Crueldad y realidad en ‘Muerte de un viajante’ (Pedro Benengeli)

Miller, Arthur. Death of a Salesman. Penguin Books 1976

Willy was a salesman. And for a salesman, there is no rock bottom to the life… A salesman is got to dream. (Requiem, page 138)

Este magnífico drama, representado por primera vez en el teatro Morosco de Nueva York en febrero de 1949, es una obra maestra y terrible a un tiempo. Terrible porque escenifica vívidamente los conflictos latentes de la próspera y exitosa sociedad norteamericana de aquella época. Más que drama se lo podría calificar de moderna tragedia a la americana, en la que el anti-héroe —Willy Loman, anglicanización del alemán Lohmann— se inmola finalmente por el bien de su familia.

La pieza está estructurada en tres actos y un réquiem por la muerte del héroe-viajante. Se podría decir que las esperanzas de este último van creciendo en la primera parte y que hay una expectativa de final feliz (clímax) que se desbarata a principios del segundo acto, en el encuentro de Willy con Howard (su jefe). A partir de ahí, los acontecimientos se desenvuelven negativamente conduciendo la vida de Willy Loman hacia su trágico final.

El protagonista tiene la significativa edad de 63 años, a las puertas de la jubilación, su mujer es algunos años más joven que él, y sus dos hijos están ya por encima de los treinta… En aquel tiempo Willy era el prototipo del hombre moderno (no solo el norteamericano) y su familia era la típica familia nuclear que trató de salir adelante en los años posteriores a la segunda gran guerra, cuando todos los valores yacían por los suelos hechos añicos. El brutal capitalismo norteamericano se encargó además de hundir a los más ingenuos, a los menos prudentes, a los que creen que la vida es un juego en el que se puede ganar el premio de un buen ganado retiro con un trabajo decente y una actitud optimista. Sí, optimismo es el que quiere respirar Willy Loman por encima de su desesperación y de su cansancio, cuando todo se desmorona a su alrededor, pero él mismo es consciente de su culpa y, sabiendo que no hay salida, va en busca de lo imposible para toparse una y otra vez con el fracaso.

When the hell are you going to grow up? The only thing you got in this world is what you can sell. And the funny thing is that you’re a salesman, and you don’t know that. (Act 2, page 97)

Es curioso que Willy no acepte el trabajo que le ofrece Charley y que podría salvarle, ¿por qué? En la obra no se da una explicación, pero parece insinuarse que Willy está celoso de Charley. Pero ¿quién es Charley? Como los hijos de Willy le llaman «tío», pudiera ser el hermano de Linda, pero por otro lado los «celos» de Willy podrían ser referentes a una posible atracción de Linda por Charley, al que secretamente admira… Luego no son hermanos. ¿Es Charley hermano de Willy entonces? No creo, su único hermano es Ben, con el que pudo haber emigrado a Alaska y que luego hizo fortuna en África dejando nueve hijos.

La obra critica, sin hacer política —que es la forma más inteligente de criticar—, los modelos sociales cuya crisis se hizo más evidente después de la guerra, pues a los hombres que habían combatido en el frente se les volvió a integrar en el mundo laboral en detrimento de las muchas mujeres que habían atendido las fábricas de armamento y otros servicios. Gran parte del personal femenino asumió de nuevo el rol de ama de casa y los jovencitos que habían crecido sin padres durante la guerra se vieron de pronto inmersos en una sociedad violenta y competitiva, en una familia regida por un padre que volvía de los años en Europa o en el Pacífico paradójicamente libre, pero agresivo, autoritario, traumado por el servicio militar obligatorio y los terribles episodios bélicos. Aunque el viajante Willy Loman no participara en la guerra por superar la edad de movilización, se hace eco del ambiente de su tiempo y es un padre que —quizás porque él mismo no conoció a su padre— no ha sabido educar a sus dos hijos: Biff tiene 35 años, quiere vivir su sueño y al mismo tiempo contentar a sus padres (What a simonizing job!). Su hermano Happy (significativo nombre) se ha plegado cínicamente a las circunstancias y, finalmente, Linda es una esposa abnegada que confunde equivocadamente el amor por su marido con una actitud servil que le ayuda más bien poco.

En todo caso, llama la atención la escena en el restaurante-cafetería con los cambios de tiempo y los recuerdos que se intercalan en el presente. Hay una alusión a 1928, justo antes de la «gran depresión», cuando Willy era un joven viajante lleno de entusiasmo que «hacía» [make] bastante dinero a comisión. La única mención a la guerra la hace el camarero Stanley, que dice (un poco en broma) que preferiría haber sido enrolado y haber encontrado la muerte antes que llevar la vida que lleva. Willy fracasa con Howard, Biff fracasa con el proyecto de ropas deportivas que quiere proponer a un tal Oliver. Todo el mundo se engaña y el que más se engaña es el propio Willy. La gran decepción y por qué su hijo no se graduó para la universidad, porque no quiso estudiar durante el verano. El ejemplo pernicioso de su padre con palabras de ganador, pero con espíritu de perdedor…

They time those things. They time them so when you finally paid for them, they’re used up. (Act 2, page 73)

La obra es extraordinariamente avanzada porque pone sobre el tapete temas que apenas se percibían en su tiempo. Por ejemplo, la frase citada del segundo acto es una referencia muy clara a la «obsolescencia programada» de los aparatos electrodomésticos que produce la industria para el consumo doméstico: «Les ponen un tiempo a estas cosas, limitan su duración para que sean obsoletas cuando las terminas de pagar». Puede que este tipo de detalles pasen desapercibidos al lector deseoso de experimentar «catarsis» y no mirar en los entresijos de la obra. Ya por entonces se conocía bastante el teatro épico de Brecht y su «distanciamiento crítico» [Verfremdungseffekt] para desvelar los engaños del sistema. Al espectador no se le concede solidarizarse con las pasiones sobre el escenario y quizás llorar, sino solo observar críticamente, pero Arthur Miller sí permite que surja la compasión desde el distanciamiento que nos da ver las cosas «desde fuera», es decir, cómodamente sentados en la butaca del teatro para contemplar las desgracias ajenas con las que no quisiéramos identificarnos demasiado… Miller, al contrario que Brecht, participa más de las corrientes existencialistas que, sin negar los presupuestos del materialismo dialéctico tan en boga en su tiempo, se reflejan más en los deseos vivenciales de Biff, el hijo mayor de Willy.

Otro de los personajes es el mítico hermano de Willy, el tío Ben. Conquistar el mundo es el objetivo, y mientras que Ben parece que lo ha conseguido —no en Alaska, sino en África— el hijo mayor de Willy es un fracasado porque vive desgarrado entre el amor filial y sus propias aspiraciones de libertad. Quizás su padre contribuyó a alimentar esa confusión, lo que se ve a menudo en los enfrentamientos entre padre e hijo, contemplados con desgarradora tristeza por Linda, esposa de Willy y madre de Biff. En esta figura femenina subyace asimismo una crítica al rol de la mujer americana durante esos años, sacrificada, pegada al hogar, abnegada y obediente, que sufre pacientemente los abusos verbales de su marido. Y no es que Willy no la quiera o no la necesite, es que su genio alterado por tanto trabajo, tantos viajes y tantas frustraciones al final de su vida se vuelca en la única persona que lo idolatra religiosamente, cuándo él no es capaz de quererse a sí mismo (y por eso encuentra el halago sexual de la otra mujer fuera del matrimonio).

Willy vive de chistes y de sueños, construyendo uno tras otro y viéndolos deshacerse entre sus manos, como por ejemplo el de la casita de clase media adquirida con paciencia al cabo de muchos años y ya deteriorada, como el resto de los electrodomésticos también comprados a plazos. Nueva York es el escenario donde aparece la fantasmagórica casa en la que se pusieron tantas esperanzas y que se acabará de pagar tras 25 años de crédito. El sueño americano del idilio en la ciudad, rodeado de zonas verdes y con un jardín-huerto donde distraer los ocios de la vejez, se encuentra desde un principio empañado por la sombra de los bloques de apartamentos que han ido creciendo como un sombrío bosque de cemento a su alrededor. Nada crecerá en el jardín porque no le llega el sol, dice Linda, pero Willy persiste obsesivamente en comprar semillas para sembrar árboles y plantas.

He aquí otro precedente de uno de los temas que más ocupará a la sociedad de aquel futuro: la ecología y el medioambiente, la proliferación incontrolada de construcciones por la especulación inmobiliaria y, en general, el deterioro de la calidad de vida en las ciudades.

En medio de tantos espejismos, era lógico que fracasara todo ese proyecto de una clase media feliz y sonriente, objeto del marketing, víctima del consumo y esclava de los plazos.

Pedro Benengeli. Leer otros textos del autor

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