“La sensatez”, por Quim Monzó

Cada vez que la mujer juiciosa se acuesta con alguien le cuenta al novio que lo ha hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque se ha enamorado. No es que tenga que sentirse culpable (al respecto, la mujer y su novio tienen un pacto de lo más claro y elástico), pero si cuando se acuesta con alguien remarca que lo hace enamorada, es como si se sintiese más limpia.

Cuento de Oscar Wilde: El hombre que contaba historias

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Cuento de Oscar Wilde. Fuente de la imagen

EL HOMBRE QUE CONTABA HISTORIAS

Oscar Wilde

(cuento)

 

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía la flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

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Cuento de Eduardo Galeano: El crimen perfecto

En Londres, es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento. Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el Imperio Británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría, luego, las pruebas de la infamia. ¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como malaria. Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado.

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“El sueño de la niña resucitada”, por Natalia Litvinova

 

Natalia Litvinova, el sueño de la niña resucitada
Cuerpos textualizados.
Natalia Litvinova y Javier Galarza

EL SUEÑO DE LA NIÑA RESUCITADA

Natalia Litvinova

(fragmento extraído de la obra epistolar Cuerpos textualizados)

 

Cuando hace calor los poros de la piel se agrandan. Podés verlo en el espejo. Creo que las cosas también se dilatan. No tienen una única forma. Las plantas se estiran en busca de agua, y cuando ya no pueden más, se secan. Ayer leí tanto los poemas de Zinaida Gippius que creí haber desgastado la posibilidad de soñar. Me acosté, cerré los ojos varias veces, y nada. Sólo un cansancio narcotizante. Un mareo que me lanzaba cada vez más lejos y la lejanía irreversible no era dormir. Pero lo logré y tuve un sueño extraño. Salí de mi casa, típica de los pueblos rusos, cerré la kalitka, (el nombre ruso para los portones), me desvié, elegí una calle de tierra y entré al patio donde una familia festejaba. Me senté en un banco con ellos, frente a una mesa de madera larga y precaria. La naturaleza estaba cerca: un viñedo colgante rozaba nuestras cabezas. Un niño se acercó y me habló. Irradiaba una sabiduría tranquila, jugamos, la familia nos miraba, feliz con mi integración. Pero el niño resultó ser una niña que había vuelto de la muerte. Yo era su maestra. Esperaban mi llegada desde hacía tiempo. Sabían que algún día atravesaría aquel portón. Era ocho de agosto.

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Cuento de Jorge Luis Borges: Diálogo sobre un diálogo

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

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Cuento de Mario Benedetti: Esa boca

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Cuento de Mario Benedetti. Fuente de la imagen

ESA BOCA

Mario Benedetti

(cuento)

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.

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Microrrelatos de Ángeles Jurado Quintana

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Microrrelatos de Ángeles Jurado Quintana. Fuente de la imagen

 

MICRORRELATOS DE ÁNGELES JURADO QUINTANA

 

CAMBIO DE RUMBO

No dijo nada cuando le dieron el bolso equivocado en la peluquería. Miró su nuevo carnet, se dirigió a su nueva casa y, con su nueva llave, entró en una vida distinta.

 

INASEQUIBLE AL DESALIENTO

Mira mis labios, dicen no –le rechazaba ella. Pero él prefería fijarse en sus ojos, abiertos a todas las posibilidades.

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Cuento de Juan Pardo Vidal: Nada

Cuento de Juan Pardo Vidal: Nada
Cuento de Juan Pardo Vidal. Fuente de la imagen.

 

NADA

Juan Pardo Vidal

(cuento)

 

Nadar siempre. Una brazada tras otra, un largo tras otro, nadar y perder la cuenta, no conocer la distancia recorrida, ni el propósito, ni el tiempo, nadar, piscina corta, una patada tras otra, sin un objetivo, sólo porque sí, nadar para no ir a ninguna parte, no nadar para cruzar el estrecho y salir en la tele, ni para ir a la Olimpiada, ni para ver a tu amada, no nadar como Leandro cruzando el Helesponto, nadar sin motivo, no para ponerse en forma, no para definir algo inútil, nadar gordo o flaco, nadar hasta la náusea, nadar como se escribe poesía, nadar produce tristeza, escribir poesía produce tristeza, nadar es escribir poesía, correr es escribir prosa, nadar es mirar esas extrañas ascuas que titilan en el fondo de la piscina, perseguirlas inútilmente, maldecir las gafas, entra agua, nadar y hacer la lista de la compra,

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