Relato de humor de Javier Santos Rodríguez: La cantante

Para mi mala suerte, o porque algo de tonto tengo, ya no son sus malas interpretaciones las que me joden, ni siquiera pediría que cambiase de canción, no es eso por lo que no duermo en la cama como cualquier hijo de vecino, para mí eso ya es naturaleza pura, como los pajaritos a la mañana que me cagan hasta las sábanas. 

La primera vez que la oí pensé que no podría resistir vivir en un departamento como el que alquilé ya hace seis meses con toda la pena del mundo, y mírenme ahora; si supiera Raquel en qué enjambre de fastidios se volcó nuestra separación definitiva. Porque es mentira que este es un dos ambientes, ¿no ven?, este lugar es una porquería dividida en dos, con un ventilador de techo que bien gracias, un par de sillas chuecas, una mesita comedor que renguea cada vez que le apoyo el codo y unos cuadros que parecen haber sido pintados por mí una noche de juerga y borrachera. 

Y así y todo estos seis meses fui un exquisito estoico, no me quejé ni del ruido de la estufa, ni de los chifletes de la ventana, ni de la heladera que funciona bien  pero que cada tanto tengo que darle unos golpecitos para que no se olvide que es una heladera. 

Todo esto sin embargo sería anecdótico si no fuera por la chica del piso de arriba que le ha puesto a uno a todo trapo la ingrata sensación de estar en el gallinero del Colón escuchando a la madre de todas las zambas desafinadas.

Sí, y me van a entender enseguida. Escuchen, escuchen, ahí arranca otra vez la loca del sexto una nueva versión del mismo tema. Hace una semana que está probando Luna Cautiva. “De nuevo estoy de vuelta…”, ¡escuchen!

Pero como dije al principio, me tiene sin cuidado eso: que cante todo lo que quiera, que me haga aprender la letra de memoria si eso busca, no es eso lo que me molesta ahora ni tampoco es ese tono tan fuerte del tipo Valeria Lynch ni esa melancolía rígida que transmiten sus cuerdas vocales. 

Lo que me arruina, queridos míos, lo que verdaderamente me quita el sueño y no me deja olvidar a Raquel y a mis hijos en la casa de Ramos Mejía es la luz muerta que se inmiscuye como un duende desde el patio, esa suerte de pulmón de manzana que parece el carozo de una aceituna. ¡Si me viera mi querido viejo, qué cosa la vida, por qué Raquel tuviste que enamorarte del piletero! 

La piba se pone a cantar siempre antes de las seis, arranca con la musiquita que puede venir de un tocadiscos viejo con ese sonido a fritura rancia y se pone a cantar a grito pelado, y es ahí, justo ahí, que asoma la luz mala, esa calavera que mancha las paredes con sus sombras, esas imágenes reas y desnudas que se pasean por cada zócalo, cada esquinero. Por eso lo de la terraza, lo de dormir en la terraza. 

Javier Santos Rodríguez

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