Escribir antes de la noticia

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© Photo by tpsdave

La mayoría de los libros periodísticos se escriben a rebufo, cuando el acontecimiento está ya en boca de todos. Pocos son los avispados y atrevidos que escriben sobre un tema no después de la noticia, sino antes. La crisis económica es un buen ejemplo. El mercado se llenó de libros de economistas que acudían a los platós televisivos para sentar cátedra sobre una crisis que no habían detectado cuando aún se estaba mascando la tragedia. Los economistas, crecidos a destiempo, exhortaban a los gobiernos de turno a que tomaran las medidas que ellos iban improvisando sobre la marcha. Cuando se les veía en televisión, tan seguros de sí mismos, uno dudaba entre proponerlos como candidatos a ministro de economía o mandarlos a hacer puñetas.

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Caprichos florentinos

 

Caprichos florentinos
Zidane y Florentino Pérez. Fuente de la imagen

El último capricho florentino ha durado siete meses y un día. En este tiempo el prestigio de Rafa Benítez no se ha dilapidado, pero sí mermado. Hablamos de un entrenador que, para empezar, no debería haber venido al club blanco. Benítez era el tercero en discordia en una relación que marchaba viento en popa: la de Ancelotti con el Real Madrid. El míster italiano gustaba a los jugadores, a los periodistas y a los aficionados, que le habríamos perdonado un año sin títulos. Pero Florentino Pérez, en su papel de alcahueta, decidió formalizar un triángulo amoroso e introdujo en él a un pretendiente que solo contaba con una bendición: la suya.

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Privilegios

Si algo hemos aprendido con la crisis es que esta no aplaca el deseo de los privilegiados de serlo aún más. La cosa se complica cuando ese deseo, quizá legítimo, se convierte en “imposición”. Recordemos la huelga de los controladores aéreos de 2010 –ahora planeando una nueva huelga–, que no tuvieron empacho en paralizar el país con sus exorbitantes demandas económicas. Y qué decir de Sergio Ramos, que le ha echado un pulso al Real Madrid en su pretensión de que le suban el sueldo de seis a diez millones de euros. No estimo demasiado a Florentino Pérez como presidente, pero creo que hace bien en no ceder a las presiones de Ramos.

El Diario Down: Prismáticos

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Maqueta con la remodelación futura del Estadio Bernabéu. Fuente de la imagen

El Diario Down: Prismáticos

Después de algunos años, dos viejos amigos se reencuentran en el metro cuando se dirigen al estadio de fútbol. Aprovechando la circunstancia, se ponen al día de sus vidas (ambos se casaron, ambos tienen un niño pequeño, ambos admiran a Cristiano Ronaldo) y comparten sus previsiones sobre el partido que están a punto de ver.

–¿Qué llevas ahí? –pregunta uno de ellos, intrigado.

–Ah, esto. Son unos prismáticos –los saca de una bolsa, donde también guarda una bufanda–. Mi asiento está en el fondo norte, arriba en una esquina, el lugar más alejado del campo –Su interlocutor, que presencia todos los partidos desde la cómoda y privilegiada la zona Vip, asimila la información con un gesto silencioso y empático–. Pero con los prismáticos me apaño bien –remata el primero.

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Optimismo a la carta

El fútbol –y esta es una de sus grandes virtudes– no se presta a teorías vanguardistas. Para tal menester se inventaron artes como el cine, la literatura o la pintura: para hacer espeleología en ese oscuro mundo de las ideas donde el éxito no viene determinado por las rígidas matemáticas. Pero el fútbol, como los negocios, se rige por números, y no priman en última instancia las ideas sino los resultados. Perder, por mucho que se empeñe Simeone, no es el camino ideal para ganar. Los millones de personas que acuden cada fin de semana a las canchas de fútbol para ver ganar a sus equipos no pueden estar equivocados.

Agoreros deportivos

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David Villa y Diego Costa, jugadores del Atlético de Madrid. Fuente de la imagen

AGOREROS DEPORTIVOS

Francisco Rodríguez Criado

Hay algo que distingue a los periodistas deportivos cuando hablan de fútbol: siempre se equivocan. Sé que un hecho no va a suceder cuando ellos insisten en la inminencia de ese hecho, y al contrario. Pero en este país un periodista que no dice, no escribe o no grita profecías no es un periodista. Inasequibles al desaliento, estos lumbreras de las ondas y de la prensa llevan vendiéndonos desde el principio de la temporada que el Atlético de Madrid, aun siendo un gran equipo, acabará sin opciones de ganar la liga. ¿Motivos? Una plantilla desigual, el cansancio, la presión… Excusas que encubren una triste realidad que antes o después acaba arruinando tantos vaticinios: la prensa deportiva de este país mantiene el culto a la personalidad a dos clubs: el Real Madrid y el Barça. Que un tercer equipo entre en liza por el campeonato lo aceptan solo de manera puntual, a modo de simpático ejercicio de intrusismo sin mucho futuro. Si bien los periodistas se quejan a menudo de la bipolarización de la liga, a la larga ellos mismos demuestran estar bipolarizados.

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Nombres extraños en el fútbol colombiano

Néider Yesid Morantes
Si algo define al fútbol colombiano -entre otras cosas- es lo rebuscado de los nombres de muchos de sus futbolistas. A tener en cuenta este simpático reportaje publicado en Futbolred, parecería que las madres de estos futbolistas participaron en una competición para ponerles nombres imposibles a sus retoños. Con razón los llamaban los “sintocayos”. En fin, lo que pierden estos futbolistas en posiblidades de homonimia lo ganan en originalidad…

(Fuente: Futbolred, 4/11/2010).

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Cuento corto de Roberto Fontanarrosa: Viejo con árbol

 

El ilustrador gráfico y escritor Roberto Fontanarrosa era un gran aficionado al fútbol, como dejó manifiesto en sus viñetas y en sus cuentos. “Viejo con árbol” es uno de esos cuentos.
También podéis ver el cortometraje basado en el cuento. Los actores son Luis Brandoni (el viejo) y Claudio Gallardou (el futbolista).

Viejo con árbol (Roberto Fontanarrosa)




A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

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