Rapunzuel, un cuento infantil de los hermanos Grimm

Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos. Aunque la espera fue larga, por fin sus sueños se hicieron realidad.

La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de esas lechugas.

Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se atrevía a entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas lechugas, y por no querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo, preocupado, resolvió entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche, para coger algunas lechugas.

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Cuento infantil: La pequeña cerillera

Conocemos este cuento de Hans Christian Andersen con diversos nombres: “La pequeña cerillera”, “La vendedora de fósforos”, “La noche de Anita” o simplemente “La cerillera”. Su título original (en danés) es Den lille Pige med Svovlstikkerne.

Aun siendo un cuento para niños, “La pequeña cerillera” es una historia triste que narra la adversidad de una niña que se dedica -con poca suerte- a vender fósforos la última noche del año. Ella siente hambre y frío, y en casa no le espera sino más frío y más hambre… y un padre cruel. 

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Cuento infantil de Fernán Caballero: El pájaro de la verdad

Érase vez y vez un pescador muy pobre, que vivía en una chocita en la orilla de un río, muy claro, muy manso, aunque profundo, el que huyendo del sol y la bulla, se entraba por entre árboles, zarzas y cañaverales a escuchar a los pajaritos que le alegraban con sus cantos.

Un día que, metido en su lanchita, iba el pescador a echar sus redes, vio bajar pausadamente por la corriente una arquita de cristal. Bogole al encuentro, y ¡cuál no sería su asombro al ver en ella acostadas sobre algodones a dos criaturas recién nacidas, niño y niña, al parecer mellizos! Al pobre pescador le dio mucha lástima de ellas y se las llevó a su mujer, que a la sazón estaba criando.

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Cuento infantil sobre la desobediencia

cuento infantil sobre la desobediencia

En este cuento infantil encontramos el mismo concepto, la misma moraleja que contiene el cuento de “Pinocho”, el entrañable y querido muñeco de madera que iluminó nuestra infancia. Pedrín, el conejito travieso de esta historia, desobedece a su madre y se mete en problemas. Pinocho sale del colegio y toma un rumbo distinto al de regresar a su casa. Se deja encandilar por las fanfarrias de un circo. Lo van a raptar y llevárselo lejos. Pedrín es goloso y entra a hurtadillas a la huerta de un vecino a comer lo que no debe, porque no es suyo. Y él estaba advertido de eso.

Las moralejas son el corazón de la mayoría de los cuentos infantiles. En Pulgarcito, el mensaje más que nada es para los padres. La pobreza no es razón para abandonar a los hijos. En el cuento de Caperucita –en la versión de los hermanos Grimm– también se hace presente la desobediencia. La mamá le dijo que no se detuviera en el bosque y que no hablara con extraños. Caperucita hace todo lo contrario y ahí están las consecuencias de su porfía: En una versión (la de Perrault) la niña termina en el estómago del lobo y en otra es salvada a tiempo por un cazador que pasaba por allí (versión de los hermanos Grimm).

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Cuento de Hans Christian Andersen: Algo

cuento de Hans Christian Andersen
Hans Christian Andersen

–¡Quiero ser algo! –decía el mayor de cinco hermanos–. Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico, haré algo real y positivo.

–Sí, pero eso es muy poca cosa –replicó el segundo hermano–. Tu ambición es muy humilde: es trabajo de peón, que una máquina puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien, podré tener oficiales, me llamarán maestro, y mi mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser algo.

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La bandera de México

Comparto con vosotros este cuento sobre la bandera de México, que he leído en Internet. No sé quién es su autor, pues no lo indica la web donde está publicado, pero intuyo que es uno de esos cuentos infantiles, más didácticos que narrativos, con los que los profesores suelen trabajar en clase.

 

La bandera de México, un cuento para niños

A Carlitos le habían dejado de tarea en el colegio elaborar una investigación sobre la bandera de su país. A decir verdad sabía muy poco de ella ya que solo la había visto unas pocas veces en los homenajes de los lunes en el colegio, pero nunca la había tomado en serio.

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Cuento de Ricardo Piglia: La honda

Cuento de Ricardo Piglia: La honda

 

 

Cuento de Ricardo Piglia: La honda

No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.

Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.

Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósi­to del fondo.

Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apa­gó el ruido, de golpe.

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Pinocho, un cuento clásico para niños

Pinocho, un cuento clásico para niños

Sucede con cierta frecuencia que los cuentos infantiles más celebres no fueron concebidos con la intención de que los leyeran los niños. Puede Pinocho, un cuento clásico como pocos, sea una de estos casos. Escrito por Carlo Collodi, el cuento fue por primera vez en el periódico italiano Giornali per i bambini entre 1882 y 1883. El cuento fue ilustrado por Enrico Mazzanti. Suyas son las ilustraciones que hemos elegido para acompañar al cuento, que ofrecemos a continuación. 

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Cuento corto de Baldomero Lillo: Cañuela y Petaca

Escritor Baldomero Lillo
Escritor Baldomero Lillo

Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil.

Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora.

Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia.

Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas –tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho–, ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido, contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos obscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho, es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad.

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