Alberto Lozano Luque nos presenta su novela ‘Cáncer de alma’

Alberto Lozano Luque acaba de publicar la novela Cáncer de alma. Le hemos pedido que la presente ante los lectores de narrativabreve.com, y esto es lo que nos cuenta. (Más abajo podéis leer el primer capítulo).

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Introducción a Cáncer de alma

“Mi idea inicial fue como un reto, encontrar la razón por la que un secuestrado al que se libera trate, por todos los medios, de retornar al zulo de su cautiverio y que lo oculte a otros personajes y a los lectores.

Los secretos no son un atractivo por sí solos hoy en día. Que un ciudadano de a pie se embarque en una investigación en la que sus traumas juegan con sus recuerdos y le impiden estar seguro de cuáles son certezas mientras lo ocultaba a una psicóloga parecía más interesante. Intenté evitar fórmulas ya usadas, como que todo fuera un invento de su cabeza, y opté por un enfoque más realista, con conflictos más humanos, aunque siempre sin renunciar a las sorpresas, intrigas y suspense.

También me atraían los sueños lúcidos y sus tratamientos experimentales, aunque tampoco quería caer en excesos y pasar a la ciencia ficción que también los había tratado.

La historia misma fue la que me llevó a ETA, aunque quiero aclarar que no es una historia política.  Supongo que si yo hubiera sido italiano, probablemente hubiera escogido la mafia; si fuera colombiano o mexicano; los narcotraficantes; irlandés, el IRA…

El lector de thriller, además, quiere enemigos poderosos. ETA carga con muchas víctimas y no requiere de presentación. Yo creo también que el escritor necesita meterse en problemas, y este se presentaba como un desafío más.

Cáncer de alma es una novela que juega a quién manipula a quién entre conocidos y entre diferentes estamentos; donde las incógnitas y las certezas se confunden por culpa de las revelaciones; donde un simple individuo con problemas se ve envuelto por iniciativa propia en un universo a evitar y aun así decide embarcarse en una investigación en base a una incertidumbre. Si eso no es una atracción por la fatalidad…».

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Primer capítulo de Cáncer de alma: En la retaguardia

A escasos metros de profundidad, tras un par de estratos de diferentes sedimentos, yacía el producto de uno de esos actos que se empeñaban en catalogar de «inhumanos» pese a que sería imposible imaginarlos fuera del contexto de la humanidad. Cobarde contradicción.

Una esquiva linterna luchaba contra la más absoluta oscuridad tratando de iluminar una silueta tan esquelética que su alma, al no disponer de espacio suficiente, amenazaba con salírsele del cuerpo. De espíritu cabizbajo, se hallaba sentada sobre sus huesos, encorvada con pena contra una pared que no tenía intención de consolarla. Su salud se había ausentado sin vistas al retorno, prefería permanecer errante a regresar a donde no era bien recibida.

Aquella figura alumbró el techo y comprobó que el único cielo estrellado que podía divisar eran las manchas en la madera. Cada una de ellas era una estrella fugaz que no cumplía ninguno de los deseos que pedía noche tras noche, excepto aquella, en la que había dejado de desear.

Alberto Lozano Luque, Cáncer de alma

El molesto ruido del ventilador, único aparato que renovaba el aire de aquel sarcófago con forma de habitación, se escondió tras una voz quebrada que intentaba competir con la soledad. Así era como Víctor Argote Illescas ejercitaba sus cuerdas vocales y pretendía conservar la poca cordura que las ignominiosas condiciones le habían dejado.

—Se suele decir que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde. Yo ya no puedo valorarlo porque no estoy seguro de haberlo poseído. Ni siquiera sé si alguna vez fui libre. Dudo si me habré inventado parte de mi pasado. Ya sabes lo que creo que siempre te decía: los mejores momentos son los que nunca has vivido, cuando tu imaginación vuela. Supongo que la fantasía es la que me ha ayudado a subsistir durante tanto tiempo aquí abajo —sollozaba—. Este es ahora mi hogar. Estas cuatro paredes son el único paisaje con que mis ojos pueden deleitarse. Rebusco en mi sospechosa memoria lugares y situaciones que me entretengan. ¿Te acuerdas, Irune, de cuando nos mudamos para dejar atrás el estrés y los problemas de la ciudad y así dedicarme más a ti y a los niños? Poco después me alejaron de vosotros y ahora, más que nunca, he hecho uso de mi profesión, la cual quería ejercitar más pausadamente, sin las agobiantes fechas de entrega. Ahora bien, reconozco que el dichoso dinero cubría más de lo que necesitábamos. Hablo muy a menudo contigo, pero no te escucho, no te puedo besar, abrazar ni sentir. Me faltas desde que todo esto comenzó. Hoy, tras seiscientos seis días, un periodo más largo que el que tuvo que soportar Ortega Lara, ya no me quedan recursos para sobrevivir —hizo una pequeña pausa para recobrar las energías que necesitaba—. Por eso, sin más medios que la carencia, me despido hoy porque, haciéndome a la idea de que ya no podré volver a verte, me será más fácil concentrarme en consumar mi suicidio. Mañana empezaré a trenzar las cuerdas que me servirán de soga —las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. No me quedan fuerzas —entrecortando con quejidos el final de su oración—. Buenas noches, mi amor.

Su voz se apagó al igual que el valiente haz de luz que iluminaba ligeramente aquel angosto habitáculo. A oscuras, pero sin la necesidad de palpar a tientas para conocer los detalles del lugar, escribió una línea sobre la madera. Al acabar guardó el único aparato eléctrico del que disponía junto con sus escasos enseres en un hueco de la pared, el cual, a continuación, tapó con una tabla partida que encajaba perfectamente con el marcado contorno. Se levantó con la dificultad que cabría en una persona de su no tan avanzada edad que llevaba demasiado tiempo sufriendo las condiciones infrahumanas de un secuestro al que no encontraba sentido alguno. A continuación, sorteó una vieja mesa baja de madera agrietada para acostarse en una tumbona con estructura de tubos metálicos cubierta de lona. Suavemente, se arropó con la manta gastada que le acompañaba todas las noches.

Durante su larga estancia, aún no había acertado a dar con un método que le ayudara a olvidarse de su tenue situación y así conciliar el sueño. Esta dificultad a la hora de dormir le hizo cambiar de postura constantemente. A cada movimiento, el aluminio del mueble de jardín, que hacía las veces de cama, respondía con un sonido que obstaculizaba, todavía más, la batalla nocturna.

En algún momento, su mente fue poco a poco perdiéndose entre pensamientos e imágenes borrosas que se sucedían sin que tuvieran relación alguna. Sus ojos, ahora por fin cerrados, veían el suave aleteo de una bandada de alas de faisán dorado que pasaba por delante de un sol cegador, el cual hacía desaparecer a aquellas aves huidizas sin que reaparecieran por el lado opuesto a su entrada. Aquella luz deslumbrante se las había tragado sin piedad.

Víctor las contemplaba eclipsándose desde el firme suelo donde creía estar bien seguro hasta que, debajo de sus pies, la tierra comenzó deliberadamente a hundirse. A pocos pasos de aquel vacío creado brotaban delfines cuyo vuelo concluía sin salpicar lo más mínimo en un mar privado de agua. No podía permanecer quieto. En una carrera contra sí mismo trataba de alcanzar un terreno cubierto de baldosas que parecían acercársele. De esta manera, logró evitar aquella extraña, aunque no cuestionada, amenaza.

Sus zapatos se veían reflejados en la cerámica de aquella superficie; se dio cuenta de que había ido a parar a una estereotipada cocina donde su mujer lo esperaba. Como si regresase de una jornada rutinaria, se acercó para darle un matrimonial beso en la mejilla. Al contacto de su piel observó trozos de periódico hirviendo en la cacerola. «Los chicos están ya en la mesa», le indicó ella. Los divisó de inmediato al darse la vuelta. Cuatro encapuchados entrelazaban manoseadas hojas de prensa diaria con suma dedicación. Estaban siguiendo los pasos que él había ideado para crear una cuerda robusta que aguantara el peso suficiente.

Una vez terminaron, el siguiente eslabón de su plan comenzó a realizarse por sí solo. Los «chicos» ya no se hallaban presentes, ni tampoco las paredes, que se habían ido con ellos. La soga se irguió en vertical formando un lazo elíptico en su parte inferior. Se movía amenazante hacia su víctima, a quien se le presentaba un dilema significativo sin más ayuda que la que ofrecía una parte de su cuerpo con intenciones de escapar, mientras que la otra optaba por permanecer a la expectativa de que aquel instrumento de muerte se cerniera definitivamente. La parálisis producida por dos fuerzas contrarias que se mantenían en equilibrio angustiaba, más todavía, su desesperación.

La horca se detuvo bruscamente al rozar su cuello. Ahora debía introducir su viva cabeza si quería continuar o apartarse si, por el contrario, deseaba preservar su alma al margen. La meneaba hacia delante y hacia atrás en un baile de eterna indecisión. Finalmente, se decidió por zanjar aquel tormento con un movimiento vehemente, abandonando su testa a la perentoria desgracia.

El brusco sonido del generador encendió el foco halógeno de la habitación, a la vez que desveló al recluido. Con su famélico brazo tapó la parte superior de su angulosa cara en un instinto por proteger sus preciadas córneas. La luz revelaba el precario estado de salud en el que se hallaba. Facciones hundidas de donde nacía una descuidada y larga barba, debajo de la cual se adivinaba un cuello frágil. Detrás de unas pequeñas entradas crecían unos deformados y castaños bucles, que realizaban la labor de almohada.

De acuerdo con la rutina, lo siguiente serían unas palabras por el altavoz que le ordenarían que no se moviera. Por el contrario, un sistema hidráulico empezó a emitir su chirrido característico cuando entraba en funcionamiento y movía sus poleas. Mientras tanto, se escuchaban unas órdenes en vasco que trataban de organizar a un grupo reducido al otro lado de la puerta, la cual finalmente se abrió e hizo que chocara lentamente contra la pared generando un leve golpe del metal contra la madera.

Entraron tres de los cuatro hombres que se habían hecho notar segundos antes. Iban engalanados con sus uniformes de trabajo: un pasamontañas y una vestimenta negra. Una vez dentro, uno de ellos se quedó apuntando con su pistola en una esquina.

Acompañado por tres sillas de penosa calidad y un mueble en descomposición que servía como repositorio de armas de fuego y munición, el que se había quedado en el pasillo se posicionó al lado del quicio de la puerta; de esta manera, evitaba la posibilidad de ensuciarse las manos, con una perspectiva capaz de abarcar a todos los involucrados en la escena, y con el mismo valor del que no lo necesita al estar al mando. A su espalda, salvando la parte que tapaba su cuerpo, se podía divisar sobre la pared el significativo emblema dibujado con una serpiente envolviendo un hacha en cuyo pie rezaba ETA y a cada lado una palabra en vasco, que, aunque no conocía su significado, ambas quedaron grabadas en sus retinas, Bietan Jarrai.

Los otros dos se acercaron a aquel sujeto castigado que intentaba esconderse de la luminosidad. Golpearon su costado con las culatas de sus escopetas sin ensañarse con él, pero con la suficiente energía como forzarlo a retorcerse.

—Levanta, Víctor, te vamos a liberar —estas palabras se escuchaban perfectamente en su cerebro, si bien no logró asimilarlas.

—Vamos hombre, cuanto antes lo hagas antes podrás volver a casa. Date brío —exigía a un marchitado cuerpo.

Aunque seguía confuso, le hizo caso y se enderezó como pudo ayudado por uno de ellos.

—Ahora vuélvete y quédate quieto —más exigencias que obedecía sin apenas consciencia.

El individuo que le dio la orden se acomodó el arma al hombro. Unas manos sin identidad le taparon la cabeza con una capucha negra y, como si de un convicto se tratara, esposaron sus manos por delante. Sintió que algo se acercaba a su oído.

—Te dije que esto acabaría tarde o temprano —le susurró una voz al otro lado de la tela, mientras le ataba, sin presionar demasiado, una cuerda al cuello para evitar que la prenda que impedía su visión se pudiera desprender con facilidad.

—¡Daos prisa! —ordenó el que se había quedado en el exterior. Como soldado que se estimaba, aquel que permanecía a unos pasos empujó a Víctor para hacerle caminar. Este, en respuesta al impulso, comenzó a moverse bruscamente, como si se hubiera tropezado.

—No hace falta que te pongas agresivo con él —le recriminó el que estaba a su lado.

Aunque su cara estaba tapada, con tan solo la mirada que le echó en respuesta a su compañero, se pudo adivinar el gesto de irritación tras aquel tejido que le cubría el rostro.

A la postre, empezó a caminar hasta que salió de aquel espacio de dimensiones tan pequeñas, escoltado por los dos etarras en desacuerdo. A su salida, el secuestrador de la esquina les siguió, pero se quedó hablando con el que había decidido permanecer fuera del habitáculo. Mientras tanto, dirigido por sus dos escoltas, Víctor cruzó el pasillo para después subir por la escalera de mano con dilación, debido a la dificultad de hacerlo esposado.

Alberto Lozano Luque

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  • Lozano Luque, Alberto (Autor)

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