Mala suerte | Una narración de Margarita Schultz

Imposible olvidar aquel viaje de hace años, después de la noticia publicada hoy en los diarios, me sigue golpeando esa idea, todavía me domina la sensación…

La noche era fría y cortante en esa ciudad, Potosí. Hubo allí personajes famosos en el arte y en la conducción de sublevaciones indígenas contra la ‘Colonia’; pero, sobre todo, la ciudad era famosa por la Casa de Moneda y por las Minas de Plata; se la conocía como Potosí de las minas… También debiera ser famosa por sus alturas notables, sus cielos de un azul rotundo durante el día, y por las estrellas de un tamaño inigualable, resplandecientes, sin interferencias, durante la noche…

Habíamos viajado por rutas angostas y deterioradas, durante más de 500 km, con la idea de conocer esa mina. Fuimos empujados por la fantasía de los relatos oídos en La Paz, y leídos en crónicas… Era extraño pensar en un lugar donde se extraía en enormes cantidades lo que a veces podíamos ver en un humilde anillo de bodas, como el de mis padres.

Llegamos, fatigados, con el cuerpo castigado por horas de viaje incómodo. Después de algunas indagaciones a los vecinos, encontramos un albergue, amplio y antiguo, pero limpio. El techo de vidrio en el segundo piso cubría todo el patio interior, al que daban los pasillos de las habitaciones, de paredes altas. El sol calentaba el lugar, durante el día hasta el atardecer, mientras afuera, la temperatura estaba bajo cero. Fue grato quitarse la tierra de la ruta con agua calentada al sol… ¡un sol de tal magnitud!

A la mañana siguiente salimos a caminar por la ciudad, que por ese entonces tenía unos 70.000 habitantes…  No lejos del albergue, la Casa de la Moneda, fundada en el siglo XVI, se mostraba como un edificio atractivo. Sus arcadas frontales interrumpían la fachada de ladrillos y piedra, y le daban una fisonomía de claustro. En el interior se podía conocer el proceso de acuñación de monedas: había visitas guiadas para turistas…

Al salir, ya volviendo al albergue, vimos un par de ómnibus deslucidos, estacionados junto a una vereda… en el flanco se leía: Cerro Rico; pertenecían a la compañía minera. Uno de ellos tenía el motor en marcha, había dentro unos cuantos hombres que hablaban con voz muy fuerte y reían, se daban golpecitos en los hombros o en la cabeza, con actitud amistosa.

—¡¡¡Vamos —le dije a mi esposo—, han de ser transportes que llevan a la mina!!!

Me acerqué, subí a la pisadera y pregunté al chofer:

—¿Puedo subir? ¿Cuánto cuesta el boleto?

Mi esposo me tiraba de la chaqueta hacia abajo, no veía prudente que yo entrara a ese ómnibus con tantos hombres, pero el chofer ya me había aceptado y me cobró el viaje… después subió mi esposo. Nos sentamos en el primer asiento y al poco el ómnibus se llenó. Sobre el espejo frontal retrovisor había un letrero desprolijo, escrito a mano sobre papel: “no jugar”. Llegamos a entenderlo después….

El ómnibus partió, dejó atrás los puestos de venta de frutas, verduras, especias multicolores y perfumadas; atrás quedaron los lugares de venta de tejidos de vicuña, de ‘bombines’ negros de fieltro ornados con cintas y los puestos de pan radiante, aromático, apenas salido del horno de barro. Ese mundo abigarrado estaba atravesado por voces que ofrecían los productos:

—¡Compre señorita, compre mis pimientos!

Un ambiente también cruzado por carcajadas, algún llamado, y más…

Después de 20 minutos de subida continua, el ómnibus se detuvo. Bajamos del vehículo; detrás de nosotros bajaron los mineros, siempre con el alboroto de sus chanzas…

Ahí estaba la mina, la principal del Cerro Rico, en verdad ahí estaba la entrada, la boca como la llaman, ante una zona oscura. A la entrada había un pequeño tren descubierto, con asientos de metal; ese otro motor también producía mucho ruido y un desagradable olor a gasolina. El conductor, aceleraba de tanto en tanto.

—Arriba, vamos, ¿qué esperan? –llamó a los obreros…

Nos acercamos al conductor, le contamos que éramos turistas, que habíamos venido desde lejos para conocer la famosa mina…

El hombre nos miró, me miró y dijo:

—Tú sí… —le anunció a mi esposo—, ¡ella no!…

Me desconcerté, protesté… pero la réplica fue categórica…

—¡Las mujeres traen mala suerte a la mina, no deben entrar…!

Los mineros se fueron acomodando… y pedí al conductor…

—Déjeme entrar, ¡sólo unos metros! ¡¡¡después me bajo, vuelvo caminando a la entrada y espero afuera…

—Nada de eso… —replicó—, ¡no puedes entrar señorita!

Uno de los mineros dijo:

—La buena moza, sí, sólo unos metros… nada más…

Al fin, los demás aceptaron. Quedaban dos lugares, separados… mi esposo me acomodó en el primer asiento, y se ubicó más atrás…

El trencito arrancó desde la boca de la mina; el interior era estrecho, y la penumbra se imponía debido a la iluminación precaria. De inmediato la humedad fue protagonista … también la temperatura fue personaje, tan cálida, a diferencia del exterior.

De pronto el trencito se detuvo. El conductor se dio vuelta, me miró y señaló cortante: —¡Hasta aquí, señorita!

Supe que no había discusión posible, bajé y mientras el trencito se perdía por la galería, me encaminé hacia la salida. Se destacaba un círculo de luz, contundente en medio de lo oscuro.

Afuera todo era luminosidad enceguecedora, frío, viento. Sacudía el ambiente ese mismo sol implacable. El aire límpido borró de mi memoria la atmósfera ácida de la ropa de los mineros… Busqué una roca cercana a la entrada de la mina, y me senté a esperar.

—¿Y? —pregunté a mi esposo una vez que él hubo regresado.

—Nada, me dijo, sólo avanzamos unos 300 m más, el conductor frenó y me dijo: “Hasta aquí tú también, señor… ¡esto no es para turistas, ¡la gente aquí trabaja!

En ese momento habían llegado los mismos dos ómnibus con más trabajadores y similar alboroto. Nos acercamos, pedimos lugar para regresar a la ciudad, subimos a uno de ellos. Ambos transportes estaban igualmente dañados por el uso, en ese camino ríspido, y por el clima inflexible. Pagamos nuestro viaje; descendimos no lejos del albergue.

El día siguiente pasó sin relieves. Fueron tranquilas caminatas por la ciudad después de una comida sabrosa en el mercado, bajo un clima de aristas, áspero y energizante. Seguimos andando por los alrededores, siempre bajo el cielo azul profundo y ese sol notable.

Al volver al albergue, escuchamos de pronto sonidos intensos de sirenas, penetrantes… provenían de alguna calle cercana, aledaña; también vimos pasar corriendo a dos mujeres, y luego otra y otra más… Un hombre dijo en voz alta:

—¡Derrumbe, seguro que fue derrumbe…!

Texto: Margarita Schult

Nota: La imagen ha sido hecha con IA

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