Cuento de Washington Irving: Interior de la Alhambra

Cuento de Washington Irving
Alhambra de Granada. Fuente de la imagen

Cuento de Washington Irving: Interior de la Alhambra

La Alhambra ha sido descrita tan minuciosamente y con tanta frecuencia por los viajeros, que un ligero croquis será acaso suficiente para refrescar la memoria del lector; por consiguiente, haré una breve relación de nuestra visita al otro día de llegar a Granada.

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Cuento de Edgar Allan Poe: Los crímenes de la calle Morgue

Cuento, Edgar Allan Poe, Los crímenes de la calle Morgue
Edgar Allan Poe. Fuente de la imagen

Cuento de Edgar Allan Poe: Los crímenes de la calle Morgue

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre
que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres,
son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan
más allá de toda conjetura.

 Sir Tomas Browne

Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior. 

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Cuento de Edgar Allan Poe: El pozo y el péndulo

Cuento, Edgar Allan Poe, El pozo y el péndulo
Edgar Allan Poe. Fuente de la imagen

Cuento de Edgar Allan Poe: El pozo y el péndulo

Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.

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Cuento de Charles Bukowski: Quince centímetros

Cuento, Charles Bukowski, Quince centímetros
Charles Bukowski. Fuente de la imagen

Cuento de Charles Bukowski: Quince centímetros

Los primeros tres meses de mi matrimonio con Sara fueron aceptables, pero luego empezaron los problemas. Era una buena cocinera, y yo empecé a comer bien por primera vez en muchos años. Empecé a engordar. Y Sara empezó a hacer comentarios.

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Cuento de Isaac Asimov: Auténtico Amor

 

Cuento, Isaac Asimov, Auténtico Amor
Fuente de la imagen

Cuento de Isaac Asimov: Auténtico Amor

Mi nombre es Joe. Así es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es programador, y yo soy un programa de computadora. Formo parte del complejo Multivac, y estoy conectado con otros componentes esparcidos por todo el mundo.

Lo sé todo. Casi todo. Soy el programa privado de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de programación que cualquiera en el mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha conseguido que yo hable mejor que cualquier otra computadora.

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Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Cuento, Vladimir Nabokov, Símbolos y signos
Sanatorio. Fuente de la imagen

Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Por cuarta vez en otros tantos años se enfrentaron con el problema: qué regalo de cumpleaños elegir para un joven que estaba incurablemente dañado de su mente. Deseos, no tenía ninguno. Para él los objetos hechos por el hombre eran colmenas del mal, vibrantes, con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o groseros consuelos para una comodidad a la que él no podía encontrar uso en su mundo abstracto. Después de haber eliminado una serie de artículos que pudieran ofenderlo o asustarlo (cualquier aparato, por ejemplo, era un tabú), sus padres eligieron una delicada e inocente canasta con jaleas de frutas diferentes en diez pequeños tarros de colores.

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Cuento de Charles Bukowski: No hay camino al paraíso

Cuento, Charles Bukowski, No hay camino al paraíso

Cuento de Charles Bukowski: No hay camino al paraíso

Yo estaba sentado en un bar de la avenida Western. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio, el tiempo, los perros… Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.

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Cuento de Washington Irving: Gobierno de la Alhambra

Cuento, Washington Irving, Gobierno de la Alhambra
La Alhambra de Granada. Fuente de la imagen

Cuento de Washington Irving: Gobierno de la Alhambra

 

La Alhambra es una antigua fortaleza o palacio amurallado de los reyes moros de Granada, desde donde ejercían dominio sobre este ensalzado paraíso terrenal, última posesión de su imperio en España. El palacio árabe no ocupa sino una parte de la fortaleza, cuyas murallas, guarnecidas de torres, circundan irregularmente toda la cresta de una elevada colina que domina la ciudad y forma una estribación de la Sierra Nevada.

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Los mejores 1001 Cuentos Literarios de la Historia: “El río”, de Flannery O’Connor

El niño estaba triste y lánguido en medio de la oscura sala de estar, mientras su padre le ponía un abrigo de cuadros escoceses. Aunque todavía no había sacado la mano derecha por la manga, su padre le abrochó el abrigo y le empujó hacia una pálida mano con pecas que lo esperaba en la puerta medio abierta.

—No está bien arreglado —dijo en voz alta alguien en el vestíbulo.