Cuento de Mario Benedetti: Esa boca

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Cuento de Mario Benedetti. Fuente de la imagen

ESA BOCA

Mario Benedetti

(cuento)

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.

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Microrrelatos de Ángeles Jurado Quintana

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Microrrelatos de Ángeles Jurado Quintana. Fuente de la imagen

 

MICRORRELATOS DE ÁNGELES JURADO QUINTANA

 

CAMBIO DE RUMBO

No dijo nada cuando le dieron el bolso equivocado en la peluquería. Miró su nuevo carnet, se dirigió a su nueva casa y, con su nueva llave, entró en una vida distinta.

 

INASEQUIBLE AL DESALIENTO

Mira mis labios, dicen no –le rechazaba ella. Pero él prefería fijarse en sus ojos, abiertos a todas las posibilidades.

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Cuento de Juan Pardo Vidal: Nada

Cuento de Juan Pardo Vidal: Nada
Cuento de Juan Pardo Vidal. Fuente de la imagen.

 

NADA

Juan Pardo Vidal

(cuento)

 

Nadar siempre. Una brazada tras otra, un largo tras otro, nadar y perder la cuenta, no conocer la distancia recorrida, ni el propósito, ni el tiempo, nadar, piscina corta, una patada tras otra, sin un objetivo, sólo porque sí, nadar para no ir a ninguna parte, no nadar para cruzar el estrecho y salir en la tele, ni para ir a la Olimpiada, ni para ver a tu amada, no nadar como Leandro cruzando el Helesponto, nadar sin motivo, no para ponerse en forma, no para definir algo inútil, nadar gordo o flaco, nadar hasta la náusea, nadar como se escribe poesía, nadar produce tristeza, escribir poesía produce tristeza, nadar es escribir poesía, correr es escribir prosa, nadar es mirar esas extrañas ascuas que titilan en el fondo de la piscina, perseguirlas inútilmente, maldecir las gafas, entra agua, nadar y hacer la lista de la compra,

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Cuento de Isabel Bono: Sangre

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Gotas de sangre
Gotas de sangre

SANGRE

(Isabel Bono)

(cuento)

 

Es verdad, la sangre no se olvida. La escalera que subía a casa de la abuela de Odila estaba llena de goterones de sangre. Subí retorciéndome de puntillas, saltándome algunos escalones, como lo hubiera hecho un Jacques Tati de nueve años. Cuando llamé a la puerta estaba sudando.

La abuela, como siempre, sentada cerca del piano. A la mínima ocasión le decía a su nieta que tocara algo y nos hacía bailar para ella. A los hombres les gustan las mujeres que bailan, decía. ¿Tú no bailas, niña? Yo no bailaba. Nunca me gustó bailar. Ni cantar, ni tocar el piano. Yo prefería pasar las tardes delante del espejo del pasillo con Odila y Paco, jugando a hacer anuncios o fotos de familia. Cada uno tomaba una postura absurda y nos quedábamos muy quietos durante medio minuto. Perdía el que primero se movía.

Les dije que salieran y señalé a los escalones. Algunas gotas tenían el diámetro de una moneda de cincuenta pesetas. Paco se encogió de hombros. Odila y yo bajamos con cuidado, corrimos cuesta abajo.

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Cuento de José Blanco: Sueño de Dylan

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Bob Dylan. Fuente de la imagen

 

SUEÑO DE DYLAN

José Blanco

(cuento)

 

Soñé que cantaba ante un auditorio compuesto solamente por dylans. Todos los espectadores eran Bod Dylan con el aspecto característico de las diferentes etapas de su dilatada carrera. Aunque estaba medio cegado por los focos, lo veía repetirse hierático en las primeras filas y adiviné también su rostro displicente envuelto en la penumbra de la platea, del gallinero.

Era extraño estar ahí sobre el escenario concentrando esa multitud de miradas azules que me observaban con curiosidad. Sentí, de pronto, pánico escénico, pero ya había empezado mi actuación y debía continuar. El sudor frío me recorría la espalda y resbalaba mis manos por la superficie de la guitarra. Los dedos no obedecían al propósito del concierto, trasteaban ostensible en cada nota. Me sentía traspasado por esas pupilas aceradas que se multiplicaban en el patio de butacas, incluso por aquellas protegidas por las lentes oscuras de unas Ray-Ban Wayfarer. Entonces me di cuenta de que había olvidado completamente la letra. Abochornado, traté de salir del paso improvisando un par de versos que me devolvieran la seguridad.

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Cuento de Froylan Turcios: La mejor limosna

Froylan Turcios
Escritor hondureño Froylan Turcios. Fuente de la imagen

LA MEJOR LIMOSNA

Froylan Turcios

(cuento)

Horrendo espanto produjo en la región el mísero leproso. Apareció súbitamente, calcinado y carcomido, envuelto en sus harapos húmedos de sangre, con su ácido olor a podredumbre.

Rechazado a latigazos de las aldeas y viviendas campesinas; perseguido brutalmente como perro hidrófobo por jaurías de crueles muchachos, arrastrábase moribundo de hambre y de sed, bajo los soles de fuego, sobre los ardientes arenales, con los podridos pies llenos de gusanos. Así anduvo meses y meses, vil carroña humana, hartándose de estiércoles y abrevando en los fangales de los cerdos; cada día más horrible, más execrable, más ignominioso.

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Cuento de Arturo Martínez Galindo: La Tentación

Arturo Martínez Galindo
Arturo Martínez Galindo. Fuente de la imagen

 

LA TENTACIÓN

Arturo Martínez Galindo

(cuento)

En el centro del valle se destacaba la aldea. Desde la cumbre de un otero, medio oculta en el follaje, yo la había adivinado. A la proximidad del villorrio mi mulo alargó el paso. Llegué a eso de las cuatro de la tarde, cuando el mordisco del sol tendía a la clemencia.

Hallábame hospedado en casa de gente cristiana. Dióseme aposento en la sala de honor, muy blanca de cal y alfombrada de pino fragante. ¡Qué encanto el de estas casitas aldeanas, limpias como ropa lavada y hospitalarias como un corazón! Al atardecer, una chica de pies desnudos vino a mi cuarto. Sonrojóse hasta los ojos bajo el pecado de los míos que la escudriñaron y me dijo con cantarina voz:

Se le ruega, mi señor, la merienda está esperándole. Fui tras ella hasta el extremo de un corredor, donde sobre una mesa sin mantel humeaba el cándido yantar.

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