Arancha Felipes nos presenta su novela ‘Duelos invisibles’ (Editorial Onuba, 2023)

Arancha Felipes nos presenta su primera novela, Duelos invisibles, finalista del Premio Onuba de Novela 2023, ambientada en el Madrid de los años 80, en el Barrio de Chamberí. Los lectores de Narrativa Breve podrán leer, tras esta introducción de la autora, las primeras páginas de la novela. (Comprar Duelos invisibles en editorial Onuba).

Introducción a Duelos invisibles (por Arancha Felipes)

Una familia de clase media-alta sufre un varapalo inesperado. Pilar, madre de tres adolescentes, tiene que sacar a su familia adelante. La fortaleza de una madre es inagotable, imparable, desmedida y admirable. Madres: leonas que defienden a sus cachorros del viento y del mal, del hambre y de la enfermedad. Siempre dispuestas a sacar las garras para defender a su camada a cualquier hora y en cualquier lugar. Esa energía mueve el mundo. El amor.

El amor de Pilar por sus hijos mueve a la familia a remar hacia adelante, sopesando prejuicios sociales y manteniéndose fieles a sus valores y a sus principios.

Del matrimonio, la maternidad, la paternidad, el papel de los abuelos y de cómo cambió el mundo en la España de los años 80 y 90 para las mujeres se habla en esta novela, haciendo un viaje en el tiempo a una época de grandes cambios sociales, de transición política, de nuevas leyes, pero antiguos prejuicios, de la movida madrileña. La música rompe fronteras y arrasa el panorama nacional, la moda irrumpe en nuestra sociedad como nunca lo había hecho; la infancia, los primeros amores, los primeros viajes: Francia, Egipto, Inglaterra… En estas páginas viajamos lejos en el tiempo, aunque no lo parezca: de la España del blanco y negro al teléfono móvil… 30 años de impacto en tantas cosas… ¿Mejores o peores? Lo dejamos al criterio del lector.

Reencuentros, amor, desamor… En definitiva, una novela que trata del perdón en el entorno personal y cómo influye a nuestro alrededor la sanación de antiguas heridas: en nuestras relaciones con la familia, amigos, compañeros de trabajo, en nuestro entorno social, y, sin duda, en nuestro interior. Cómo aceptar situaciones inesperadas desde una perspectiva positiva y valiente.

Yo me pregunto: ¿Se puede perdonar todo? ¿Se puede vivir eternamente herido y ser feliz? ¿Cómo afectan nuestras decisiones personales a nuestra familia? ¿Se hereda el carácter de los padres, la actitud hacía algunas cosas, haré lo mismo que mi madre o que mi padre cuándo sea mayor? Se preguntan muchos hijos… ¿Cómo les afectarán en sus vidas futuras las decisiones de una madre o de un padre cuando estos eran pequeños?

Es una novela positiva, esperanzadora, que habla del pasado con cariño y nostalgia de algunas cosas, y del presente con agradecimiento por los cambios acontecidos en muchos otros ámbitos.

Arancha Felipes

CAPÍTULO I: Portazo, silencio y punto

Sin mirar atrás, Emilio sale de casa con la maleta llena, sus zapatos de piel negros y el mejor traje que tenía. Su paso firme dice:

—Se acabó.

En la entrada del piso se oyen llantos. Tristeza y pánico. Pilar llora.

Emilio cierra tras de sí 25 años de convivencia, de matrimonio, de puertas hacia fuera y de abandono, puertas para dentro.

Vida nueva. Tenía que haberlo hecho hacía muchos años, pero tuvo miedo. La juventud, la sociedad, los padres, los hijos, el esta- tus, el trabajo, el mundo… Nadie lee “la letra pequeña”. Él firmó un contrato para toda la vida, sin ser consciente de lo que puede llegar a acontecer en tantos minutos, horas y días. Ya se lo dijo su amigo José al pie del altar, ya le advirtió su ángel de la guarda la noche anterior. Oídos sordos.

Sale del edificio de Eduardo Dato más alto y ágil de lo que llegó hace 25 años. Con menos cosas, pero con más cargas. Con más años, pero con menos vida.

El desgaste emocional de tantos años de desencuentros deja sus huellas. Su rostro muestra las arrugas del tiempo despiadadamente, las rodillas no le dejan correr como le gustaría; aun así, un taxi le espera en el portal, y en su interior está ella. Su verdadero yo, el ver- dadero Emilio, que ocultó a los otros, abierto a la vida, al sueño, al gozo y a un nuevo mundo.

Se sube, la besa en la mejilla sin mirarla a los ojos y el taxista les lleva unas calles más abajo. Don Ramón de la Cruz 4. Parada y fon- da. Subimos. Paz.

En Eduardo Dato siguen los llantos, el desconsuelo, la rabia, el orgullo herido, los sueños hechos pedazos de porcelana fina, se esparcen despiadadamente por los suelos. Por qué… Qué he hecho yo para merecer esto, se pregunta ella entre sollozos.

La pequeña Paloma se asoma por la puerta de la cocina y observa cómo su madre, sentada en el suelo de la entrada, apoyada en la pared y todavía con el camisón puesto, llora y se retuerce de dolor con desconsuelo.

Tímidamente, se acerca, la mira, intenta abrazarla, pero una vez más, ella la rechaza:

—¡Eres igual que tu padre! ¡Vete! ¡Déjame en paz!

Paloma, a pesar del rechazo, insiste, intenta escucharla, entender- la, preguntarle por lo ocurrido; pero su madre con un manotazo la aparta de su lado: ¡Tu padre se ha ido, me ha dejado los papeles del divorcio encima del mueble de la entrada y se ha marchado sin más, sin decirme por qué!

Hacía pocos años que en España se había aprobado la ley del divorcio, los Tribunales estaban saturados de peticiones. Nuevos tiempos. Libertad. Realidad.

En casa todos sabían por qué, pero Pilar no quería aceptarlo, ni verlo, ni hablar de ello. Emilio llevaba años saliendo con otra mujer. En casa se excusaba diciendo que tenía viajes de trabajo, reuniones fuera de Madrid, e incluso en ocasiones alegaba en sus ausencias que necesitaba “espacio”. Espacio y tiempo. Conceptos relativos que dejan de serlo, cuando está en juego tu vida, tu matrimonio, la supervivencia de una familia con tres hijos. Una mujer dedicada a ella, a él, a sus vidas. Día y noche, noches y días. Hospitales, médicos, profesores, tutores, clases, juegos, parques, cumpleaños, bodas, bautizos y comuniones. Misas, funerales y entierros.

Ella siempre estaba ahí, esperando… esperando al padre, esperando al esposo, al amigo, al médico, a la suegra, el yerno, a la nuera, al primo y al cuñado. Esperando a la vida, esperando a la paz, a la guerra, al viaje, al retorno, al llanto, al sonrojo, al roce de su piel.

Tres hijos, una cocina, una asistenta, un cuarto vacío. El colegio, el mundo. Todo dependía de ella. Entregada veinticuatro horas para ser fiel a su contrato matrimonial, a su maternidad, al duro oficio de ser para los demás y dejar de ser para uno mismo. Madre. Escuchar, estudiar, leer, hacer, pasear, comprar,

recibir, visitar, rezar, salir y entrar.

Paloma, a pesar de sus 15 años, tuvo que ser la voz de su conciencia y explicarle inocentemente por qué estaba llorando en la entrada, desarropada y con desazón. —Papá se ha ido con otra mujer, está enamorado de ella—.

¿Sincericidio, inocencia, imprudencia, lealtad? Respondió a su porqué, sin llegar a imaginar, que aquellas palabras, iban a resonar como una gélida guillotina cayendo sobre su cuello, día tras día, no- che tras noche, durante los siguientes veinticinco años de su corta vida. Marcarían un antes y un después. Un mañana muy lejano.

Pilar sabía que lo que le estaba diciendo su hija era verdad, pero se negaba a aceptarlo. Menos viniendo de ella, la copia en femenino del guillotinador, de la parte contratante, del hombre que, a pesar de ser el amor de su vida, se había convertido en su vital tormento, del traidor, del asesino de emociones, del causante de su delirio, de su pasión, de su dolor, de su muerte en vida. Era su todo y al mismo tiempo su nada. Lo que movía su vida y el que la destrozaba.

Nunca más, nunca más, Paloma volvió a ser niña, joven, espontánea y cariñosa con su madre. El rechazo, una vez más, fue brutal. Duro, inesperado, inapropiado y por qué no decirlo, despiadado.

Pilar se quedaba sin marido, sin padre, sin sexo, sin dinero ni fon- dos. Emilio se iba con lo que había llevado y acumulado. Su cruel- dad, su egocentrismo y su egoísmo, dejaban una puerta cerrada, y tras ella tres niños en edad escolar, una casa, dos colegios y un piso. Luz, gas, alimentación, transporte, medicinas, consuelo… Se fue… Con él se fueron todos los ingresos, no dejó dinero ni para pagar a Matilde, la asistenta interna que vivía con ellos desde que se casaron

¿Es posible que viviera en paz los siguientes y longevos años de su vida? ¿Se puede dormir tranquilo dejando una vida desgarrada, tres niños sin padre y una cuenta bancaria vacía? Supongo que nunca lo sabremos, él ya no está, con nadie se sinceró a este respecto. Silencio para todos. Sírvanse…

Amigos y familiares ayudaron a Pilar a terminar el curso, era un dos de enero, y hasta mediados de junio los niños tenían que seguir yendo al colegio. Ella, inteligente y generosa como lo había sido siempre, empezó a prepararse unas oposiciones para la Administración del Estado. En el colegio era una estudiante brillante, tenía un expediente sobresaliente y si no hubiera llegado Emilio a su vida exigiendo su entrega total, podría haber sido lo que hubiera querido. Abogada, maestra, filóloga o médico.

No lo pensó dos veces, en los años sesenta una mujer de buena familia tenía que entregarse a su esposo, a sus hijos, velar por la estabilidad y la felicidad de todos ellos. Olvidarse de sí, para ser completamente para ellos. Estudiar no estaba en los planes de una mujer de su estatus. Eso lo hacían las rebeldes, las que no iban a casarse jamás o las “modernas”. Prejuicios. Mediocridad ¿Alguien da más?

Como su padre había sido Registrador de la Propiedad en Santander, fue a hablar con algunos amigos para que le explicaran qué hacer y cómo proceder a la hora de prepararse unas oposiciones. Ella sacaría a sus hijos adelante, tendría una profesión y juntos los cuatro serían felices. No necesitaban a nadie más. Podía hacerlo y lo sabía.

La fortaleza de una madre es inagotable, imparable, desmedida y admirable. Son leonas que defienden a sus cachorros del viento y del mal, del hambre y de la enfermedad. Siempre dispuestas a sacar las garras para defender a su camada a cualquier hora y en cualquier lugar. Esa energía mueve el mundo. El amor. El amor de madre.

Comenzó a acudir a una academia de la calle Martínez Campos en la que preparaban a opositores; empezaría por algo sencillo. Era buena estudiante y tenía mucha fuerza de voluntad. Necesitaba un sueldo ya. Se presentaría en un año y medio a los exámenes para ser Auxiliar de la Administración General del Estado; desde ahí pro- mocionaría. Mientras sus hijos estuvieran en el colegio, ella podría hacer las labores de la casa y estudiar en la biblioteca el temario.

Su hijo pequeño, Javier, no entendía nada, solo observaba, tenía entonces 15 años, (Paloma y él eran mellizos) en octubre cumplirían 16; sería un hombre hecho y derecho, flaco y espabilado, siempre con ganas de jugar y de aprender. Todo le interesaba. Al ver a su madre en ese estado lamentable, envejecida veinte años en veinte días, agazapada a su almohada, sin querer salir de casa, sin querer hablar con nadie, saber de nadie, llorar con nadie, decidió ejercer de hombre de la casa, con el permiso de su hermano Miguel; luchar con ella y para ella. Años más tarde se convertiría en un brillante ingeniero, el mejor de su promoción.

Le compraría a su madre un palacio, las mejores joyas, la llevaría de viaje, volverían a París, donde hacía años, cuando su padre estuvo destinado allí por el Ministerio, fueron felices y su madre se sentiría orgullosa de él. En París aprendió a hablar francés enseguida con el acento perfecto, a comer caracoles, a bailar rock and roll y a escuchar música clásica. En el colegio hacían mucho hincapié en la educación musical y a Javier le relajaba, le gustaba cerrar los ojos y deleitarse con ella, tenía buen oído. En otra vida habría podido ser director de Orquesta y recorrer el mundo de concierto en concierto. En esta tocaba ser ingeniero. Se lo prometió a su madre al borde de la cama, mientras la veía ensimismada, mirando a la pared, sin pestañear, sin hablar, sin sonreír ni llorar:

—Mamá, no te preocupes, yo te cuidaré cuando estés enferma, te protegeré y te haré reír cuando estés triste; yo no soy como él, estoy aquí, nunca me iré, mamá, mírame.

Javier era su ojito derecho, es verdad que era el único que no se parecía a nadie de la familia, sus ojos azules heredados de su abuelo materno eran transparentes como el mar; limpios, inocentes, alegres y brillaban de manera especial cuando su madre ponía en el tocadiscos música en francés, villancicos y el concierto de Año Nuevo en Navidad. Académicamente, era igual de brillante que ella, destacaba en el colegio en todo lo que hacía: deporte, matemáticas, física, lengua, historia, música e idiomas. Era inteligente, un ávido lector desde su más temprana edad; deportista, sociable y siempre estaba de buen humor, aunque antes de los exámenes fuera el típico amigo repelente que insistía en no saberse la lección, estando segurísimo de que le iban a suspender siempre. Menos mal que ya nadie le hacía caso. Su media del colegio fue siempre sobresaliente y obtuvo cuatro matrículas de honor. Los jesuitas le honraron por ello y fue becado en la Escuela de Ingenieros Industriales de la Universidad Pontificia de Comillas. Un honor. Un reto ¡A por ello! Sería lo que se propusiera en la vida. Su madre lo sabía y él estaba convencido.

Los curas le echaron el ojo, “La mies es abundante y los obreros pocos” dice San Lucas. Teniendo en cuenta la situación familiar, el brillante expediente de Javier y los antecedentes familiares (su padre y sus tíos habían sido también colegiales de la institución); el Superior de la orden y el director del Centro, decidieron becarles a él y a su hermano Miguel durante los próximos cursos si seguían así de aplicados, por supuesto. Los invitaron a la casa provincial de Loyola en verano, y tanto Miguel como él, estuvieron en los campamentos hasta que fueron a la Universidad. Ayudaban en la cocina, organizando juegos con los más pequeños y sirviendo en todo lo que se les pedía. Eran obedientes, voluntariosos y disfrutaban con cualquier cosa. Miguel era también muy buen estudiante, aunque no tan brillante como Javier, ni destacaba como él en todo; tenía 16 años para cumplir 17. Su beca sería solo de un curso y medio. Miguel no entendía nada. Era el mayor sí, pero vivía en su planeta particular y adolescente. Era guapo a rabiar, deportista como Javier, pero más fornido; las chicas eran su perdición, las tenía a todas lo- cas. No atendía mucho en clase, pero luego aprobaba con notables. Todo menos religión e inglés que se le resistían un poco. Estaba en plena edad del pavo. Lo único importante en la vida era salir con los amigos, ligar con la más guapa de la fiesta y escuchar música. Estamos en 1983. Madrid estallaba de color. La movida madrileña alborotaba corazones, tocadiscos, casetes, locales y armarios. Él era un niño pijo de Chamberí: LEVIS 501, polo Lacoste azul marino y zapatos Castellanos. El rollo punk y funk no le iban, no obstante, las nuevas tendencias musicales, los grupos que se escuchaban en los 40 Principales eran su perdición, se pasaba el día escuchando a: Orchestral Manoeuvres in the Dark (O.M.D.), The Police, Rod Steward,

 Supertramp, Mike Oldfield, Queen, Cyndi Lauper, Alaska y los Pegamoides, Mecano y a los Bee Gees. La pared de su cuarto estaba forrada de fotos de sus ídolos musicales y televisivos, no se perdía un episodio del “Equipo A” ni de “V” (Los lagartos de la tele) ¡Época feliz! No volverá. Se aislaba así del diluvio que acababa de caer en su casa. Aunque fue el más radical de los tres en este aspecto, a partir del 2 de enero de 1983 era huérfano de padre, su padre había muerto. Nunca más quiso saber nada de él, ni siquiera fue a su entierro años más tarde, cuando este falleciera.

Lo que acaba de ocurrir en su casa bien merecía una canción, un episodio de “Anillos de Oro” o una serie completa, Antonio Vega se habría inspirado al escuchar llorar a su madre, noche tras noche, día tras día. Alaska habría tomado a Pilar como heroína y protagonista de una nueva canción. Contra todo ritmo, contra la adversidad, fuerza de voluntad, carisma, energía. Carretera y manta. Ni tú ni nadie puede cambiarme ¿Dónde estará el error sin solución? ¿Fuiste tú el culpable? o ¿lo fui yo? Loca de celos le habría seguido, pero era una señora y sabía que era mejor no hacerlo. La humillación habría sido el golpe certero a su corazón que le habría impedido luchar contra- corriente ¿A quién le importa? A ella. A sus hijos. A su gente. Kilómetro cero. Empiezo de nuevo y no estoy sola. Tres electroduendes me acompañan.

Paloma, sin embargo, la más sensible de los tres hermanos, dormía inquieta, empezó a suspender todo menos las asignaturas que más le gustaban: dibujo, inglés, literatura e historia. Se refugiaba en sus lápices, en sus manualidades, en sus libros, en su caverna creativa que hacía que se evadiera del mundo real. Imaginaba tener un cuarto propio, en el sótano de la casa, lleno de libros, con un tocadiscos, un casete, una mesa para dibujar y una nevera pequeña como la de los hoteles. No necesitaba más, ahí pasaría sus días y sus noches, saldría de su escondite solo para viajar. La realidad no le gustaba. No le gustaba su nueva madre, no le gustaba lo que había hecho su padre. No le gustaba la sociedad que obligaba a la mujer a ser esposa pro- creadora de la raza aria, recta, sumisa, humilde, silente y abnegada. Admiraba a: Marie Curie, a Coco Chanel, Helen Keller, Jane Godall,a las sufragistas inglesas, a las mujeres de color que luchaban por sus derechos raciales, a la Madre Teresa, por su manera de vivir y de enfrentarse al mundo reivindicando la paridad de derechos de las castas más pobres de la India y el amor a los más necesitados. J.F. Kennedy, Martin Luther King, Van Gogh, héroes radicales. Así era ella: rebelde, visceral, creativa, orgullosa y poco realista. También, todo hay que decirlo, admiraba al “Pájaro Espino” por romper con lo establecido, a Ángela Channing por su coraje, a Christine Fran- cis la protagonista de “Hotel”4, por su belleza y encanto personal para codirigir un gran hotel, a Lola, la protagonista de “Anillos de Oro” por su capacidad intelectual. Ella nunca podría ser como estas mujeres únicas y valientes. Estaba en la adolescencia. La cara llena de granos, la timidez al extremo y sus gafas metálicas como las de la Guardia Civil con cristales beige le parecían la mayor desgracia del mundo.


Rezaba todos los días para por lo menos, no tener mucho pecho, eso ya habría sido el colmo. Algunas compañeras de clase habían desarrollado antes que ella y tenían un busto desproporcionado con respecto a su estatura, lo que las hacía morirse de vergüenza cuando tenían que correr, vestirse o estar delante de un chico. ¡Por favor, yo no quiero tener pecho! ¡Qué vergüenza! Ahora para más INRI, además de tener granos, gafas y las hormonas revolucionadas, eran pobres en un mundo de privilegiados y guapos.

La tutora de Paloma llamó a Pilar, se acercaba el final de curso y la niña llamaba la atención en clase, había empezado a suspender, se metía en la Biblioteca a la hora del recreo en lugar de estar en el patio jugando con sus amigas, había dejado de sonreír. Algo estaba pasando, ella siempre había sido muy sociable y cariñosa. No era una alumna de sobresalientes, pero tampoco mediocre. Pilar acudió a hablar con la Madre Isabel y le explicó las circunstancias familiares. Lo que había ocurrido ese dos de enero y sus consecuencias. Ella había sido el ojito derecho de su padre toda la vida. El Príncipe Azul se había desteñido. Su mundo se desmoronaba en plena pubertad. Sus hermanos se metían con ella cuando la veían llorar, e iban a su aire. Deporte, estudios, chicas, música. No pasa nada. Acción, reacción. Nadie la entendía ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué mi madre no es como las demás? ¿Por qué mi familia no es como la de mis amigas? ¿Por qué ahora? ¿He sido mala hija? ¡No debía haberle dicho a mi madre nada! ¿Me va a pasar lo mismo que a mi madre cuando sea mayor? Parecerse a mi padre es malo, luego ¿soy mala?

En una etapa de la vida en la que el joven necesita reafirmar su identidad, conocerse, saber quién es y a dónde va; tener muy claros los referentes, en la que las hormonas hacen que el cuerpo y la mente cambien de rumbo y parecer por minutos; Paloma no encontraba su sitio. Era la rara de la clase, la fea. La familia se desmoronaba y su seguridad dejaba de ser el punto en el que agarrarse. Su fantasía nutría sus carencias.

Mala época para que tus padres se divorcien. Sobre todo, en esos años, en la que en España no era frecuente ni habitual ver casos como el de su familia, tan solo hacía dos años de la aprobación de la ley y aunque toda la vida, ha habido mujeres abandonadas por sus maridos, y relaciones extramatrimoniales aceptadas, todavía no era normal que los niños vivieran en estas circunstancias. Los niños siempre vivían ausentes de esas realidades, para ellos los padres eran perfectos, no discutían nunca en público, se querían, eran el pilar de su mundo, su máxima seguridad, sabían de todo, todo lo hacían bien y eran los jefes más importantes de su oficina. Los padres eran los héroes de los niños y las madres el modelo a seguir de las niñas. Para Paloma todo esto había cambiado de la noche a la mañana.

Además de los granos, su padre se va de casa y su madre le coge manía ¡Se acabó el mundo, me quiero morir! ¡Me quiero ir a vivir a casa de mi amiga Lourdes, o de mi amiga María, sus padres son normales y se dan besos! No entiendo nada.

No se murió. Se agarró a sus fortalezas: a su creatividad, a sus libros, a sus abuelos, a sus amigas de toda la vida, a la música pop, a las series americanas de televisión que en esa época empezaban a aparecer y la trasladaban a un mundo de fantasía absolutamente lejano. Para compensar el dolor, se aislaba, se defendía de su terrorífica vida intentando estar lo menos posible en su insoportable casa. La tarde que no tenía extraescolares iba a casa de sus abuelos para tener la paz que no encontraba en su casa. Los padres de Pilar vivían en Eduardo Dato, pero unos números más arriba. Eran vecinos, esta- ban jubilados y su vida era su familia. Don Joaquín iba a misa de 9 todas las mañanas, a la Iglesia de San Fermín de los Navarros. Doña Ana iba todos los días al Mercado Municipal de Chamberí, después al comedor social de las Hijas de la Caridad en la Calle Martínez Campos, para ayudar a las monjas y atender a los hombres, mujeres y niños que allí acudían a pedir alimento, siempre con su mejor sonrisa cargada de humildad. Después iba a casa, cocinaba, cosía, leía vidas de santos, rezaba con don Joaquín el Rosario del día tras escuchar las noticias en la radio, y echar una cabezadita en la butaca marrón del salón. Esperaban tarde tras tarde con ilusión la llegada de su única nieta para merendar. Ternura, paciencia, comprensión, amor incondicional y súper merienda con los abuelos. Esa era la fórmula mágica para sobrevivir en ese tsunami vital que le había tocado sufrir. Su refugio, su consuelo, su todo. Ellos representaban la perfección familiar. Ella era la nieta preferida. Ellos no miraban sus granos, su genio, sus hormonas descontroladas, su tristeza, su lamento silenciado por el orgullo. Su incomprensión ante los acontecimientos, sus quejas ni su aflicción. Ellos sólo veían a la niña rebelde, que siempre había sido la alegría de la casa, con sus ocurrencias, sus bailes, sus dibujos e historias. Divertida y pizpireta, con un sentido de la justicia muy fuerte desde que era muy pequeña, si la hubieran dejado, habría salvado al mundo de la pobreza, de las guerras y de todas las injusticias, con su capa de Superwoman y su valentía, nunca le tuvo miedo a nada. Se habría enfrentado a los malos, a los ladrones y a los que trataban mal a las mujeres, a los pobres, a los ancianos y a los niños. A los sin techo les habría conseguido casa, trabajo, comida y una dignidad arrebatada por los egoísmos, intereses y egos en general, que gobernaban el mundo. “Paloma sin miedo”, así era ella (su abuela le leía desde pequeña el cuento de Juan sin Miedo y le encantaba), así era ella antes de la catástrofe, claro… Ahora que su mundo se desmoronaba, le tenía miedo hasta al respirar… A su madre, a su padre, a sus amigas, a sus compañeras de clase, a la profesora de matemáticas, a los chicos, a la pobreza, a la marginación… La sociedad no perdonaba a los diferentes ni a los fracasados y menos a esas edades.

Mientras Pilar opositaba, para tener algún ingreso decente, tuvo que alquilar dos de las habitaciones que habían quedado vacías tras la separación de Emilio. Uno era el cuarto de Matilde, a quien después de tantos años y con todo el dolor de su corazón, tuvo que contarle la situación y después de hacerle una carta de recomen- dación, invitarla a abandonar el domicilio cuando encontrara otra casa en la que servir y la pudieran pagar; y el otro cuarto vacío era el dormitorio de Emilio.

Desde hacía más de 10 años dormían en habitaciones separadas. Él llegaba siempre tarde y ella estaba cansada de excusas. Su dormitorio era su refugio, en él guardaba sus recuerdos de la infancia, las fotos familiares, sus libros, sus estampitas, libros de oraciones de sus abuelas, y una imagen de la Virgen del Pilar que le regaló por la boda su hermano (el cura); para que cuidara de ella y la sostuviera como “pilar” de fortaleza y consuelo de su familia.

Tenía también un tocadiscos y a solas escuchaba su música favorita sin que nadie la molestara; cuando todos se iban a dormir disfrutaba de “su espacio”, en esa casa enorme de doscientos cincuenta metros cuadrados, donde cada miembro de la familia tenía su mundo, su lugar donde esconderse, Pilar, construyó también su pequeña guarida en la que refugiarse de un matrimonio que no era tal y de sus pequeños lobeznos; quienes a ciertas horas del día, donde mejor estaban era estudiando en su cuarto y durmiendo, o durmiendo mientras estudiaban, según el caso y el día de la semana.

Claro de luna, Chopin y yo… cierro los ojos y me tumbo en la cama. Miro al techo e imagino una vida distinta. Sin ti. Me duermo. Calma.

Arancha de Felipes, Duelos invisibles, Editorial Onuba, 2023.

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