En defensa del talento (Reynaldo Bernal Cárdenas)

Reynaldo Bernal Cárdenas comparte con los lectores de Narrativa Breve este artículo sobre las artes en general y sobre el oficio de escribir en particular en el que defiende la importancia del talento, algo que, tal como él critica en el texto, ciertas personas minimizan.

EN DEFENSA DEL TALENTO (Reynaldo Bernal Cárdenas)

A la orden del día están, como si de un bazar de saldo se tratase, los contenidos de motivación, superación o desarrollo personal (nada que hacer ante el aluvión imparable de la tecnología, ante el auge inmediatista del internet). En una inmersión poco profunda acerca de estos temas, sólo en Instagram y YouTube pude encontrar entrenadores, coachings, motivadores y hasta profetas de todos los pelambres. Perlas como “Lo que tú visualizas se manifiesta”, o “¡Escúchalo todas las noches! Afirmaciones para el éxito, riqueza y felicidad”, o quizá una de las más absurdas: “¡Te ayudo a escribir tu novela en un mes!”. Por lo común se trata de sitios donde personas muy elocuentes y persuasivas venden fórmulas o exponen postulados que llevan al éxito, la riqueza y a lograr cuanto te propongas, en un santiamén; o bien, que sirven para encontrar la paz y felicidad a la vuelta de la esquina. Y aunque este tipo de contenido alienta millones de visitas, no es propósito de este artículo cuestionar tales prácticas más allá de lo que ya lo han hecho numerosos estudiosos de los fenómenos sociológicos, expertos que conocen la trampa del positivismo tóxico y entienden, de paso, lo fútil e inane de tales exhortaciones. Son temas hartamente tratados.

Y aun cuando se considere una disciplina con amplio espectro intelectual, la literatura, como ya vimos, no se sustrae de esa avalancha de contenidos. Y me refiero específicamente a los dirigidos a un vasto segmento de soñadores que quieren convertirse en los próximos Cortázar, Chéjov, Faulkner o Woolf. “La pregunta más estúpida que puedes hacerte es si tienes talento como escritor”, proclama con denuedo una joven escritora mexicana en su canal de YouTube, y continúa: “… la pregunta no tiene sentido porque simplemente cuando uno comienza a escribir, no tiene talento. Punto. Cuando uno empieza a tocar el piano, no tiene talento”. Las visitas a este video casi superan las cincuenta mil y, por cierto, los comentarios allí consignados celebran en su mayoría las desatinadas afirmaciones de la novel escritora: “Me ha gustado mucho tu respuesta a esa odiosa pregunta. Siempre he pensado que solo la práctica puede llevarte al éxito”, le escribe alguna de sus seguidoras.

El desatino de la visitada youtuber estriba en que desconoce, con aire envanecido, la evidente existencia del talento en la condición humana; y hago énfasis particularmente en el que se precisa para las artes (porque está claro que el talento atañe a innumerables quehaceres, como jugar al fútbol, cocinar o ser cómico. No es nada mágico, desde luego).

Pero situándonos sólo en el terreno de las artes, ¿cómo cuestionar que la pintura, la escultura, la literatura, la danza, la música, requieren talento para desarrollarse con altura y decoro? El talento nace con nosotros, viene de fábrica; por tanto, sugerir por ejemplo que Mozart no tenía talento cuando se sentó por primera vez al piano, que Caruso no lo tenía cuando inició sus clases con Vergine , o que Chéjov carecía de él cuando mojó su primera pluma, es un yerro de marca mayor, un despropósito que raya en la insensatez.

Otro reconocido blog español que imparte cursos para formar escritores, va por la misma línea y dice en una de sus publicaciones: “Lo que sucede con el talento es que tendemos a pensar que se trata de algo innato, algo con lo que uno nace, como el color de los ojos o la forma de la nariz. De acuerdo con esta idea, hay quienes nacen con talento para escribir y hay quienes no lo hacen, y si no tienes la suerte de que este don forme parte de tu ADN, poco es lo que puedes hacer. Sin embargo, esa idea, aunque extendida, no es cierta”. Según esta aseveración, tenemos la capacidad de promover en nosotros el talento que queramos, es decir, si no tenemos el talento para contar historias, podríamos forjarlo con algo de tenacidad. Incluso, al meter el tema del ADN en la discusión, se sugiere que podríamos codificarlo a nuestro antojo. Nada más disparatado.

Es concebible pensar entonces que de lo que se trata en las redes con este tipo de contenidos (no generalizo) es de vender humo, competir por likes, atraer soñadores y facturar con sus ilusiones.

Ahora bien, no es verdad que el talento baste en sí mismo, o que el hecho de que esté ínsito en nuestra naturaleza nos tenga destinados a la grandeza. A parte de nacer con talento se hacen determinantes virtudes como la disciplina, el esfuerzo, el trabajo duro para pulirlo, fortalecerlo y llevarlo al más alto nivel. Y si bien, en la carrera hacia el éxito, el talento, como se afirma por ahí, es sólo el 5% y el esfuerzo el 95, sin ese cinco por ciento esa carrera será una patética pérdida de tiempo. Acaso se perciba un discreto avance, pero sin talento nunca pasarás de un nivel pobre y mediocre. Y es que si todo se tratara meramente de tesón y disciplina, el mundo estaría lleno de Chéjovs, Mozarts, Picassos, Messis o Shakiras.

Dice otro youtuber −que se define como doctor en literatura− que para empezar a escribir no se necesita talento. En eso estoy de acuerdo, y voy más allá: De hecho en la vida para empezar a hacer cualquier cosa no se requiere talento. Puedes tomar, pongamos, un curso para iniciarte en el bel canto, para bailar ballet, para ser futbolista o escritor y dedicarte a ello, por qué no, con interés genuino. Y es que para empezar, bastan las ganas.

No obstante, el quid de la cuestión es si deseas sobresalir en esa actividad, ser el mejor, o simplemente te interesa hacerlo por entretenimiento o quizá para probar suerte. Si tu propósito, por ejemplo, es escribir sin ninguna pretensión profesional, es válido; si lo haces como catarsis, para llevar un diario personal o hacer versos que sólo leerá tu novia, entonces está bien. Pero si tu voluntad apunta a vivir de ello (o mejor, a morir por ello), a convertirte quizá en el próximo Borges, Neruda o Murakami, ciertamente el talento es una condición sine qua non para lograrlo. Los escritores consagrados lo entienden mejor que nadie. César Mallorquí, por ejemplo, lo expresa con una aguda ironía en un video en el que se le pide dar diez consejos para jóvenes escritores. Después de enumerar con contundencia los primeros nueve (leer y escribir mucho, aprender a encestar, copiar recursos de los grandes, escribir con sencillez y orden, etc.), termina con lo siguiente: “El décimo consejo es precisamente todo lo contrario de lo que acabo de decir: Prepárate a aceptar que no eres escritor. Lo importante es disfrutar de lo que uno hace, disfrutar del arte, no jorobarnos la vida, no complicarnos la existencia. Si no se puede ser escritor, hay mil cosas que se pueden hacer”.

Lo que dice Mallorquí ni más ni menos es que, aun acatando las instrucciones, sugerencias o críticas de aquellos que saben, aun invirtiendo tiempo y recursos en tutorías, talleres, cursos o universidad, es muy posible que la falta de talento te impida llegar a ser buen escritor.

Roald Dahl decía lo siguiente sobre las cualidades que debe tener un escritor de ficción: “Debe ser capaz de escribir bien. Con eso quiero decir que debe ser capaz de hacer que una escena cobre vida en la mente del lector. No todo el mundo posee esta habilidad. Es un don que sencillamente se tiene o no se tiene”.

Una experiencia personal me convenció, hace mucho tiempo, de que los seres humanos nacemos con talentos específicos:

Desde que tengo memoria me he sentido fascinado con la música. De niño, cuando volvía de la escuela (tendría unos siete años) hacía mis tareas y luego dedicaba horas a fabricar instrumentos musicales con materiales sobrantes que encontraba en la casa, trozos de manguera, cajas de galletas, carretes, palos, cosas así. Escuchaba todo tipo de música con una fijación idealista y exploraba, limitado en mis conocimientos (aunque con algo de intuición), sonidos en esos instrumentos rudimentarios. Mi sueño, entonces, era convertirme en un gran músico. Años después, en el bachillerato, busqué hacerme un hueco en la banda musical del colegio. Luego de terminar la jornada ordinaria, cuando todos se iban para sus casas, unos pocos dedicábamos otras dos o tres horas a estudiar y ensayar en el aula de música. De vuelta en casa hacía mis deberes y luego, como poseído en un rincón del altillo, escribía partituras e intentaba componer mis primeras canciones. No pocas veces mi madre tuvo que subir para ordenarme ir a la cama. Nunca di un paso atrás en ese propósito. El caso es que, pese a mi ardua dedicación de casi seis años, a mi confianza y ambición, jamás logré destacarme. Mi participación y desempeño podrían calificarse como discretos. Y fue más evidente cuando en mi último grado de secundaria llegó a la banda un chico tímido que recién iniciaba el bachillerato (yo tenía 17, él quizá 11). Sucedió que el profesor me encomendó la tarea de “iniciarlo”, de darle la primera instrucción. Para sorpresa mía, mi joven discípulo me rebasó con ventaja en un periodo de pocos meses, y no fue propiamente por mis aptitudes como tutor: el chico volaba. Su talento para la música era tan evidente, que sus progresos se dieron con una rapidez insólita. ¡Yo me había matado estudiando cerca de seis años, y un recién llegado me superaba con sólo meses de instrucción! Vaya injusticia.

De más está decir que nunca tuve un futuro promisorio en la música; pero aquel muchacho sí llegó con facilidad a las grandes ligas, además porque le sobraba disciplina.

Bueno, con todo, la vida y el tiempo me redimieron en algo. En 2017, ya entrado en años, tomé mi primer taller de creación literaria (aquí mi experiencia), y creo –no hiervo de falsa modestia– que con ingente disciplina logré en poco tiempo unas cuantas páginas válidas, numerosos relatos bien recibidos, y mejor valorados. Caso contrario el de muchos de aquellos que tomaron el taller conmigo (con quienes aún mantengo cierto contacto) que conservan, sin ambición ni esperanza, el nivel pobre de sus inicios. Sé que el talento existe, me consta. Y es imperioso descubrir si contamos con él para ser escritores, porque −como lo expresó César Mallorquí− es mejor volver los ojos a otras muchas cosas que se pueden hacer en la vida si tal carencia la advertimos a tiempo, si inferimos que la naturaleza no nos lo incorporó al nacer.

Invertir tercamente tiempo y esfuerzo en una actividad para la cual no nacimos puede devenir en una frustración inmanejable, en una sensación de fracaso que en algún momento nos lleve a sentirnos minúsculos o que, peor aún, nos induzca a vivir en una burbuja engañosa. No basta el simple gusto por la escritura si nuestro anhelo es destacarnos en ella. Este planteamiento lo desarrolla de modo magistral Max Beerbohm en el memorable cuento Enoch Soames, donde la absoluta falta de talento del protagonista (un poeta venido a menos) es patente aun cuando él pugna por conseguir el reconocimiento; tal déficit lo hunde en un estado de frustración incontenible que pronto lo llevará a un final trágico y sorprendente. Si no lo has leído, corre a buscarlo (te recomiendo Narrativabreve.com).

Si amas la literatura, y lo has intentado todo para ser buen escritor, si has invertido años y dinero en cursos y asesorías pero aun te sientes como un aprendiz al leer a Kafka, entonces deja ya el derroche innecesario de energía y disfruta de tu valiosa condición de lector. La literatura es goce en sí misma. Si no se te da compartir con decoro tus mundos inventados, siempre podrás acceder a los de muchos buenos escritores con solo abrir la tapa de alguna de sus obras.

Ahora bien, si sientes por el contrario que el acto de escribir se te da con naturalidad, que tus maestros y lectores aplauden tu trabajo, que escudriñas el mundo y la cotidianidad con una sensibilidad especial y miras de forma distinta la realidad sin poder sustraerte de las historias que a otros pasan inadvertidas, y si crees que vives al borde de la fina locura, casi de la esquizofrenia, entonces no lo dudes: tienes el talento. Aprovéchalo y entrega tu alma a ese propósito. Créeme, vale la pena.

Reynaldo Bernal Cárdenas

Leer, del mismo autor, el relato LA CURA o estos 2 MICRORRELATOS.

Imagen: BiancaVanDijk (Pixabay)

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