‘El encanto’ y otros microrrelatos de Manuel Pastrana Lozano

Manuel Pastrana Lozano nos envía tres microrrelatos: «El encanto», «Batman, Jack el Destripador y Gabútela» y «Motosierra y licuadora».

El  ENCANTO

Paseaba por las arenas de la playa con un bikini tan diminuto que dejaba prácticamente al descubierto sus partes más íntimas como si estuviese desnuda. Bella, joven y de cuerpo bien proporcionado, parecía no darle importancia a las miradas con que la observaban algunos playistas fascinados. De pronto se detuvo, soltó con delicadeza el cintillo que unía las partes delatera y trasera de la pequeña prenda y siguió caminando completamente desnuda. Pocos nudistas volvieron a mirarla. Había perdido  el encanto.

BATMAN,  JACK  EL  DESTRIPADOR  Y  GATÚBELA

El caballero de la noche,  Batman, el hombre murciélago, no era  la noticia esta vez, sino el carnicero de la noche, Jack el Destripador, que estaba haciendo una de las suyas: aprovechando la oscuridad y la neblina para degollar a la desprevenida Gatúbela, la compañera de Batman. Pero pronto reaparecería en el cómic para continuar su relación sentimental y sus acciones junto al justiciero y combatir a sus enemigos jurados: el Jóker y el Pingûino. No había caído muy bien entre los lectores su desaparición en la historieta. Jack el  Destripador había degollado a otra muy parecida que deambulaba por la calle vestida como ella. Así lo arreglaron.

MOTOSIERRA  Y  LICUADORA

“¡Viva la libertad, carajo!”, gritaba y repetía siempre el expresidente con la bandera de su país en su camisa de fuerza. Con frecuencia lo visitaba en el manicomio su amigo inventor multimillonario que le llevaba autos en miniatura,  siempre modelos nuevos de su impresionante colección de coches eléctricos. Jugaba con ellos y entre sus delirios estaba seguro de que estaba conduciendo uno desde su interior. El astuto multimillonario esperaba el momento oportuno para implantarle en su cerebro un chip de su invención,   que le permitiría comunicarse telepáticamente con la pequeña Lulú, su personaje animado preferido desde su niñez. Era un experimento audaz y la verdad es que no tuvo mucho éxito. El paciente empeoró de su locura, recordaba obsesivamente siempre la motosierra y la licuadora que habían sido los pilares de su programa de gobierno.  Las buscaba frenético y compulsivo todos los días en su habitación con la frustración permanente por no encontrarlas.  Debieron sacarle el chip, pero ya era tarde. “¡Viva la libertad, carajo”, fue su último grito antes de morir. La pequeña Lulú y el club de Toby asistieron a su funeral.

Manuel Pastrana Lozano

Cuentos latinoamericanos

De vuelta a casa

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