Relato navideño de Ramón del Valle-Inclán: Nochebuena

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ERA en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática latina con el señor Arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral. Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el día de Nochebuena, y el Arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que supiese aquella terrible conjugación: «Fero, fers, ferre, tuli, latum».

Poema de Margarita Schultz: La fuerza del caos

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¿qué lazos secretos enlazan las cosas y dejan el aquí y el allá transformados por extraña magia en un aquíallá? ¿por qué sufre un árbol la herida del puma o se regocija la flor con la risa del niño por qué un aroma florido colorea las nubes mientras el trueno en la tormenta guarda el silencio … Sigue leyendo

Relato corto de Javier Santos Rodríguez

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Las consecuencias devastadoras de la última guerra… No. Así no debería empezar. Pensá. Pensá. A ver de este otro modo: Las consecuencias terribles y devastadoras en las que el mundo se sumió después de la última guerra fueron por lo mismo orgánicamente devastadoras. No…, mejor cambio orgánicamente por sistemáticamente. Las consecuencias terribles y devastadoras en las que el mundo se sumió rotundamente después de la última guerra fueron sistemáticamente devastadoras…

Cuento de Julio Cortázar: Relato con un fondo de agua

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El coñac está ahí, servite. A veces me pregunto por qué te molestás todavía en venir a visitarme. Te embarrás los zapatos, te aguantás los mosquitos y el olor de la lámpara a kerosene… Ya sé, no pogas la cara del amigo ofendido. No es eso, Mauricio, pero en realidad sos el único que queda, del grupo de entonces ya no veo a nadie.

Relato de Jorge Ibargüengoitia: El episodio cinematográfico

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El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Angela Darley había entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabeza etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes:

—Resulta usted muy atractivo para cierta clase de personas.

El caballo amarillo (Relato onírico de Ednodio Quintero)

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Si yo soñara que soy algo más que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condición de bípedo pensante, enfilaría mis pasos rumbo a la ciudad más cercana, aquella que se vislumbra allá en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de hollín el cielo sin nubes de esta mañana de septiembre.