Relato de Javier Santos Rodríguez: La hija del Diablo

Amanda se detuvo en la esquina, esperó el semáforo y cruzó Avenida Figueroa Alcorta animosamente, con paso decidido; la amistad de una brisa cálida contra su cara la llevó a recordar mientras la cebra se marchaba detrás de sus tacones. El edificio de Bellas Artes la esperaba del otro lado de la avenida.

Aquel había sido el verano más tórrido y feliz de su infancia, la vez que conoció a Rebecca Faustina Schulsz. 

Se recordó mojándose a cada rato con la manguera en el patio del herrero, o en la pelopincho, tratando de controlar la sensación térmica con un agua de pozo medio blancuzca con olor a barro. Todavía hoy faltaba red de agua corriente en algunos barrios de Merlo.

La señora Rosa, madre de Amanda, desde el primero de diciembre de aquel año, después de conseguir trabajo en la oficina de correos en la Capital, tuvo que arreglar con los Schulsz para que cuidaran de su hija. Durante todo ese verano, caluroso como ninguno, Amanda pasaría una gran cantidad de horas al amparo de la familia Schulsz, jugando con Rebecca y aprendiendo de ella.

El padre de Rebecca era el polaco de la cuadra. Sus manos de artesano siempre estaban negras y ocupadas, soldando o trabajando con el torno y la fresa en el taller para distintos encargos; y en esa piel curtida no podía dejar de llevar las marcas del tiempo, huellas y virutas de hierro entre sus pliegues y sus arrugas. Tenía un aspecto singular, hombre ceniciento con los pelos colorados. Algunos le decían Cardenal —también Lucifer— aunque no supiese silbar como el pajarito.

En cambio la madre, doña Amancay, de ascendencia pampa, mestiza entre una mujer siria y un cacique tehuelche o mapuche, tenía la piel oscura y brillante como la del tordo; azulina como las noches de luna llena. No le gustaba que le dijesen Loba o Lobisona, pero prefería esos apodos al de India. Era modista y también sabía manejar el telar y hacer tapices. Con sus manos finas y delicadas trabajaba en la casa, en un cuarto al fondo, pegado al taller de don Schulsz.

Rebecca era seis años mayor que Amanda. Y Amanda hizo de ella más que una hermana postiza un modelo de mujer. Rebecca, con apenas dieciséis años de edad, era una excelente pintora. Sabían sus padres que la esperaba dentro de no mucho la Escuela de Bellas Artes o algo parecido. Amanda, cuando no estaba en el patio refrescándose con el agua o debajo de la parra, buscaba la compañía de su amiga en el galpón de los cachivaches donde pasaban varias horas a solas.

Siempre la encontraba concentrada frente a un atril y un lienzo; paisajes bucólicos, bosques, prados con flores se debatían desde sus manos manchadas como un arcoíris; su  mano izquierda, para sorpresa de muchos, era su mano hábil. Una vuelta emprendió la osadía de pintar el Infierno valiéndose de ilustraciones de un ejemplar de La Divina Comedia que rondaba por la casa.

Amanda la observaba con deleite, las manchas de óleo en la piel, ese perfil de artista, esas incipientes curvas que marcaban el vestido fucsia, todo le parecía exótico, atractivo.  Rebecca tampoco tenía hermana alguna, por lo que Amanda fue para ella más que una amiga, una niñita inocente a quien dedicarle tiempo.

Cuando Rebecca no pintaba, le enseñaba a Amanda. Pero Amanda no era tan buena para eso. Sin embargo, le gustaba escribir pequeños poemas indecisos e inmaduros todavía, pero que, conociendo la evolución de las obras de Rebecca, los llenaría de belleza y soltura más adelante. Rebecca sería su Beatriz y ella, Amanda el mismo Dante por ese purgatorio veraniego. Se había formado una sociedad implícita, una relación que Amanda pensó para siempre.

Pero unos días antes de que se acabara el verano, el matrimonio Schulsz encontró la oportunidad de viajar a Europa y radicarse. Rebecca tendría que estudiar allá. Y doña Rosa averiguó una escuela de doble jornada para Amanda. Las golondrinas regresarían camino al norte, los plátanos perderían sus hojas, el verano se daba por terminado y las lágrimas de Amanda arderían sus mejillas.

Antes de despedirse, Rebecca le obsequió unos cuadros a su amiga, que colgó en las paredes de su dormitorio, con una mezcla de felicidad y de tristeza. Amanda lloró muchos días la distancia que separaría esa sociedad que se había forjado.

Al mes Rebecca ya le estaba enviando la primera de las cartas. Empezó así una relación epistolar que duró años. Amanda fue mejorando sus poemas mientras Rebecca se convertía poco a poco en una artista reconocida.

Con el tiempo, la oportunidad del reencuentro entre la poeta y la artista plástica fue llegando a Buenos Aires.

La última carta de Rebecca decía que expondría en Bellas Artes una serie de pinturas al óleo en las que había trabajado la última temporada. La temática de la exposición era sobre pájaros.

Amanda reconoció en esta última comunicación que el manuscrito, la letra cursiva de Rebecca, su caligrafía, estaba mucho más firme y elegante que en las otras cartas. Amanda entonces pensó que Rebecca debía sentirse bien segura, con el carácter necesario para darse a conocer al mundo entero.

Los tacones de Amanda ahora subían las escalinatas de la fachada de Bellas Artes.  Cuando vio apoyada a Rebecca sobre el pórtico, la efusividad de Amanda se enroscó en un abrazo que no dejaba lugar a otra cosa que al mismísimo amor. Un amor incontrolable. Las palomas de alrededor salieron a bailar en el aire.

Rebecca recibió su gesto pero algo no estaba en su lugar. Un rictus, un desplazamiento en lo esperado, una energía desigual, desató una diferencia sustancial entre ellas. Por un momento sintió un silencio estremecedor.

Algo había cambiado, y esa extrañeza Amanda la percibió enseguida.

Quiso ignorarla, disimuló el desengaño. Amanda se repuso un poco y la invitó a tomar un café. Fueron juntas a una esquina de Recoleta para hablar. Las palomas acompañaron su momento.

Amanda la estudió con detenimiento. Creía recordar el color de los ojos de Rebecca; pero ahora tenían un tono de celeste intenso: hubiera jurado que sus ojos de niña eran negros y profundos como los de su madre, la señora Amancay.

La conversación fue convencional; Amanda no pudo encontrarse con Rebecca de verdad. Hablaron del tiempo, de Europa –muy por arriba–, de los problemas que se podían leer en las noticias de cualquiera de los diarios, una charla que bien pudiera haberse gestado entre dos desconocidos. Las palomas revoloteaban en el aire, distraídas, casi invisibles de tan comunes, pegadas contra una ciudad que las tenía por paisaje.

Nada de ella, de Rebecca, se traslucía entre las palabras.

Amanda no pudo abrirse tampoco, una nube de incertidumbre y dudas cubrió la mesa donde los cafés se enfriaban sin remedio.

Un pájaro extraño cantó de pronto y Amanda sintió un escalofrío:

Rebecca revolvía el café con su mano derecha.

De pronto la impostora dijo:

—Soy la hija del Diablo.

Javier Santos Rodríguez

Imagen creada con Microsoft Pilot

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