El pez dorado. Una historia corta de Reinaldo Bernal Cárdenas

Este relato, «El pez dorado», de Reinaldo Bernal Cárdenas, fue publicado hace unos años en el diario colombiano El Espectador (el mismo que publicó el primer cuento del Premio Nobel Gabriel García Márquez allá en 1947), con el título «La compuerta». Con el paso del tiempo el relato sucumbió a la obsesión por la corrección y los retoques por parte de su autor, que ahora nos lo presenta en casi primicia para los lectores de narrativabreve.com

“El pez dorado” cuenta la historia del abuelo del personaje narrador, un hombre en el ocaso de su vida que siempre ha sentido fascinación por el agua.

El pez dorado. Cuento de Reinaldo Bernal Cárdenas

“El mar, en el cielo de verano se

confunden las nubes blancas

con los ángeles puros.

El mar, pastor del azul infinito…”

Charles Trenet

Mi abuelo tiene ochenta y cuatro años, y ama el agua tanto como cuando era niño.

Mis bisabuelos descubrieron las destrezas físicas de su hijo, y su singular obsesión por el agua, de forma más bien accidental. La historia solía contarla la única hermana de él, una matrona de caderas anchas y carácter de fuego que vivió ciega la mitad de su vida y que hoy está sepultada en un pequeño pueblo hundido en el valle, el mismo del que nunca quiso moverse. Una tarde en que la familia corría por las calles arcillosas buscando refugiarse de un torrencial aguacero –el más fuerte de cuantos recordaban–, el niño, con apenas dos años, se soltó de la mano del papá y se lanzó sin pensarlo a un arroyo monumental. Movía los bracitos como pequeñas aletas y chapaleaba entre los remolinos con la naturalidad de un tiburón manso. Su madre, que llevaba el paraguas agarrado con firmeza entre bolsas de mercado mientras su marido se ocupaba de los niños, saltó al légamo viscoso de forma instintiva para rescatarlo y lo sacó ensopado y tiritando, aunque riendo feliz de lo que ella estaba lejos de considerar una travesura. Su hermana, de cuatro años, quedó tan impactada con la escena, que al paso de los años convirtió aquella historia en una fábula maravillosa que contaba a cualquier forastero que quisiera oírla, y a la que le agregaba de tanto en tanto detalles mágicos como mantarrayas de colores, faros de puertos misteriosos, delfines dorados que recitaban versos de Cernuda, y sirenas de tierra firme; mantenía, no obstante, la observancia en el cuidado de no restarle valor al hecho mismo.

Desde entonces los padres advirtieron la extraña atracción que el agua ejercía sobre el pequeño, y comprendieron el visible riesgo que era dejarlo solo cerca de cualquier fuente de agua, cuando menos hasta que no alcanzara la edad suficiente para valerse por sí mismo. En el pueblo, y sin ninguna instrucción anticipada, pronto comenzó a sorprender a todos con su facilidad para cruzar las riberas del río sin importar si el caudal corría acentuado por las lluvias de octubre o de abril. Incluso por aquel tiempo, periodistas de las incipientes radios locales reseñaron las hazañas del muchacho y lo postularon como figura deportiva de esa región olvidada. Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde entonces.

Mi abuelo acaba de cumplir ochenta y cuatro años, vive con mi abuela en una casa grande cerca de la ciudad y ama el agua tanto como cuando era niño. Ella, algo menor, abre los grifos de la casa sólo cuando está segura de que él no la observa. Mi papá, por su parte, tuvo que instalar en todas las canillas un mecanismo ingenioso para impedir que el abuelo, extraviado en sus desvaríos octogenarios, las abriera a un descuido de la abuela y claudicara al impulso irracional de jugar con el líquido, imaginándolo como alma de grandes cascadas y convirtiendo los pisos de la casa en verdaderos pantanos, algo que mi abuela, desde luego, nunca tolera. Pero a veces, cuando mi mamá va de visita, y el día no está frío, la abuela llena la tina del baño y le permite al viejo darse un chapuzón prolongado y jugar entre oleajes, braceadas y competiciones de mentiras.

–Ayúdame con tu padre –le dice mi abuela–. No le quites tu atención de encima…Sabes cómo se pone cuando el agua lo arrulla de esa manera.

–Claro madre –responde ella, y ubica un taburete cerca de la puerta del baño desde donde escucha las carcajadas de granizo y los desvaríos eufóricos del papá, por supuesto, permanece atenta.

De niño, muy a menudo, le oí decir a mamá que su padre debió haber nacido pez; y si bien lo decía de modo figurativo, esas palabras hicieron que fantaseara con la idea de que mi abuelo era un ser humano raro y excepcional, un hombre con aletas y branquias, a semejanza de un personaje de historieta. Mis hermanos y yo siempre pensamos eso, y estábamos persuadidos de que si Aquamán existía, sin duda era él, disfrazado de nuestro abuelo.

En la enorme casa de ellos, los espacios están colonizados de fotografías y almanaques. A lo largo de la pared del corredor las diapositivas cuelgan con fervor de culto atendiendo a un orden tan riguroso, que es fácil ver el progresivo ascenso de la carrera deportiva del abuelo, sus soberbios años de gloria y su declive gradual e ineluctable.

Hoy, mientras mamá charlaba con la abuela en la cocina, estudié las circunstancias de cada una de ellas. La toma más antigua es una en la que aparece brazos en jarra con el pelo mojado, tal vez con unos ocho o nueve años, acabando de salir del río. En la siguiente está acurrucado al lado de tres muchachos algo mayores que él y por delante de otros más altos que están de pie; todos lucen camisetas blancas estampadas con un escudo extraño formado por un águila triste, dos cuernos rebosados de monedas y una insignia heráldica en el centro. Enseguida, tres o cuatro retratos recogen sus primeros triunfos nacionales, y después, en color, enmarcados con más esmero, los de sus resonados triunfos olímpicos. Al terminar la fila de las fotografías se extiende una hilera con portadas de periódicos pertenecientes a la misma época, también cuidadosamente encuadradas. Las hojas amarillentas registran, a lo largo de toda la página, las célebres actuaciones del abuelo desde que se convirtió en figura mundial del deporte. Las medallas y trofeos, en cambio, están dispersos sin orden aparente, regados por todas partes, como que se hubiese agotado el espacio para ellos; sólo no los hay en el baño y en la cocina. Varios pueden verse en las repisas del vestíbulo, uno que otro en el mueble de la sala y otros tantos en los armarios, pero la mayoría están apilados en el dormitorio de él, al lado de los jerséis gordos de invierno. El otro día mi mamá halló una medalla de oro en lo profundo de un baúl de la abuela, entre cachivaches arcaicos y aparejos de anticuario olvidados en el desván. Secretamente la llevó a nuestra casa, la colgó en la pared más visible del recibidor, al lado de la pintura de su padre rubricada por Gómez Jaramillo, y desde entonces aprovecha toda oportunidad para presumirla a las visitas.

Hoy veo al abuelo abstraído, atado a la mecedora, consumido como un gran buque escorado a babor de la tempestad, o peor aún, encallado en la bajamar de algún astillero de desguace; y me repito sus palabras, las de ese domingo, aquellas en las que he pensado desde entonces. Sabía que el Alzheimer comenzaba a hacer estragos en su cabeza, pero también que tenía momentos de increíble lucidez.

–Tata –le dije ese día con un tono de voz solemne mientras le pasaba sus guedejas grises por detrás de los lóbulos de las orejas–, has tenido una vida esplendorosa, envidiable, ¿acaso no temes abandonarla?

–La muerte es el último regalo –me contestó–, el escape posible, la compuerta de salida que ofrece la existencia. Sin ella estaríamos perdidos. Borges lo explicó con mucha lucidez: cualquier forma de inmortalidad sería el infierno.

Hizo una seña para que me aproximara, tomé entre las mías sus manos temblorosas que no dudó en tenderme y, como quien revela un gran secreto, me dijo casi en un susurro: “Sabrás, hijo, que no es ella, señora del mundo, la que nos mata, es la vida la que lo hace poco a poco”.

Volteó para mirar hacia arriba. En los gruesos cristales de sus lentes se dibujó el marco de la ventana, elevó la mano hacia la inmensidad y, citando de nuevo a Borges (a quien siempre leyó con fervor religioso), puntualizó como si lo dijera entre paréntesis: “Sólo nos pertenece lo que hemos perdido. Nuestros son los días que ya no están”. Puso sus ojos compasivos en los míos y, consciente de que su tiempo avanzaba serenamente hacia el crepúsculo, sosegó mi expresión de pena con algo contundente del gran maestro argentino: “Soy un hombre viejo que está muriéndose muy despacio, que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente”.

En atención a lo primero miré de nuevo los testimonios gráficos que parecían proyectar sobre la pared su vida entera. Los recorrí con tanta lentitud, y reparando en cada detalle, que casi pude sentirme parte de las escenas. Del niño intrépido y sonriente que vadeaba el rio en la primera toma –ingenuo y distraído–, no quedaba nada en la del anciano triste de la última; a lo mejor sólo la lejana expresión de su mirada. Entonces comprendí. Me volví hacia él.

Prisionero de la debilidad, lo vi darse vuelta sobre el respaldo de la silla y dormitar en el almohadón que yo acababa de ponerle bajo la nuca. Un desdibujado rayo de sol entró por la ventana y se refugió lento en su regazo como un pequeño gato de luz.  Me acordé de la fábula de su hermana, y pensé que tal vez un pez dorado deseaba en alguna parte que alguien piadoso le abriese la compuerta de salida para hacerse con la eternidad en la anchura de su océano.

Estoy orgulloso de mi abuelo. Es el mejor. Un nadador como no se ha visto ninguno. Tiene ochenta y cuatro años y sigue amando el agua tanto como cuando era un niño. A menudo, demasiado a menudo, da la impresión de querer volver a sus mejores años pues se queda de tarde, bastón en mano, frente a sus fotografías, con precario equilibrio y los ojos díscolos, su cuerpo flaco, cansado, y sin embargo erguido, y la convicción centenaria de que es el dueño único de sus triunfos. Los que nadie, ni la vida, astuta homicida, podrá quitarle. Durante horas se hunde en el tremedal de su memoria y parece encontrarse a sí mismo en esa historia sucinta, atascada en la opacidad de los muros.

Hoy, lejos de los arroyos del invierno infantil, del indócil río de su pueblo, de las piscinas que lo llenaron de gloria, y del mar, el inmenso e imbatible mar que visitaba con regularidad, y que veneraba como a la poesía misma, sé que mi abuelo sigue amando el agua como cuando era niño, y que lo hará hasta que encuentre su compuerta. O, a lo mejor ella ya esté abierta aguardando por él. Sé que seguirá braceando feliz, sumergido en profundidades oscuras y misteriosas, como el pez sulquivagante que mamá quiso que fuera. Es algo que todos vemos en sus ojos. Sabemos que sigue nadando, aunque ahora sólo lo hace en sus lagunas mentales.

Reinaldo Bernal Cárdenas

Imagen: SarahRichterArt (Pixabay)

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