Relato de Ednodio Quintero: Rosa o el esplendor

Sus primeros libros, que contienen piezas breves o muy breves, se enmarcan más claramente ese mundo primigenio, telúrico y salvaje de una región atrasada, apartada y pobre —en esto me ha recordado al mundo de Rulfo— donde es más propicia la irrupción de lo prodigioso o, en su caso, de lo inesperado. Cuentos como “Un caballo amarillo”, “Valdemar Lunes, el inmortal, “El personaje”, “Jinetes”, “Antares” o “El combate”, por citar algunos, me han parecido auténticas obras maestras.

Fuente: Libros de Cíbola, en alusión a Ednodio Quintero

Cuento de Ednodio Quintero: Rosa o el esplendor

Para Leda, mi hija

Mientras sobrevolaba el verde prado donde una preciosa quinceañera daba saltos al igual que una cabrita al tiempo que el viento pertinaz agitaba su larga cabellera que el sol poniente hacía restallar con reflejos dorados, el resplandor de aquella luminosa tarde coloreaba mis alas grises de gavilán con tonos púrpura y ópalo. Del cuerpo de la inquieta criatura manaba un extraño fulgor: la alegría desenfrenada de moverse en el aire frío de la estación como si pudiera en cualquier momento echarse a volar. Sus mejillas, atezadas por el viento y el sol, relucían como pétalos de rosa. Rosa se llamaba y era mi madre, todavía no lo era, pero con el inclemente paso del tiempo lo habría de ser. 

Ya lo dije, yo era un gavilán. Mi alma errante por el espacio sideral había hallado en aquella ave de presa un refugio provisorio, el lugar propicio para el tiempo de la espera. En esta, mi primera existencia terrenal, al nomás contemplar la silueta grácil de la muchacha de cabellera dorada me prendé de ella. Me enamoré locamente de ella, y quise entrar en su cuerpo para encarnar en su vientre. Quería convertirme en su hijo. Sin embargo, armado de paciencia debería aguardar un año más.

Mientras tanto, me extasío en la contemplación.

—¿Ves aquel gavilán que da vueltas allá en lo alto como un loco?

Es la voz de mi hermana Euricia, cuatro años mayor que mi futura madre. A Euricia le debo el tema esencial de este relato. Del resto se encarga el gavilán.

—¿Un gavilán loco? ¡Qué cosas dices!

Mi madre continúa su baile. Más que un baile, en aquel contento expresado con el bullir de su sangre, Rosa, Rosita, pareciera estar cumpliendo un rito ancestral. Danza para hacerse grata al sol: «Adiós, señor Sol. Gracias por tu energía y tu calor. Te esperamos mañana, señor Sol».

¿Debo confesar, antes de continuar este relato, que en el ocaso de mi edad me he convertido en adorador del Sol? Cuando las primeras luces del amanecer se filtran por la ventana de mi aposento, suelo agradecerle su presencia vivificante. Un día más en el planeta Tierra, alumbrado por el resplandor del Sol. ¿Qué otra cosa puedo pedir?

Euricia, la hija mayor de mi padre, quedó huérfana hace unos meses. Mi padre fue a buscarla por los lados de La Mesa de Esnujaque y se la llevó a vivir con él en la bonita casa que había construido el año pasado para su boda con la muchacha de las crenchas de oro avistada por el gavilán. También vivía con ellos Gabriel, el hijo menor de mi padre, de unos seis años de edad. Ah, y un mítico perro ovejero, fiero guardián de Rosa, Rosita, que había sabido ganarse un lugar destacado en la familia. Por aquellas fechas, mientras el mundo entero se conmovía por el descubrimiento de la horrible matanza de millones de judíos seguido por el espantoso bombardeo atómico de dos ciudades de un lejano país llamado Japón, mi padre, un señor de cincuenta y dos años, a horcajadas en su caballo zaino, vigilado por el ansioso gavilán regresaba a su hogar en el páramo del Pajarito luego de haber pasado el día ocupado en su tienda de víveres y licores, allá en la aldea sita aguas abajo a unos siete kilómetros de distancia.

—Pues sí, hermano, como le venía diciendo: vivíamos los tres con su papá. Él tenía un negocio en el pueblo y todos los días, menos el domingo, salíamos por la tardecita a esperarlo al final del prado, allá donde comienza la bajada de las cabras.

Cuarenta años después de aquellas memorables estampas del álbum familiar escucho la voz pausada de mi hermana Euricia la misma noche que velaban a nuestro padre en el caserón solariego donde se había refugiado las últimas dos décadas de su vida.

La escena de aquel trío de criaturas de mi sangre aguardando la llegada de mi señor padre la evoco con una especie de alegría desenfrenada. Le agradezco a Euricia este regalo inesperado que mi fluctuante memoria conservará hasta la hora de mi muerte. El flujo de la vida latiendo aquellas tardes en el fragante vientecito de la montaña: albricias, canela en rama, laurel.

Regreso entonces a mi condición de gavilán, planeo con mis alas hechas para el vuelo vertical. Me zambullo en el aire frío y dúctil como la niebla que asciende desde el río. Me precipito en el vértigo y la pasión.

Mi padre se había casado el año anterior con una muchacha de catorce años recién cumplidos, ambos disfrutaban las mieles del amor. Pensando en la boda, don Felipe había construido una bonita casa en el Alto del Pajarito: paredes sólidas de adobes y bahareque, vigas de cedro montañés, techo de caña brava cubierto de tejas, piso de ladrillos. Todo un lujo para complacer a la niña de sus sueños. Una amplia e iluminada cocina con el fogón ligeramente levantado del suelo, una troja para ahumar los quesos y un horno para elaborar el pan: en ese espacio reinaba la comadre Eloína, que había acompañado a mi padre durante años en sus correrías de galán cuando iba alternando su convivencia con una que otra concubina. La comadre cocinaba para los muchachos y se ocupaba de la limpieza y el lavado de la ropa. Los trataba a todos por igual: «Esos chinos traviesos me van a matar. Felipe no les pone preparo», solía decir. Se negaba a entender que aquella niña volantona de la familia Montilla, dígame usted, la menor, fuera la esposa del pícaro Felipe. 

Esperen, me falta enseñarles la sala de recibo: una mesa de madera fina donde nunca faltaba un ramo de flores silvestres, las preferidas de mi madre eran los pensamientos que luego guardaba en sus libros de lectura. Las seis silletas de piel de vaca con remaches de cobre traídas desde Boconó tenían las iniciales (FQ) de mi señor padre grabadas en el espaldar. En la sala se reunían de vez en cuando las hermanas solteras de mi madre. Hablaban con Rosita, la hacían ruborizar con preguntas picantes, y alguna suspiraba pensando cuándo le tocaría a ella misma salir de esa aburrida soltería: «¿Será que me voy a quedar para vestir santos?». Había otro cuarto donde se guardaban los aperos de las bestias y algunos instrumentos de labranza, arados, timones, escardillas, hoces —utilizados por los medianeros que trabajaban las tierras flacas de don Felipe. En fin, del cuidado de las vacas y los becerros se ocupaba un muchacho tosco, rudo y vireto venido de Los Carbones. Lo llamaban el Mudo, no porque no pudiera hablar sino por su terquedad a responder cuando alguien lo llamaba. La comadre lo sacaba de su mutismo a las horas de la comida.

En aquel ambiente bucólico, Euricia, Rosa y Gabriel se la pasaban el santo día jugando en los alrededores de la casa. Rosa tenía una colección de muñecas muy bonitas, se las traía mi futuro padre desde una ciudad del otro lado de la Cordillera llamada Mérida, mi herida. Conservo una, de porcelana, vestida como una campesina de la Selva Negra salida de algún drama de Hofmannsthal. ¡Qué cosas, no! Incluso en sueños se me aparecen los espectros del romanticismo alemán. Euricia, que a causa de su mayor edad se consideraba a sí misma como líder del grupo, intentaba a duras penas mantener cierta disciplina. «Ya está bien de rochelas, criaturitas, vengan para sacarles el mugre y los piojos». Antes del descubrimiento del DDT, piojos y pulgas eran considerados como animales domésticos. Euricia siempre fue muy fundamentosa, sabía tejer y bordar. No había manera de convencer a Rosita de que aprendiera esos oficios de mujer. Lo suyo eran el canto y el baile, y en particular un don que la acompañaría hasta el fin de su vida: imitaba las voces y los gestos de cualquier persona que hubiera conocido. Era para desternillarse de la risa observar cómo retorcía su boquita para hablar con el enrevesado acento de musiú de mi tío Ángel. Si cerraba los ojos, podría jurar que era mi tío quien hablaba. La noche que imitó a su primogénito quedé estupefacto.

Gabriel era un niño retraído que se había aferrado a Rosita como si fuera su hermana, jugaba con sus muñecas, se ponía peinetas en su espesa y retinta cabellera, le gustaba hacer casitas de barro y salir a buscar leña. Formaban una pareja singular pues su «hermana» lo complacía en todo. Gabriel se montaba en un becerro manso como si se tratara de un caballo y Rosa lo iba cabestreando, seguidos por el perro ovejero daban vueltas en la era como si estuvieran trillando.

A sus dieciocho años Euricia era una jineta veterana. Ciertos días amanecía como ella misma decía, «con el apellido atravesado», y le daba entonces por montar a pelo en Muñeca, la yegua mañosa y no tan joven, pero fuerte y veloz. Salían disparadas por aquel verde y pedregoso prado como si las persiguiera algún demonio. Regresaba eufórica y sudorosa, su rostro cuarteado por el viento y el sol. Le gustaba bañarse desnuda en una gélida laguna cuyo acceso solía permanecer oculto a causa de la niebla persistente de aquel costado de la sierra. Cuando la comadre la sentía llegar alborotada y con el cabello revuelto, murmuraba para sí misma: «A esa hija de Felipe le está haciendo falta un marido. Ruego al Señor que no se esté arrejuntando en esa laguna encantada con algún moján». 

Aunque los vecinos más cercanos a la casa del Alto del Pajarito eran los padres y las hermanas solteras de Rosita, pocas veces venían a visitarla. Los murmuradores de oficio afirmaban que don Felipe y su suegro no se llevaban bien, algo difícil de creer pues parece que el día del casamiento mi abuelo Onofre, que tenía fama de sobrio y rezandero, había estado bebiendo ponche sin parar hasta que cayó de platanazo, tan largo y pesado como era. Quien sí se opuso a la desigual boda fue mi abuelo Rufino. Atrincherado en su casa de Niquitao, donde se había ido a vivir hacía ya veinte años, jurando no regresar a sus tierras del páramo, amenazó con montarse en su mula y subir a reprender a ese hijo suyo tan refistolero. A la hora de la verdad se echó para atrás, e incluso les envió como regalo a los recién casados un ovejo gordo que la comadre Eloína sazonó para el banquete nupcial.

Era costumbre, sí, que los domingos se reunieran todos en casa de mis abuelos Onofre y Lorenza. Almorzaban, jugaban a las cartas, hablaban de la lluvia, los precios de la lana, las cosechas, las dolencias de algún pariente. Se lamentaban del triste destino de la tía Ramona, hermana mayor de mi abuelo Onofre, que vivía a orillas de la quebrada del Pajarito: la pobre sufría de un dolor de cabeza espantoso que solo remitía un poco cuando lograba dormir. Una madrugada buscó la escopeta de doble cañón del sobrino Alberto, que solía fugarse por las noches para visitar a una querida. Nadie sabe cómo lo hizo, lo cierto fue que se metió los cañones de la escopeta en la boca, los empujó contra el paladar y con una acrobática maniobra de los dedos de su pie derecho accionó el disparador. 

Isabel, Dilia y Anita, las hermanas solteras, se juntaban aparte con Rosa, fumaban, chacoteaban, se carcajeaban de lo lindo con las ocurrencias de la recién casada acerca de los avatares de su vida conyugal. Euricia inventaba alguna excusa para quedarse en casa acompañando a Gabriel: «En casa de las Montillas me siento como cucaracha en baile de gallinas. Además, me da la impresión de que me miran mal».

En ocasiones especiales, algún domingo cuando el cura de Niquitao montado en su mula homérica por el escabroso camino de La Ovejera venía al pueblo a decir misa, en semana santa o para las fiestas patronales de Santa Rosalía, toda la familia bajaba en romería. Ataviados con sus mejores galas: don Felipe, de punta en blanco, traje de casimir y sombrero Borsalino; el abuelo Onofre, enfundado en un abrigo de lana burrera y luciendo su bigote prusiano; la tía Isabel, envuelta en una preciosa y elegante mantilla color violeta —regalo de su único y malogrado pretendiente, don Efraín Baptista, destinado por los dioses para ser mi padrino y protector— y Rosita, vestida como una muñeca japonesa. Ah, quién la ve: Euricia con un elegante fedora de paja que hace juego con sus pendientes de oro, montada en Muñeca como un hombre. Ella es la única mujer de estos lares que, para escándalo de las beatas, utiliza pantalones.

Con mis ojos de halcón los observo en su festiva marcha, flotando entre verdes ramalazos de luz, enredados sus cabellos por hilachas del viejo sol que se asoma tras los pardos picachos con formas de dientes cariados del páramo de Cabimbú. Pienso, no sé por qué, en un amanecer en las montañas de la luna. Avanzan al encuentro de su Señor, que los aguarda allá en el tabernáculo de una aldea de endemoniados, cuchilleros y pastores de cabras —la aldea donde un Dios, el azar o la necesidad, digamos que el inclemente fluir de la vida ha determinado que habré de nacer—. Seguidos por algunos perros fieles que no se hacen preguntas acerca de su propio destino, que disfrutan los minutos de cada hora como si estos fueran los últimos que les restan por vivir. Retozan como atletas en una exhibición, ladran a las sombras de las golondrinas. ¡Perros felices!

De las colinas y las laderas próximas, desde las casas de piedra hundidas en la niebla tenaz descienden jinetes y gente de a pie que se incorpora a la procesión. En este día señalado por la religión de mis ancestros todos acuden al llamado de su Señor. «¡Santo, santo, Señor de los ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de tu bondad y de tu gloria!»: si aguzo el oído escucho a mi abuelo Onofre murmurar una plegaria. Sospecho que mi padre cree en Dios, pero no lo imagino rezando en tales circunstancias. Se voltea ligeramente para observar a Rosa, Rosita, y al ver el rubor infantil en su rostro salpicado de diminutos lunares —que en su conjunto forman una constelación, ¿dragón o pez?— debería al pasar un arroyo apearse del caballo, agarrar una piedra y darse por los dientes. ¡Hombre con suerte! ¡El rey de oros de la baraja española! ¿Durante cuántos años había soñado con la niña de sus ojos? Me pregunto, ¿cómo hizo para convencer a su pariente Onofre —mis dos abuelos eran primos hermanos— de la insensata idea de desposar a una criatura de trece años? «Hable usted con Lorenza. Ella se ocupa de esos menesteres», Onofre es hombre de pocas palabras. Don Felipe asiente y se aleja murmurando para sí mismo: «Hablaré con ella, con el mismo demonio hablaré si al final me llevo a la Rosita. Ella será el consuelo de mi vejez». Lo lamento, papá, en esto último te equivocaste. A la niña de tus ojos, ese angelito, le salieron alas. Mi abuelita Lorenza le dijo al pariente Felipe que volviera la próxima semana. Mi padre aguardó con calma y al regreso se encontró con la buena noticia: «Pensábamos que estabas cortejando a Petra, pero nadie sabe los secretos del corazón. Estamos de acuerdo con el matrimonio y Rosa también. La única condición es que tendrás que esperar un año, tal vez más. Rosita es todavía una niña». «Paciencia, piojo, que la noche es larga», solía decir mi padre. 

Tal vez mientras avanza oteando el camino desde lo alto del alazán, su mente no se ocupe con temas de religión. Sin embargo, de pronto se santigua, están pasando por el zanjón de Liborio, dicen que en esa arboleda se ahorcó una mujer. Pero no es a la desdichada a quien conjura sino al hombre que su hermano menor, el de mi padre, mató de un disparo en la cabeza justo al lado de esa cruz de piedra con el nombre del muerto. Después de aquel sangriento episodio, mi abuelo, el coronel Rufino Quintero, avergonzado decidió mudarse aguas abajo del río Burate, para Niquitao, con su esposa Angustias y sus dos hijas, Rosa y Griceldina, condenadas ambas a una eterna soltería. Ya vamos llegando…

En el atrio de la iglesia los curiosos congregados en grupos variopintos aguardan la llegada de don Felipe y su joven esposa. «¡Qué cosas, no!», comenta alguien en sordina, «… ese señor del Pajarito muy bien pudiera ser el padre de esa criatura». Un señor patilludo lo interrumpe: «¡Qué vas a decir tú, Nemesio! Acaso no estuviste detrás de la catira hija del señor Bastidas. ¿Cuántos años tenía? Dicen que catorce». Otro compadre atusándose su barba negra de profeta acude como refuerzo del patilludo: «Lo tuyo, viejo Nemesio, no es más que cochina envidia aliñada con despecho. La catira te dejó con los crespos hechos y de ñapa se escapó con un indio del Volcán». El tal Nemesio se cuadra desafiando a los bromistas que lo han puesto en ridículo. Un señor bajito con lentes y un corbatín intenta conciliar a los contrincantes: «Vamos, señores, pónganse serios que esto no es una gallera. Aquí entre nos, creo que ese señor del Pajarito es un hombre sortario. No entiendo qué le pudo haber visto esa muchachita tan bella». A empujones se abre paso una señora muy enérgica, cabello atado en una cola de caballo, sujeta al hombrecito por el cuello y le dice en voz alta, salpicando su rostro opaco con gotitas de saliva: «Usted, señor Fulano, cállese la jeta. ¡Qué sabe usted de amores!». Silencio. Allá vienen.

Lo cierto es que al llegar la tropa del Pajarito todas las miradas se centran en la muchacha de los cabellos de oro. Sonriendo, entre tímida y coqueta, semejante a la princesa del país de la niebla, viene montada en un manso caballito blanco, seguida muy de cerca por don Felipe en su brioso zaino, al tiempo que Euricia sofrena a la yegua Muñeca que intenta corcovear. Imagino que Gabriel se quedó en casa cuidado por la comadre Eloína. ¿Dónde están los demás feligreses? A decir verdad, el resto de los peregrinos ha desaparecido de mi campo de visión. Solo tengo ojos para mis futuros padres y mi hermana.

Los tres se apean de sus respectivas monturas y a medida que avanzan en dirección al atrio, los fieles, ociosos, curiosos y algún hereje, venidos de La Ovejera, la Loma de Visún, las cabeceras de Escurufiní y el Alto de Mupete se hacen a un lado para darles paso. Ahora sí, todos se apresuran a entrar al templo consagrado a Santa Rosalía de Palermo. Al parecer aguardaban la llegada de Rosita como si ella fuera la sacerdotisa de un rito ancestral o la víctima propiciatoria que se habría de sacrificar al Dios de la lluvia o de la niebla o a cualquier otra entidad asociada a la naturaleza. Así sucedía en épocas remotas cuando las prolongadas sequías anunciaban terribles hambrunas. Alguna deidad rencorosa agazapada en el fondo de una laguna encantada se había ensañado con aquella pobre gente, y para calmar su furia le ofrecían la sangre de un recién nacido, aunque se decía que el encanto solo se contentaba con una muchacha virgen en la flor de la edad. Los tiempos han cambiado, ya no se sacrifica sangre de inocentes, lo sacrificial ha perdido su carácter simbólico. Tal vez mi futuro padre ocupa el lugar del Dios oculto en el fondo arenoso de la laguna. Vean cómo se refocila en su perra suerte: con las yemas del índice y el dedo medio de su mano diestra roza con suavidad y cierta fruición su cuidado bigote, oscuro como alas de murciélago. Se solaza en el placer que lo espera cada noche en el altar del sacrificio, vale decir en el lecho conyugal: allí donde la belleza representada por mi madre niña se despliega en todo su esplendor: aquel cuerpo hecho de greda, seda y yerbabuena, oloroso a canela en rama, pimienta y alcanfor. ¿Acaso en la alta madrugada, a la hora llamada del lobo cuando todos los demonios de la mente andan sueltos, el cuerpo de mi madre que arde en fiebre se abre como una flor carnívora? Que nadie me pregunte nada, por favor.

A veces olvido que soy un gavilán. ¿Dígame usted, desde qué otro lugar se pueden contar estos episodios anteriores a mi nacimiento, que me conciernen solo a mí? ¿Elegí acaso asomarme a los ojos de un gavilán: ventanas abiertas de par en par hacia un incierto futuro de iniquidades y miseria? Creo, más bien, que el gavilán me escogió a mí. Me reconoció como su par, me atrevería a decir que como su Doppelgänger: ambos hemos venido bogando desde el principio de los tiempos por los procelosos ríos de la creación, desde la eternidad cuando apenas éramos una minúscula partícula en la mente de Dios. Desde que fuimos larvas parecidas a gusanos vistos al microscopio, luego peces de aletas cortantes como hojillas Gillette, más tarde pájaros de aguda mirada como el gavilán que planea sobre el verde prado de mi país natal. Cuando ya no seremos más que cenizas, humo y olvido.

Solo aquel soberbio gavilán poseía el privilegio de contemplar cada atardecer el ritual que se cumplía en aquel espacio verde enclavado como un triángulo irregular a las montañas gris pizarra de la vertiente occidental de mi país, cuál país, allá donde el lomo de ese gigante dormido llamado Cordillera de los Andes viene a descansar o morir. 

Podría elegir también la perspectiva de mi hermana Euricia: su voz cadenciosa que se derrama como un tibio surtidor en el aposento donde nos sentamos a conversar y beber ingentes dosis de café, mientras en el granero, que ha sido habilitado como sala velatoria, el cuerpo de mi padre, que quizá conserve aún un ápice de calor, se va poniendo duro como un cuero de becerro curtido al inclemente sol del mediodía. Ah, los enigmas de la sangre: al contemplar en la penumbra las manos de Euricia, su rostro noble, sus modales serenos y su innata simpatía, no puedo dejar de pensar en la tía Rosa Quintero. A partir de esta distracción —suelo llamarlas sinapsis— se abre un abanico de historias por contar. Me abstengo de adentrarme en alguna atractiva bifurcación como recordar que el cometa Halley, a su fugaz paso por las cercanías del planeta Tierra a comienzos del siglo XX se enamoró de Rosa, la hermana de mi padre, apenas de cuatro años. Estuvo a punto de llevársela montada en su esplendoroso lomo con los colores del arco iris. Mi tía, que supo de aquel enamoramiento —un cometa enamorado de una niña, ¡qué cosas, no!—, aguardó con paciencia el retorno del celeste galán. Y en esa ocasión el cometa se la llevó. Quisiera creer que ambos se fundieron en un abrazo espectacular. Luego nos ocuparemos de la tía Rosa. Otra Rosa, Rosita, procura nuestra atención. 

Euricia tiene la palabra.

—Cenábamos temprano, una cena ligera pues su papá decía que a esa hora no convenía comer nada pesado, se corría el riesgo de una indigestión o de algo peor como pasar la noche entera perseguido por una banda de demonios en una pesadilla. Decía también que después de comer, ni una carta leer, sin embargo, en este punto hacía una excepción. Luego de haber reposado un rato, mientras nos tomábamos una infusión de leche con yerbabuena o malojillo, nos leía algún cuento de Pedro Rimales o del Libro Tercero de Lectura con el cual Rosita había aprendido a leer. Algunas veces le dictaba a la niña párrafos de un libro que tomaba al azar de un estante donde guardaba unos pocos, creo que no pasaban de una docena, o inventaba sobre la marcha algunas frases que a mí me resultaban divertidas: «El que bebe leche y agua no, que no pregunte de qué murió», «Aquel que se apura se muere, y el que no, también», «No hay nada más inútil que matar un dragón», «Poco a poco se anda lejos sin dejar de caminar», «El que paga lo que debe, sabe lo que le queda», «Aquel que se levanta temprano recoge agua clara», «No por mucho madrugar amanece más temprano», «La que va a salir se asoma», «No me vengan con cuentos chimbos, que conozco el sebo de mi ganado», «El que va a mear y no se pee, es como el que va a la escuela y no lee». Esta última hizo carcajear a Rosa y dijo que se negaba a escribir una frase tan hedionda. Mientras tu papá leía o dictaba, Gabriel, que apoyaba su cabecita piojosa en mi regazo, se quedaba dormido en un santiamén. Cuando su mamá comenzaba a bostezar se acababa la función. 

Siempre que me hablaba de don Felipe, mi hermana Euricia se refería a él como «su papá» y ahora también habla de Rosita como «su mamá». Nunca me ha tuteado, y no entiendo por qué no decía «nuestro padre» o «mi señor padre», como acostumbro llamarlo yo.

—Teníamos un perro llamado Limber, decían que le habían puesto aquel nombre tan raro porque así se llamaba un piloto gringo, el primero en cruzar el Océano mar en un avioncito tan pequeño que de lejos parecía un caballito del diablo.

Estuve a punto de interrumpir a mi hermana para contarle que en la novela Hay quien prefiere las ortigas, de un escritor japonés llamado Junichiro Tanizaki, hay una escena inolvidable para mí: el hermano de la protagonista regresa a Tokio desde Shanghái y le trae como regalo a su sobrino, un chico de seis años, un perro llamado precisamente así, Lindy o Limber, da igual, apócope de Lindbergh. Lo que demuestra el inmenso poder de la radio por aquella época lejana de 1927 cuando la hazaña de Charles Lindbergh fue difundida de un día para otro hasta las más apartadas regiones del mundo. «Perros de las antípodas», un bonito título para un relato del libro que aún no he escrito sobre mis aventuras en Japón: Tokio-Cabimbú.

Conocía de la existencia de Limber, mi padre me había hablado de aquel soberbio Mucuchíes, lo había comprado cachorro en uno de sus viajes a Mérida, Mérida, mi herida. Creo que durante la época cuando vivimos en La Vega —entre mis primeros diez meses y los cinco años—, Limber todavía estaba vivo, tal vez anciano, pero de aquel tiempo de asombro ante el descubrimiento del mundo no recuerdo haber hecho amistad con un perro. La hice, sí, con un curí —en otra ocasión se los contaré. Quisiera creer que el espíritu de Limber encarnó en Compañero, el fiel perro mestizo de San Bernardo y Mucuchíes, que me acompañó en mis correrías de adolescente por aquellos parajes de ensueño: colinas pardas, pantanos de arenas movedizas, pasajes entre la niebla que inventábamos para librarnos de la vejez y la muerte. Me abstuve entonces de cortar el relato de Euricia. Mi pasión nipona apenas estaba en incubación.

—Limber era un perro ovejero de la raza Mucuchíes, blanco como la leche, con una mancha negra entre los ojos parecida a un antifaz. Se veía manso, pero todos sabían que era una fiera de cuidado, ningún forastero se le acercaba a menos que su dueño estuviera cerca para controlarlo. Su papá se negaba a encadenarlo, y por las noches prefería que se quedara dentro de la casa. Rosita y Limber se la llevaban muy bien, pero el perro no era zalamero, se limitaba a vigilarla a distancia, atento a cualquier movimiento, listo para saltar en su auxilio en caso de necesidad. Se tomaba muy en serio su papel de guardián. ¡Ay de aquel que se le hubiera ocurrido acercarse demasiado a la esposa niña de su papá!

¿Esposa niña? A veces olvido que pasé una memorable temporada, sin duda la más feliz de mi existencia terrenal, nueve meses en el vientre de una bella, sana, alegre y encantadora muchacha de dieciséis años. Mi corazón se llena de júbilo al recordar aquel tiempo de esplendor anterior a mi nacimiento. Aun cuando se trataba de mi refugio amniótico, mi júbilo debería ser mayor. En aquel interregno es donde se forman, más allá de los órganos del cuerpo, las primeras impresiones —un borrador del inmenso mapa del mundo que nos espera allá afuera— e incluso el entramado de emociones que al igual que una inmensa red va envolviendo al ser que muy pronto enfrentará el momento de la sensación verdadera. Vedada la vista y casi todos los demás sentidos, el oído se entrena para percibir los ruidos del exterior que repercuten en el vientre tenso de mi madre convertido en un delicado y eficaz tambor: el suave susurrar del viento entre las ramas de los alisos, el crepitar del fuego cuando mi madre en los días de lluvia se inclina para avivar el fogón, el ruido metálico de las cacerolas que me sobresaltan mientras duermo, y aquel que recordaré hasta la hora de mi muerte: el murmullo hipnótico del riachuelo que corría raudo y helado entre piedras blancas a escasos cien metros de la casa: acurrucado en aquel cálido rincón, en posición fetal, no se me debería llamar feto pues era yo un ente destinado a nacer, el leve y líquido sonido me adormece, y en pocos minutos, aunque allí el tiempo no cuenta para nada, me sumerjo en los procelosos territorios del sueño. Lo lamento, las palabras para definir mis ensoñaciones amnióticas no existen, son imágenes hechas de rocío y ansiedad, se asemejan, eso sí, a la aurora boreal.

Euricia y yo estamos en la habitación donde pasé a mis quince años los largos meses de mi exilio involuntario durante la brusca e incomprensible interrupción de mis estudios de bachillerato. Me encariñé con este espacio y es aquí donde suelo dormir cuando regreso al caserón familiar. Zunilde, la ahijada favorita de mi señor padre, toca levemente la puerta entornada y entra portando una bandeja con galletas de soda untadas con diablitos —la versión criolla del jamón enlatado. Al ver en la penumbra el rostro de mi hermana Euricia se sorprende y exclama: «¡Niña Rosa, no sabía que había venido al velorio de mi padrino Felipe!». «Zunilde, que no es mi tía Rosa, es mi hermana Euricia», le aclaro. Ella se disculpa: «Perdón, no conocía a la señora Euricia, pero es idéntica a la niña Rosa». Zunilde tiene razón, se parecen como dos gotas de agua. Los misterios de la sangre. Mi tía Rosa no podrá venir a despedirse de su hermano mayor, con sus achaques a tan avanzada edad no está para estos trotes. 

Dicen que la muerte del padre es un rito de paso. Creo que aún no he asimilado la idea de haber quedado huérfano, saber que a pocos metros, atravesando el patio empedrado —en cuyo arreglo de lajas color pizarra alternadas con piedras blancas del río, unas que otras semejantes a la obsidiana con vetas finas como las líneas trazadas por un niño dormido sobre una lámina de papel, algunas duras como el pedernal y con más rayas que un tigre, en ese conjunto que mezcla la armonía con el caos he creído siempre descubrir un mandala—, cruzando el corredor y entrando en el granero que por esta noche ha sido convertido en sala velatoria, se encuentra mi padre en su ataúd, dormido o muerto. 

Mientras allá afuera el tenaz viento de la sierra acude a despedir a don Felipe, Euricia y yo damos cuenta de unas cuantas galletas con diablitos, saboreamos una taza de café cerrero, con la venia de mi hermana enciendo un cigarrillo. Como si nos hubiéramos refugiado en una burbuja del tiempo, continúo fascinado con el relato de Euricia, con ese regalo que me muestra un episodio desconocido para mí, unos instantes privilegiados de la familia de mi sangre, en suma: una demostración palmaria y fehaciente de la alegría de vivir, el fluir de la existencia que no se detendrá.

—Después de aquel tremendo susto, Eloína decía que aquella noche se habían soltado todos los demonios, incluyendo a Belbezú, el demonio de la oscuridad. El día anterior había estado diluviando desde temprano, pero a la tardecita el aguacero amainó y entre unas nubes borrascosas parecidas a un rebaño de ovejas sucias se asomó un solecito color yema de huevo que continuó alumbrando hasta que desapareció tras los picachos del páramo del Guirigay. A medianoche se escucharon unos truenos espantosos que hacían sacudir el techo y las vigas de la casa con semejante estruendo como si estuviera temblando. A mí los truenos no me asustan, pero los relámpagos que se dejan ver como fusilazos entre las rendijas de la ventana me causan pánico. Hacía dos semanas que un rayo había partido en dos a un enorme buey del señor Eurípides Bastidas. 

—De pronto, como si alguien muy poderoso hubiera dado una orden perentoria, todo se sumió en un silencio sepulcral. Y entonces sí que me asusté de verdad. Aquel silencio era el anuncio de algo peor. El perro comenzó a aullar lastimosamente, Eloína salió a la sala en paños menores pidiendo misericordia. «Ave, María Purísima, Señor, apiádate de esta pecadora», gritaba, al tiempo que se halaba los cabellos. Gabriel, muerto de miedo, se quería esconder bajo la cama, lo abracé, me metí con él entre las cobijas y comencé a rezar. De solo recordar lo que sucedió después se me eriza la piel. Al comienzo sentí algo parecido a un leve zumbido en los oídos, que fue aumentando hasta hacerse insoportable. Afuera se había desatado un ventarrón descomunal, aquel ruido no parecía ser de este mundo: aullidos de una manada de lobos, lamentos de cristianos torturados, cantos de gallos, maullidos de gatas en celo, llantos de niños muertos al nacer, sirenas, carracas, golpes de hacha… un samplegorio de nunca acabar. Mis oídos estaban a punto de estallar y Gabriel se había quedado sin habla aferrado a mi pecho como una garrapata. Por suerte, todo pasa, como decía su papá. No sé en qué momento acabó aquel espanto. Aturdida salí a la sala con Gabriel colgado a mis espaldas y allí estaban Eloína y el becerrero prosternados delante del altar. El perro se había calmado y ocupaba de nuevo su puesto de guardián. Me acerqué y pegué la oreja a la puerta del aposento de su papá y no se escuchaba ningún ruido. Eloína, que ya estaba volviendo en sí, comentó: «A ese señor no lo despiertan ni a balazos». Era verdad. 

A mi hermana se le quiebra la voz, me parece que ya comienza a fatigarse, no debería yo seguir fumando en este cuarto cerrado. Son las cuatro de la mañana, la llamada hora del lobo. Así se titula una película de Bergman, La hora del lobo. Durante años fui fanático del genial cineasta sueco, supongo que lo sigo siendo. Creo que he visto El séptimo sello al menos una docena de veces. En una ocasión, allá en la década vacía de los años ochenta, en Mérida, mi herida, durante un ciclo dedicado a Bergman en el cine Gran Casino —convertido desde hace treinta años en templo evangélico—, frente a la plaza de Milla, exhibieron catorce películas de aquel monstruo del séptimo arte. Recuerdo que hacia el final del maratón, los espectadores saturados de aquellos dramas nórdicos en blanco y negro comenzaron a desertar, y en las últimas funciones apenas nos presentábamos cuatro personas, mi Dulcinea de aquella época, de cuyo nombre no quisiera acordarme, y una pareja de amigos, Sonia y José, fanáticos también. Hacíamos valer un bendito reglamento que obligaba a la empresa de cine a exhibir la película si se presentaba un mínimo de cuatro espectadores. 

Dicen que a la hora del lobo los espectros que vagan por los ambiguos y espinosos laberintos de la mente se le aparecen a los que están despiertos animándolos a ponerse en guardia ante la inminente llegada del juicio final. Yo, a esta hora señalada, debo atravesar el mandala de piedra para despedirme de mi padre muerto. Mientras tanto, escucho con atención el final del relato de mi hermana Euricia.

—Pues sí, hermano, después de aquella noche espantosa todo cambió. Desde temprano noté que Rosita andaba como distraída. Ella, que resplandecía como el sol, se estaba poniendo pálida, sus cachetes color rosa cambiaban a un amarillo desteñido. Se me metió en la cabeza que al fin había quedado preñada. Ya su papá estaba preocupado pues habían pasado dos años desde la boda y las habladurías de la gente comenzaban a escucharse. Pasadas dos semanas, le comenzaron los mareos. Luego se fue a pasar unos días con su familia y al regreso nos confirmó la noticia. La noté muy asustada y se atrevió a preguntarme cómo sería eso de tener un hijo. No sabía qué decirle pues yo no tenía ninguna experiencia. A veces se ponía muy triste, sospecho que lloraba a solas. Una tarde, mientras veíamos el sol de los venados allá por las montañas del Guirigay, me dijo que le gustaría tener una niña…

Lo siento, madre, te decepcioné.

—Al quinto mes, después de un viaje desastroso que su papá y Rosita hicieron para las fiestas de San Rafael de Niquitao —su abuelo Rufino quería conocer a su nuera—, comenzaron los preparativos de la mudanza para el pueblo.

Me acuerdo, hermana, del viaje aquel a Niquitao. Mi madre se cayó de la yegua Muñeca y estuvo a punto de abortar. Me acuerdo como si hubiera sido ayer: presintiendo que mi espíritu curioso se quedaría para siempre flotando en el limbo del no-ser, me aferré al cordón umbilical al igual que un mono de los trópicos se cuelga de una rama en el vórtice de una tormenta colosal.

—Y esa es la historia que te quería contar. Para el cabo de año de mi mamá vino a buscarme mi tío Atilio y decidí quedarme con la familia allá en La Mesa de Esnujaque. A Gabriel se lo llevaron para el pueblo y vivió con su papá y Rosa no sé cuántos años más. Su papá hizo un viaje para convencerme de que volviera con él, pero yo estaba muy enamorada de Faustino, un joven muy buenmozo que me había estado haciendo la corte desde que yo era una mocosa. Pasado un tiempo nos casamos. Volviendo a la noche de Belbezú, estoy convencida de que fue en esa oportunidad cuando su papá lo engendró. No me pregunte por qué.

No haré más preguntas, hermana. Mi señor padre me engendró una noche de tormenta. Podría decir que soy un engendro del demonio, hijo de Belbezú. Que nadie me pregunte nada, por favor. Aquí voy cruzando el patio, el viento oscuro de la madrugada pasa silbando sobre mi cabeza, me ajusto el sombrero, de dos zancadas cruzo el corredor y entro al amplio salón enlutado donde me aguarda mi padre.

De la preciosa historia que me regaló mi hermana Euricia, la imagen predilecta que atesoro es la de los atardeceres de cobalto, añil y estupor cuando mi madre niña, Euricia y Gabriel, mis hermanos de sangre, custodiados por Limber, el soberbio perro guardián, aguardan la llegada de mi señor padre. Rosita se sienta en una piedra con forma de buey dormido, sus piernas se balancean al ritmo acelerado de su tierno y dulce corazón, de un momento a otro se escuchará su canto. Gabriel recoge un puñado de dientes de león, un ramillete para Rosita. Euricia suspira. Limber, agazapado como un cazador, vigila. «¡Allá viene!», gritan en coro. El jinete aparece en el extremo sur del prado, cruza la puerta de golpe, se detiene y en un instante comprueba que todo está bien, la incesante marejada de la vida no se detendrá: allí están sus afectos más queridos. Solo falta el hijo —o la hija, da igual— tan deseado que se demora en llegar. No te apresures, papá, tú bien lo decías: «El que se apura se muere, y el que no, también». Cuál es la prisa entonces. Disfruta de este momento que las cenizas del olvido esparcirán en el viento paráclito que sopla desde las regiones del más allá. Mi madre niña se acerca a su marido, que le da la mano y la iza con facilidad de acróbata hasta la silla de montar. Rosita se sienta entre las piernas de mi señor padre, con una mano se apoya en el arzón y con la otra maneja las riendas. «¡Arre, caballo, arre!». Euricia, Gabriel y Limber los siguen a poca distancia. 

Los veo alejarse envueltos por las luces verdes y amarillas y granate del atardecer. Los veo alejarse desde los ojos de un gavilán. Soy un gavilán, no olvido mi condición de ave de presa que planea sobre estas montañas gris pizarra que un día de estos me verán nacer.

Ednodio Quintero

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