A propósito del yo-mismo en la vinculación con los otros (Javier Santos Rodríguez)

Nuestro colaborador Javier Santos Rodríguez cambia en esta ocasión de género, y deja momentáneamente el relato corto para ofrecernos un breve ensayo filosófico: «A propósito del yo-mismo en la vinculación con los otros».

INTRODUCCIÓN: la pregunta filosófica

Tener una filosofía. Qué se dice o qué se puede intuir de la expresión “tener una filosofía”.

Algunos utilizan el término “filosofía” extensivamente, al referirse a una modalidad vaga y anterior frente al trabajo de pensar la vida o las bases de una institución por caso. Por ejemplo, en el paquete de yerba que abrí recién dice: Establecimiento Las Marías. Un lugar. Una familia. Una filosofía.

Es claro que no es lo mismo decir “la filosofía”, así, a secas, que manifestar: tener-una-filosofía. Una filosofía ya delata un tipo de actitud preexistente al quehacer humano, en este caso la fabricación de yerba mate.

Puede relacionarse con una ley o institución tradicional, a un emblema acerca de esta particular forma de hacer la yerba o a una pretensión, al menos gráfica, de cierta importancia o prestigio del producto y de la producción. Pero “una filosofía” tiene que ver más con una postura frente a la realidad y su pretensión potencial para con ella: es algo virtual, sin concreción, que redunda en leyes del cómo-hacer, de una conducta pautada.

Más allá del uso de marketing que podamos reconocer en esa expresión, entendemos que se la está usando además con ese propósito al menos parcial de procurar un significado y un sentido especial, ya no tanto de conocimiento, de saber o de práctica, y sí, en cambio, más que nada, de actitud; en definitiva, como modo de presentación o manera de pararse frente las cosas antes de cualquier acción, es decir: una mirada.

Podemos entonces definir nuestra acepción de trinomio “tener-una-filosofía” como una mirada que condiciona después una conducta y su quehacer, que legisla ese quehacer y que está antes y al borde de cualquier actividad. No ya una razón o un conocimiento, no un logos, ni siquiera un discurso o una práctica. Es, en cambio, una manera de ver o mirar, de sopesar la realidad, de estar condicionados o supeditados a una idea de mundo, a un paradigma.

Nadie que se pretenda libre y filósofo podría tener una filosofía sin tratar de desmantelarla. Llamamos filósofo a quien justamente construye y hace su quehacer filosófico librando batallas contra la tradición del sentido común aunque eventualmente parta de una mirada de mundo. Tener una filosofía significa estar justamente agarrado, asido, a una forma preexistente al milagro de pensar, una forma que no es libre, que no dice nada nuevo, que no establece un pensamiento crítico, de análisis ni un trabajo filosófico.

Tener una filosofía es lo contrario de filosofar. Porque filosofar es una actividad que recién comienza a partir de la pérdida. Del no tener, de haber perdido el piso seguro y la tranquilidad de tener una filosofía.

BASES: la otra pregunta

¿Quién es?, sale a la luz la pregunta del mismo modo que tantas otras veces aparece la siguiente: ¿quién soy? 

La primera es si no una búsqueda por una definición de un sujeto, al menos sí un intento de identidad o de reconocimiento frente a los otros: quién es Juan, quién es Lautaro, quién Marianela. 

El sujeto en tanto objeto de conocimiento tiene en principio dos exégesis. La primera es exterior, ajena, social, intersubjetiva, muchas veces con miras hacia la objetivación. La segunda –quién soy– aborda el interior, es reflexiva, propia, íntima, personal, subjetiva. La una y la otra muchas veces no coinciden, y esto es causa de cierta alienación o en todo caso de dos maneras de verdad o interpretaciones acerca de esa identidad o ese reconocerse.

Pero demos un paso hacia atrás, encontrémonos con una pregunta anterior. ¿Quién es el Hombre? Radicalmente es una cuestión filosófica o antropológica, pero si se mira bien, también puede ser regida desde la sociología y la psicología. Podemos cribar la cuestión desde varios ángulos de análisis. ¿Cuánto de lo social moldea lo individual? Y cuánto hay de singular en cada quién, ¿es posible que haya un universal? 

Lo antropológico se ajusta aparentemente a la totalidad de los sujetos, es el lenguaje, lo simbólico, lo racional, también la característica cuasi genética al gregarismo está inscripta en el hombre; así como lo sociológico es lo impuesto desde fuera por una comunidad y un código o convención. 

La psicología entretanto es precisamente lo que atañe al interior de la persona, al yo individual pero desde el lado objetivable, contaminado de lo social y de lo universal, y en tanto ciencia busca patrones, una generalidad, algo muy distinto a la psique singular y subjetiva del sujeto.

Además, somos seres atravesados por la cultura, por la Historia. 

La pregunta es entonces ¿podemos discernir acaso aquella sustancia o rasgos esenciales a nuestra persona individual, a nuestro yo singular? Cómo definirme yo, cómo te podés definir vos, si estamos teñidos de lo social, lo cultural y de la Historia; de la psicología que se pretende ciencia, de la antropología que busca universales.

De alguna manera debe haber notas individuales en cada uno de nosotros, ya sea desde nuestra propia percepción y reflexión, ya, por el contrario, a través de la mirada ajena. Existe, a propósito de la percepción y de la lógica, el principio de identidad y de no contradicción. Nadie es igual a nadie. Y por tanto eso ya es un comienzo evidente desde donde podemos distinguir A de no A, Juan de Patricio. 

Estamos por principio distinguiendo a ojos vistas dos cuerpos humanos diferentes, en un uso espacial y temporal distintos. Además, cada cual tiene una historia personal que si bien puede participar de la Historia social común, difiere de un sujeto a otro. Las experiencias de vida en cada uno son disímiles o comunes en mayor o menor grado, pero pertenecen solamente a cada cual.

Cómo interpretar lo universal o lo singular de cada uno. Hasta donde uno es un ser humano y hasta dónde se es simplemente quién se es: Juan, Patricio, Marianela o Fulanito.

Si pensáramos con el existencialismo que uno existe y luego es, estaríamos más ligados a la concepción nominalista donde no hay una esencia universal que nos defina, sino que somos y vamos siendo cada quien su propia entidad, una singularísima esencia. 

Las notas propias extraíbles de mi condición que pueden compararse con el resto de la humanidad no son sino características comunes o similares al resto de los seres humanos, pero eso no define mi yo, mi yo Javier, mi yo-mismo.

Lo común no es lo esencial, lo singular, dado que se repite en el resto de los sujetos. También es dable observar que sin esencia individual la libertad sería pura fantasía. Estaríamos determinados, subyugados a una esencia conjunta, seríamos no ya nosotros mismos sino una coordenada antropo-psico-bio-histórico-socio-cultural. Nuestra identidad se definiría por medio de una serie de fenómenos ajenos a nosotros mismos, seríamos una grupo de condiciones exteriores barajadas por el azar. Es decir que un contexto definiría nuestra conducta y nuestras ideas y nuestros deseos. 

El error de la actualidad es reducir el sujeto, la persona a ese conjunto de fenómenos, creer que se puede predecir la conducta de un individuo si se conoce fríamente su contexto. 

Es ahí cuando cabe afirmar que existe el concepto de excepción y de minoría. Refiero aquí al término minoría en su aspecto cualitativo, no así en su forma cuantitativa (cantidad o porcentaje). Y dentro de este rasgo, lo conceptualizo en dos variantes claves, en tanto fracción social y en tanto condición existencial subjetiva, diferente y única en sí.

Minoría es aquella porción de la sociedad que sufre algún tipo de marginación, desplazamiento, que no responde a la norma general y que no está contemplada en los estudios sociológicos clásicos. Pero refiero también minoría por lo tanto al aspecto de singularización, de excepción, de univocidad y de pertenencia a una sola subjetividad que derrama cada existencia humana por ser especial e irrepetible. Cada hombre, cada mujer, cada niño, es una minoría en sí misma dada su especificidad, su conducta singular, su personalidad distintiva, aquellos rasgos que le pertenecen sólo al sujeto de carne y hueso y lo diferencian del conjunto como tal.  

Por eso soy minoría en tanto que soy yo mismo y en tanto también me considero parte de una minoría. Porque si todos y cada uno fuera capaz de encontrar en sí mismo aquellas cuestiones que nos separan de lo gregario, de la masa social informe, tal vez nos daríamos cuenta que cada uno es cada uno, singular, complejo y diferente: persona. Que la sociedad no solo es un todo, sino también una suma de propios individuos. 

PROBLEMÁTICA: SOLEDAD EN SOCIEDAD y viceversa

Antes era pudoroso contar la intimidad y la vida cotidiana a gran cantidad de personas; hoy parece ser que ya no es tan difícil ni tan desubicado dejarnos al descubierto. 

Heráclito lo supo. Así como nadie se baña en el mismo río dos veces, las efemérides, comidas, reuniones, éxitos y fracasos, la vida misma se sucede entre los usuarios de las redes cada vez con menos tapujos que antes. O el mundo es otro, o nosotros somos menos tímidos, o las dos cosas a la vez. 

Lo cierto es que antes publicaban solo los periodistas, los escritores, los famosos (fotos), los que tenían de alguna manera cierto poder o influencia; ahora, pienso, al democratizar relativamente el asunto y en eso de hacerlo más justo y más para todos, nos desinhibimos, nos animamos, en teoría parecemos más nosotros mismos.

Ya no es la revista Gente o el diario La Razón; ya no es Crónica o Diario Popular. Somos nosotros mismos los que de alguna manera protagonizamos el mundo con nuestros relatos. Ni los famosos ni los escritores son ahora representación del mundo en que vivimos. La televisión no es marca o estilo de vida de ningún tipo. Somos nosotros los que hablamos. 

La televisión ya no es modelo, y en cierto sentido la caja boba dejó de tener control sobre las masas.

Sin embargo el control de la opinión pública está supeditado a determinado poder, es parte de proteger el sistema tal y como está, reprimiendo las ideas “desajustadas” para que el mundo se haga previsible y conocido, para que el mundo siga siendo una caja boba. Fácil de estudiar… y de manipular.

Pero pasemos ahora a pensar qué ocurre hoy, quién maneja o controla en realidad la opinión pública por caso. ¿Somos realmente más libres o hay alguna otra caja boba que busca empoderarse?

Cada día me convenzo más en la idea de que nadie dice lo que piensa o lo que siente de verdad en esta sociedad bipartita de entre rojos y amarillos. Y con razón: nadie toma partido por sí mismo, por lo que cree la razón, la justicia, la verdad, so pena de soledad, antes de haber delegado su opinión a un grupo mayoritario y partidista.

El control social ya no depende de una censura externa, de una policía de ideas en televisión o en la calle, sino de una autolimitación personal que nos marca y alinea la conducta verbal y de pensamiento con la del conjunto parte, la corriente mayoritaria de lo concebido como correcto, de un lado o del otro. En un mundo de redes sociales, el riesgo es la soledad.

Se intenta, por eso, una homologación sustituta a nuestras subjetividades particulares que hable y cante por todos nosotros, evitando así confrontación y crítica, discusión y disidencia. Y en eso se licúa la autenticidad de cada uno dejando lugar a la voz del partido. Solo algunos valientes hablan con su cabeza y su corazón, logrando muchas veces quedar solos, dolidos -injustamente- debido al acoso de las masas. 

Solos pero libres, auténticos pero solos. Aquellos que no son finalmente ni de A ni de B, ni blanco ni negro. Aquellos a quienes la sociedad no puede catalogarlos en un lado o en el otro, con el riesgo de ser condenados por unos y por otros.

Se instala el miedo generalizado, a la violencia verbal, a la hostilidad, al vacío o el silenciamiento no ya a determinada idea que pueda estar errada o no, sino miedo al prejuicio o juicio que recae sobre el autor que la profiere o la profesa. 

Dado que la condena no es hacia una idea nomás, sino que está dirigida malamente hacia un sujeto (una persona), no importa lo que haya pensado o dicho antes en su pasado ni lo que intentará decir después. El sujeto queda irónicamente sujetado y signado para siempre a un entendido error para la sociedad de un momento. En un incorrecto lugar político. Solo.

Ahí aparece el concepto de lo políticamente bien, lo cool, lo bobo, o lo que la mayoría juzga como correcto, cuya corrección depende más de la cantidad de voces a su favor que de la propia consigna. Las falacias pueden ser validadas por la cantidad de gente que las promulga. Más allá del bien, más allá del mal.

Nadie publica una idea que no esté a tono con determinados patrones autoritarios y masivos. Quien arriesga a decir algo nuevo o una verdad y se ata al mástil de una crítica genuina, tiene que tener cierta cintura para expresar lo que busca decir sin ser mitigado por la vara social y terrible.

Alzar la voz a favor de una consigna que no repara en la complejidad de lo que representa, evocar ciertos valores “sin tacha” que son ciegos a los grises y a las excepciones; ser en definitiva reduccionista, simplista, dogmático y dejarse llevar por una corriente social sin darle lugar a la crítica personal y auténtica, más condicionados por el qué dirán que por la razón o la verdad, todo eso resulta inútil, infructuoso y parte del circo.

El pensamiento crítico no es de izquierda ni de derecha. El pensamiento crítico es justamente el que tiene la capacidad de cribar los fenómenos sociales y distinguir entre la paja y el trigo.

Pienso que la sociedad argentina está dividida en trágicos dos fascismos, dos cajas bobas. Quienes pueden ver lo totalitario de un lado y del otro corren el riesgo de perder amistades si hablan con la cabeza y el corazón.

SOMOS: los rostros del yo, la automirada

Toda autobiografía o autorreferencialidad, la que fuera, la que se nos ocurra: ya sea desde nuestro diario íntimo, desde nuestro CV, desde nuestro sitio en LinkedIn, Fb o Instagram, por ejemplo, o simplemente nuestros recuerdos de vida contados a nuestros nietos de forma oral y exquisita, deben permanecer atentos al acto de mostrar y esconder, simultáneamente. 

La memoria, como género, nos disfraza más de lo que nos desnuda. Contamos las cosas no como testigos imparciales de nuestra vida, sino como protagonistas auspiciantes de ella. Lógico debe ser que no queramos desnudar del todo nuestra alma o, al contrario, que nos empeñemos en maquillarla para sacarla a escena. Buscamos en realidad mostrarnos de costado, ocultando aquel perfil menos agraciado a la mirada de los otros. 

Nadie cuenta aquello de lo que está avergonzado, es natural. Primero, porque esa candidez nos llevaría a exponernos frente a la crueldad de los demás, la insensibilidad y la indiferencia de muchos, a la implacable condenación de los otros (el perdón es un acto divino que raras veces suele ser humano, dice Fito). Segundo, porque si hay algo de malo en nosotros, mezquindades, egoísmos o incluso defectos inocentes que nada hacen a la cosa, no nos lo perdonamos tampoco. 

Estamos acostumbrados a no perdonar, a no pedir perdón e incluso a no perdonarnos a nosotros mismos. Por eso siempre ocultamos algo. Por orgullo o por miedo o por el qué dirán. Y lo que contamos, es verdaderamente un perfil, una parte edulcorada. Somos nosotros, sí, pero maquillándonos, haciendo el mejor protagónico que nos sale, la mejor versión. Aquel que les sienta bien a los demás o aquel que creemos es el mejor para nuestros padres o para nuestros hijos, aquel que mejor luce o aquel que creemos es nuestro mejor yo. 

Aun así estamos empero diciendo algo de nuestra verdad, sin falsearla. Podemos hablar por nosotros de ese modo y decir sin mentir que fuimos y somos guerreros batiéndonos por amor a nuestra vida, distintos de mediocres seres humanos a la deriva de la existencia. Es válido, sí, penetrar en la cotidianeidad y maquillarla; porque nos hace bien, porque nos da salud y autoestima, porque nos convierte en héroes de nuestras propias vicisitudes, que pueden ser ni gigantes ni tratarse de hazañas perfectas, pero que, transformadas, dan luz y color a los detalles, consiguiendo así un relato y un sentido. Es que la literatura ronda también por la vida, en el contar de nuestras pequeñas cosas, en lo simple, en como nos maquillamos para los demás. 

La historia personal, es cierto, quizá pueda ser luminosa u oscura dependiendo de cuál de nosotros, de qué perfil, la cuenta, y esto según nuestra situación anímica de momento. A veces con el perfil de los triunfadores, a veces con el de los abatidos. Uno aparentemente agraciado, exitoso, triunfante; y otro que no solemos perdonar, el de quien a pesar de su esfuerzo fracasó, el que a pesar de todos su trabajo no llega a tiempo o no puede alcanzar sus sueños porque la suerte no le ha tocado hasta hoy, o porque tal vez no se tenga talento suficiente o no sea reconocido por el mundo del éxito y el mercado furioso, cruel muchas veces, exacerbadamente indiferente al dolor humano. Todos tenemos dos rostros.

 Cuando escribo sobre mí trato de anidar en una sola mis dos caras, estos dos perfiles. Yo puedo decir que mis pequeñas alegrías pero también mis pequeños fracasos son parte y materia de mi arte en gestación, todo puede ser usado para la belleza, incluso la tristeza, incluso la enfermedad, la muerte. Estas me sirven también para expresar algo, por chiquito que sea. Y trato en ello que mi perfil agraciado y mi perfil oscuro trabajen a la par. Para perdonarme, para lograr una unidad de amor en mí y con los demás. Y así todo creo que me maquillo. Pero la cosa no queda ahí.

Tal vez sea válido hablar ahora de las sombras, aquellas imágenes que no son parte de ningún perfil ni de ninguna parte de ningún rostro pero que por extensión pueden hablar de uno de una manera extraña, figuras contra un muro, imagen negra en medio de la luz que puede insinuar tu cara entera pero desconociendo su cuerpo estricto, su expresión más genuina. La sombra ya no es un perfil ciego, es una proyección variable que puede hablar de nosotros de forma larga, escandalosa, acaso chiquita y breve también, con la posibilidad de desaparecer cuando la luz de una lamparita decídase apagar a través de un interruptor. Es cuasi una caricatura e hipérbole, subestimando o sobrestimándonos.

Recordar a Peter Pan y su afán de reencontrarse con su sombra. Es cierto, la sombra puede tener su independencia según como sea la luz, desde donde nos apunte, sobre qué superficie se proyecte, etc. ¿Habrá en nuestro yo personal, en nuestro carácter, alguna desacatada sombra independentista? 

Freud hablaba del inconsciente, esa parte cuasi independiente de nosotros mismos que de vez en cuando se manda un furcio. Quizás nuestra sombra y nuestra cara se necesiten en colaboración mutua para armar nuestra imagen completa, nuestra autopercepción acerca de justamente quienes somos. Caras y sombras. Pero esto no termina aquí.

Ya hablamos de perfiles, caras y sombras. Bien. ¿Y si damos un paso más? ¿Qué podría estar faltándonos para completar este cuadro? La imaginación, la fantasía sobre nuestro futuro. Proyectamos no solo nuestro presente en forma de cara, perfil o de sombra. Tenemos nuestro deber-ser, nuestro valor, nuestra forma de porvenir y nuestros deseos. Y ahí corre no lo que somos sino lo que queremos ser. Parte importante de nuestro yo. Sin imaginación, sin fantasía, sin literatura, es imposible construir un futuro. Y así como el pasado es importante, así como el presente nos pertenece y nos legitima, el futuro, nuestro deseo y deber tienen que estar también traccionando en nuestros rostros. 

Aunque no lo seamos todavía, aunque sea proyecto hacia un mañana que no existe aún, es debido a los sueños y las fantasías donde el arquitecto de nuestra vida puede construir historia. 

Javier Santos Rodríguez

Imagen destacada del post: geralt (Pixabay)

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