Cuento breve recomendado: “La hija del guardagujas”, de Vicente Huidobro

La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.

La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas.

Cuento breve recomendado: “El guardagujas”, de Juan José Arreola

Juan José Arreola
El guardagujas. Fuente de la imagen

Arreola es uno de esos «raros» con que México tiene el privilegio de engrosar sus listas literarias. Nacido en 1918 en Zapotlan, se distingue, a juicio del que escribe, principalmente por el espíritu lúdico de que dota su narrativa. Los continuos juegos de humor, de absurdo, de jerga indígena, de piruetas que el autor iberoamericano lleva a cabo, lo confirman como un hiperactivo de la escritura. En su libro Confabulario definitivo, que tiene edición en Cátedra, se muestra todo su talento, y siendo más específico, en uno de los cuentos, el de «El guardagujas», se concentran todas sus cualidades para dar el fruto de una narrativa de lo más peculiar. Así pues, centrémonos en este cuento para intentar componer una idea aproximada de lo que es su literatura.

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Cuento breve de Edgar Allan Poe: El hombre de la multitud

“Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba”.

EL HOMBRE DE LA MULTITUD, un cuento de Edgar Allan Poe

 

Ce grand malheur de ne pouvoir être seul.


(La Bruyère )

 

Bien se ha dicho de cierto libro alemán queer lässt sich nicht lesen-no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios queno permitenque se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D…, en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto delennui;disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior –άχλϋς ήπριν έπήεν– y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.

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Cuento breve recomendado: “Los del terruño”, de Giovanni Guareschi

Giovanni Guareschi

Los del terruño somos la gente corriente, los que vivimos de lo nuestro. En los sueños y en la realidad suelen pasarnos cosas extraordinarias, y Guareschi las escribe. No resultamos simpáticos a ciertos politicastros ni a los intelectuales porfiados porque pensamos con nuestra cabeza y porque queremos vivir libremente…
Beppe Gualazzini

 

LOS DEL TERRUÑO

(cuento)

Giovanni Guareschi (Italia, 1908-1968)

Gion era el tercero de todos nosotros, los doce hermanos. Cuando le tocó el turno se fue a hacer el servicio. Fui yo quien le acompañó con el carro hasta el distrito de reclutamiento. Antes de dejarnos, Gion me recordó encarecidamente:

-Mira, a ver si, mientras tanto, consigues convencerle.

Desde hacía ya varios años, cuando en nuestra comarca se empezaba a trillar el trigo, Gion desaparecía de casa y se iba a contemplar la trilladora.

Se quedaba fuera tres semanas y hasta cuatro y se pasaba veinte y treinta días mirando la máquina, sentado bajo un sombrajo. Comía si le daban de comer y al anochecer, cuando acababan de trillar y enganchaban la trilladora al vehículo remolcador, se iba a la carretera a ver pasar el cortejo y luego lo seguía hasta la nueva era. Dormía en el pajar y, a la mañana siguiente, en cuanto oía el silbido de la máquina, Gion bajaba corriendo, se buscaba un sitio cómodo donde no molestara, y volvía a ponerse a contemplar la trilladora.

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Cuento breve de Enrique Banchs: La cigarra

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Cigarra. Fuente de la imagen en Internet.

LA CIGARRA

(cuento)

Enrique Banchs (1888-1968)

Cuando hace sol y silencio y en la sombra de los emparrados tiemblan manchas claras, canta un largo rato la cigarra.

Con su ruido de leño en el fuego, de alero viejo, de eje de carreta, la cigarra sobresalta la paz del mediodía. Y la gente, que reposa, levanta la cabeza como si oyese hablar a los árboles.

Nunca se la ve. Es la música escondida de las leyendas, la música del gnomo. Uno se acerca al álamo, donde cree que suenan manojos de espigas agitadas y no ve más que retoños, ramas nuevas, dos o tres hormigas y en lo alto, muy alto, los puñados de nidos.

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Cuento breve recomendado (240): “El componedor de cuentos”, de Mariano Silva y Aceves

Las mejores narraciones de Silva y Aceves, por lo general, tienden a sugerir el carácter algo irreal, absurdo, casi fantástico de sus personajes aunque hay también cuentos cuya temática violenta hace pensar en los que escribiría más tarde Juan Rulfo. Sus textos son el resultado de un agudo sentido de observación a menudo matizado por un fino espíritu irónico o humorístico. La brevedad, la pulcritud estilística, la sutileza irónica, la presencia de lo absurdo son algunos de los elementos que hacen de Silva y Aceves no sólo uno de los cuentistas más destacados de su generación sino un insospechado precursor de Arreola y Monterroso

Serge I. Zaytzeff

Cuento de Julio Cortázar: Final de juego

 

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Casa tomada”, de Julio Cortázar

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

 

El cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, fue elogiado por José Donoso en la entrevista que le hizo Mempo Giardinelli para Así se escribe un cuento (Suma de Letras, 2003, página 237). “Casa tomada”apareció por primera vez en la revista Anales de Buenos Aires, publicada por Jore Luis Borges, y luego fue incluido en el libro Bestiario, en 1951.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “La casa inundada”, de Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.

Cuento breve recomendado: “Amor cibernauta”, de Diego Muñoz Valenzuela

Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán