Cuento de Isabel Bono: Sangre

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Gotas de sangre
Gotas de sangre

SANGRE

(Isabel Bono)

(cuento)

 

Es verdad, la sangre no se olvida. La escalera que subía a casa de la abuela de Odila estaba llena de goterones de sangre. Subí retorciéndome de puntillas, saltándome algunos escalones, como lo hubiera hecho un Jacques Tati de nueve años. Cuando llamé a la puerta estaba sudando.

La abuela, como siempre, sentada cerca del piano. A la mínima ocasión le decía a su nieta que tocara algo y nos hacía bailar para ella. A los hombres les gustan las mujeres que bailan, decía. ¿Tú no bailas, niña? Yo no bailaba. Nunca me gustó bailar. Ni cantar, ni tocar el piano. Yo prefería pasar las tardes delante del espejo del pasillo con Odila y Paco, jugando a hacer anuncios o fotos de familia. Cada uno tomaba una postura absurda y nos quedábamos muy quietos durante medio minuto. Perdía el que primero se movía.

Les dije que salieran y señalé a los escalones. Algunas gotas tenían el diámetro de una moneda de cincuenta pesetas. Paco se encogió de hombros. Odila y yo bajamos con cuidado, corrimos cuesta abajo.

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Cuento de José Blanco: Sueño de Dylan

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Bob Dylan. Fuente de la imagen

 

SUEÑO DE DYLAN

José Blanco

(cuento)

 

Soñé que cantaba ante un auditorio compuesto solamente por dylans. Todos los espectadores eran Bod Dylan con el aspecto característico de las diferentes etapas de su dilatada carrera. Aunque estaba medio cegado por los focos, lo veía repetirse hierático en las primeras filas y adiviné también su rostro displicente envuelto en la penumbra de la platea, del gallinero.

Era extraño estar ahí sobre el escenario concentrando esa multitud de miradas azules que me observaban con curiosidad. Sentí, de pronto, pánico escénico, pero ya había empezado mi actuación y debía continuar. El sudor frío me recorría la espalda y resbalaba mis manos por la superficie de la guitarra. Los dedos no obedecían al propósito del concierto, trasteaban ostensible en cada nota. Me sentía traspasado por esas pupilas aceradas que se multiplicaban en el patio de butacas, incluso por aquellas protegidas por las lentes oscuras de unas Ray-Ban Wayfarer. Entonces me di cuenta de que había olvidado completamente la letra. Abochornado, traté de salir del paso improvisando un par de versos que me devolvieran la seguridad.

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Cuento de Froylan Turcios: La mejor limosna

Froylan Turcios
Escritor hondureño Froylan Turcios. Fuente de la imagen

LA MEJOR LIMOSNA

Froylan Turcios

(cuento)

Horrendo espanto produjo en la región el mísero leproso. Apareció súbitamente, calcinado y carcomido, envuelto en sus harapos húmedos de sangre, con su ácido olor a podredumbre.

Rechazado a latigazos de las aldeas y viviendas campesinas; perseguido brutalmente como perro hidrófobo por jaurías de crueles muchachos, arrastrábase moribundo de hambre y de sed, bajo los soles de fuego, sobre los ardientes arenales, con los podridos pies llenos de gusanos. Así anduvo meses y meses, vil carroña humana, hartándose de estiércoles y abrevando en los fangales de los cerdos; cada día más horrible, más execrable, más ignominioso.

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Relato de Eladio Orta: A mi sobrino Prudencio

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Eladio Orta
Eladio Orta. Fotografía de M.C.

Aunque Eladio Orta es más conocido como poeta, también ha escrito algunos textos narrativos. Extraemos este relato de una de sus primeras publicaciones: Los cuadernos del Tío Prudencio (Crecida, 1992).

   María Carvajal

 

A MI SOBRINO PRUDENCIO

Eladio Orta

(relato)

CARTA PRIMERA

Sobrino, te lego estos cuadernos literarios para que los manosees con tus manos de poeta, hirviente en la mezcolanza de urbanita y ruralita. Quién mejor que tú para guardarlos o pulirlos, tú que tuviste la suerte de salir fuera de la Isla y comerte la cultura que se respiraba por aquellos años del despegue político. Tu tío Prudencio está tumbado en la cama como el mirlo herido de la arboleda y quizás cuando vuelvas esté más chupado que la vaca que tuvo que rematar el Tío Paco el Cano porque se había quedado sin dientes y no podía masticar la hierba.

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Cuento breve recomendado: “La canción del Peronelle”, de Juan José Arreola

juan-jose-arreola, cancion del peronelle
Juan José Arreola. Fuente de la imagen

La lengua de Arreola se caracteriza por la sobriedad, la falta de aparatosidad, la sutileza de la palabra y la expresión y por un ritmo que fluye por debajo, que nos atrapa mientras vamos leyendo, que es «música callada», usando el famoso oxímoron de San Juan de la Cruz. A Arreola hay que leerlo en voz alta: y, entonces, en esos breves cuentos suyos, en esas composiciones de pocas líneas que parecen ligeros y simples apuntes pero que están perfectamente cuajadas, se pone a vivir la lengua, a bailar ante nuestros ojos y a cantarles a nuestros asombrados oídos. Una lengua seleccionada con amor, con mimo, con paciencia («pasión artesanal por el lenguaje» —como él mismo reconocía—), para, trascendiendo lo individual, los nombres propios, lo anecdótico, lo concreto, hacer abstracción, construir un universo abstracto, en el que se establecen situaciones y relaciones de pura geometría entre los elementos o los personajes, que, más que hombres, definidos y distinguidos por rasgos físicos y de carácter, son síntesis esquemáticas de ideas. Los hombres, los animales, los escenarios, las situaciones de los cuentos de Arreola son símbolos. Y todos ellos están ahí para tratar, para hurgar, para descubrir el universo humano, todo lo que desde siempre ha acompañado al hombre y que le sigue doliendo y dando vida: el miedo, el amor, la soledad, el compromiso, la lealtad, la fe… Por eso en los cuentos de Arreola se encuentran pocas descripciones detallistas o naturalistas, pocos adjetivos del campo semántico de los sentidos, y sí muchos sustantivos abstractos y un gran uso de los tropos de dicción y de pensamiento, en especial la metáfora, la metonimia y la alegoría. Con un rápido trazo de líneas invisibles —le bastan unas pocas palabras clave— sitúa y nos sitúa. Y todo lo dice parca y lacónicamente, rápido y conciso, preciso, atinado.

Rosario González Galicia

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Cuento breve recomendado: Luvina, de Juan Rulfo

luvina, Juan Rulfo

Un amigo me preguntaba recientemente qué libro de cuentos, en español y de la última mitad del siglo XX, le recomendaría como imprescindible y qué título de ese libro. Mi respuesta, “a bote pronto”, fue: El llano en llamas de Juan Rulfo, y el cuento: “Luvina”. Aunque me salga un poco de los límites de extensión prefijados para esta sección, no me resisto a incluir esta pequeña obra maestra de la narrativa corta hispánica, acompañada también en este caso de un largo comentario. Invito a todos los lectores de buenos cuentos a que aprovechen la ocasión para leer o releer otros tres cuentos de Rulfo considerados, juntamente con “Luvina”, la cima suprema de su cuentística y publicados en este blog: “¡Diles que no me maten!”, “Macario”: y “No oyes ladrar los perros”.

M.D.R.

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Miguel Díez R.]

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Cuento breve recomendado (273): “Del viejecito negro de los velorios”, de Eliseo Diego

Es el viejecito negro de los velorios, el que se sien­ta a un rincón, el paraguas enorme entre las piernas, el sombrero hongo sobre el puño del paraguas, la cara tan compuesta y melancólica que es la imagen de la oficial tristeza; a quien nadie pregunta con quién ha venido, porque se supone siempre que es el amigo del otro, y porque armoniza tan bien con el dolor de la casa aquella su antigua y espléndida tristeza.

Cuento breve de Miguel Bravo Vadillo: “El extraño personaje”

 

marquesina
Marquesina de autobús. Fuente de la imagen

EL EXTRAÑO PERSONAJE

Miguel Bravo Vadillo

Desde la cafetería Paraíso, donde trabaja como camarero, Samuel (un inmigrante de unos treinta años de edad) puede ver la parada de autobuses urbanos situada justo en la acera de enfrente. Sentado en el banco de la parada hay un hombre con las piernas extendidas que parece mirar, cabizbajo, sus propios pies. Samuel no sabría precisar cuánto tiempo lleva sentado allí aquel individuo pero, desde que se fijara en él, ha visto pasar un mínimo de cinco autobuses; y es una parada en la que él sabe que no coinciden más de tres líneas distintas. Desde luego cabe la posibilidad de que aquel hombre no esté esperando el autobús, sino a alguna persona con la que se haya citado allí; incluso puede que sólo esté haciendo tiempo antes de dedicarse a algo más provechoso. En cualquier caso, nuestro amigo decide no darle mayor importancia al asunto: las mañanas están cargadas de trabajo y no puede distraerse con lo que pasa en la calle.

Pero cuando, algunas horas después, Samuel vuelve a tener un minuto de respiro mira de nuevo a través del gran ventanal de la cafetería. Hasta ahora no había vuelto a pensar en aquel extraño personaje. Ya era casi la una de la tarde y aquel tipo seguía sentado en el banco de marras con la misma actitud ensimismada, quizá reflexiva. Samuel se da cuenta, además, de que hay más gente esperando sus respectivos autobuses; pero nadie se atreve a sentarse al lado del hombre en cuestión: todos permanecen de pie, ligeramente apartados. Pronto, sin embargo, comienza a llegar una nueva avalancha de clientes, exigiendo cañas frescas y sabrosas tapas, y Samuel vuelve a centrarse en su trabajo.

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