Cuento de Manuel Pastrana Lozano: El pasajero

El pasajero
© Xavier Nájera / Fuente de la imagen 

Apareció de repente sin que yo me diese cuenta, sin hacer ningún ruido, tal vez mientras yo acomodaba mi equipaje. Ahora estábamos solo él y yo en la cabina. Era una presencia asombrosa, que no tenía para mí explicación posible. Durante el trayecto estuvo casi todo el tiempo observándome, unos ojos sin brillo que sobresalían desde una cavidad profunda y oscura. Lucía un atuendo inverosímil, fantasmagórico, jamás visto en mi vida, y su edad parecía indefinible. Era un personaje inesperado, surgido desde las tinieblas. ¿Qué hacía en el compartimiento y de dónde había salido?

–¿Viaja usted en la misma dirección que yo, con destino a Obaba? –le pregunto temeroso–. La próxima estación es la última y ya estamos llegando.

–No, de ningún modo. Ni lo piense. Ninguna estación podría acogerme, no advertirían mi presencia. Solamente yo puedo conocer mi destino, que usted no podría ni siquiera imaginar –me dice con su voz sombría. Luego de unos instantes, prosigue–: Y por favor, no me hable de su vida.

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Cuento de Jack London: Descrédito

“El cuento ocupa un eje motor esencial (al menos en sentido bautismal: germen o fuente de desencadenamiento) de la gran narrativa estadounidense de este siglo, incluidas sus variantes más baratas y populares, como la llamada literatura pulp, desde la que (basta un nombre para zanjar la cuestión) escritores como Dashiell Hammett alcanzaron exquisiteces, prodigios de refinamiento, en lo relativo a la, muy compleja y enigmática, alquimia de la formalización del relato corto.Hay quien hace retroceder este rasgo medular de la narrativa norteamericana del siglo XX hasta las estrechuras fundacionales del siglo anterior, y en concreto hasta el humo de la pipa de opio de Washington Irving y los vapores de la garrafa de ginebra de Edgar Allan Poe. Lo cierto es que hay, disperso en decenas y decenas de volúmenes, un vasto esfuerzo biográfico y analítico que conviene en considerar el relato corto inundado de alcohol como la materia formalmente distintiva, la bandera o el estandarte de la identidad literaria de la escritura de un país (de Ambrose Bierce a Jack London, Ring Lardner, Capote, O´Henry y Raymond Carver, entre otros) y un tiempo donde Fitzgerald y Hemingway, que apenas se parecían entre sí ni como literatos ni como personas, ejercieron, de manera efímera pero intensa, una especie de función nacional totémica, identificadora de multitudes”.

Ángel Fernández-Santos, El País.

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Los libros de cuentos no se venden

Fernando Díaz-Plaja fue uno de los autores españoles más exitosos del pasado siglo. Formaba parte de una familia de letras (era hermano de Guillermo y de Aurora, también escritores, y tío de María José Díaz-Plaja y Guillermo Díaz-Plaja hijo, ambos periodistas).

Como periodista publicó numerosos artículos en ABC y La Vanguardia, y fue corresponsal de diversos diarios.

Profesor de universidad, periodista, escritor, historiador… Autor longevo (murió en Montevideo con 94 años) y, además, tremendamente productivo. Se cuentan por decenas sus títulos, algunos de ellos muy divulgativos. 

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Cuento de José Luis González: El ausente

 

Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.

Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba delante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.

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Me alquilo para soñar, un cuento de Gabriel García Márquez

ME ALQUILO PARA SOÑAR (cuento)

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.

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Cuento de Raymond Carver en homenaje a Chejov: Tres rosas amarillas

Tres rosas amarillas
Raymond Carver, ilustre seguidor del cuento de Chejov

 

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

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Cuento de Roberto Arlt: El gato cocido

Cuento de Roberto Arlt
Roberto Arlt

Me acuerdo.

La vieja Pepa Mondelli vivía en el pueblo Las Perdices. Era tía de mis cuñados, los hijos de Alfonso Mondelli, el terrible don Alfonso, que azotaba a su mujer, María Palombi, en el salón de su negocio de ramos generales. Reventó, no puede decirse otra cosa, cierta noche, en un altillo del caserón atestado de mercaderías, mientras en Italia la Palombi gastaba entre los sacamuelas de Terra Bossa el dinero que don Alfonso enviaba para costear los estudios de los hijos.

Los siete Mondelli eran ahora oscuros, egoístas y enteles, a semejanza del muerto. Se contaba de este que una vez, frente a la estación del ferrocarril, con el mango del látigo le saltó, a golpes, los ojos a un caballo que no podía arrancar de los baches el carro demasiado cargado.

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Tres autores latinoamericanos, tres cuentos que no te puedes perder

 

Tres autores latinoamericanos, tres cuentos
Escritor y cineasta brasileño Ruben Fonseca

Tres autores latinoamericanos, tres cuentos que no te puedes perder. Latinoamérica es fecunda en narraciones breves de gran calidad. Simplemente enumerar a los mejores cuentistas latinoamericanos sería una tarea interminable. Haré algo mejor: te voy a ofrecer tres grandes historias de tres escritores latinoamericanos: el argentino Marco Denevi, el chileno José Donoso y el brasileño Rubem Fonseca.

Tres cuentos muy diferentes entre sí, que ofrezco de menor a mayor extensión.

En el primero, Marco Denevi nos presenta una historia (por no decir histeria) cargada de ironía. Una mujer pretende asesinar a su marido y, ni corta ni perezosa, se lo cuenta, para que lo sepa.

En la segunda narración, José Donoso narra la historia de un hombre que se obsesiona con una mujer con una gabardina verde, a la que ve en todas partes. 

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Cuento de Juan José Millás: Mi pierna derecha

Cuento de Juan José MillásMi padre estaba en el borde de la carretera, junto a su automóvil. Esperaba, con un bidón de plástico en la mano, que alguien lo recogiera. Yo iba en moto, con un casco que me ocultaba la cara. Me detuve junto a él sin identificarme.

-¿Te has quedado sin gasolina? -pregunté.

-Sí -respondió.

-Sube.

Mi padre subió a la moto sin haberme reconocido. Hacía cinco años que no nos veíamos, ni nos hablábamos. La última vez que nos habíamos dado un abrazo fue en el entierro de mi madre. Después, sin que hubiera sucedido nada entre nosotros, habíamos ido espaciando las llamadas telefónicas hasta que se cortó la comunicación.

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Alí Babá y los cuarenta ladrones, una historia eterna

Alí Babá y los cuarenta ladrones, una historia eterna

Hoy os presentamos una de las historias más conocidas y más leídas de todos los tiempos: Alí Babá y los cuarenta ladrones. Alí Babá es una narración breve que ha enriquecido (y sigue enriqueciendo, pese a la diversidad de cuentos) la imaginación de los más pequeños.

El cuento está incluido en un libro igualmente mítico, Las mil y una noches, que fascinaba -entre otros- a Borges, porque veía en él “un cuento circular e infinito“. Hay dudas sobre si este relato formaba parte del libro en su origen, o si fue añadido por alguno de los transcriptores europeos. En realidad, eso no nos importa demasiado. Lo que importa es que es una historia que sigue funcionando y que encierra un mensaje claro en contra de la avaricia.

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