Fútbol y dictaduras

El partido amistoso contra los chicos del dictador Teodoro Obiang no fue en ningún caso amistoso, tanto que algún periódico deportivo lo ha resumido en un titular elocuente: “España sale ilesa de Guinea”. Pues no tan ilesos, diría yo. Nuestras estrellas del firmamento tuvieron que lidiar noventa minutos con rivales que no parecen futbolistas adscritos al fair play sino miembros brutales de una banda mafiosa de Breaking Bad.

El fútbol de la inocencia

Como aficionado al fútbol me siento triste: ha dimitido Giampaolo Mazza, el entrenador de la selección de San Marino. Ignoro si mi tristeza es compartida por los propios sanmarinenses, teniendo en cuenta el escaso éxito que ha tenido Mazza. Los datos son rotundos: San Marino ocupa hoy la posición 207 en el ranking de la FIFA (el penúltimo por la cola); de 85 encuentros ha ganado 1, ha empatado 2 y ha perdido 82; y solo ha marcado 14 goles frente a los 367 encajados. A algunos les costará entender que el entrenador, pese a su fracaso, haya estado quince años en el banquillo.

Velocidad y salud

Otro tanto ocurre con el flamante fichaje del Real Madrid, Gareth Bale, posiblemente el futbolista más rápido del planeta, tanto que ostenta registros de velocidad similares (a la baja) a los de Usain Bolt. Pero la velocidad de Bale por ahora solo ha ayudado a que un Real Madrid enfermo de apatía acelere su declive. No por culpa de Bale, aunque sí con su participación, el club blanco se aleja más rápidamente del primer puesto de la Liga.

El regreso de Raúl

Veni, vidi, vinci, y el estadio lo celebró. En los últimos años hemos visto muchos goles en el Bernabéu; el jueves vimos que tras esos goles hay al menos un madridista de verdad, un jugador de raza que disfruta en el campo como un niño y nos hace disfrutar como tales. Raúl le quitó el 7 a Cristiano Ronaldo, en mi opinión uno de los cuatro o cinco mejores futbolistas de toda la Historia. Pero en cuanto a madridismo, Raúl le saca ventaja: al portugués lo compramos, mientras que al primero lo hicimos. La tristeza endémica de Cristiano quedó eclipsada la pasada noche por la alegría blanca de Raúl, feliz de regresar, aunque solo fuera por una noche, a un césped que regó con sus goles durante dieciséis años.