Cuento de Rubem Fonseca: La carne y los huesos

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Rubem Fonseca. Fuente de la imagen

Cuento de Rubem Fonseca: La carne y los huesos

Mi avión no partiría sino hasta el día siguiente. Por primera vez lamenté no tener un retrato de mi madre conmigo, pero siempre me pareció idiota andar con retratos de la familia en el bolsillo, más aun el de mi madre. No me incomodaba quedarme dos días más vagando por las calles de aquel gran hormiguero sucio, contaminado, lleno de gente extraña. Era mejor que caminar por una ciudad pequeña con el aire puro y los campesinos que dicen buenos-días cuando se cruzan contigo. Me quedaría aquí un año si no tuviera aquel compromiso esperándome.

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Cuento de Margarita Schultz: El gato de Malka

Cuento, Margarita Schultz, El gato de Malka
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Cuento de Margarita Schultz: El gato de Malka

De regreso del cementerio, Lilka buscó la gata de su madre para darle leche y comida. Empezó a recorrer la casa llamándola como Malka solía hacerlo. Lilka fue siempre la gran seguidora de su madre en eso de amar a la gata Kotka. Las demás hermanas, salvo Agnieszka, eran más bien indiferentes. Comenzaron llamándola Kot, pero como llamar gato a un gato no era muy amistoso, resolvieron añadirle el diminutivo, y así se nombró a Kotka, Gatita.

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Presentación del libro “Un minuto de ternura” (Uberto Stabile)

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Carteles de las dos primeras presentaciones del libro.

Presentación del libro Un minuto de ternura

Un minuto de ternura (Editorial Baile del Sol, 2015) es un libro coral formado por una selección de textos tan breves que se pueden leer en un minuto. Dicha selección, así como el prólogo, han corrido a cargo del poeta y gestor cultural Uberto Stabile. Los textos (en su mayoría relatos) son de 113 autores de 10 nacionalidades distintas. A modo de “patchwork”, diremos que este libro es una cálida colcha donde cada autor ha colaborado con un recuerdo, una anécdota, una vivencia o una imagen donde la ternura se convierte en protagonista.

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Cuento de Isabel Allende: Si me tocaras el corazón

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Isabel Allende. Fuente de la imagen.

Cuento de Isabel Allende: Si me tocaras el corazón

…por un tiempo se extasiaron en una intimidad absoluta que confundieron con el amor

Amadeo Peralta se crió en la pandilla de su padre y llegó a ser un matón, como todos los hombres de su familia. Su padre opinaba que los estudios son para maricones, no se requieren libros para triunfar en la vida, sino cojones y astucia, decía, por eso formó a sus hijos en la rudeza. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que el mundo estaba cambiando muy rápido y que sus negocios necesitaban consolidarse sobre bases más estables. La época del pillaje desenfadado había sido reemplazada por la corrupción y el despojo solapado, era hora de administrar la riqueza con criterio moderno y mejorar su imagen. Reunió a sus hijos y les impuso la tarea de hacer amistad con personas influyentes y aprender asuntos legales, para que siguieran prosperando sin peligro de que les fallara la impunidad. También les encomendó buscar novias entre los apellidos más antiguos de la región, a ver si lograban lavar el nombre de los Peralta de tanta salpicadura de barro y de sangre. Para entonces Amadeo había cumplido treinta y dos años y tenía muy arraigado el hábito de seducir muchachas para luego abandonarlas, de modo que la idea del matrimonio no le gustó nada, pero no se atrevió a desobedecer a su padre. Comenzó a cortejar a la hija de un hacendado cuya familia había vivido en el mismo lugar por seis generaciones. A pesar de la turbia fama del pretendiente, ella lo aceptó, porque era muy poco agraciada y temía quedarse soltera.

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Cuento de Carlos Ruiz Zafón: La mujer de vapor

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Fotografía @ Jacob Sutton. Fuente de la imagen

Cuento de Carlos Ruiz Zafón: La mujer de vapor

Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.

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Cuento de Francis Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button

El curioso caso de Benjamin Button
Francis Scott Fitzgerald. Fuente de la imagen.

Muchas personas conocieron la historia de El curioso caso de Benjamin Button gracias a la película protagonizada, entre otros, por Brad Pitt y Cate Blanchet y Julia Ormon. Y no saben -porque la literatura rara vez alcanza la misma popularidad que el cine- que está basada en un cuento del gran escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald. A continuación podéis leer el cuento. Es más bien largo, pero merece la pena.

Al final del cuento os dejo vídeo con una entrevista (subtitulada) que le hicieron a Brad Pitt, Cate Blanchet y el director de la película, David Fincher.

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El curioso caso de Benjamin Button

I

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.

Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.

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Cuento de Ana María Matute: Paraíso inhabitado

Cuento de Ana María Matute
Ana María Matute. 

Cuento de Ana María Matute: Paraíso inhabitado

Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.

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