Cuento breve recomendado: “Pan”, de Margaret Atwood

Cuento de Margaret Atwood, Pan
Margaret Atwood. Fuente de la imagen

¿Es necesario que un escritor esté comprometido con su tiempo, que se implique en las batallas contra las injusticias o en la defensa de los derechos de la mujer? “Nada hay que sea necesario para un escritor”, contesta Margaret Atwood. “Por lo menos nada de este tipo. Lo que sí es imprescindible es que esté atrapado por la historia que siente que tiene que contar. Y contarla de la mejor manera posible”.

Margaret ATWOOD

 

Cuando tenía poco más de cuatro años y vivía al norte de Quebec empecé a leer porque no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza de la naturaleza: No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme

Margaret ATWOOD

 

Cuento de Margaret Atwood, Pan
Cuento de Margaret Atwood, Pan

PAN

Margaret ATWOOD (Canadá, 1939)

Imagina un pedazo de pan. No hace falta imaginarlo, está aquí en la cocina, sobre la tabla del pan, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. Ese cuchillo es uno muy viejo que conseguiste en una subasta, la palabra PAN está tallada en el mango de madera. Abres la bolsa, pliegas el envoltorio hacia atrás, cortas una rebanada. La untas con mantequilla, con mantequilla de cacahuete, después miel, y lo doblas hacia adentro. Un poco de miel se te escurre entre los dedos y la lames con la lengua. Te lleva cerca de un minuto comer el pan. Este pan es negro, pero también hay pan blanco, en el frigorífico, y un poco de pan de centeno de la semana pasada, antes redondo como un estómago lleno, ahora a punto de echarse a perder. De vez en cuando haces pan. Lo ves como algo relajante que puedes elaborar con las manos.

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Cuento breve recomendado: “Náufragos en la nieve”, de Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez
Luis Mateo Díez

 

NÁUFRAGOS EN LA NIEVE

Luis Mateo Díez (España, 1942)

El mismo día en que naufragó en la nieve el coche de línea de Beltrán, que venía de León y debía llegar al valle de Laciana, en alguna de las rutas de los valles Luna y Omaña, que en él confluyen, se perdieron mis hermanos Floro y Miguel. Ellos son los niños que se divisan en la fotografía, como si en la nieve regresaran de un más allá no muy lejano. El coche aparcado con el delantal de la nieve es el mismo que naufragó y que luego, tras el rescate, estuvo abandonado muchos días al pie de la casa de mis abuelos maternos.

Luis Mateo Díez, cuento
Fuente de la imagen

Lo trajeron arrastrado por unas caballerías, el motor se heló y el coche nunca volvió a ser el mismo, renqueaba con el estertor de los bronquios averiados, se paraba en las cuestas, tuvieron que retirarlo antes de que hubiera cumplido los kilómetros que le correspondían. Aunque la certeza de ese cumplimiento no tenía reglamentación en los coches de línea de Beltrán, viejos fords, y dodges, de vida imprevisible, siempre eterna. Los autocares semejaban viejas gabarras que jamás entregarían el alma, aunque el cuerpo se desmadejara, y las revisiones y los recauchutados les diesen el pulimento de la subsistencia.

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Cuento de Charles Bukowski: Se busca una mujer

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Charles Bukowski, un escritor visceral

Por Ernesto Bustos Garrido

 

A Henry Charles Bukowski (Heinrich Karl Bukowski), nacido en Andernach, Renania-Palatinado, Alemania, el 16 de agosto de 1920  y fallecido en Los Ángeles, California, Estados Unidos, 9 de marzo de 1994, le han llamado de todo: escritor maldito, escritor sucio, enfermo, degenerado, puto, esperpento. El narrador peruano Julio Ribeyro lo ha nombrado como un escritor visceral; esto es más justo y más cercano a la verdad. Dice que el autor de La máquina de follar y Mujeres escribía desde las tripas, y Ribeyro se preguntaba por qué en Perú y en otras latitudes no surgían autores de esa calaña. “Casi todos los que hay o que aparecen –sostiene Ribeyro–, son muy buenos escritores, responden a la academia y conocen las reglas y los códigos del buen contar”.

Hay bastante razón en estas palabras. Charles Bukowski cuando escribía no se parecía a nadie. No tuvo referentes y si los tuvo, uno de ellos fue Hemingway, a quien admiraba por la fuerza y la solidez de sus oraciones. “Bukowski –apunta finalmente Ribeyro–, logró crear un estilo peculiar, un estilo “bukowskiano” y ha quedado así en la historia de las letras. Veamos un ejemplo.

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Cuento breve recomendado: “Un puñal, una bala, una flecha”, de David Solana González

 

Cuento breve

Me llamo David Solana González, nací el 1 de septiembre de 1994. Actualmente estudio la carrera de Sociología, pero antes cursé dos años de Biología. Mis aficiones no difieren mucho de las de la media de mi edad. Me gusta invertir tiempo en mis amistades y salir de fiesta. Paso más tiempo del que debería delante del ordenador. Disfruto leyendo casi cualquier cosa, pero la ciencia ficción me gusta especialmente. Casi siempre que escribo lo hago en un estado de profunda melancolía y a modo de desahogo, haciendo referencia a algún momento de mi vida. Aspiro a poder ir teniendo momentos de inspiración con otros estados de ánimo, para poder escribir más a menudo. A largo plazo me gustaría poder escribir mi propio libro, ya sea una novela o una recopilación de relatos cortos, pero eso es algo que aún veo muy distante.

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Óscar Collazos, una escritura tan insondable como el mar

Óscar Collazos

Por Ernesto Bustos Garrido

Dicen que la geografía a veces marca a los escritores. El colombiano Óscar Collazos  (1942-2015) vivió frente a dos mares. Primero donde nació, en Bahía Solano, un pequeño pueblo costero que mira al Pacífico, y luego en Cartagena de Indias en 1998, de cara al Caribe, donde ya siendo adulto hizo docencia y periodismo de diario, sin parar de escribir literatura. En estos grandes espacios, de infinitas dimensiones y profundidad, Collazos puso su mirada, pretendiendo hallarle un significado a su movimiento eterno. Descubrió que el horizonte más que una línea demarcatoria era un convite para ir más allá. Construye entonces una escritura amplia, transgresora de las verdades oficiales y la fija en los modos de sentir y hablar de la gente, esa gente apaleada por la guerra y por los zarpazos de los poderosos. Y los dibuja tal cual son, con sus fortalezas, pero principalmente con sus debilidades, esas formas de vivir que se ocultan o se niegan. Para ello emplea el lenguaje coloquial de las barridas que lo rodean. Por lo mismo que en sus cuentos y novelas hay violencia, pero más que nada desahogo.

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Cuento de Josefina Pla: La pierna de Severina

Escritora Josefina Pla
Escritora Josefina Pla

Josefina Pla al igual que Rafael Barrett (el autor reseñado anteriormente en Narrativa Breve) no es de nacionalidad paraguaya. Para algunos nació en Canarias el 9 de noviembre de 1903. Otros la radican en Fuerteventura en  1909.

Muy joven, en 1924, se fue a vivir a Asunción, al casarse con el aristócrata de ese país, Julián de la Herrería. La sociedad asunceña la trató mal a su llegada. Le decían “gitana” en todo despectivo. Además, los círculos sociales de la capital guaraní no veían con buenos ojos la desenvoltura con que Josefina se comportaba. Decía lo que pensaba, iba donde quería y elegía sin tapujos a la gente con la cual se rodeaba. Le llovieron los ataques, pero nada se esto la puso temerosa, y continuó ejerciendo el periodismo y concurriendo a talleres de pintura, dos de sus mayores pasiones. En la Guerra del Chaco con Bolivia (la guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia, se libró desde el 9 de septiembre de 1932 hasta el 12 de junio de 1935, por el control del Chaco Boreal), Josefina Pla dirigió un periódico desde el mismo frente de batalla.

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Cuento de José Santos González Vera: El preceptor bizco

José Santos González Vera

José Santos González Vera (San Francisco del Monte, 17 de septiembre de 1897 – Santiago, 27 de febrero de 1970) fue un escritor chileno que obtuvo el Premio Nacional de Literatura 1950.

La localidad donde nació se conoce hoy como El Monte, a secas, y está a poco tiempo –media hora quizá– de la capital de Chile (Santiago). Cuando cumple apenas once años su familia se traslada a esta y él ingresa en el liceo Valentín Letelier, donde cursa apenas hasta el sexto preparatorio ya que nunca pudo aprobar el grado superior. De ahí deambula por distintos oficios, incluso el de peluquero y lustrador de botas en un club de señores adinerados. Buscando mayor fortuna se cambia a Valparaíso donde se hace anarquista como muchos de sus contemporáneos.

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Cuento de Serafín Estébanez Calderón: Pulpete y Balbeja: un duelo de guapos

Serafín Estébanez Calderón

Serafín Estébanez Calderón (1799-1867) fue un escritor, poeta, ensayista, periodista y político malagueño de mitad del siglo XIX. Sus biógrafos apuntan a que ha sido injustamente olvidado, quizás debido a su exacerbado folklorismo y su pasión por la política y la cuestión social. Sin embargo, está siendo reivindicado como una de las cumbres de la literatura costumbrista española. Es autor de una tupida gama de temas entre los que destacan la tauromaquia, el arabismo, la historia de los pueblos andaluces, y sus gentes, y el flamenco. La fundación José Manuel Lara de Sevilla ha editado parte de su obra bajo el título de Escenas andaluzas. El gran compendio es del año 2006.

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Cuento de Gonzalo Drago: Mister Mara

Gonzalo Drago
Escritor Gonzalo Drago Gac

Hoy se escribe con abundancia de uno mismo. Los jóvenes se autorretratan con facilidad en su narrativa. Muchos creen que la literatura nace y muere con ellos. No daré nombres para no encender una hoguera y pecar de injusto porque también hay varios que suelen escribir sobre los demás. La lista de estos últimos abarca muchas latitudes. En estos parajes australes, entre cordillera y mar, se dan nombres graníticos por la fuerza de su verbo. Entre ellos están Francisco Coloane, que escribió sobre los hombres de una Patagonia rebelde y sangrienta; Baldomero Lillo, que se metió en los túneles sórdidos de las minas de carbón en Lota y Coronel para mostrar la miseria y la injusticia; Andrés Sabella y sus epopeyas con los mineros del salitre en la pampa del norte chileno; el rancaguino Oscar Castro, que humanizó las correrías de cuatreros y bandoleros del medio campesino, en el Chile central; y sobre todo, Gonzalo Drago, quien es el escritor de los mineros del cobre.

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Cuento corto de Augusto Roa Bastos: La excavación

Augusto Roas Bastos
Escritor Augusto Roas Bastos

Roa Bastos, pionero de las letras paraguayas

Por Ernesto Bustos Garrido

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, Premio Cervantes en 1989, autor de la famosa trilogía compuesta por Hijo de Hombre, Yo, el Supremo y El fiscal, es una emblema de las letras hispanoamericanas. Se le puede incluso considerar como un precursor del “realismo mágico” cultivado por García Márquez. Lo esencial de su obra es el factor guaraní. Él hablaba esa lengua, propia en la mayoría de los hogares paraguayos. Entendía la idiosincrasia de este pueblo ancestral y compartió con él sus dolores, sus luchas y sus esperanzas. En 1932 se escapó de su casa para alistarse en el ejército durante la guerra del Chaco contra Bolivia. Con Roa Bastos la literatura paraguaya da un salto y se empina hacia las cumbres de lo universal. Tuvo maestros inspiradores como Rafael Barrett, y Horacio Quiroga. El escritor uruguayo se acerca mucho a él en estilo y en temáticas. Roa Bastos nació en Asunción en 1917 y murió el 2005 en esa misma ciudad. Entre 1947 y 1989 estuvo exiliado en varios países, uno de ellos Francia. Vivió en Toulouse, donde ejerció el periodismo y la docencia. El dictador Stroessner lo persiguió con saña, es decir, con violencia y crueldad.

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