Cuento catalán: Hecho de armas, de Pere Calders

"Yo entiendo que la literatura juvenil debe dar cabida a los buenos autores que escriben con los jóvenes en mente, pero no menos, en ningún caso, a los buenos autores en general que escriben con pericia formal, buen estilo y capacidad de sorpresa. El paso de la adolescencia a la edad adulta debe hacer sin más andaderas que las necesarias, aunque para evitar naufragios convenga ajustar la dificultad de los textos. Calders es una buena opción, con la ventaja que le da el hecho de dominar, sobre todo, una forma breve como la del cuento. Por eso es un clásico de las aulas catalanas, pero no debería quedar confinado a ellas".

Darabuc, "Pere Calders, maestro del cuento y la ironía".

Fuente de la cita.

 

HECHO DE ARMAS, un relato satírico del cuentista catalán Pere Calders

Un día, haciendo la guerra, me encontré separado de mi gente, sin armas, solo y desamparado como nunca. Me sentía algo humillado, porque todo hacía prever que mi colaboración no debía ser decisiva y la batalla seguía su curso, con un estruendo y una cantidad de muertos que ponían los pelos de punta.

Me senté al margen de un camino para hacer determinadas reflexiones sobre este estado de cosas, y hete aquí que, de repente, un paracaidista vestido de una manera extraña tomó tierra a mi lado. Debajo de la capa que llevaba, se veía una ametralladora y una bicicleta plegable, bien disimuladas, claro.

Se me acercó y con un acento extranjero muy pronunciado me preguntó:

—¿Podría decirme si voy bien para ir al Ayuntamiento de este pueblecito?
(Ahí cerca, la semana anterior, había un pueblo).

—No sea asno —le dije—. Se nota en seguida que es un enemigo, y si va allí le cogerán.

cuento de Pere Calders
Escritor catalán Pere Calders

Eso le desconcertó, y después de hacer un ruido con los dedos que denotaba su rabia replicó:

—Ya me parecía que no lo habían previsto todo. ¿Qué me falta? ¿Cuál es el detalle que me delata?

—El uniforme que lleva ha caducado. Hace más de dos años que nuestro general lo suprimió, dando a entender que los tiempos habían cambiado. Ustedes están mal informados.

—Lo hemos sacado de un diccionario —me dijo con tristeza.

Se sentó a mi lado, sosteniéndose la cabeza con las manos, según parece para pensar con más garantías. Yo le miraba y de repente le dije:

—Lo que tendríamos que hacer usted y yo es pelearnos. Si llevara armas como usted, ya se lo diría de otro modo…

—No —dijo—, no valdría. En realidad, estamos fuera del campo de batalla y los resultados que obtuviéramos no serían homologados oficialmente. Lo que hemos de hacer es procurar entrar en el campo de batalla, y allí, si nos toca, nos veremos las caras.

Intentamos hasta diez veces entrar en la batalla, pero un muro de balas y de humo lo impedía. Con ánimo de descubrir una rendija, subimos a un altozano que dominaba el espectáculo. Desde allí se veía que la guerra proseguía con gran fuerza y que había cuanto podían desear los generales.

El enemigo me dijo:

—Visto desde aquí produce la impresión de que, según como entráramos, más bien estorbaríamos…

(Asentí con la cabeza).

—… Y, pese a eso, entre usted y yo queda una cuestión pendiente.

Consideré que tenía toda la razón, y para ayudarle sugerí:

—¿Y si nos peleáramos a puñetazos?

—No, tampoco. Debemos un cierto respeto al progreso, por el prestigio de su país y del mío. Es difícil —dijo—, es positivamente difícil.

Pensando encontré una solución:

—¡Ya está! Nos lo podríamos jugar al tres en raya. Si gana usted puede utilizar mi uniforme correcto y hacerme prisionero; si gano yo, el prisionero será usted y el material de guerra que lleva pasará a nuestras manos. ¿De acuerdo?

Se avino, jugamos y gané yo. Aquella misma tarde, entraba en el campamento, llevando mi botín, y cuando el general, lleno de satisfacción por mi trabajo, me preguntó qué recompensa quería le dije que, si no le importaba, me quedaría con la bicicleta.

Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders, Anagrama, Barcelona, 2007. Traducción de Joaquí Sardá Catalán.

 

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Cuento de terror de Rossi Nik Vas: La sombra de la vela

Allí donde se abrazan los vientos, aquellos furiosos y también los suaves, bajo la luna llena de una noche fría de febrero, no se veía a nadie por el sendero de las afueras del pueblo. Sus habitantes se habían quedado acurrucados al lado de las chimeneas. Brillaba mojado por la tormenta solo el viejo techo de la villa al final de todo, que parecía abandonada. Únicamente la sombra de la tenue llama de una vela que se movía intermitentemente tras las cortinas revelaba la existencia de su peculiar poblador, el viejo soltero Francesco Malvagi.

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Cuento humorístico de Mark Twain: El periodismo en Tennessee

El médico me dijo que un clima sureño mejoraría mi salud, así que me fui a Tennessee y conseguí un puesto en el Morning Glory and Johnson Country Warwhoop como editor asociado.

Cuando me presenté a trabajar, encontré al editor en jefe sentado en una silla de tres patas, echado hacia atrás, con los pies sobre una mesa de pino. Había otra mesa de pino en el cuarto y otra silla maltrecha, y las dos estaban medio enterradas bajo periódicos y recortes y hojas manuscritas. Había una caja de madera con arena, salpicada de colillas de cigarros y bocados de tabaco mascado y una estufa con la puerta colgándole de la bisagra superior. El editor en jefe tenía una levita negra de faldones largos y pantalones de lino blanco. Sus botas eran pequeñas y bien lustradas. Llevaba una camisa arrugada, un gran anillo de sello, un cuello levantado pasado de moda y un pañuelo a cuadros con las puntas colgando. Podría fecharse el atuendo en 1848.

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Cuento de Leonid Andreiev: La nada

Ernesto Bustos Garrido ha elegido como otro de sus arranques (o inicios) literarios preferidos el que abre el cuento LA NADA, del escritor ruso Leonid Andreiev.

Damos la narración completa después de la introducción de Bustos Garrido, que justifica por qué el inicio del relato de Andreiev es uno de sus arranques preferidos.

Y al final ofrecemos un cuento popular latinoamericano: Pedro Urdamales engaña al Diablo.

LA NADA es un cuento breve de tintes tragicómicos. Recomiendo otra narración (larga) más realista sobre la muerte escrita por otro grande de la literatura rusa. Me refiero a La muerte de Ivan Ilich, de Tolstói.

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Cuento de terror de Abelardo Castillo: Mis vecinos golpean

Mis amigos, los buenos amigos que ríen conmigo y que acaso me aman, no saben por qué, a veces, me sobresalto sin motivo aparente, e interrumpo de pronto una frase ingeniosa o la narración de una historia y giro los ojos hacia los rincones, como quien escucha. Ellos ignoran que se trata de los ruidos, ciertos ruidos (como de alguien que golpea, como de alguien que llama con golpes sordos), cuyo origen está al otro lado de las paredes de mi cuarto.

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Cuento de Julio Cortázar: Una flor amarilla

Volvemos a Julio Cortázar, uno de los cuentistas más socorridos de este blog. Y lo hacemos con uno de mis cuentos preferidos de entre los suyos: “Una flor amarilla”.

El relato recoge una conversación entre el personaje narrador con un tipo al que conoció en un bistró, un hombre que estaba borracho, que es cuando –al parecer– uno dice siempre la verdad. Y la verdad, según este personaje, es que todos somos inmortales.

El personaje innominado narra a su vez que conoció en el autobús a un chico de trece años y desde el primer momento tuvo la certeza de que ese chico era él… en su juventud. Una historia delirante –o quizá no– sobre la inmortalidad narrada con la habitual pericia de Julio Cortázar.

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Cuento de Benito Pérez Galdós: El don Juan

La figura del donjuán ha sido tratada por muchos autores, cada cual con un estilo y una intencionalidad propia. Lo hicieron Zorrilla, Torrente Ballester, Tirso de Molina… En este caso es el gran escritor Benito Pérez Galdós, autor de una vasta e importante obra literaria en la que destacan los Episodios Nacionales, quien nos entrega un cuento tragicómico de un donjuán, quizá más en su imaginación que en la realidad.

El relato, narrado en primera persona, narra las malandanzas del donjuán de turno, que cae hechizado bajo el influjo de una hermosa dama. Se supone que don Juan sabe siempre lo que hay que hacer para enamorar a una mujer, ¿verdad? Bueno, tal vez no siempre…

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Cuento de los hermanos Grimm: El fiel Juan

Érase una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: “Sin duda es mi lecho de muerte éste en el que yazgo”. Y ordenó: “Que venga mi fiel Juan”. Era éste su criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida había sido fiel a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el Rey:

–Mi fidelísimo Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa que me atormenta: mi hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe gobernarse con tino. Si no me prometes que lo instruirás en todo lo que necesita saber y velarás por él como un padre, no podré cerrar los ojos tranquilo.

–Os prometo que nunca lo abandonaré –le respondió el fiel Juan–, lo serviré con toda fidelidad, aunque haya de costarme la vida.

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Un cuento indio de Jhumpa Lahiri

Jhumpa Lahiri es una escritora india de padres bengalíes, nacida en Londres el 11 de julio de 1967. Jhumpa, sin embargo, creció en Rhode Island (Estados Unidos), donde se trasladaron sus padres cuando ella cumplía apenas dos años. Estudió lengua inglesa; también escritura creativa y literatura comparada en la Universidad de Boston. Posteriormente, realizó un doctorado en Estudios Renacentistas.

Cuento de Chéjov: Amorcito

“Junto a esa sensación de amargura e impotencia que produce la constatación de la insignificancia del ser humano y de su permanente condena a la infidelidad, en la prosa de ficción de esta segunda etapa se hacen cada vez más estridentes los gritos de rabia y denuncia provocados por la injusticia, la crueldad y la estupidez. Ambas líneas temáticas, la angustia vital y la denuncia social, dominan -por separado o, en no pocas ocasiones, firmemente entrelazadas entre sí- los contenidos de algunos relatos tan característicos de este segundo período de la obra de Chéjov como “El orador”, “Amorcito”, “Tortura navideña” y -entre otros muchos cuentos que evidenciaban ya la asombrosa fecundidad del médico escritor- “¡Qué sueño!”, pero también las narraciones extensas que vinieron a acreditar al autor de Taganrog como un consumado novelista: tenemos, por ejemplo, La estepa (1888) -espléndido relato de las andanzas de un estudiante por tierras del sur de Rusia-, Una historia aburrida(1889) y El duelo (1889)”. MCNBiografías

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