Rosalía llegó de la escuela cantando un hermoso bambuco del viejo Tolima, que su profesora le había enseñado ese día, asentó sus cuadernos en la cama, y pasó de largo al cafetal donde estaba la familia recogiendo la segunda cosecha del año. Medio saludó y se afanó por seguir tarareando su nueva canción. Sus padres, los tíos y algunos peones comentaron que esa misma canción la habían aprendido de niños en la voz de la sesentona profesora Sara, la eterna maestra de la vereda.
Rosalía era la menor de cuatro hermanos y la chiquilla consentida de la familia. Luego de la jornada agrícola, Marcial, su padre, se sentaba con ella a revisar tareas, a leer cuentos y a contarle historias. Luego de la cena, la acompañaba a su dormitorio que compartía con su hermana Teresa, hasta que conciliaba el sueño; en las mañanas siguientes, aunque la escuela era cercana, la acompañaba hasta dejarla en el aula en compañía de la maestra, pues ya se rumoraba de la presencia de grupos armados desconocidos.
Un día de truenos y relámpagos infernales, se conoció la noticia de que Marcial había sido plagiado y desparecido. Su familia esperó noticias de los bandidos, pero nunca llegó una buena nueva de la suerte del padre de Rosalía. Al contrario, llegaron panfletos amenazando con matar a la esposa y a sus hijos; otros campesinos también fueron notificados de la sentencia. Más de cincuenta personas salieron en caravana de la vereda sin rumbo fijo, cargando a sus niños, llevando unos pocos animales y sus traqueados chiros.
El cansancio y la desesperanza sólo alcanzó para llegar a Puerto Soledad, el pueblo más cercano donde ebullían ahora, fantasmas asustados por el palpitar de sus propios corazones. No sentían sus almas, no encontraban al dios. Ni el frío ni el calor tocaban sus pieles. Pertenecían al miedo, al olvido y a la desesperanza.
Durante unos meses, los despojados fueron hospedados en la escuela, luego los ubicaron en un terreno del municipio, donde lograron levantar casuchas con palos y cartones que reciclaban. Rosalía empezó a sufrir en esos hacinamientos el acoso de adultos depravados. Se vio en la necesidad de trabajar en oficios varios para ayudar al sustento del hogar. A pesar de las penurias y de los sobresaltos del día, logró terminar sus estudios primarios y con ello terminó, también, la esperanza de continuar la secundaria.
Rosalía extrañaba a su padre, y cuando buscó compañía y afecto en el amor sufrió decepciones. Debió huir muchas veces de los atrevimientos de un padrastro alcohólico. No tenía en quien confiar. En ese mundo, cada uno vivía sumergido en su melancolía, en sus problemas y no había espacios para levantar la mirada y pensar en el prójimo. Todos y cada uno vivían en sus adentros, Rosalía se estancó en un infierno de pesadillas donde la mejor opción era esperar a la muerte.
Un día, Rosalía despertó hastiada de todo, de su vida, de su alma, de su camino; sentía la soledad en medio de su familia, de sus amistades, de ese ambiente que le había robado todo, de esa tristeza que envolvía a los entes moribundos. No existía un instante para una ensoñación.
Con el frío amanecer del día siguiente, Rosalía se marchó sin un sueño, sin necesitar maleta para la gran capital.
“Me voy a vivir mi soledad entre millones de desconocidos”. Era lo único que rondaba en su embotada cabeza.
Al llegar a esa gran ciudad de nadie, se paró en una congestionada esquina de una calle cualquiera, pensó un instante en los pocos segundos de felicidad con su padre, y luego se lanzó a vivir su soledad en medio de cientos de hombres, que ahora le llamaban Sandra para mendigarle un mendrugo de su afligido, desolado, triste y dolorido amor.
LA NIÑA ROSALÍA
Rosalía llegó de la escuela cantando un hermoso bambuco del viejo Tolima, que su profesora le había enseñado ese día, asentó sus cuadernos en la cama, y pasó de largo al cafetal donde estaba la familia recogiendo la segunda cosecha del año. Medio saludó y se afanó por seguir tarareando su nueva canción. Sus padres, los tíos y algunos peones comentaron que esa misma canción la habían aprendido de niños en la voz de la sesentona profesora Sara, la eterna maestra de la vereda.
Rosalía era la menor de cuatro hermanos y la chiquilla consentida de la familia. Luego de la jornada agrícola, Marcial, su padre, se sentaba con ella a revisar tareas, a leer cuentos y a contarle historias. Luego de la cena, la acompañaba a su dormitorio que compartía con su hermana Teresa, hasta que conciliaba el sueño; en las mañanas siguientes, aunque la escuela era cercana, la acompañaba hasta dejarla en el aula en compañía de la maestra, pues ya se rumoraba de la presencia de grupos armados desconocidos.
Un día de truenos y relámpagos infernales, se conoció la noticia de que Marcial había sido plagiado y desparecido. Su familia esperó noticias de los bandidos, pero nunca llegó una buena nueva de la suerte del padre de Rosalía. Al contrario, llegaron panfletos amenazando con matar a la esposa y a sus hijos; otros campesinos también fueron notificados de la sentencia. Más de cincuenta personas salieron en caravana de la vereda sin rumbo fijo, cargando a sus niños, llevando unos pocos animales y sus traqueados chiros.
El cansancio y la desesperanza sólo alcanzó para llegar a Puerto Soledad, el pueblo más cercano donde ebullían ahora, fantasmas asustados por el palpitar de sus propios corazones. No sentían sus almas, no encontraban al dios. Ni el frío ni el calor tocaban sus pieles. Pertenecían al miedo, al olvido y a la desesperanza.
Durante unos meses, los despojados fueron hospedados en la escuela, luego los ubicaron en un terreno del municipio, donde lograron levantar casuchas con palos y cartones que reciclaban. Rosalía empezó a sufrir en esos hacinamientos el acoso de adultos depravados. Se vio en la necesidad de trabajar en oficios varios para ayudar al sustento del hogar. A pesar de las penurias y de los sobresaltos del día, logró terminar sus estudios primarios y con ello terminó, también, la esperanza de continuar la secundaria.
Rosalía extrañaba a su padre, y cuando buscó compañía y afecto en el amor sufrió decepciones. Debió huir muchas veces de los atrevimientos de un padrastro alcohólico. No tenía en quien confiar. En ese mundo, cada uno vivía sumergido en su melancolía, en sus problemas y no había espacios para levantar la mirada y pensar en el prójimo. Todos y cada uno vivían en sus adentros, Rosalía se estancó en un infierno de pesadillas donde la mejor opción era esperar a la muerte.
Un día, Rosalía despertó hastiada de todo, de su vida, de su alma, de su camino; sentía la soledad en medio de su familia, de sus amistades, de ese ambiente que le había robado todo, de esa tristeza que envolvía a los entes moribundos. No existía un instante para una ensoñación.
Con el frío amanecer del día siguiente, Rosalía se marchó sin un sueño, sin necesitar maleta para la gran capital.
“Me voy a vivir mi soledad entre millones de desconocidos”. Era lo único que rondaba en su embotada cabeza.
Al llegar a esa gran ciudad de nadie, se paró en una congestionada esquina de una calle cualquiera, pensó un instante en los pocos segundos de felicidad con su padre, y luego se lanzó a vivir su soledad en medio de cientos de hombres, que ahora le llamaban Sandra para mendigarle un mendrugo de su afligido, desolado, triste y dolorido amor.
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