El Diario Down: Prismáticos

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Maqueta con la remodelación futura del Estadio Bernabéu. Fuente de la imagen

El Diario Down: Prismáticos

Después de algunos años, dos viejos amigos se reencuentran en el metro cuando se dirigen al estadio de fútbol. Aprovechando la circunstancia, se ponen al día de sus vidas (ambos se casaron, ambos tienen un niño pequeño, ambos admiran a Cristiano Ronaldo) y comparten sus previsiones sobre el partido que están a punto de ver.

–¿Qué llevas ahí? –pregunta uno de ellos, intrigado.

–Ah, esto. Son unos prismáticos –los saca de una bolsa, donde también guarda una bufanda–. Mi asiento está en el fondo norte, arriba en una esquina, el lugar más alejado del campo –Su interlocutor, que presencia todos los partidos desde la cómoda y privilegiada la zona Vip, asimila la información con un gesto silencioso y empático–. Pero con los prismáticos me apaño bien –remata el primero.

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El Diario Down: Un año de amor

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Francisco “ChicoChico”.
Fotografía: Toño Ferreiro

El Diario Down: Un año de amor

Hoy hace justo un año que una voz me despertó a primera hora de la mañana, cual Lázaro: “Levántate y anda, que he roto aguas”. 

Hoy hace justo un año que estrené paternidad. 

Hoy hace justo un año que comencé a familiarizarme con el síndrome de Down. 

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El Diario Down: Un mastín con el síndrome de Down

 

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Betty. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

El Diario Down: Un mastín con el síndrome de Down

En el parque, converso con una chica sobre nuestros perros. Ella tiene un mastín blanco que hace buenas migas con Betty, quizá porque comparten edad, raza y aptitudes (o más bien negligencias) similares.

–Colette –me cuenta su propietaria– no es muy lista. Es algo torpe y lenta de reflejos. Como dice ni novio: parece que tiene el síndrome de Down.

–Mi hijo tiene el síndrome Down –digo asépticamente.

La chica me mira a los ojos y durante un par de segundos no sabe qué decir. Es un momento pletórico.

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El Diario Down: Cita con el doctor

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Francisco “Chico”. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

El Diario Down: Cita con el doctor

Francisco Rodríguez Criado

Comprenderá, doctor, que no es plan. O tengo frío o tengo calor. Sudo mucho, me duelen los músculos y me aflige un cansancio terrible. Me paso todo el día estornudando y tosiendo, y la medicación no hace el menor efecto. Así llevo dos semanas. Dos semanas en las que no me hubiera levantado de la cama si las circunstancias hubieran sido favorables. Pero ¿cuándo son favorables las circunstancias? Nunca. Dígame usted un caso. No lo recuerda, ¿verdad? Pues eso. Como para quedarse uno en cama y curarse de la enfermedad, eso es cosa de aristócratas o de ricos. Si un rico está enfermo, pues se queda en cama y no va a ese día a jugar al golf ni visita a su amante, pero yo… Yo me he convertido en un enfermo crónico. Todo iba relativamente bien hasta que una mañana mi mujer me despertó y me dijo con una voz falsamente tranquila: “Vístete, que he roto aguas”. Somnoliento, fuera de contexto, escuché pasivamente ese pie de diálogo austero, a lo Hemingway. Yo no dije nada, me vestí… y no he vuelto a desvestirme. Ya ve, han pasado nueve meses y aquí sigo, crónicamente vestido con el mono de faena. El niño nació con el síndrome de Down y desde entonces su padre merodea los andurriales de la vida abrazado a las farolas, por no caerme y por recibir algo de luz, como los borrachos, aunque le confieso que yo no tomo una gota de alcohol, nunca la probé, o casi nunca, soy así de raro. Un escritor que no fuma, no bebe y no anda con mujeres malas, como se suele decir. Sí, soy escritor, o lo era. O por decirlo con propiedad: yo estaba destinado a ser escritor, un gran escritor, hasta que mi mujer me pidió aquella mañana que me vistiera… Desde entonces me paso la vida entre médicos (endocrinos, cardiólogos, fisioterapeutas, ginecólogos, pediatras, rehabilitadores…). Unos para mi mujer, otros para el niño y últimamente para mí también. Ese niño que ahora tiene nueve meses es un amor, ese niño al que operaron de una cardiopatía congénita el día que cumplió cinco meses. Y desde entonces, desde hace nueve meses, digo, estoy enfermo. Me fui cansado a las vacaciones, regresé cansado y sigo cansado. Cansado y enfermo. No sería nada grave si no fuera porque tengo que fingir que reboso salud. Así que he de levantarme cada mañana, vestirme (“Vístete, que he roto aguas”), llevar a mi mujer al trabajo, llevar al niño a clases en la Fundación Down, llevar a los perros de paseo (tres veces al día como mínimo, haga frío o calor, diluvie o nieve). Soy un esclavo del verbo “llevar”, soy un llevador profesional, y así, claro, no puede uno escribir una obra maestra ni ponerse malo. Bueno, ponerse malo sí se puede, lo que no puede es curarse. Verá, doctor, lo que realmente me gustaría es irme a casa de mi madre para que me cuide, que me cuide como cuando era un niño y tenía unas décimas de fiebre y entonces yo no me levantaba de la cama en un par de días, porque no tenía perros, ni mujer ni hijos, ni facturas que pagar, solo tenía fiebre, esa fiebre adorable que no mata y te convierte en el destinatario de miles de besos y abrazos. Eso quisiera yo, irme con mi mamá, o mejor aún: regresar al útero materno, esa sauna donde se está tan calentito, donde no hay que llevar a nadie a ninguna parte, donde no hay tareas pendientes, ni agendas que seguir, ni coches que conducir, ni pecados que purgar. El útero materno es el paraíso y todo lo que está fuera es el infierno. ¿No cree usted, doctor?

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El Diario Down: Un mundo maravilloso

 

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Francisco “Chico”. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

Un mundo maravilloso

Francisco Rodríguez Criado

El niño con síndrome de Down está capacitado para hacer muchas cosas. Puede correr, jugar al fútbol, tocar un instrumento musical, leer cuentos, hacer felices a sus padres (faltaría más). Y con mucho empeño y disciplina acabará por mantener limpia su habitación y en un futuro podrá ser concejal o incluso ministro. En fin, un niño con el síndrome de Down puede hacer, a su ritmo, muchísimas de las cosas que hace un niño cromosómicamente normal. Puede hacerlo… si le dejan sus padres. Los especialistas suelen alertar a los progenitores de los más que posibles problemas que conlleva mimar a un niño down. Exigirle poco, mantenerlo entre algodones, hablar bajito para que el niño no sufra la menor contaminación acústica significa añadirle a la larga un rango mayor de discapacidad. Conclusión (con mis palabras, no con la de los especialistas): padres blandos, hijos tontos.

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El Diario Down: Tradiciones

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Francisco junior. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

El Diario Down: Tradiciones

Francisco Rodríguez Criado 

El ser humano vive en perpetua confrontación consigo mismo desde los tiempos de Atapuerca: no sabe si seguir siendo cazador o hacerse agricultor; si apoyar el zarismo de toda la vida o adherirse a la dictadura del proletariado; si convertirse en la persona que fueron su padre, su abuelo, su tatarabuelo… o reinventarse en un hombre nuevo. En definitiva, duda entre seguir la tradición o acatar sus propios designios.

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El Diario Down: Pensamientos enrevesados

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Caballeros atendiendo a los sacerdotes enfermos en el hospital. Lucas Valdés. Fuente de la imagen

El Diario Down: Pensamientos enrevesados

Francisco Rodríguez Criado 

Hoy, en la sala de espera de la consulta de cardiología del hospital, mientras espero escuchar por el altavoz el nombre y apellidos de mi hijo. Sé que voy a pasar toda la mañana entre médicos, un día más. Una forma como otra cualquiera de terminar la semana, una forma como otra cualquiera de comenzar el mes de agosto.

Estoy leyendo la novela de un escritor español consagrado. Una novela notable y premiada (creo que con motivos) en la que el personaje-narrador, al parecer trasunto del propio autor, escribe al hilo de sus pensamientos. Unos pensamientos enrevesados que suponen –o al menos lo intentan– un acto de exorcismo personal, una suerte de autoanálisis casero que echa mano de la escritura para ahorrarse las facturas del psiquiatra. Son pensamientos similares, con todos los matices que podamos encontrar, a los que me asaltan desde que tengo uso de razón. En definitiva, una novela digna con la que combatir la rutina hospitalaria a la que estoy sometido desde hace más de un año y que ha sido especialmente virulenta en los últimos meses.

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El Diario Down: Los grandes planes

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“The Family Practitioner by Jose Perez (Oil on Canvas, 24 in x 30 min, 61.5 x 77 cm)”. Fuente de la imagen

 

El Diario Down: Los grandes planes

Un conocido bienintencionado que lee este diario me cuenta por email que unos amigos suyos tienen un hijo con el síndrome de Down; me cuenta, además, que su mujer trabaja en un centro de educación, donde ha cuidado consecutivamente a dos niños Down. En sus líneas se percibe un sincero afecto por estos pequeños “que se hacen querer muchísimo”. Y es cierto, a un niño Down se le quiere y se le aprecia incluso un poco más que a uno normal, quizá porque tienen el don innato de activar nuestros mejores deseos y nuestros instintos maternales. Un bebé Down podría hacer feliz incluso al malhumorado Mr. Scrooge de Charles Dickens. Lo digo completamente en serio.

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El Diario Down: La normalidad

 

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Francisco junior y Francisco padre.

 

El Diario Down: La normalidad

Francisco Rodríguez Criado

 

Al doctor Juvenal Rey Lois y al equipo de cardiología y de la REA del hospital La Paz, Madrid

 

En el primer examen tras la intervención, el doctor nos ha dado –por así decirlo– el alta definitiva y su bendición. El niño está sano y radiante, ha determinado, “y ahora lo que toca es hacer vida normal. El niño y vosotros, que lo habéis pasado mal desde que nació”.

Cierto, tenemos que hacer vida normal, me digo, pero no puedo evitar pensar en ese buen hombre que ha fallecido este fin de semana en El Retiro cuando jugaba con sus hijos. El hombre, un militar de treinta y ocho años que había pasado por Bosnia y El Líbano, estaba haciendo vida normal con sus retoños un sábado cualquiera en un parque cualquiera, pero la rama podrida de un árbol decidió tomar excesivo protagonismo y cambiar el guión de la película, la suya y la de su familia.

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