Disonancias. Un relato largo de Miguel Bravo Vadillo

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Casi por arte de magia, un camarero pone delante de mí una bandeja con dos copas de vino idénticas. Empiezo a pensar que esta noche nada me puede salir mal. El camarero actúa como si me estuviese dando a escoger una de las dos, pero yo me quedo con ambas. Una es para la mujer de mis sueños, le digo. Al muy cabrón se le escapa una sonrisilla socarrona que apenas hace esfuerzos por ocultar, pero yo no le hago caso y sigo a lo mío. No hay nada como un buen vino de Borgoña para despertar el paladar y prepararlo para posteriores y exquisitas degustaciones

Un cuento filosófico: Así es la vida (Miguel Bravo Vadillo)

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Hoy, para mí, es un día de trabajo como otro cualquiera; es decir, de trabajo por el que no percibo ni una mísera moneda, ya que nunca he logrado vender uno solo de mis cuentos. Al menos, Ana –que así se llama mi encantadora esposa– gana algún dinero con un empleo a media jornada que apenas nos alcanza para pagar las facturas. Mal que bien, y apretándonos el cinturón más de lo aconsejable para nuestra salud física y psíquica, logramos llegar a fin de mes.

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: La receta

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Pascal, por su parte, apostó por la vida ascética y ganó un cáncer de estómago. ¡Qué me va a enseñar este a mí! «Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios», cantaba en puro éxtasis místico. Como diría el legendario Homero, murió a causa de sus propias locuras. ¡Y es que hay innúmeras formas de comerse las vacas del Sol, hijo de Hiperión!

Una mujer espera | Relato de Miguel Bravo Vadillo

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Desde la cafetería Moby Dick, donde trabajo como camarero, puedo ver la parada de autobuses urbanos situada al otro lado de la calle. Sentada en el banco de la parada hay una mujer con las piernas extendidas que, cabizbaja, parece mirar sus propios pies. No sabría precisar cuánto tiempo lleva allí aquella mujer, pero, desde que me fijé en ella, he visto pasar al menos cinco autobuses, y sé de buena tinta que en esa parada no coinciden más de tres líneas diferentes.

Silencio rumoroso | Una historia literario-musical de Miguel Bravo Vadillo

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Desde que era apenas un adolescente no he podido tocar nada que haya tocado antes otra persona. Un ejemplo típico sería el pomo de una puerta. Desde luego, adoro las puertas que se abren gracias al empleo de sensores, pero estas solo las encontramos en algunos edificios públicos y en grandes locales comerciales; el resto de puertas, la inmensa mayoría, las abro, siempre que es posible, utilizando un pie o un codo.

Ernestina y el señor de la perrita | Un cuento de Miguel Bravo Vadillo

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Si Ernesto hubiese escogido el camino más corto, se habría topado, justo delante de la librería Universitas, con una joven desconocida llamada Ernestina –una muchacha de serena belleza y apariencia encantadora, alumna de último curso de Grado en Matemáticas–, que se habría detenido para preguntarle (no sin antes acariciar a la zalamera y sumisa perrita) en qué tienda había comprado aquel bonito collar que la Pomerania lucía.

Vivir del aire y otros poemas | Un cuento de Miguel Bravo Vadillo

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Aquel era, por tanto, un sitio ideal para escribir; y me gustaba creer que así habrían de ser las cafeterías que frecuentaban Joyce en Trieste o Hemingway en París, donde sin duda alguna tomarían café de alta graduación y escribirían cuentos de escaso beneficio económico (al menos por aquel entonces, cuando aún estaban vivos y los buitres que dirigen las editoriales no podían aprovecharse de las ventajas que ofrece el prestigio de un cadáver exquisito)