Nunca se había sentido tan extremeño. Corría el mes de mayo y todo el campo parecía sonreír en la finca de casona vieja y suelos de pizarra. La había construido su bisabuelo Andrés, que era ganadero. El señorito, cara al sol, con el alza del Mauser enfocada a la lejanía de encinas cubriendo las verdes colinas y el dedo en el gatillo. Cáceres con su Sierra de la Mosca en el horizonte, tan lejos, pero tan cerca.
Y es que nunca lo pensó hasta que se lo dijeron:
—¡Un Mauser! —Pesaba, tanto como pesan los penosos recuerdos de la guerra civil sobre muchos pueblos de España y… de tantas guerras que se han dado en esta sufrida península. El hombre curtido, que había trabajado con el pardo purito entre los labios, repitió admirado—: ¡Un Mauser! —El señorito lo miraba con mirada nueva, cariñosa incluso, mientras lo acariciaba y hacía funcionar una y otra vez el cerrojo de una sola bala: ¡clic! sonaba una y otra vez el percutor al apretar el gatillo—. Funciona, solo hay que limpiarlo y engrasarlo. La culata está picá de termita, pero le das un lijao, le echas un poco de flis y luego cera y betún, como nuevo.
El señorito, que no se sentía muy señorito con el sombrero de paja en la cabeza y un Mauser encarado, sopesándolo hacia la lejanía, lo miró fugazmente. Le había dicho que se pusiera la careta en el desbroce, porque si no “alguna astilla te pué tirá un viaje”… Le había salido la expresión incluso, él que se había pasado media vida en el extranjero, que había estudiado en Madrid y que había olvidado, quién lo hubiera dicho, su tierra. Como si no: el hombre, los ojillos vivaces y burlones, solo se quitaba el pucho para chuparse las dos latas de cerveza que le ofreció.
—Tú no sabes cómo se cotiza este arma entre los cazadores. —Y ante su creciente asombro, añadió—: Mira, allí en esa colina (distante sus buenos doscientos metros), le das a una oveja y la abrasas. ¡Un Mauser!
A su mente vinieron guerras endémicas de hombres adustos, desesperados o golpeados, revolucionarios de causas perdidas que más que matar y morir querían caminar, caminar sin límite por cerros y colinas, por estepas interminables, laderas escarpadas y barrancos impenetrables; campar por sus respetos y dormir al raso, arropados por mantas piojosas frente a fuegos vacilantes, con el tufo de los arreos y el sudor de las caballerías. El rifle era su razón de ser.
Cuando se quedó solo en la inmensa casona, prendió la chimenea con buena leña de encina y se dedicó a leer. Tenía que preparar unas oposiciones, el muy necio. Al pastor le había dicho que se levantaría temprano para desayunarse unas migas en el cobertizo, con las ovejas balando a la madrugada. A las seis de la mañana, Luis le esperaba calentando las migas en una sartén hábilmente dispuesta sobre las brasas de una parva lumbre. Comieron y bebieron el café negro con pocas palabras, pero cuando el señorito se retiraba para volver a sus estudios, Luis el pastor le dijo:
—Pasé por delante de la casa y creí que tenías la luz encendida, pero luego me percibí de que solo era el reflejo de la luna en los cristales.
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