Entrevista a Álex Oviedo

Entrevista a Álex Oviedo

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Álex Oviedo

Cuerpos de mujer bajo la lluvia

 Arte Activo Ediciones, 2016

 

Álex Oviedo quería ser biólogo de pequeño, pero la pulsión por la escritura se interpuso en su camino de ciencias y ha acabado en el mundo de las letras. Es escritor, periodista y diseñador gráfico, ha creado revistas culturales como Nuevas Tertulias y Diálogos, ha formado parte de las editoriales independientes Elea y Libros de pizarra, ha llevado la web escritoresvascos.com que ha cambiado por la suya propia www.alexoviedo.com y actualmente colabora en el suplemento cultural Pérgola del periódico Bilbao. Es autor de las novelas El unicornio azul (2005), Las hermanas Alba (2009), La agenda de Héctor (2014, publicada en euskera en 2001), Cuerpos de mujer bajo la lluvia (2016), y del libro de relatos El sueño de los hipopótamos. Me he puesto en contacto con él para hacerle algunas preguntas sobre Cuerpos de mujer bajo la lluvia y esto es lo que ha respondido.

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Cuento corto (inédito) de Iván Teruel: La buena educación

Iván Teruel Cáceres, cuento corto
Iván Teruel. Imagen cedida por el autor

A mi padre

Uno de los pequeños, el de once años, mira a su padre tras la indicación: apenas un vago movimiento de cabeza, el mentón ejerciendo de dedo índice. También mira un instante hacia los demás rostros curtidos. Duda un momento. A unos diez metros, contra la luz declinante del atardecer, se recorta la figura de El Tuerto, el capataz de la hacienda. El pequeño, con paso receloso, avanza atenazado por su timidez, y observa el parche que cubre el ojo ciego del capataz, el ojo blanco pavoroso que un día les mostró a él y su hermano ante las carcajadas del resto de jornaleros, ante la sonrisa cómplice de su padre. De repente, se siente atravesado por la intensidad acuosa del ojo sano, que parece querer compensar el déficit de su mirada mutilada. La boca del capataz esboza una mueca ambigua: otra asimetría en el gesto. El pequeño llega a su altura. Y El Tuerto le extiende un papel y una plumilla: “Firma ahí abajo, Andresín”. El pequeño Andrés titubea: nunca le han hecho firmar nada. Con pulso indeciso, escribe sus iniciales y las emborrona con un garabato, como ha visto hacer alguna vez a su padre. El Tuerto sonríe y le revuelve el pelo con su mano callosa: “Muy bien, chaval”.

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Cuento de Margarita Martín Ortiz: Abrir un libro

Marguerite Gerard, cuento
Cuento de Marguerite Gerard. Mujer leyendo en interior. Fuente de la imagen

Desde que supo que el propietario de la librería para la que trabajaba estaba considerando cerrar, Laura sintió como si acabaran de comunicarle que la enfermedad de un ser querido entraba en fase terminal. De tal modo lo asimiló a la proximidad de la muerte, que comenzó a llegar antes y a marcharse más tarde, como si estuviese llevando a cabo un sistema de turnos para cuidar a un enfermo y pusiese su máximo empeño en que el paciente no se marchara sin que ella estuviese presente para despedirse.

Se esmeró por arreglar el escaparate como nunca antes había hecho. Las novedades que aún llegaban, como una débil muestra de que aún podían sobrevivir, y que antes permanecían en la caja en uno de los pasillos más tiempo del debido, eran colocadas por sus hábiles manos, que acariciaba los libros y sonreía, depositando en ellos una esperanza que estaría viva mientras la librería no cerrara.

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Cuento de Antonio Báez: [Adán en palacio]

palacete de Madrid, Antonio Báez, cuento
Palacete de Madrid. Fuente de la imagen

Adán llegó por la tarde al centro de la ciudad con una idea pegajosa que le rumiaba en la sesera. Quizás no fuese una idea, quizás estaba siguiendo la indicación de un oráculo, cuando buscó y preguntó varias veces por la calle, hasta que dio con ella y se encontró delante del número once en Jesús del Monte. Era un palacete con entrada a un garaje y varias cámaras de seguridad que enfocaban hacia el exterior. Pero Adán ya era a esas alturas todo un experto. Se limitó a esperar. Encontró su oportunidad cuando anocheció. Escaló un muro, se coló por una ventana y desde ella cayó al suelo de un pasillo, desde el que comenzó a deambular: primero llegó a la cocina, encendió una pequeña luz que había en la campana extractora, se abrió una botella de vino y se sirvió una copa, cortó un poco de queso para comer y en la operación, puesto que utilizaba un cuchillo específico que nunca había manejado, se hizo un corte en la mano por el que sangró bastante. Se lavó la herida, pero los utensilios de cocina, los paños y las cubetas del fregadero, todo lo que tocó, quedaron como si alguien hubiese descuartizado allí a un inocente. Luego recogió un mechero, pero como no encontraba cigarrillos volvió a salir y fue paseándose y asomándose a diferentes habitaciones. Entró en un cuarto de baño y, aunque sabía que tirar de la cadena era una imprudencia, ese mínimo sentido del decoro, que en casa ajena se reforzaba por el pudor, le llevó a apretar el botoncito. Aguantó la respiración durante aquellos segundos que duró la tormenta de agua, el estruendo en mitad de la noche, pero no ocurrió nada, todo el mundo parecía dormir placenteramente en su cama. Sin embargo, cuando fue inspeccionando los dormitorios se dio cuenta de que estaban vacíos. Quizás no había nadie en casa. No obstante, no dejó de ser todo lo sigiloso que podía. En una habitación tropezó con un cenicero de pie, que cayó al suelo y se partió por la mitad. Finalmente llegó a un dormitorio en el que enseguida supo que había alguien, porque al abrir la puerta le vino ese fato a rancio, en el que se encuentra una mezcla de olores corporales, tabaco, alcohol y hasta restos de comida. Se le ocurrió que era el lugar ideal para encontrar cigarrillos, con uno solo le bastaba. Alguien roncaba. En la mesilla de noche había una bandeja. Se sentó en la cama y en ella estuvo fumando hasta que la anciana, bien entrada la mañana, abrió los ojos y lo descubrió.

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Cuento (inédito) de Manuel J. Prieto : Dios proveerá

Manuel J. Prieto, cuento
Manuel J. Prieto

Yo era hijo del cura de mi pueblo. En realidad, cuando nací, no era así, pero sólo porque lo hice en un pueblo distinto al mío y el cura era otro. Siendo un muchacho se le puso remedio y llegué al que ha sido siempre mi lugar, y aparecí como sobrino de mi padre, el cura. Él siempre me trató bien y solía repetirme una frase que ha guiado mi vida: Dios proveerá. Con ella he recorrido mi camino sin tomar apenas decisiones, dejándolo todo en manos del Cielo. Al azar, diría un ateo.

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Cuento corto de Juan Ramón Santos: Biblioteca

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El siguiente cuento, “Biblioteca”, incluido en Palabras menores (De la Luna Libros, 2011), lleva la firma de uno de los mejores escritores extremeños, Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX). Su último libro es el poemario Aire de familia (La isla de Siltolá, 2016).

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Cuento corto de Andrés Ortiz Tafur: Jack Potter

 

Andrés Ortiz Tafur, cuento cortoAndrés Ortiz Tafur nos invita a una historia de sexo, ammesia y amores imposibles. El cuento, “Jack Potter”, forma parte de su libro Yo soy la locura, publicado en Huega & Fierro en 2015.

Cuento corto de Andrés Ortiz Tafur: Jack Potter

–Si quieres podemos hacer el amor, Harry.

Yo no me llamo Harry y ella me llamaba Harry. ¿No es extraño? Me refiero a esta situación en concreto, con sexo de por medio.

Le había ofrecido tomar una copa. Le pregunté su nombre –Helen– y las otras cosas que se preguntan a medianoche, en un bar del centro, a una chica sola, a la que no conoces, a la que no has visto en tu vida. Y después de un rato ella dijo eso: si quieres podemos hacer el amor, Harry.

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Cuento corto de Juan Gracia Armendáriz: No es hora de fantasmas

Juan Gracia Armendáriz, cuento corto

Cuentos del Jíbaro es una compilación de microrrelatos que Demipage difundió semanalmente a través de correo electrónico durante un año, creando así una comunidad amazónica de lectores invisibles que cada jueves seguía las fabulaciones del autor.

Historias de todo tipo pero siempre interesantes, que sugieren pasados, construyen personajes, presentan situaciones, regalan descripciones. Obras de arte forjadas con palabras y silencio. Dosis homeopáticas de literatura. El libro está dedicado a Silvina que, como su propio nombre indica, es el hábitat natural del jíbaro.

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Cuento de Eloy M. Cebrián: Las luciérnagas

 

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Skyline de Tokyo. Fuente de la imagen

 

Eloy M. Cebrián es autor de una vasta obra literaria que abarca la novela para adultos y la narrativa juvenil. Su última novela es El juego de los muertos, una historia de género fantástico en torno al mundo del espiritismo. Como autor de narrativa breve ha recibido numerosos galardones. Sus relatos se han recogido en los libros Las luciérnagas y 20 cuentos más y Comunión, y figuran en importantes antologías del relato español contemporáneo. Sus colaboraciones semanales en prensa han aparecido recopiladas en los dos volúmenes de La Ley de Murphy. Es, además, traductor literario ocasional y desde el 2000 codirige la revista de creación literaria El Problema de Yorick.

Hoy nos ofrece un cuento de ambiente carveriano: “Las luciérnagas”.

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Cuento de Juan Carlos Márquez: El corazón de mi padre

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Juan Carlos Márquez, autor de una extensa obra narrativa, ganador de premios como el José Nogales de la Diputación de Huelva (2010), el Rafael González Castell (2005) y el premio Juan Rulfo al escritor novel (2003), nos ofrece un cuento que rezuma humor surrealista, “El corazón de mi padre”, incluido en Llenad la tierra (Menoscuarto, 2010).

Cuento de Juan Carlos Márquez: El corazón de mi padre

Para Lauro Anaya, Juan Villa y Marcos Gualda

 

Ese día mi padre apareció en el umbral de nuestra casa con el corazón en un puño.

—Se me ha caído ahora mismo, hijos, pero aún late. Llamad aprisa a vuestra madre.

Ismael salió corriendo a avisar a mamá, que en ese momento estaba tendiendo la ropa con una pinza en una mano y otra entre los labios. Yo tomé la mano libre de papá entre las mías, como solemos hacer las mujeres, hasta que llegó mamá. Traía consigo un cubo y una fregona.

—Dios santo, pero qué te ha pasado.

—Ha sido en el ascensor, me he agachado un momento para anudarme los cordones y lo he visto caer, como un pájaro muerto.

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