Valentina cepillaba su pelo sentada frente al espejo del dormitorio; tenía que ir a una reunión de trabajo en el Centro de Desarrollo de Androides. Se miró con atención, y siguió mirándose como si, en realidad, estuviera observando a una persona desconocida.
La inquietó una vez más esa misma pregunta: ¿Hice bien en dedicarme a Ingeniería en Robótica, o solo elegí un oficio bien pagado y muy reconocido socialmente en la actualidad?
Sin una respuesta clara, de todos modos, en su trabajo se empeñaba en hacer siempre lo mejor.
Salió hacia el Centro de Desarrollo de Androides, condujo su auto en medio del tráfico y los ruidos habituales de la calle; lo estacionó, con satisfacción, en el lugar que le habían destinado.
La reunión comenzó a la hora prevista…
De inmediato, el Director propuso debatir el tema del día:
—¿Podemos lograr en este Centro el desarrollo de androides conscientes? ¿Podrá haber en ellos algo parecido a la conciencia, a nuestra conciencia? ¿Podrán advertir ellos que son lo que son?
Después de un breve silencio, los presentes comenzaron un intercambio enérgico: los seis ingenieros convocados disputaban sobre los síes y los noesdel proyecto.
El asunto de la autoconciencia en androides ocupaba en esos días el mayor porcentaje de trabajos y artículos científicos especializados… Valentina, impaciente, quería proponer una idea que estimaba iluminadora: un experimento que, así creía ella, daría luz sobre el tema…
Alguien dijo con tranquilidad:
—En primer lugar, ¿qué es conciencia para nosotros?, ¿acaso nosotros alcanzamos a comprenderla?, ¿cómo podría llegar a ser la conciencia algo significativo para Ellos, si nosotros mismos no lo tenemos claro?, ¿cómo se podría buscar esa autoconciencia en seres programados? Y, sobre todo, ¿para qué necesitarían “conciencia” los Bots?
Valentina, con firmeza, exigió silencio y dijo:
—Hay mucho que preguntar y responder sobre el tema… ¡Pongamos a funcionar el sentido común…!
— Ingeniera Valentina, por favor! —reclamó el Director—. ¡Esta es una reunión científica…! ¿Qué tiene que ver aquí el sentido común?, ¡Justamente ponga a trabajar su sentido común! ¡O, más bien, busque otra ocupación!
—¡Es lo que hago, usar el sentido común! —replicó Valentina—. Vivimos la autoconciencia, usamos de continuo la conciencia, ¿no es suficiente eso para reconocer su existencia aun sin saber qué es de manera cabal?
Hubo una pausa…
—Colegas —siguió Valentina—,quiero proponer un famoso ejemplo, histórico, sobre reconocimiento de la autoconciencia ¡Un experimento crucial, que se concretó aun sin una definición exhaustiva de qué es conciencia!… —agregó—.Se trata del experimento que realizó con chimpancés el notable etólogo Dr. Gordon Gallup, en 1970.
Valentina explicó su propósito, en cuanto a reflexionar sobre ese “experimento crucial”:
—Sería un primer paso, se trataría de rehacer aquel experimento con nuestros androides —aseguró.
Sólo uno de sus colegas, Rafael, un ingeniero especialista en aprendizaje en robots, tenía conocimiento de cómo había sido lo de Gallup… los demás no estaban informados.
Ella realizó una breve exposición del ejemplo:
—Gallup exploraba su convicción sobre el autorreconocimiento, la autoconciencia en chimpancés. Situó unos chimpancés en una sala con espejos… después de unos días, durmió a los primates y les pintó una marca roja en la frente. Al despertar uno de ellos, y mirarse en el espejo, se llevó la mano a la frente, con sorpresa. Había reconocido algo distinto y especial que él mismo tenía en su rostro… “¡“Se reconoció”, tomó conciencia de sí! En eso coincidieron los científicos aquella vez…
Valentina respiró profundo.
—Propongo probar ese método con nuestros Androides. Si la respuesta de ellos fuere análoga a la de los chimpancés, o al menos similar, ¡tendríamos mucho avanzado! De lo contrario, habrá que continuar con las investigaciones y nuevos diseños…
Rafael contradijo; fue con resentimiento:
—¡Estimada ingeniera, los chimpancés de Gallup eran seres vivos! Nuestros Bots ¡son máquinas! ¡Su única vida es la de los algoritmos de programación que nosotros les incorporamos! ¿Cómo podríamos transferir el experimento, habiendo semejantes diferencias? ¡Piense un poco! Piense que aun su particular comportamiento, ‘el aprendizaje’ sobre el que estoy trabajando, proviene, a su vez, de una programación… ¡hasta los comportamientos que parecen “autónomos”, son el resultado de un algoritmo, de una programación inicial, básica! Además —añadió Rafael—, ¿cómo podríamos saber que los Bots tienen conciencia? ¿Qué acciones podrían demostrarlo para que supiéramos lo que les sucede? ¿Podrían hablar sobre sí mismos, conocer que son algo como un ‘yo’? Si me digo — ‘yo’ estoy consciente de que ‘soy’ el que dice esto— ¿podrían ellos experimentar algo semejante? ¿Cómo programar su conciencia? ¡Lo que buscamos es su conciencia, en todo caso, no un algoritmo de conciencia programada!
Las preguntas se reiteraban en cascada. Era un modo de agresión del ingeniero hacia Valentina… ¿Por celos profesionales? ¿Por envidia masculina de los logros de una mujer científica?
Valentina no se desalentó por ese ataque… sin alterarse, sin replicarle, se dirigió al Director del Centro…
—Director, ¡no basta el aspecto externo de androides, similares a humanos! ¡No es suficiente incorporarles simulaciones de comprensión de emociones humanas, apariencia externa humanoide! ¿Se emocionan realmente o se trata de correlaciones establecidas? Hay que ir más adelante, avanzar en profundo…
Valentina propuso realizar de todos modos el experimento, tal como lo había hecho Gallup, y analizar los resultados. ¡Un mal resultado es al fin y al cabo “un resultado”! Expuso su plan: colocarían unos Bots en una sala con espejos…, los dejarían actuar, ¿comenzarían a interactuar?… y después de un tiempo, desactivarlos. Así podrían instalarles una señal en la frente: por ejemplo, un titilar lumínico, un sonido de alarma; luego los volverían a activar…
El Director, al cabo, a medias convencido, aceptó.
¿Alguna vez los Bots se enfrentaron a un espejo en una sala vacía? ¿Qué significaría esa situación para ellos?
Valentina confiaba mucho en ‘Neo’… de todos los Bots activos en el Centro, era el que había asimilado mejor la programación, ¡además, Neo estaba en la nueva línea de trabajo que llamaban ‘aprender a aprender’! Ella debía reconocer con honestidad, que Rafael, experto en aprendizajes en Robots, hacía bien su trabajo…
Neo era casi tan completo como Cyra, la Bot integrada a la Escuela de Danza de la Ciudad…
Cuando la sala estuvo lista, los espejos instalados, la ventana de observación camuflada, las cámaras de registro en funciones, Valentina, el Director y Rafael, llevaron cinco Bots al lugar, entre ellos Neo y Cyra. Activaron el sistema para que funcionaran sus movimientos libres y salieron de allí.
Los tres pasaron largos minutos observando a través de la ventana secreta… No hubo actividad especial. Pero, después de unos minutos, los científicos se sorprendieron al ver que los Bots se acercaban unos a otros. Los Bots ¿se miraron o sólo se pusieron frente a frente, sin tomar conciencia, sin advertir la mutua presencia? Al acercarse mucho, cambiaban de dirección… ¡pero los habían diseñado, de modo especial, para esquivar obstáculos, no se topaban!
Los ingenieros, al cabo, detuvieron la actividad de los androides; colocaron una luz intermitente en sus frentes y una vez más, los activaron…
Los androides no se acercaron a los espejos, sino por azar… no demostraron siquiera curiosidad particular por los espejos. Menos parecían advertir que eso luminoso instalado en su frente les pertenecía; sus conductas no fueron diferentes a las del momento previo al titilar de las luces.
Sin embargo, entre Neo y Cyra, dos de los cinco Bots elegidos, hubo otro tipo de interacción. Quedaron frente a frente, sin atender en absoluto a los espejos. Ambos levantaron el brazo derecho (habían sido diseñados como “diestros”)… de a poco, sus manos robóticas se tocaron con cuidado; después, con la mano derecha recorrieron con delicadeza sus respectivos rostros durante un largo momento. Permanecían de pie, sin mover el cuerpo, salvo las manos con las que se acariciaban… ¿Acaso se miraban? Parecían mirarse… ¿Percibían la presencia del Otro, y la propia, además del gesto de la caricia? ¿Había cambiado el trasfondo del modelo que habían diseñado para ellos?
Esas, y otras, fueron las reflexiones mudas de los ingenieros…
Pero ¿hubo allí en verdad autorreconocimiento? El comportamiento de Neo y Cyra dejó inquietos a los presentes… La reunión posterior de trabajo fue silenciosa. Valentina se mantuvo callada. Nadie emitió un comentario burlón sobre el acercamiento casi erótico de Neo y Cyra, un comportamiento interpretado a partir de los gestos mutuos, tan humanos, de los dos androides… Ninguno de los investigadores atrevió alguna hipótesis sobre la sorprendente interacción entre los dos Robots.
¿Era esa la prueba de autoconciencia que buscaba Valentina? ¿Entonces, la tan buscada “conciencia de sí” debería ser interpretada como re-conocimiento del Otro?
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Cito textual: …» ¿Se emocionan realmente o se trata de correlaciones establecidas? Hay que ir más adelante, avanzar en profundo…» Esta pregunta realizada para establecer pautas en el mundo de los robots, me hizo pensar si no sería una pregunta pertinente para plantear en el mundo de los humanos (dado el nivel de automatismo, adormecimiento y afines que podríamos estar detentando sus integrantes) ¿ Cuánta similitud en la «programación» tendrían los unos y los otros ?? Gracias por la publicación !!!!! Un lujo la señora Schultz !!!!
El único y verdadero lujo (no la exuberancia de puntos de exclamación) es el de Ana, al interpretar, inteligente, el débil cuento como espejo de la conducta humana.