Cuento de Rafaela Contreras Cañas: La turquesa

Rubén Darío conoció a Rafael Contrera Cañas, “Rafaelita”, cuando era director del diario La Unión. Darío, aunque muy joven (veintidós años), ya era famoso gracias a la publicación de su libro Azul.  Rafaelita enviaba cuentos al diario, que eran publicados. Él no sabía quién era la autora, pero finalmente se conocen gracias a un amigo común, Tranquilino Chacón. Finalmente, se enamoran y se casan, tal como cuenta Ernesto Bustos Garrido en su artículo “Rubén Darío, el lilóforo celeste de las letras hispanas“.

Hoy damos uno de los cuentos de Rafaela Contrera Cañas, “La turquesa”. Una historia sobre las falsedades (las falsas amistades, los falsos amores), que se lee casi como un cuento infantil con un valioso mensaje. 

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Cuento de Francisco Rodríguez Criado: La mujer del cine Lorca

Hoy me he animado a compartir con vosotros uno de mis cuentos. El relato forma parte de mi último libro, Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2017), y fue publicado como adelanto en la revista Quimera (n.º 404).

Se narra en estas líneas  una historia surrealista escenificada por un joven desaliñado, absorto en las carteleras del cine Lorca, y una hermosa y enigmática mujer que viaja en un coche lujoso conducido por un chofer. Ya sabéis: ese tipo de narraciones cuasi oníricas que tanto me gustan. Otro ejemplo sería “Un largo viaje“).

Los zapatos de Knut Hamsun compila veintitrés cuentos, algunos de ellos muy breves, que suponen un muestrario de los caminos por los que discurre el cuento moderno, al menos tal como yo lo entiendo. 🙂

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Cuento corto de Herman Melville: El vendedor de pararrayos

cuento corto de Herman Melville

Hoy os ofrezco un cuento corto de Herman Melville con un título de por sí impactante: “El vendedor de pararrayos”. La historia narra, en forma de diálogo y con pretensión alegórica, el episodio de un caballero que está en su casa, resguardado de una tormenta de rayos. Inesperadamente, llega otro personaje masculino que pronto se revela como vendedor de pararrayos.

El relato de Melville supone una escena casi teatral, con destellos de humor satírico y de cuento de misterio, que nos plantea un debate mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Lo que los dos personajes plantean no es una reflexión sobre los rayos –o sobre los pararrayos– sino algo más conceptual: el bien, el mal, la pulsión por creencias atizadas por el miedo…

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¿Es este el mejor cuento de la literatura española?

El mejor cuento de toda la literatura española

¿Es este el mejor cuento de toda la literatura española? Vosotros decidiréis.

Días atrás leíamos un cuento de Enrique Jaramillo Levi, “Underwood”, comentado por el profesor Miguel Díez R., responsable de la muy leída sección Cuentos Breves Recomendados.

En el comentario al citado cuento de Jaramillo Levi, Miguel Díez citaba otro cuento que es, según muchos, el mejor de la Edad Media (1335). Y otros estudiosos van más allá y opinan que es el mejor cuento de toda la literatura española, al margen de épocas.

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Cuento de Julio Cortázar: La autopista del sur

cuento de Julio Cortázar

Julio Cortázar, uno de los mejores narradores del siglo XX, nos entrega el cuento “La autopista del sur”, en el que desarrolla una temática muy de su agrado: el viaje. O más bien la imposibilidad del viaje, pues este relato nos ofrece la estampa de una inmensa caravana en la que los automóviles apenas pueden avanzar unos pocos metros.

El cuento escenifica una imagen cotidiana harto conocida por todos, o casi todos: el embotellamiento, un domingo por la tarde, en una autopista, en este caso la que separa Fontainebleau de París. La falta de movimiento de los coches es tal, que los ocupantes acaban por conocerse y establecer relaciones humanas.

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Relato de Miguel Bravo Vadillo sobre la Muerte: Saraband

Relato corto sobre la muerte

La llamada de la Muerte, representada en forma de esqueleto con capa, una afilada guadaña y cara de pocos amigos, es un tema muy recurrente en la literatura. Esta imagen, que procede de la mitología griega, ha llegado hasta nuestros días y son muchos los escritores que recurren a ella para escribir sus narraciones. Un ejemplo podría ser “El gesto de la muerte”, de Jean Cocteau, seleccionado por María Carvajal para nuestra sección Los 1001 Mejores Cuentos de la Historia.

El último ejemplo, más cercano en el tiempo, es este relato corto de Miguel Bravo Vadillo, “Saraband”, que mezcla el habitual toque tenebroso en este tipo de relatos con ciertas dosis de humor. Una historia breve ambientada en la Nochebuena de 1723 que seguramente os arrancará una sonrisa.

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Cuento de Eduardo Mallea: Conversación

cuento de Eduardo Mallea

Eduardo Mallea (1903-1982) fue uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX. Compaginó su trabajo como diplomático con la escritura de ensayos y narraciones.

Se le tiene por precursor del existencialismo en Hispanoamérica en los años 30 y 40 del pasado siglo, antes incluso de que Sartre contribuyera a ponerlo de moda en Europa.

Hoy os ofrezco uno de sus cuentos, “Conversación”, incluido en su libro La ciudad junto al río inmóvil (1936). “Conversación” consiste en eso mismo, en una conversación, a priori intrascendente, entre un hombre y una mujer  mientras se toman un whisky en un bar. A pesar de la falta de acción del relato, asistimos a su lectura con incipiente interés por conocer su resolución.

Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea colaboraron desde 1931 a 1944 en la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo (hermana de Silvina Ocampo). Fue en aquella época cuando ambos mostraron sus discrepancias artísticas. Recordemos que por aquella época Mallea era el maestro consagrado, mientras que Borges aún no había “despuntado” del todo, aunque ya en 1944 recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

Y no me enrollo más. ¡Ahora toca leer el cuento de Mallea! 🙂

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Cuento catalán: Hecho de armas, de Pere Calders

“Yo entiendo que la literatura juvenil debe dar cabida a los buenos autores que escriben con los jóvenes en mente, pero no menos, en ningún caso, a los buenos autores en general que escriben con pericia formal, buen estilo y capacidad de sorpresa. El paso de la adolescencia a la edad adulta debe hacer sin más andaderas que las necesarias, aunque para evitar naufragios convenga ajustar la dificultad de los textos. Calders es una buena opción, con la ventaja que le da el hecho de dominar, sobre todo, una forma breve como la del cuento. Por eso es un clásico de las aulas catalanas, pero no debería quedar confinado a ellas”.

Darabuc, “Pere Calders, maestro del cuento y la ironía”.

Fuente de la cita.

 

HECHO DE ARMAS, un relato satírico del cuentista catalán Pere Calders

Un día, haciendo la guerra, me encontré separado de mi gente, sin armas, solo y desamparado como nunca. Me sentía algo humillado, porque todo hacía prever que mi colaboración no debía ser decisiva y la batalla seguía su curso, con un estruendo y una cantidad de muertos que ponían los pelos de punta.

Me senté al margen de un camino para hacer determinadas reflexiones sobre este estado de cosas, y hete aquí que, de repente, un paracaidista vestido de una manera extraña tomó tierra a mi lado. Debajo de la capa que llevaba, se veía una ametralladora y una bicicleta plegable, bien disimuladas, claro.

Se me acercó y con un acento extranjero muy pronunciado me preguntó:

—¿Podría decirme si voy bien para ir al Ayuntamiento de este pueblecito?
(Ahí cerca, la semana anterior, había un pueblo).

—No sea asno —le dije—. Se nota en seguida que es un enemigo, y si va allí le cogerán.

cuento de Pere Calders
Escritor catalán Pere Calders

Eso le desconcertó, y después de hacer un ruido con los dedos que denotaba su rabia replicó:

—Ya me parecía que no lo habían previsto todo. ¿Qué me falta? ¿Cuál es el detalle que me delata?

—El uniforme que lleva ha caducado. Hace más de dos años que nuestro general lo suprimió, dando a entender que los tiempos habían cambiado. Ustedes están mal informados.

—Lo hemos sacado de un diccionario —me dijo con tristeza.

Se sentó a mi lado, sosteniéndose la cabeza con las manos, según parece para pensar con más garantías. Yo le miraba y de repente le dije:

—Lo que tendríamos que hacer usted y yo es pelearnos. Si llevara armas como usted, ya se lo diría de otro modo…

—No —dijo—, no valdría. En realidad, estamos fuera del campo de batalla y los resultados que obtuviéramos no serían homologados oficialmente. Lo que hemos de hacer es procurar entrar en el campo de batalla, y allí, si nos toca, nos veremos las caras.

Intentamos hasta diez veces entrar en la batalla, pero un muro de balas y de humo lo impedía. Con ánimo de descubrir una rendija, subimos a un altozano que dominaba el espectáculo. Desde allí se veía que la guerra proseguía con gran fuerza y que había cuanto podían desear los generales.

El enemigo me dijo:

—Visto desde aquí produce la impresión de que, según como entráramos, más bien estorbaríamos…

(Asentí con la cabeza).

—… Y, pese a eso, entre usted y yo queda una cuestión pendiente.

Consideré que tenía toda la razón, y para ayudarle sugerí:

—¿Y si nos peleáramos a puñetazos?

—No, tampoco. Debemos un cierto respeto al progreso, por el prestigio de su país y del mío. Es difícil —dijo—, es positivamente difícil.

Pensando encontré una solución:

—¡Ya está! Nos lo podríamos jugar al tres en raya. Si gana usted puede utilizar mi uniforme correcto y hacerme prisionero; si gano yo, el prisionero será usted y el material de guerra que lleva pasará a nuestras manos. ¿De acuerdo?

Se avino, jugamos y gané yo. Aquella misma tarde, entraba en el campamento, llevando mi botín, y cuando el general, lleno de satisfacción por mi trabajo, me preguntó qué recompensa quería le dije que, si no le importaba, me quedaría con la bicicleta.

Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders, Anagrama, Barcelona, 2007. Traducción de Joaquí Sardá Catalán.

 

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Cuento de terror de Rossi Nik Vas: La sombra de la vela

Allí donde se abrazan los vientos, aquellos furiosos y también los suaves, bajo la luna llena de una noche fría de febrero, no se veía a nadie por el sendero de las afueras del pueblo. Sus habitantes se habían quedado acurrucados al lado de las chimeneas. Brillaba mojado por la tormenta solo el viejo techo de la villa al final de todo, que parecía abandonada. Únicamente la sombra de la tenue llama de una vela que se movía intermitentemente tras las cortinas revelaba la existencia de su peculiar poblador, el viejo soltero Francesco Malvagi.

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Cuento humorístico de Mark Twain: El periodismo en Tennessee

El médico me dijo que un clima sureño mejoraría mi salud, así que me fui a Tennessee y conseguí un puesto en el Morning Glory and Johnson Country Warwhoop como editor asociado.

Cuando me presenté a trabajar, encontré al editor en jefe sentado en una silla de tres patas, echado hacia atrás, con los pies sobre una mesa de pino. Había otra mesa de pino en el cuarto y otra silla maltrecha, y las dos estaban medio enterradas bajo periódicos y recortes y hojas manuscritas. Había una caja de madera con arena, salpicada de colillas de cigarros y bocados de tabaco mascado y una estufa con la puerta colgándole de la bisagra superior. El editor en jefe tenía una levita negra de faldones largos y pantalones de lino blanco. Sus botas eran pequeñas y bien lustradas. Llevaba una camisa arrugada, un gran anillo de sello, un cuello levantado pasado de moda y un pañuelo a cuadros con las puntas colgando. Podría fecharse el atuendo en 1848.

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