El cronista local | Por Pedro Menchén

Os presentamos aquí el prólogo del libro Crónica sentimental de la vida provinciana, de Pascual-Antonio Beño (Sapere Aude, Oviedo, 2024), una colección de artículos escritos entre 1956 y 2008, recopilados por el escritor Pedro Menchén, antiguo alumno y discípulo suyo y autor del prólogo, quien ha publicado diversos libros suyos póstumos en los últimos años.

EL CRONISTA LOCAL

El 11 de marzo de 1990 Pascual-Antonio Beño publicó en La Semana, el suplemento dominical del diario Lanza, de Ciudad Real, en el que colaboraba desde 1955, un artículo, titulado precisamente «El artículo periodístico», en el que decía:

¿Es el artículo periodístico un género menor dentro del campo de la literatura? Pienso que no, entre otras cosas, porque no existen jerarquías en el difícil y extenso campo de las letras.

El periodismo es efímero en cuanto a su permanencia y, como la rosa del azafrán, nace al salir el sol y muere al caer la tarde; pero, en contrapartida, llega puntualmente a mayor número de receptores que los otros géneros literarios convencionales e influye de forma más directa en el consensus de opinión de los lectores. Es cierto que, tras su multitudinaria irrupción, el artículo periodístico queda luego aparcado, como un vagón de tren en una vía muerta, en los anaqueles de las hemerotecas y en el recuerdo de los lectores, pero también es cierto que ha sido espejo cotidiano de la vida ciudadana, el mejor testimonio del presente y la gota de agua que, unida a otras muchas, ha de llegar a formar el mar de la historia contemporánea.

El artículo periodístico es como la ráfaga de la realidad de la vida, del tráfico existencial y ciudadano, que se refleja velozmente en el cristal de un autobús y que, no obstante, requiere una creatividad, una técnica y una disciplina, no menos exigente que la poesía, la narrativa o el ensayo. Exige una escritura rápida, sin sosiego para la reflexión, y la obligación de interesar a los lectores, sin otra materia prima que la realidad cotidiana, atrayéndoles desde el primer párrafo. La novela o el ensayo pueden redactarse pausadamente y sin límite de tiempo, y no es necesario atraer la atención del lector de forma tan inmediata y urgente. De hecho, una obra narrativa puede ser buena y leída sin responder al centro de interés del que la lee.

La novela, la poesía, el ensayo son como las instituciones, algo permanente y establecido. El artículo es como el golpe de estado, algo que asalta al lector sin estar preparado ni motivado para ello. Cuando lees una novela, incluso antes, ya sabes de lo que va la cosa. El artículo te sorprende como un guerrillero. A veces, ¡con qué pocos medios se cuenta para mantener la sorpresa y la atención de ese lector desconocido! Pero cuando hemos logrado hacerlo nuestro y que comparta nuestras ideas, ¡qué gran triunfo silencioso y sin recompensas! Sin recompensas porque ese destinatario, pese a haber establecido comunicación con él, nunca llegaremos a conocerlo ni podrá darnos su parecer. Debe bastarnos con saber que existe, que por unos momentos ha sentido contigo, que has sido o has intentado ser el transcriptor y el divulgador de sus pensamientos y de sus opiniones. La literatura, en general, consiste en eso: en ser portavoz de los demás, el médium a través del cual se transmiten las ideas, los sentimientos y las vivencias de aquellos que no pueden, no quieren o no saben escribir.

El artículo es el género literario de nuestra época por antonomasia y su eco llega inmediatamente al lector, sin las esperas y dilaciones temporales propias de otros géneros literarios. No se trata de un género menor, si es que nos referimos al artículo literario. ¿Pueden ser de esta opinión quienes hayan leído a Larra, a Azorín, a González Ruano, por sólo citar a unos cuantos clásicos?

Yo me siento feliz navegando por este género literario breve, sintético, avasallador como un buen cuento o un poema, aunque sea el reflejo efímero, la visión del mundo a través del cristal de un autobús o de un vagón de tren. Con él se llega rápidamente, sin largas esperas ni retenciones, a multitud de receptores. Con él, sólo con él, es posible detener y fotografiar el tiempo presente y diluirse con anónimos lectores, compartiendo su intimidad y sus intereses.

Creo que pocos han podido definir, con tan hermosas palabras, exactamente lo que es un artículo literario, por eso hemos querido comenzar con ellas esta introducción. Doce años después, el 20 de marzo de 2002, Beño publicó, en el mismo diario, una reseña precisamente sobre un libro de artículos, en la que, entre otras cosas, decía:

El artículo de prensa es tan efímero como la rosa del azafrán, símbolo cultural manchego, que nace al salir el sol y muere al caer la tarde. Los que escribimos para el periódico sentimos que nuestro trabajo sea flor de un día, que desaparezca al día siguiente de haberlo visto publicado, quedando sólo un residuo de existir, en las frías hemerotecas, que son como mausoleos de la cultura. Quisiéramos que nuestra obra permaneciese. No nos basta con que la hayan leído miles de lectores, si luego va a desaparecer. Por eso nos congratulamos con la edición del libro éste que nos ocupa, capaz de rescatar del olvido artículos de prensa, prestándoles esa perennidad literaria que siempre da el libro por modesto que éste sea. Y es que hay artículos de circunstancias, escritos rápidamente, sobre noticias puntuales y crónicas de la actualidad, pero también hay otros que son verdaderas obras literarias, intemporales, que merecen guardarse en los mejores odres. ¿Cómo no evocar a Azorín, a Ortega, a Marañón, a González Ruano, a Umbral, en la actualidad, y a tantos y tantos intelectuales que han escrito para el periódico, o a periodistas que han logrado escribir auténtica prosa de la mejor literatura… Por ello recibimos con tanto alborozo este libro.

Sí, exactamente, por eso recibimos nosotros también con tanto alborozo este libro del propio Beño, en el que se recogen sus mejores artículos literarios, escritos a lo largo de cincuenta años, ya que son, como él mismo dice «verdaderas obras literarias, intemporales, que merecen guardarse en los mejores odres». Aunque Beño, en su modestia, jamás imaginó que sus artículos acabarían formando un libro como éste. Ni lo planeó ni lo sugirió ni sospechó siquiera que a alguien se le ocurriría reunirlos y reeditarlos algún día, así que los consideraba fatalmente perdidos y olvidados «en las frías hemerotecas», lo que hubiera sido una terrible injusticia, como podrá comprobar quien los lea, ya que conforman una obra de importancia capital, no ya en el bagaje literario de su autor, sino en el ámbito de la literatura periodística de todos los tiempos de este país. Beño sí sabía, sin embargo, que yo reuniría algún día sus poesías completas, pero no sus artículos. Ni siquiera yo me lo planteé mientras vivía. Sin embargo, implicado en la labor de rescatar toda su obra póstumamente, comencé a estudiarlos cada vez con mayor atención y un día, casi por sorpresa, descubrí el talento que Beño tenía como autor de artículos y el enorme valor literario que había alcanzado en muchos de ellos, por lo que decidí seleccionar los mejores, reunirnos, copiarlos, chequearlos, cotejarlos, etc., tarea que me llevó unos dos años, y publicarlos por fin todos juntos, por más grueso que fuera el volumen: ya que componen una obra única indivisible, en la que no sobra una sola página, una obra imprescindible, a mi entender, dentro del ámbito de la narrativa periodística española del siglo XX.

Desde 1955 en que Beño aseguraba haber publicado su primer artículo (aunque él no lo encontró y nosotros tampoco), hasta 2008, cuando dio a la imprenta el último, aseguraba haber publicado en el diario Lanza «más de dos mil artículos». Quizá exageraba un poco, aunque no demasiado. Calculando que hubiera publicado uno por semana, en 50 años habrían sido unos 2.600. Pero no siempre publicó uno por semana. Durante los primeros años, como mucho, publicó uno al mes. Y durante la Transición, desde 1976 hasta 1980, debido a un distanciamiento formal que tuvo con el diario manchego, apenas publicó nada. Finalmente, en su última etapa, Lanza le rechazaba algunos artículos que no coincidían con su línea editorial, aunque Beño conseguía publicarlos después en la revista Canfali, de Valdepeñas. Sea como fuere, en este tomo se recogen solo 185 artículos: uno por cada capítulo de los 140 que lo componen, y 45 más que se añaden en las distintas adendas. Son realmente los que merecen salvarse y ser reeditados, dada su calidad literaria y su interés intrínseco en el sentido cultural, histórico-sociológico o simplemente humano.

Beño escribió más de dos mil artículos, sí, pero la mayoría eran, como él mismo dice, «artículos de circunstancias, escritos rápidamente, sobre noticias puntuales y crónicas de la actualidad», o sea: de tipo coyuntural, sobre asuntos locales, burocráticos o políticos, como, por ejemplo, la visita de un gobernador al pueblo de Argamasilla de Alba, la elección de la reina de las ferias y fiestas, la mala cosecha de la vendimia de determinado año y cosas así. También escribió sobre muchos eventos culturales, como la representación de obras de teatro en la casa de Medrano de Argamasilla, conciertos de música, presentaciones de libros, exposiciones de pintura, o reseñas, muchas reseñas de libros de poesía o de cualquier otro género de amigos y conocidos suyos, a los que trataba de halagar y de hacer publicidad en el único medio donde él tenía alguna influencia mediática. Beño escribió igualmente numerosos comentarios sobre películas, además de una serie larguísima, muy prolija, sobre la Exposición Universal de Sevilla de 1992, en la que describió, uno a uno, los estands de cada país, serie con la que se podría formar también un buen tomo. Escribió numerosos artículos sobre el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, muchos de los cuales se incluyen en este libro, y sobre Cervantes y el Cuarto Centenario de la edición del Quijote (la mayoría de ellos también incluidos aquí). Durante diez años el poeta informó puntualmente, cada primavera, sobre las Reuniones Literarias de Ruidera, relatando a lo largo de varios días todo lo que acontecía en ellas, los poetas invitados (algunos de ellos famosos) que acudían, los poemas que leían, los comentarios que se hacían y ese tipo de cosas. Eran crónicas sociales de interés cultural, de las que él mismo daría cuenta, poco antes de su muerte, en un libro con el mencionado título, publicado póstumamente en 2009. Además de eso, Beño escribió muchísimo también, durante treinta años, sobre el pintor Gregorio Prieto, a quien elogiaba desmesuradamente, ya que era muy egocéntrico y narcisista y le entrevistaba cada cierto tiempo, con cualquier excusa, para mantener viva su simpatía y su amistad. De todo ello daría cuenta igualmente en su libro Mi amistad con Gregorio Prieto, rescatado y publicado por mí en 2021. Por otro lado, Beño publicó en Lanza muchos relatos cortos y poemas, la mayoría de estos últimos fueron incluidos después en diversos libros; losrelatos, sin embargo, quedaron casi todos inéditos (en libro) y no es éste el lugar para incluirlos.

Los artículos que seleccioné son, pues, los mejores. Recogen sus reflexiones más profundas, sus motivaciones literarias y humanas más personales; son pequeños ensayos en los que realiza interesantísimos trabajos de investigación sobre grandes escritores, personajes históricos, acontecimientos sociales de interés general, yacimientos arqueológicos y muchos otros temas. Sólo son 185 artículos de los más de 2.000 que aseguraba haber publicado, pero suficientes, como es obvio, para componer un tomo de un tamaño considerable, en el que nos deja constancia de su brillante labor como articulista literario.

Hemos dividido los artículos del libro (cuyo título hubo que improvisar, ya que su autor no nos dejó indicación alguna al respecto) en dos partes. En la primera se incluyen los artículos que escribió entre 1956 y 1984, coincidiendo con los años que vivió en La Mancha, sobre todo en Argamasilla de Alba, por lo que sus temas de interés son casi siempre específicamente manchegos, algo que hoy nos puede resultar un tanto pintoresco o curioso, ya que describe un mundo y unos ambientes humanos un tanto arcaicos que desaparecieron hace tiempo. Pero eso no debe llevarnos a pensar que Beño era un autor costumbrista, aburrido o provinciano, sino todo lo contrario: los asuntos de los que habla son muy amenos y consigue despertar enseguida la curiosidad intelectual del lector debido a que su punto de vista es siempre universal y pone el foco en aspectos esenciales de la condición humana, transferibles, por tanto, a cualquier época o lugar. Sirviéndose de un pequeño pueblo manchego como excusa, Beño realiza en sus crónicas, tal vez sin él mismo ser consciente de ello, un estudio sociológico y psicológico fascinante sobre la vida provinciana española de la segunda mitad del siglo XX, y ésa podría ser una de las aportaciones más relevantes de este libro, aparte de sus innegables valores literarios.

La segunda parte del libro recoge los artículos que escribió desde finales de 1985, cuando se trasladó a Sevilla, hasta su muerte en 2008. Es entonces cuando dirige su mirada a temas más exóticos y nos habla de asuntos que no se había atrevido a tocar antes, como el sida, la homosexualidad, los problemas de la emigración, el terrorismo, las convulsiones sociales, etc. También nos habla, indirectamente, en sus reflexiones sobre literatura, de su propio drama existencial como escritor al no poder alcanzar el éxito que tanto anhelaba. Pero, básicamente, lo que a Beño más le motivaba y preocupaba era la preservación del patrimonio artístico y cultural, ya que como él mismo dijo una vez, «la historia y la tradición son para las naciones como el alma en el cuerpo». Le obsesionaba asimismo entender el sentido de la vida, las circunstancias o razones que inducen a los seres humanos a actuar de un modo o de otro, y analiza a personajes de todo tipo, como Rock Hudson o Mishima, a Lorca, a Cernuda, a Azorín, a Cervantes, a Mateo Alemán, a Fray Bartolomé de Las Casas, a Amerigo Vespucci, a Salieri, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Valdés Leal, a Rubén Darío, a Oscar Wilde, a Zafón o a cualquier autor clásico o contemporáneo, siempre con gran inteligencia y perspicacia, dedicando también su interés y su curiosidad a los asuntos propios de Andalucía, cuyas costumbres, ritos y modos de vida estudia con rara fascinación, sin olvidarse tampoco de La Mancha, adonde seguía regresando todos los veranos para pasar allí sus vacaciones, y escribiendo de manera obsesiva sobre la conservación del escaso patrimonio histórico que quedaba aún en Argamasilla de Alba, aquel pequeño pueblo blanco, cruzado por un río precioso, al que había llegado en 1959, que tanto le impresionó y del que se enamoró apasionadamente, pero que acabaría perdiendo, poco a poco, ante la desidia de sus habitantes, y a pesar de sus denodados esfuerzos por evitarlo, toda su belleza y su encanto originales, un pueblo donde se casó, donde nacieron sus hijos, donde pasó su juventud y la mejor etapa creativa de su madurez, un pueblo donde yo mismo le conocí con nueve o diez años, lo que cambiaría para siempre mi destino, o incluso su propio destino, ya que si ambos no hubiéramos coincidido en aquella escuela nacional franquista donde él daba clases a alumnos de primaria, seguramente este libro no existiría, ni el tomo con sus poesías completas, ni ninguno de los otros libros póstumos suyos que publiqué, ya que, probablemente, en tal caso, yo no habría sido escritor, no habría conocido su obra y, por lo tanto, los artículos aquí incluidos seguirían todavía arrumbados en los fríos anaqueles de una hemeroteca. Demos, pues, gracias al azar o a la providencia que unió nuestros destinos.

Al final de determinados capítulos creí conveniente añadir un anexo, que denominé «adenda», con objeto de incluir allí algún otro texto relacionado con el tema tratado, casi siempre otro artículo publicado posteriormente por su autor, que complementaba al anterior. Me pareció más interesante agrupar así tales artículos, en vez de mantenerlos separados, en estricto orden cronológico. En dichas adendas se incluyen, eventualmente, textos de otros autores, como cartas al director o alguna réplica de alguien concernido en algún debate polémico en los que Beño se vio implicado, y cosas así. Por mi parte, soy el autor de unos cuantos «post scriptum», incluidos también en dichas adendas, en los que intento aportar información extra que me parecía necesaria sobre algún asunto y cuya extensión hubiera sido excesiva para una nota a pie de página.

Una peculiaridad a tener en cuenta de los artículos que escribió Beño para el diario Lanza es que no tenían una fecha fija de entrega, ni tampoco se le exigía un cupo mínimo o máximo de palabras. Beño escribía para el periódico simplemente cuando le apetecía, cuando tenía algo que decir, algo que le motivaba y que deseaba transmitir a los lectores. Él no era el típico columnista que tiene un espacio reservado en una página concreta, un día determinado de la semana, así que no estaba obligado a escribir por escribir sobre cualquier tema para distraer a sus lectores, como es habitual en la mayoría de los columnistas profesionales contratados por los periódicos. No. Beño no era esa clase de escritor. Él sólo escribía cuando necesitaba decir algo, expresar alguna idea que de pronto le obsesionaba y que quería compartir públicamente con los demás. Por eso, cada artículo suyo tenía una extensión diferente de los otros, Algunos ocupaban un cuarto de página, otros media página, una página entera o varias páginas, si era necesario, por lo que fraccionaba los artículos y los publicaba en distintas entregas durante varios días. Beño no era un periodista disciplinado, al uso, y ni tan siquiera un colaborador de periódicos que se atuviera a cierto tipo de reglas. Él tan solo era un escritor que se servía de aquel medio para hacer llegar a los lectores rápidamente lo que quería transmitir, pues no había encontrado una editorial que publicara sus libros y no tenía otro modo de dar a conocer sus inquietudes literarias, sociales o del tipo que fueran. Por suerte, en aquel periódico le habían dado carta blanca y podía publicar todo lo que quisiera, cuando quisiera y con la extensión que quisiera. En contrapartida, se sentía obligado a colaborar como simple redactor de noticias locales para aquel medio y enviaba todo tipo de crónicas de actualidad sobre asuntos políticos, económicos, sociales, culturales, judiciales o religiosos, sin cobrar una sola peseta. Aunque a mí me confesó que empezaron a pagarle algo en los últimos tiempos, una cantidad módica, cada fin de año, o algo así. Son, pues, esos artículos que escribió a modo de compensación por los otros (los que a él le interesaban de verdad), los que hemos excluido de esta selección. Aunque, de todas formas, están disponibles para cualquiera que desee leerlos en la hemeroteca digital del diario Lanza.

En este libro hemos incluido únicamente los trabajos que él consideraba verdadera literatura, o que tienen un interés puramente humano (que para él era lo mismo), artículos escritos con la urgencia y la pasión febril que le caracterizaba cuando se sentía atrapado por una idea, un pensamiento, un sentimiento, una intuición filosófica o una emoción poética. El lector lo notará enseguida y vibrará inevitablemente con tales ideas, pensamientos, sentimientos o emociones poéticas porque Beño era así de visceral y se expresaba con el corazón, tanto o más que con la razón, y ningún lector sensible puede ser indiferente ante quien transmite tanta empatía, tanta humanidad, tanta verdad y tanta honestidad.

Beño fue, sin duda, uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Nos dejó algunos libros de versos inolvidables, como Fernando, Barro y soplo, Letreros y pintadas, La eternidad de la belleza, Erótica Amonise o Amantes de amor oscuro. Demostró su dominio de la prosa poética en un bellísimo libro de recuerdos infantiles, titulado Un rojo intenso alarmante. Asimismo, fue un magnífico dramaturgo, algo que quedará demostrado cuando publiquemos su teatro completo, y ahora descubrimos que fue también un brillante articulista. Estamos, pues, ante un escritor con grandes recursos, muy creativo y versátil, con una mirada diferente, terriblemente inquieto y vital, capaz de sorprendernos con cada palabra que escribe. Un escritor único, atípico e irrepetible, que merecería un lugar de honor en el canon de literatura española del siglo XX.

Pedro Menchén

Enero de 2024

pedro@pedromenchen.com

Editorial Sapere Aude

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  • MENCHÉN TORRES, PEDRO (Autor)

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1 comentario en «El cronista local | Por Pedro Menchén»

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