentí desconcertada. Tendría que decir que también me sentí ligeramente engañada. Sí. Ofendida, burlada, engañada, por aquel cambio bien recibido, por aquel alivio temporal. Mi madre, que salía más bien con descuido de su antigua prisión, mostrando facultades y poderes que nunca soñé que tuviera, cambiaba así algo más que su propia persona. Cambia el amargo bulto de amor que he llevado todo este tiempo en un fantasma, en algo inútil e inapropiado, como un embarazo fantasma.

He descubierto que los cameronianos eran o fueron un residuo irreconciliable de los Covenanters, aquellos escoceses que en el siglo XVII se comprometieron con Dios a resistir a los libros de oraciones, a los obispos, a cualquier mancha de papismo por parte del rey. Su nombre procede de Richard Cameron, un predicador proscrito, o «de campo», pronto derribado. Los cameronianos —durante largo tiempo han preferido ser llamados presbiterianos reformados— iban a la batalla cantando los salmos 74 y 78. Acuchillaron en la carretera al arrogante obispo de Saint Andrews hasta matarlo e hicieron que sus caballos pasaran sobre su cuerpo. Uno de sus ministros, con el ánimo de gozar firmemente de su propia ejecución en la horca, excomulgó a todos los demás sacerdotes del mundo.

Ernest Hemingway: La brevedad como virtud Literaria

El icónico Ernest Hemingway, Nobel en 1954, es célebre por su estilo conciso y directo. Sus relatos cortos, como «El asesino” o “La corta vida de Francis Macomber», encapsulan la esencia de su maestría en la economía de palabras. Cada oración es un pilar que sostiene una narrativa rica en matices y significado.

La historia corta que hemos seleccionado de Hemingway es “El médico y su mujer”, un relato de 1925.

El médico y su mujer. Un relato de Ernest Hemingway

Dick Boulton llegó del campamento indio con objeto de cortar troncos para el padre de Nick. Trajo a su hijo Eddy y a otro indio llamado Billy Tabeshaw. Después de atravesar el monte, entraron por la puerta trasera. Eddy venía con una larga sierra, que aleteaba sobre el hombro del muchacho y emitía sonidos musicales mientras él caminaba. Billy Tabeshaw traía dos grandes palancas con ganchos y Dick llevaba tres hachas bajo el brazo.

Dick se volvió para cerrar la puerta. Los otros continuaron hacia la orilla del lago. Allí estaban los troncos embarrancados en la arena.

Eran los troncos que se desprendían de las grandes maderadas que el buque Magic remolcaba por el lago, rumbo al aserradero. La corriente los arrastraba hasta la playa, y allí, tarde o temprano, los tripulantes del Magic los veían cuando recorrían la costa en bote. Entonces clavaban un perno de hierro con argolla en el extremo de cada tronco y luego los arrastraban hacia el lago para formar una nueva jangada. Aunque a veces los madereros no iban a recogerlos, pues por unos pocos troncos no valía la pena mandar a la tripulación. Si nadie los retiraba, quedaban anegados y se pudrían en la playa.

Como el padre de Nick conocía esa circunstancia, contrataba indios del campamento para cortar los troncos con una sierra y partirlos con la cuña. Así conseguía leña para la chimenea. Dick Boulton pasó frente al chalet, camino de la orilla. Había cuatro grandes troncos de haya casi sepultados en la arena. Eddy levantó la sierra por uno de los mangos y la colocó en la cruz de un árbol. Dick dejó las tres hachas en el desembarcadero. Boulton era mestizo, pero muchos de los quinteros de los alrededores del lago lo tomaban por blanco. Por lo general, aunque era muy holgazán, resultaba sumamente eficaz una vez se disponía a trabajar. Sacando del bolsillo un trozo de tabaco, Dick empezó a mascar y habló en ojibwa con Eddy y Billy Tabeshaw.

Estos enterraron las puntas de sus ganchos en uno de los troncos y se apoyaron en la palanca para aflojarlo. Volcaron todo el peso de sus cuerpos, hasta que el tronco se separó de la arena. Dick Boulton se volvió hacia el padre de Nick.

—Bueno, doc —dijo—; alégrese, pues ha robado un hermoso pedazo de madera.

—No diga eso, Dick —replicó el médico—. Al fin y al cabo, solo es madera traída por el agua.

Eddy y Billy Tabeshaw levantaron el tronco y lo hicieron rodar hasta el agua.

—¡Métanlo bien! —gritó Boulton.

—¿Para qué hacen eso? —preguntó el doctor.

—Para lavarlo, sacarle la arena y trabajar mejor con la sierra. Quiero ver de quién es ese tronco —explicó Dick.

El tronco flotaba en el agua. Eddy y Billy Tabeshaw se apoyaron en sus herramientas. Ambos sudaban. El sol era muy fuerte. Dick se arrodilló en la arena y miró la marca del martillo del rascador, en un extremo del tronco.

—Es de White y McNally —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose los pantalones.

El médico mostró cierta contrariedad.

—Entonces será mejor que no lo corten, Dick —dijo enseguida.

—Puede estar tranquilo, doc —expresó Dick—. No se enfade. No me interesa saber a quién se lo roba. Ya sabe que no me ocupo de eso.

—Si cree que esos troncos son robados, déjelos allí y vuelva al campamento con sus herramientas —el rostro del médico se enrojeció.

—No se haga el gallito, doc —dijo Dick, y lanzó un salivazo mezclado con tabaco que se deslizó sobre el leño y desapareció en el agua—. Tanto usted como yo sabemos que son robados. Para mí es lo mismo.

—Muy bien. Si le parece que los troncos son robados, recoja sus herramientas y hágase trasladar.

—Escuche, doc…

—Si vuelve a llamarme doc, le haré saltar los dientes de un golpe.

—¡Oh! ¡No, doc! ¡No! ¡Tenga cuidado con lo que hace! ¡Se lo advierto!

Dick Boulton miró al médico. Dick era un hombre alto y corpulento, y conocía bien su propia fuerza. Le gustaban las peleas, ya que allí se encontraba en su ambiente y era feliz. Eddy y Billy Tabeshaw, apoyados en sus palancas, observaron al médico, que se mordió el labio inferior, y clavó la mirada en Dick Boulton. Después dio media vuelta y se fue hacia el chalet, en la colina. A pesar de que no le vieron la cara, se dieron cuenta de que estaba encolerizado. Todos lo siguieron con la vista hasta que llegó y entró en el chalet.

Dick dijo unas palabras en ojibwa. Eddy se echó a reír, pero Billy Tabeshaw se quedó muy serio.

No entendía nada de inglés, pero sudó durante toda la discusión. Parecía un chino, con su gordura y su bigote raleado. Luego recogió las dos palancas, sin decir nada. Dick tomó las hachas y Eddy sacó la sierra del árbol. Los tres emprendieron el regreso, pasando frente al chalet, y saliendo por donde habían entrado. Dick dejó la puerta abierta, y Billy Tabeshaw volvió para cerrarla cuidadosamente. Después se perdieron en el monte.

En el chalet, el doctor, sentado en la cama, vio un montón de boletines médicos en el suelo, junto al escritorio. Y le irritó más comprobar que las fajas estaban todavía intactas.

—¿Vas a volver a trabajar, querido? —le preguntó su mujer, que estaba acostada en la habitación de al lado, con las persianas cerradas.

—¡No!

—¿Ha ocurrido alguna cosa?

—Tuve una discusión con Dick Boulton.

—¡Oh! —exclamó la mujer—. Supongo que no habrás perdido los estribos, ¿eh, Henry?

—No —contestó su marido.

—No olvides que «aquel que domina su espíritu vale más que el que toma una ciudad» —dijo su esposa, que era sectaria del eddysmo. Su Biblia, su ejemplar de Ciencia y Salud y su Quarterly (publicación trimestral) estaban sobre la mesa, al lado de la cama.

Él no respondió nada. Estaba sentado en la cama, limpiando la escopeta. Apretó la recámara, que estaba llena de pesadas cápsulas amarillas, y la sacó de nuevo. Entonces se desparramaron sobre el lecho.

—Henry —llamó su mujer. Y, después de esperar un momento, repitió—: ¡Henry!

—Sí, oigo.

—No has dicho nada que haya molestado a Boulton, ¿verdad?

—No —contestó él.

—¿Y por qué vino la discusión, querido?

—Por una estupidez.

—Dímelo, Henry. No trates de ocultarme nada. ¿Por qué se pelearon?

—Pues… Dick me debe una suma de dinero desde que le curé la pulmonía a su india, y pienso que creó un conflicto para que yo me viera obligado a despedirlo. Así no me tendrá que pagar la cuenta con su trabajo.

La mujer se quedó silenciosa. El médico limpió la escopeta frotándola con un trapo. Después apretó las cápsulas hacia adentro, contra el resorte de la recámara. Se quedó sentado con el arma en las rodillas. Era su favorita. Entonces oyó la voz de su esposa, desde la otra habitación:

—Querido; creo, con franqueza, que no lo ha hecho para no tener que pagarte.

—¿No?

—No. No puedo creer que alguien haga algo semejante voluntariamente.

El médico se puso de pie y colocó la escopeta en el rincón, detrás del aparador.

—¿Vas a salir, querido?

—Me parece que me voy a pasear un rato.

—Si ves a Nick, querido, ¿quieres decirle que su mamá desea verlo?

El médico salió a la galería. La puerta de mampara se cerró estrepitosamente tras él y oyó que su mujer contuvo una exclamación de asombro.

—Perdóname —dijo junto a la ventana con las persianas corridas.

—No es nada, querido.

Luego salió y caminó por el sendero, entre los bosques de abetos. Allí estaba fresco, a pesar de que era un día terriblemente caluroso. Encontró a Nick leyendo al pie de un árbol.

—Tu madre quiere que vayas a verla —dijo el médico.

—Quiero ir contigo —manifestó Nick.

Su padre lo miró.

—Muy bien. Vamos. Dame el libro. Lo llevaré en el bolsillo.

—Ya sé dónde hay ardillas negras, papá.

—Muy bien. Entonces llévame a verlas.

Bueno, pues hemos seleccionado cuatro relatos cortos de cuatro Premios Nobel de Literatura. No son todos los que son, pero están todos los que son. Si quieres que sigamos publicando historias cortas de escritores galardonados con el Nobel, deja un comentario y comparte esta publicación.

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