UN MUNDO DIFERENTE | Cuento de Rafael Garcés Robles

Isabel abrió sus ojos con tanta pesadez en sus párpados que suponía no haberlos abierto en muchísimo tiempo, que de inmediato volvió a cerrarlos, presintiendo que estaba en un lugar de plácida paz y tranquilidad para un largo descansar. Al volver a abrirlos, miró la longitud de su cuerpo, estaba rígido envuelto en sábanas blancas y su trasluz mostraba el vestido que lució en su fiesta de quinceañera. Sin sorprenderse, al querer mirar el anillo que su padre le regaló, vio que su mano derecha traspasó las sábanas sin tocarlas ni moverlas, lo mismo sucedió con su otra mano y con sus pies en un juego de profunda liberación.

Ese sosegado lugar para Isabel se tornó en celestial; sentía estar de la mano de un ser divino; escuchaba cánticos de ángeles, y aprendió a caminar sobre topos de nubes púrpuras que incitaban a la calma, a la meditación y al amor. Pero siempre volvía a ese cuerpo donde se refugiaba en un profundo descanso, en un reposo que desconocía al hastío.

En uno de esos momentos ajenos a los días, donde las horas no existen y donde se desconoce el tiempo, Isabel percibió en la bóveda continua las ondulaciones de un alma nueva que tendría aún la pesadez en sus párpados, en ese despertar a la inmortalidad. Ella con su mano etérea corrió el manto del muro que los separaba, era un hombre de barba espesa, envuelto en sábanas blancas y diáfanas que no ocultaban su frac y su corbatín negro. Isabel con prudencia corrió nuevamente el manto del muro, sin embargo, volvió a destaparlo, una rara energía le dijo que aquel ser, era conocido para ella. Tras acercarse y escudriñar a aquel rostro, se encontró con Gabriel, el vecino de enfrente, el esposo de Conchita: esa odiosa mujer que siempre la había detestado y, nunca permitió que Gabriel le dirigiera la palabra ni para un insignificante saludo.

“Si no sé qué pasa conmigo, menos podré saber qué sucede con Gabriel. Lo maravilloso es que somos dos en este paraíso, él es un apuesto hombre que siempre he admirado para tenerlo ahora por los siglos”, fueron las palabras que revoletearon con la tenue brisa que le hablaba. Mientras, el inmaterial cuerpo de Isabel voló por coloridos y gloriosos bosques donde la soledad nunca llega, sólo llega el sublime amor y el abrazo del reposo.

Isabel se deslizó por un camino bordeado por los colores del arco iris, hasta llegar a su aposento. Corrió el velo del muro y se encontró con la mirada descontrolada de Gabriel, sin reconocerla le preguntó con su silencio:

“¿Dónde estoy?”

“Donde te acompaña el sosiego”, le respondió Isabel con el mismo mutismo.

Cuando ella puso su mano en su frente intangible, él con una sutil sonrisa le expresó con su voz insonora:

 “Gracias, Isabel”.

Los dos caminaron levitando por los caminos que se abrían a sus pasos y por jardines que titilaban ofreciendo una gama de infinitos colores. Pronto, se vieron volando sobre ese edén, con acrobacias que convirtieron en juegos hasta descubrir que sus cuerpos abstractos se traspasaban, lo cual avivó sus emociones:

“Estamos en la gloria”, se decían en el idioma de las sonrisas diamantinas.

Al volver a sus moradas, Gabriel intentó expresarle algo a Isabel, pero el mensaje fue bloqueado de inmediato, al contrario, Isabel le remitió un aviso anunciando que lo visitaría. En la paz del olimpo, el rostro de Gabriel fue cubierto lentamente por una cabellera que le advertía la esencia de Isabel; sus mejillas invisibles se rozaron suavemente; sus labios ligeramente entreabiertos, se unieron en un beso sutil, tenue, dulce; ella entrelazó su mano con la mano izquierda de Gabriel, él, con ternura la acercó a su corazón; sus otras manos abrazaron sus impalpables cuerpos, aferrándose con el ímpetu del cariño, de la terneza y de la delicadeza; lo enterneció sentir en esa ensoñación, una leve fricción del píe de Isabel sobre su rodilla.

“¿Cómo se siente este amor sutil, si ausentes están el cuerpo y el corazón?”, se preguntó Gabriel sin encontrar respuesta.

“Este es el amor puro y real que trasciende, y sólo se siente en este mundo hecho para ti y para mí”. le respondió Isabela, mientras su cuerpo se evaporaba entre las luces del aura.

Gabriel intentó asirla, detenerla, pero no pudo, los gritos cotidianos de su madre en las mañanas para despertarla, volvieron a Isabel a la realidad de esta vida y de sus quehaceres, y lejos muy lejos de ese bello sueño. Ella se levantó con prontitud, corrió la cortina del ventanal para mirar la casa de Gabriel, él, pareciese esperarla; se miraron sonrientes como queriendo continuar el sueño, él le guiñó el ojo y, con el lenguaje gestual de sus manos y de sus dedos, le dijo:

 “Nos vemos a las once de la noche, me esperas”.

Al bajar Isabel al comedor para desayunar con sus padres, los encontró consternados, afligidos:

–¿Qué sucede? ¿Cuál es la tragedia? –preguntó alarmada.

Su madre sollozando y con voz entrecortada, le respondió:    

–¡ Anoche, a las once de la noche, un infarto mató a nuestro vecino Gabriel!

Rafael Garcés Robles

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