Un cuento de Jorge Ibargüengoitia: La mujer que no

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

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Cuento de Abelardo Díaz Alfaro: El Josco

Un lector de Narrativa Breve nos echa en cara amablemente que apenas haya en este espacio referencias a la literatura portorriqueña. Y para tratar de aliviar un poco esta carencia nos recomienda la publicación de cuento del escritor y periodista Abelardo Díaz Alfaro (1916-1999). Y eso es lo que hago; darlo a conocer entre nuestros lectores.

Espero que os guste.

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Tres historias cortas, tres grandes cuentos sufís de Idries Shah

No digo nada nuevo cuando afirmo que no se necesitan muchas palabras para escribir un gran cuento. Pero si alguien lo duda, aquí dejo tres grandes historias cortas, de muy pocas palabras, a cuál de ellas mejor.

El autor es Idries Shah, considerado uno de los grandes maestros de la literatura sufí contemporánea. Shah destacó como un cuentista excepcional. Algunas de sus narraciones, como las tres que podéis leer a continuación, destilan sabiduría, espiritualidad, humor y defensa de los valores humanos.

Doy por hecho que os gustarán estas tres historias cortas, que tienen la virtud de conectar con todo tipo de lectores. Disfrutadlas y  compartidlas, por favor. :–)

 

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Cuento de J.D. Salinger: Un día perfecto para el pez plátano

 

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

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Cuento de Iván Turgénev: Una cacería de patos silvestres

Ivan Sergéyevich Turgénev o Turgueniev fue un escritor –novelista y autor teatral– ruso que nació en Orel, Rusia, el 9 de noviembre de 1818, y que falleció en Bougivil, cerca de París, el 3 de septiembre de 1883. Provenía de una familia de ricos terratenientes. Sus padres lo enviaron a estudiar a San Petersburgo y luego a Berlín. La cultura germana lo influyó grandemente, por lo que se le tildó de ser el más occidental de los escritores eslavos. Fue amigo y enemigo de Tolstoi y de Dostoievski, con quienes disintió muchas veces, en medio de ciertos períodos de amistad y concordia. Sufrió el destierro y tuvo que asentarse en París, donde conoció a la cantante Pauline García–Viardot, con quien vivió hasta su muerte. Uno de sus libros más conocidos es Memorias de un cazador, a través del cual da a conocer la vida de los campesinos rusos, explotados y maltratados por la sociedad clasista y conservadora de los zares. Los relatos e historias de este libro le permitieron a Turgueniev realizar una crítica despiadada a ese tipo de gente.

Ernesto Bustos Garrido

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Cuento de Iván Teruel Cáceres: El oscuro relieve del tiempo

 

Cuento de Iván Teruel Cáceres

 

 

Cuento de Iván Teruel Cáceres: El oscuro relieve del tiempo

A mi madre

Manejamos dos conceptos en apariencia desacordes: lo impactante y lo superficial. En principio, resulta difícil asumir que algo impactante no sea profundo. Sin embargo, esos dos conceptos confluyen en la siguiente imagen: una madre que ha acompañado a su hijo hasta la sala de urgencias de un hospital se desmorona de pronto sobre una silla, se dobla como un muñeco, descompone su rostro y estalla en un llanto convulso al que acuden algunos médicos y enfermeras con palabras tranquilizadoras.

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Cuento breve recomendado: “Pan”, de Margaret Atwood

Cuento de Margaret Atwood, Pan
Margaret Atwood. Fuente de la imagen

¿Es necesario que un escritor esté comprometido con su tiempo, que se implique en las batallas contra las injusticias o en la defensa de los derechos de la mujer? “Nada hay que sea necesario para un escritor”, contesta Margaret Atwood. “Por lo menos nada de este tipo. Lo que sí es imprescindible es que esté atrapado por la historia que siente que tiene que contar. Y contarla de la mejor manera posible”.

Margaret ATWOOD

 

Cuando tenía poco más de cuatro años y vivía al norte de Quebec empecé a leer porque no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza de la naturaleza: No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme

Margaret ATWOOD

 

Cuento de Margaret Atwood, Pan
Cuento de Margaret Atwood, Pan

PAN

Margaret ATWOOD (Canadá, 1939)

Imagina un pedazo de pan. No hace falta imaginarlo, está aquí en la cocina, sobre la tabla del pan, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. Ese cuchillo es uno muy viejo que conseguiste en una subasta, la palabra PAN está tallada en el mango de madera. Abres la bolsa, pliegas el envoltorio hacia atrás, cortas una rebanada. La untas con mantequilla, con mantequilla de cacahuete, después miel, y lo doblas hacia adentro. Un poco de miel se te escurre entre los dedos y la lames con la lengua. Te lleva cerca de un minuto comer el pan. Este pan es negro, pero también hay pan blanco, en el frigorífico, y un poco de pan de centeno de la semana pasada, antes redondo como un estómago lleno, ahora a punto de echarse a perder. De vez en cuando haces pan. Lo ves como algo relajante que puedes elaborar con las manos.

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Cuento corto (inédito) de Iván Teruel: La buena educación

Iván Teruel Cáceres, cuento corto
Iván Teruel. Imagen cedida por el autor

A mi padre

Uno de los pequeños, el de once años, mira a su padre tras la indicación: apenas un vago movimiento de cabeza, el mentón ejerciendo de dedo índice. También mira un instante hacia los demás rostros curtidos. Duda un momento. A unos diez metros, contra la luz declinante del atardecer, se recorta la figura de El Tuerto, el capataz de la hacienda. El pequeño, con paso receloso, avanza atenazado por su timidez, y observa el parche que cubre el ojo ciego del capataz, el ojo blanco pavoroso que un día les mostró a él y su hermano ante las carcajadas del resto de jornaleros, ante la sonrisa cómplice de su padre. De repente, se siente atravesado por la intensidad acuosa del ojo sano, que parece querer compensar el déficit de su mirada mutilada. La boca del capataz esboza una mueca ambigua: otra asimetría en el gesto. El pequeño llega a su altura. Y El Tuerto le extiende un papel y una plumilla: “Firma ahí abajo, Andresín”. El pequeño Andrés titubea: nunca le han hecho firmar nada. Con pulso indeciso, escribe sus iniciales y las emborrona con un garabato, como ha visto hacer alguna vez a su padre. El Tuerto sonríe y le revuelve el pelo con su mano callosa: “Muy bien, chaval”.

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Cuento corto de Juan José Ventura: El don

Juan José Ventura, cuento corto

Amparo tenía el don de escuchar los pensamientos ajenos. Desde bien niña poseía esta facultad, cultivada en secreto, y ahora, a sus 56 años, lo que podría haberle proporcionado riquezas y fama, era simplemente un divertimento que ejercitaba los sábados, en el café del pueblo, ante la ignorancia de sus paisanos.

No necesitaba dinero. Heredera de una gran fortuna, vivía en una casa blasonada del norte de Cáceres, en un recóndito municipio que no llegaba al medio millar de almas. Nariz aguileña, pelo ensortijado, perlas al cuello y vestido descolorido comprado en la capital en un tiempo en el que ni siquiera el Corte Inglés había inventado las rebajas, Amparo disfrutaba sentándose en el centro de aquel casino de camareros con librea y mesas de un mármol tan desvaído como su indumentaria. Aquel truco mental le funcionaba con todo el mundo, salvo con una excepción: no podía leer el pensamiento de las personas que quería o con las que mantenía un vínculo, así que no era capaz de escudriñar las ideas de su marido ni de sus familiares.

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Cuento corto de Rodrigo Rey Rosa: La entrega

 

Cuento corto de Rodrigo Rey Rosa
Rodrigo Rey Rosa, Archivo General de Centro América, Ciudad de Guatemala, 13 de febrero de 2012.

 

Para mis padres

 

La luz del cuarto estaba encendida. Eran las cuatro y media de la mañana de diciembre. Lo despertó la voz de un viejo amigo de su padre que le gritaba desde fuera: “Llamaron. Dicen que vayas a la plaza de Tecún.” Él no respondió, se incorporó en la cama, se pasó la mano por la cara y el pelo, y se volvió a acostar, para quedar inmóvil, la mirada fija en el techo. Luego se descubrió y se levantó con rapidez; estaba vestido. Revisó su billetera y se agachó para sacar un bulto de debajo de la cama: una bolsa de viaje negra. Tanteó su peso y se la echó al hombro. Apagó la luz, salió del cuarto y bajó las escaleras con olor a madera recién encerada. Cruzó una antesala y siguió por un corredor. El hombre que lo había despertado lo aguardaba en el zaguán, con una sonrisa compasiva, pero él pasó a su lado sin hacerle caso y salió por la puerta. “Como un sonámbulo”, pensó el otro. En el garaje había un automóvil gris. Metió la bolsa en el baúl, se puso al volante y arrancó.

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