La buena cosecha. Un relato de Francisco Rodríguez Criado

Os deseo un buen inicio de año y, de paso, comparto con vosotros mi relato «La buena cosecha», que espero sea de vuestro agrado.

La buena cosecha. Un cuento de Francisco Rodríguez Criado

“Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”.

(2 Corintios 9:6)

Mi padre, los brazos abiertos, trataba de justificarse en voz baja mientras su interlocutor, un hombre de unos treinta y cinco años, la gorra en las manos en señal de respeto, le miraba contrariado, sin decir una palabra. Era de estatura media, muy moreno de piel, de aspecto curtido por el duro trabajo, de facciones ásperas pero agradables, el pelo muy corto. Detrás de él observaba la escena la que entendí sería su esposa, una mujer encinta, muy morena también, delgada, el rostro ajado por el agotamiento y la preocupación.

Cuando mi padre se percató de que yo rondaba cerca paseando en círculos con mi bicicleta, puso con afecto la mano en el hombro del visitante y se lo llevó unos metros más allá. Y creyendo que yo no le veía desde la distancia sacó su cartera del bolsillo y depositó en la mano de aquel señor un par de billetes de cincuenta euros.

–Este año la cosecha está siendo muy mala –le escuché decir–. Lo siento de veras, lo siento mucho. Vengan el próximo año, a ver si sale mejor que este.  

El jornalero, triste pero agradecido, agachó la cabeza y, tras despedirse, se giró para marcharse. Mi padre se anticipó.

–Acércalos al pueblo, Tomás, por favor –le pidió a su hermano–, que desde aquí hay un buen tiro. Y esta pobre mujer, en su estado, no debería hacer esfuerzos. Llévalos en el coche grande, que es más cómodo.

Mi tío entró en la casa para coger las llaves del monovolumen y, sin demorarse un ápice, salió y le pidió al matrimonio que subieran a él. Unos segundos después una generosa polvareda borraba parcialmente la visión del vehículo mientras se alejaba de la hacienda por un camino sin asfaltar.

–Qué tiempos tan malos –se quejó mi padre al pasar a mi lado.

No supe discernir si me lo decía a mí, su hija de siete años, o a sí mismo.

Aburrida de trastear con la bicicleta, entré en la casa con el inevitable objetivo de espiar la conversación de mis padres.

–Está embarazada de cinco meses –se justificaba él–. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho yo? La semana pasada contraté a tres trabajadores aun a sabiendas de que quizá, con lo mala que está siendo la cosecha, no van a ser necesarios. No dirijo una ONG, sino un olivar.

No mentía en absoluto. En abril, durante la floración, el calor prematuro había quemado la flor del olivo, y eso, unido a la pertinaz sequía que estaba frenando el engorde de la aceituna, había disminuido la producción. Podría salvarse algo la temporada si las lluvias acompañaran durante las próximas semanas, pero las previsiones meteorológicas no iban en esa dirección.

Mi padre se tomó un café rápido, sin apenas sentarse a la mesa –con el consabido reproche de mi madre, que le afeaba sus habituales prisas– y comiéndose una galleta María se marchó a sus tierras, que se extendían desde la casa hacia los montes durante un buen puñado de hectáreas.

A mi progenitor le gustaba supervisar la recolección al detalle. La oliva estaba en su mente las 24 horas del día. El olivar había pasado de padre a hijos durante generaciones, y mi padre no había hecho otra cosa desde niño sino trabajar en él, un día tras otro, sin apenas descanso. Mamá pensó que la llegada del tío Tomás, después de varios años ocupando un puesto “bien pagado, pero muy aburrido” en una multinacional en Perú, serviría para que mi padre delegara un poco la responsabilidad sobre las espaldas de su hermano. No fue así. El tío Tomás bregaba en el olivar tanto o más que nadie, era muy formal, con la cabeza bien puesta sobre los hombros, como suele decirse, diligente, sensato, pero mi padre, si bien se apoyaba en él para tomar ciertas decisiones, seguía teniendo la aceituna en su cabeza 24 horas al día. Sin descanso. Hora tras hora. Minuto a minuto.

Era un hombre diseñado por las tierras fértiles de Jaén, la de mayor producción de aceite de oliva del mundo. Abstraerse del legado genético no era nada sencillo.

Yo estaba orgullosa de él: aunque taciturno, poco amigo de las bromas y del jolgorio, era muy recto y todos en la zona le respetaban.  

En fin, en ese ambiente familiar y rural crecí yo.

En aquella casa de campo y aledaños se respiraba una mezcla embriagadora de hierbas, tierra húmeda y la sutil dulzura de las aceitunas maduras. Aunque entonces no le diera importancia, yo era una privilegiada por poder escuchar a diario el lejano sonido de los cencerros de las cabras y el canto de los pájaros. La naturaleza, en armónica sinfonía, se encargaba de edulcorarnos cada jornada.

Algunas noches, cuando el sol se fundía con el horizonte, papá se adentraba en el olivar y se sentaba junto a algún olivo, para que el viento acariciara su piel firme. Y allí se quedaba un buen rato, sin hacer nada. Lo sé porque lo pillé en esa situación más de una vez. Era como si la naturaleza y él estuvieran unidos en un sacramento secreto. En mi niñez los olivos eran para mí árboles, tan solo eso, árboles que daban buenos frutos, pero para mi padre eran un santuario, o mejor aún, el cielo encarnado en la tierra. Antes de que en el colegio leyéramos los poemas de fray Luis de León, mi primer contacto con la poesía habían sido aquellas escenas de mi ensimismado padre, en soledad junto a un olivo a la caída de la tarde, los ojos cerrados, respirando aire puro.

–Algún día te va a dar un síncope –le advirtió mi madre cuando lo vio salir de casa comiéndose la galleta. Él compuso un rictus parecido a una sonrisa y siguió a lo suyo.

Aquel día no lo esperábamos hasta la hora de la comida, pero para nuestra sorpresa se presentó en la casa a media mañana.

–Necesito un descanso –me explicó amistosamente, mientras revoloteaba mi pelo con la mano.

Y al poco lo vi salir de la cocina en dirección al porche, con una jarra de cerveza bien fría acompañada de un aperitivo de aceituna con una anchoa enrollada y una guindilla. Lo que se conoce como una “gilda”, en honor a Gilda, el personaje interpretado por Rita Hayworth, que al parecer, al igual que el aperitivo, era verde, salada y un poco picante.

Mi padre se dejó caer en una de las cómodas sillas del porche y acto seguido le dio un largo trago a la cerveza.  

Sin pedirle permiso, me senté en sus rodillas, como hacía con frecuencia cuando era más pequeña.

–Ana, ¿no tienes clase hoy? –me preguntó.

–No, hoy no. La profesora se puso de parto de manera inesperada, un mes antes de lo previsto. ¿No lo recuerdas? Te lo contó mamá ayer. El lunes la sustituirá otro profesor.

–Ah, sí, es verdad.

Y entonces se quedó callado, observando nuestras tierras, de las que tan orgulloso se sentía, pese a que en el presente año no fueran a rendir ni la mitad que en años anteriores.

–¿Crees que algún día yo también estaré embarazada? –pregunté–. Como la profesora o como la mujer que ha venido esta mañana a casa…

–Ah, y eso quién lo sabe.

Volvimos a quedarnos en silencio.

Mi padre apuró su cerveza de un trago, se comió la gilda y se puso en pie.

–¿Adónde vas? –le pregunté.

–Al pueblo. Tengo cosas que hacer.

–¿Puedo ir contigo?

Adiviné en su rostro que estaba prefabricando alguna excusa para impedir que le acompañara. Y como no la encontró, o quizá porque me vio muy aburrida y le di algo de pena, no supo negarse.

–Venga, vale.

Subimos a su viejo pick-up y nos dirigimos hacia el pueblo.

Durante el trayecto no dijo nada. Estaba como ausente, más silencioso de lo habitual. Minutos después aparcó junto a una taberna. Entró en ella y al poco regresó al coche.

En silencio una vez más, condujo hacia un hostal próximo al Ayuntamiento.  Allí, en la puerta, estuvo hablando con una señora que intuí sería la propietaria. Ella meneaba la cabeza, en señal de negación.  

–No están aquí. A lo mejor se han alojado en… –me informó mi padre sin darme más datos. Ni siquiera terminó la frase.

–¿Quiénes no están? –pregunté.

En ese momento mi padre miró por el retrovisor y, antes de que me diera tiempo a unir las piezas del puzle, abrió la puerta y salió de nuevo del vehículo.

Quien caminaba por la acera, cada vez más cerca de nosotros, era el hombre que había estado unas horas antes en casa, cargado ahora con dos bolsas de plástico, una en cada mano. Venía de hacer la compra básica: leche, pan, agua, algo de fruta.

Una vez el hombre se plantó ante mi padre, se quitó la gorra, como hiciera esa misma mañana. Aunque apenas escuché algunas palabras de su boca, por su acento supe que era extranjero. La conversación no duró más de dos o tres minutos, pero debió de ser muy satisfactoria para él, pues sonrió pletórico e, incapaz de frenarse, abrazó a mi padre, que se deshizo del abrazo muy ruborizado.

El hombre se disculpó, aún sonriendo, y mi padre regresó al coche.

Encendió la radio y me preguntó si quería tomar un refresco en el bar en el que habíamos estado antes. Le dije que no, que no era necesario.

–Está bien –asintió él, y arrancó el coche–. A casa, pues.

Por el camino se interesó por mí: el colegio, los amigos, los deberes, la bicicleta… Creo que le preocupaba que no tuviera un hermano o una hermana con quien pasar el tiempo.

En un momento dado, me preguntó si ya sabía qué quería ser de mayor.

Ante mi incertidumbre, pensé que me iba a afear que yo no afirmara con rotundidad el deseo de perpetuar el negocio familiar, pero no ocurrió nada de eso: sonrió y por segunda vez en el día me despeinó el cabello.  

Yo estaba deseando conocer los detalles de su reciente conversación con el hombre, pero, como él no decía nada, me abstuve de preguntar.

En los cinco últimos minutos nos dedicamos a escuchar la música procedente de la radio del vehículo. El aire fresco que entraba por las ventanas despeinaba nuestros cabellos. Mi padre sacó la mano izquierda y la puso de canto, para sentir el tacto de ese aire tan saludable. Yo hice lo mismo con mi mano derecha.

Cuando llegamos a la vivienda, era Tomás quien estaba tomando una copa de vino sentado en el porche, haciendo tiempo hasta la hora de comer.

Mi padre se detuvo ante él.

–Prepara en el pabellón de los trabajadores una habitación para dos personas –le pidió a su hermano–. Mañana comienzan a verdear. –Mi tío miró de reojo a su hermano mayor y alzó la copa en señal de asentimiento, puede que incluso de celebración–. Voy a ducharme –dijo mi padre.

Papá llevaba un tiempo taciturno, seguramente preocupado por culpa de la mala cosecha, pero aquella noche, mientras cenábamos, se mostró alegre y dicharachero.  Y yo diría más: se sentía aliviado.

–¿Estás bien? –le preguntó mi madre en tono jocoso–. Te veo de muy buen humor. Mucho mejor que esta mañana.

Mi padre la miró y sonrió.

–Me encuentro perfectamente –confesó mientras regaba su tosta de salmón ahumado con un chorrito de oliva virgen–. ¿Por qué no iba a estarlo? A fin de cuentas, creo que no está siendo tan mala la cosecha. Y, además, habrá otras, ¿o no?

Mis padres, mi tío y yo nos miramos, y sin más explicaciones brindamos –ellos con vino tinto, yo con un vaso de agua– por la buena cosecha y por todas las cosas que estaban por venir. 

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector literario

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