Relato de Hernando Téllez: Sangre en los jazmines

El escritor Reinaldo Bernal Cárdenas nos recomienda un relato para esta sección de Los Mejores 1001 Cuentos Literarios de la Historia: «Sangre en los jazmines», del bogotano Hernando Téllez. En esta historia corta conoceremos el caso de Pedrillo y mamá Rosa, que recibieron en su granja la visita hostil de los guardias rurales…

La pluma de Hernando Téllez (Bogotá, 1908-1966) no ha sido estimada quizá en su justa magnitud. Desde temprana edad, Téllez mostró sus dotes como periodista, colaborando y dirigiendo revistas y diarios de la época. Ejerció como cónsul de Colombia en Marsella y después fue senador de la República, pero destacó sobre todo por ser uno de los escritores más completos de los años de la violencia colombiana (fue traductor, comentarista, cuentista, ensayista y crítico literario). Sangre en los jazmines refleja su estilo conciso y diáfano, mostrando a un narrador sensible, fluido y concentrado. Este relato, con el ya ponderado Espuma y nada más, y otro puñado de narraciones cortas (Cenizas al viento y otras historias, Bogotá: Librería Mundial, 1950, 216 págs.) son de una prosa impecable, propia de un artesano del idioma. El final del cuento (la madre logra sustraer a su hijo del dolor y el sufrimiento) es, como la narración misma, intenso y desgarrador.  

Reinaldo Bernal Cárdenas

Relato corto de Hernando Téllez: Sangre en los jazmines

Cuando los guardias rurales llegaron a la granja de mamá Rosa, hacía ya una semana que Pedrillo estaba tirado en la cama, hecho una miseria de dolor y de ira. Las heridas del brazo habían tomado una escandalosa coloración de tomate maduro y el brazo abultaba hasta reventar. La infección y la fiebre devoraban a Pedrillo. Esos malditos hombres de la guardia, si lo encontraban, no lo dejarían con vida. Esto era lo de menos. ¡Si sólo lo mataran! Pero Pedrillo sabía que antes de que con él acabaran como un perro, de un disparo o de un machetazo en la nuca, bien medido, para que los huesos se quebraran y la cabeza quedara bamboleándose y fuera fácil desprenderla y ensartarla luego en un palo para llevarla a la alcaldía del pueblo como trofeo, antes de que eso ocurriera, Pedrillo sabía que ocurrirían otras cosas con él, pues ya estaban ocurriendo con los otros. Sabía que lo torturarían en la cárcel. Y también lo sabía mamá Rosa, su mamá. Esto lo atormentaba más que todo y se le aparecía como una anticipación de las torturas que, de seguro, iban a ensayar otra vez esos bárbaros si lograban pillarlo. Primero le cortarían los dedos de los pies, como a Saulo Gómez, y luego lo pondrían a caminar sobre las piedras del patio; y después, quién sabe, lo colgarían de las manos para azotarlo desnudo, mientras con las puntas de las bayonetas esos salvajes se divertirían abriéndole surcos en la carne. Y, Dios santo, pobre mamá Rosa si la obligaban a la fuerza, a puntapiés, a presenciar el espectáculo, como a la desgraciada María del Carmen Vargas, quien se había vuelto loca ahí mismo, y tuvieron que sacarla del pueblo para el manicomio. No. Él no se dejaría pillar. Él era una presa difícil.

Pero los guardias llegaron. Mamá Rosa los divisó desde la pequeña colina que daba sombra, en la tarde, a uno de los costados de la casa. Bajó corriendo para avisar a Pedrillo. El rostro de la mujer se había vuelto de ceniza, del color de ese polvillo volandero que deja el carbón de palo, ya apagado y a medio quemar, sobre los ladrillos del fogón. “Ahí vienen, ahí vienen”, dijo. Pedrillo tambaleó para levantarse de la cama. La fiebre, como un mal enemigo, trataba de doblegarlo. Pero él era un mocetón de veinticinco años, lo que se llama un mocetón, bronco y fuerte, a quien le decían Pedrillo por puro chiste, por pura gracia del contraste entre su vigor campesino y el diminutivo con que, desde siempre, lo nombraba su madre. El sucio trozo de tela que le servía de cabestrillo para el brazo herido cayó al suelo, y el brazo, al perder ese apoyo, se convirtió en una masa de dolor, inverosímilmente pesada. La cara se le contrajo en una expresión de martirio. Soltó una espantosa grosería, y mamá Rosa, con las manos temblorosas, ató de nuevo el trapo por detrás del cuello. “Aprisa, mamá, dame uno de los fusiles”. Había dos, cargados, debajo de la cama. Ella extrajo uno, lo colgó al hombre del brazo bueno de su hijo, y abrió la puerta. Entró, sin obstáculos, la claridad de la tarde y con ella, traído en el viento, el delicioso olor de los cañaverales, pues esa era una tierra de caña —dulce y de cafetos, de naranjos y de jazmines, de los cándidos jazmines que mamá Rosa cultivaba.

Pedrillo salió apoyándose en el muro de tapia pisada. Hizo un violento esfuerzo para enderezar el torso y, poco a poco, fue apresurando el paso. Mamá Rosa se quedó parada a la puerta. El sol le daba sobre los ojos de pupilas dilatadas. Parecía un personaje de cuadro al óleo, con su negra mata de pelo, partida en dos, el busto alto y palpitante bajo la tosca blusa, las manos sobre las anchas caderas, y el miedo y la amargura distribuidos sobre el rostro. Lo vio desaparecer más allá de las cañas, más allá de los cafetos, más allá de la última mancha de hierba.

Pero los guardias llegaron. Del punto en donde los vio mamá Rosa a la casa, había que contar entre cinco y ocho minutos de tiempo. Pasaron probablemente diez antes de que los tuviera a la vista, a un metro de distancia entre la puerta y la boca de los tres fusiles tendidos contra ella. Mamá Rosa alcanzó, pues, a poner todo en orden: la cama y la cocina. No movió el fusil que le había dejado Pedrillo. Apenas hizo caer un poco más contra el suelo, para disimular el arma, la descolorida manta del lecho. Lo hizo sin saber por qué, pues ella no pensaba oponer ninguna resistencia. “Si me matan, que me maten. Dios sabrá”. Tantas otras mamás Rosas habían muerto así en los últimos meses que ella no iba a ser ciertamente una novedad. Muertas estaban Carmen y la niña Luisa y la anciana Rosario, su comadre, la madrina de Pedrillo. ¿Qué importaba, pues? Y otra ventaja: mientras la mataban, los guardias le darían un poco más de tiempo a Pedrillo para huir. La muerte andaba ahora por toda la comarca con uniforme del gobierno, unas veces, y otras sin uniforme. Se mataban los unos a los otros desde hacía meses y meses. Pedrillo, como los demás, había entrado a la fiesta. Y de seguro que Pedrillo debía también unas cuantas vidas de esas con uniforme color de tierra pardusca y cinturón con balas y machete al cinto. Aquello parecía a mamá Rosa una maldición del cielo. Pero, qué diablos, nada se sacaba con lamentaciones. Ella no sabía nada de la política y cuando Pedrillo quiso explicárselo, Mamá Rosa le dijo que él anduviera bien con Dios y no se metiera en nada. Pero Pedrillo ya estaba en la danza. “Si uno no se apresura a matar, lo matan”. Algo así le dijo él. Y mamá Rosa se resignó.

Ahora ya no había nada qué hacer. Ahí estaban los guardias. “¿Pedrillo podría seguir caminando?”. “¿El dolor no terminaría por echarlo a tierra?”. “¿Y estos hombres darían con él?”. Mamá Rosa los miraba y sentía que empezaba a desfallecer. “¿Por qué no disparan?”. “Yo debía estar ya muerta”. “¡Santo Dios! ¡Santo Dios!”. Nada. Ella seguía extrañamente viva frente a las bocas de los fusiles y frente a esas tres caras nada siniestras. “Son como Pedrillo”. “Tan jóvenes como Pedrillo”. Avanzaron. “Ahora dispararán”. “Perdóname, Dios bendito”. Uno de ellos le gritó: “Vieja inmunda”, y enderezando el fusil que tomó en una mano, con la otra le golpeó el rostro. Mamá Rosa se llevó las manos a la cara y las retiró manchadas de sangre. Después sintió que sobre el costado caía, de plano, la culata del fusil. Rodó sobre el suelo y ahí contra el piso de greda, que le pareció tibio y húmedo, se le clavó, al lado del seno, la punta de una bota, una, dos, tres veces. ¡Pobre Mamá Rosa! El prodigioso dolor que se apoderó de todo su cuerpo no le impidió recordar que así había visto maltratar muchas veces por los gañanes de la comarca, a los cerdos y a los perros. Ella no era ahora más ni mejor que los cerdos o los perros.

Los tres hombres se detuvieron en el marco de la puerta. Uno de ellos gritó: “So hijo e perra, entréguese o lo matamos”. Tenían miedo de penetrar a la habitación. Pasaron unos segundos y luego se oyó una descarga. “No hay nadie, no hay nadie”, les gritó Mamá Rosa, “mátenme, mátenme”. Los hombres entraron. Y Mamá Rosa arrastrándose, los siguió. Se volvieron para mirarla. Y el que parecía más enardecido apuntó al cuerpo de Mamá Rosa. “Cuidado con la vieja. Ella sabe para dónde se ha ido”, dijo otro. Y entonces, se oyó, afuera, a la distancia, un tiro de fusil. Los tres guardas se precipitaron fuera de la habitación, con el arma al brazo. Mamá Rosa empezaba a desvanecerse, pero entre la niebla de la conciencia le pareció que una nueva detonación sonaba, más próxima, menos distante. “Es Pedrillo”, pensó. Y la cabeza, con su negra mata de pelo partida en dos y ahora ensangrentada, se doblegó sobre el suelo.

Pero los guardias volvieron. Cuando Mamá Rosa recuperó el sentido y pudo otra vez incorporarse, le pareció que Dios no era completamente justo con ella, pues le permitía vivir para ver lo que estaba viendo: Pedrillo había sido cazado por los guardias —él debía haber disparado al aire para llamarles la atención y salvarla a ella— y ahí, en el naranjo que adornaba la minúscula huerta, fronteriza a la puerta de entrada, estaba colgado de las manos, como un cuero de res, las espaldas desnudas, desgarradas y sanguinolentas. El grito de Mamá Rosa hizo volver la cara a los tres guardias. “Esto era lo que se merecía el hijo e perra. Y todavía falta, vieja p…”, aulló el que estaba restregando contra la rala hierba el cinturón manchado de rojo. Mamá Rosa veía brillar al sol de media tarde, como una llaga, esa dura espalda maciza del gigante Pedrillo que de su vientre había salido una noche, frágil y pequeñito. Ahí estaba Pedrillo, peor que un perro apaleado. “Y que Dios me perdone: como Cristo”. Sus propios dolores se le olvidaron a Mamá Rosa. Ya no sentía su cuerpo, sino el cuerpo de Pedrillo. Era como si esa espalda fuera su propia carne. No. no eran sus dolores sino los dolores de Pedrillo que en ella resonaban, repercutían y desollaban la carne y el alma. Pobre Mamá Rosa con su linda mata de pelo oscuro, partida en dos, con su cabeza bíblica de madre campesina donde ahora se hundían unas manos desesperadas y trágicas. “Y todavía falta vieja p…”, volvió a aullar la voz del guardia, quien, al mismo tiempo, arranco al aire una queja con el látigo antes de dejarlo caer una y otra vez sobre la espalda. Se oyó un quejido como de animal a punto de morir, un lamento sordo y elemental que parecía llegar desde el fondo último de la Vida, desde el abismo visceral de la existencia. “Y todavía falta…”, rugió de nuevo la voz.

Mamá Rosa comprendió que ella también, como Pedrillo, estaba muriéndose. Y que iba a caer de nuevo, sobre el suelo. “Virgen de los Dolores, ayúdame”. El pecho se le rompió en sollozos. Otra vez sonaban los latigazos. “Miserables, miserables, debían matarlo más bien”. Y Mamá Rosa recordó entonces que allí, debajo de la cama, estaba el otro fusil de Pedrillo. Sí. La Virgen de los Dolores la había oído.

El primer disparo hizo un impacto imperfecto y levantó un trozo de corteza del árbol. Pero el segundo penetró en la carne martirizada y sangrante de la espalda, ahuyentando para siempre el dolor y la vida. Mamá Rosa se desplomó sobre el piso con el fusil entre las manos. Ahí quedaba con la cabeza sobre la tierra. Una cabeza como para un cuadro, con su mata de pelo negro, partida en dos.

Hernando Téllez

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