Cuentos rusos

Cuando hablamos del género del cuento debemos escribir con letras mayúsculas los nombres de algunos grandes maestros rusos que hicieron del siglo XIX un Siglo de Oro de las letras eslavas. ¡Qué sería de la literatura sin la gran aportación de los cuentos rusos!

Nos referimos a grandes cuentistas como Antón Chéjov, Leónidas Andréiev, Alexander Grin, Aleksandr Afanásiev (gran compilador de cuentos populares), Nikolái Gógol, Iván Turguénev o Varlam Shalámov, por no hablar de los grandes novelistas León Tolstói y Fédor Dostoievski, que también escribieron cuentos de calidad. Y estos son solo unos cuantos…

De todos ellos publicaremos un relato (o varios) en esta página dedicada a ensalzar la gran labor de los cuentistas rusos (y no solo en el siglo decimonónico).  

¿Estás preparado para leer algunas de las mejores narraciones rusas jamás escritas?

RebajasBestseller No. 1
Cuentos (Clásica Maior)
  • Antón P Chéjov
  • Editor: Alba Editorial
  • Tapa blanda: 770 páginas
RebajasBestseller No. 2
Los mejores cuentos de Anton Chejov
  • ANTON CHEJOV
  • Editor: MESTAS Ediciones, S.L.
  • Edición no. 1 (01/01/2017)
  • Tapa blanda: 192 páginas
RebajasBestseller No. 3
Cuentos imprescindibles (PENGUIN CLÁSICOS)
1 Opiniones
Cuentos imprescindibles (PENGUIN CLÁSICOS)
  • Anton Chéjov
  • Editor: PENGUIN CLASICOS
  • Edición no. 1 (11/23/2017)
  • Tapa blanda: 480 páginas
RebajasBestseller No. 4
Cuentos completos: 1880-1885 (Voces / Literatura)
5 Opiniones
Cuentos completos: 1880-1885 (Voces / Literatura)
  • Antón P. Chéjov, Paul Viejo Martínez
  • Editor: Páginas De Espuma
  • Edición no. 1 (11/27/2013)
  • Tapa dura: 1168 páginas

Cuento ruso de Leónidas Andréiev: Ben Tovi

El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben–Tovit tenía, desde por la mañana, un dolor horrible de muelas.

Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben–Tovit experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero después de comer, la molestia pasó, Ben–Tovit la olvidó y acabó de tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, negocio que le puso de buen humor.

Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben–Tovit para algún grave asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y Ben–Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso agradable. Ben–Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, más cruel que antes. Ben–Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.

Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.

Ben–Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus terribles sufrimientos.

La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.

El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben–Tovit, pero por breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante los escasos momentos de tregua, Ben–Tovit procuraba olvidarlo completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza contra la pared.

Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús Nazareno. Ben–Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:

–Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.

–¡Déjame en paz! –respondió colérico Ben–Tovit–. ¿No ves lo que sufro?

Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.

A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados romanos. Uno de los condenados –el que tenía largos cabellos rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas– tropezó en una piedra que le habían tirado y cayó.

Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con sus olas la superficie de un islote.

Ben–Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole un bledo cuanto sucedía en la calle.

–¡Dios mío, cómo gritan! –gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más cruel su sufrimiento, y Ben–Tovit empezó a balancear furiosamente la cabeza y a lanzar gritos.

–Cuentan que curaba a los ciegos –dijo su mujer, que no se apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.

Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.

–¡Tonterías! –respondió Ben–Tovit con acento burlón–. ¡Si posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!

Y tras un corto silencio añadió:

–¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!

Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su mujer. Ben–Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.

Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben–Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a propósito del cuadrúpedo.

Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben–Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:

–¡Dios mío! ¡Es terrible!

A Ben–Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.

Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.

La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.

Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben–Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben–Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota abajo. Ben–Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de cometer sobre la tierra.

Los espectros, Madrid, 1919

Traducción de Nicolás Tasín


Cuento ruso de Anton Chejov: El camaleón

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio… En la plaza no hay ni un alma… Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas miran el mundo melancólicamente, como fauces hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera mendigos.

–¿A quién muerdes, maldito? –oye de pronto Ochumélov–. ¡No lo dejen salir, muchachos! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah… ah!

Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un perro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: «¡No lo dejes escapar!» Caras soñolientas aparecen en las puertas de las tiendas y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.

–¡Se ha producido un desorden, señoría!… –dice el municipal.

Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco desabrochado, quien ya de pie levanta la mano derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su cara de alcohólico parece leerse: «¡Te voy a despellejar, granuja!»; el mismo dedo es como una bandera de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.

–¿Qué ha ocurrido? –pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente–. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?… ¿Quién ha gritado?

–Yo no me he metido con nadie, señoría… –empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano–. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo… Perdóneme, yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo… Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo… En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales… Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse…

–¡Hum!… Está bien… –dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas–. Está bien… ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no desean cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí!… Eldirin –prosigue el inspector, volviéndose hacia el guardia–, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso… ¿Quién es su amo?

–Es del general Zhigálov –dice alguien.

–¿Del general Zhigálov? ¡Hum!… Eldirin, ayúdame a quitarme el capote… ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia… Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? –sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin–. ¿Es que te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque tú… ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!

–Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es tonto, le ha dado un mordisco… Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.

–¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has visto nada? Su señoría es un señor inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad… Y, si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley… Ahora todos somos iguales… Un hermano mío es gendarme… por si quieres saberlo…

–¡Basta de comentarios!

–No, no es del general. observa pensativo el municipal–. El general no tiene perros como éste. Son más bien perros de muestra…

–¿Estás seguro?

–Sí, señoría…

–Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta… es un asco. ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se pararían en barras, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto… ¡Ya es hora de darles una lección!

–Aunque podría ser del general… –piensa el guardia en voz alta–. No lo lleva escrito en el morro… El otro día vi en su patio un perro como éste.

–¡Es del general, seguro! –dice una voz.

–¡Hum!… Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin… Parece que ha refrescado… Siento escalofríos… Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando… Y di que no lo dejen salir a la calle… Puede ser un perro de precio, y si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado… Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!…

–Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos… ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro… ¿Es de ustedes?

–¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!

–¡Basta de preguntas! –dice Ochumélov–. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en conversaciones… Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo… Hay que matarlo y se acabó.

–No es nuestro –sigue Prójor–. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. A su hermano…

–¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir Ivánich? –pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura–. ¡Vaya por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?

–Sí…

–Vaya… Echaba de menos a su hermano… Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho… Llévatelo… El perro no está mal… Es muy vivo… ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja… Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr… Rrrr… Se ha enfadado, el muy pillo… Vaya con el perrito…

Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén de leña… La gente se ríe de Jriukin.

–¡Ya nos veremos las caras! –le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.


Cuento ruso de Alexander Grin: Culpa ajena

1

La carretera del bosque que une la orilla del río Ruanta con el grupo de lagos entre Concaíb y Ajuan-Scap, construida con el esfuerzo de toda una generación, es, como todas las carreteras de este tipo, tacaña para las perspectivas rectas y más cómoda para las aves que para las personas que la usan muy de vez en cuando. El cartero, un hombre de unos treinta y cinco años, casado y bien formado, cabalgaba por esta carretera una mañana, pero se encontró con un obstáculo inesperado.

Su caballo ensillado caminaba tranquilo por el camino bañado por el sol, arrancando con sus labios las hojas de acacia silvestre. La cola del animal se movía constantemente de un muslo a otro, espantando las moscas, las cuales ya habían estudiado perfectamente el ritmo de este movimiento: levantaban el vuelo y se posaban sin ningún peligro. El sol descansaba en la espesura del bosque. Reinaba el silencio ardiente de las hojas inmóviles sumergidas en el calor del mediodía.

En el camino, boca abajo, como si observara por debajo del brazo la vida del bosque, yacía el cadáver de un hombre, con una rotura difícil de notar en el paño de la chaqueta en su espalda. El revólver se había caído de los dedos abiertos de su mano derecha. La gorra plana, con su visera recta de lona, estaba delante de la cabeza con la parte hueca hacia arriba; un escarabajo la cruzaba.

Encima del cadáver había una nube de moscas atraídas por el olor a carne cruda que salía de debajo de este denso, pesado cuerpo, donde la tierra todavía estaba húmeda y pegajosa.

Al lado de la montura, con cada paso del caballo, se sacudía la tapa abierta de la bolsa, de donde, deslizándose uno sobre otro y dando vueltas sobre el borde de cuero, caían los sobres cerrados. Los cascos los pisaban de vez en cuando y los convertían en unas rosetas deformes.

Arrancando ramitas con su boca el caballo se acercaba más y más al cuerpo. Al ver al tendido pareció recordar el alboroto de hacia un rato, relinchó, luego caminó hacia atrás, colocando las patas traseras con inseguridad y sacudiendo la cabeza como si tuviera un puño delante de los ojos. Un ronquido fuerte salió de sus fosas nasales. Dio un brinco, luego quedó quieto, aguardando con la cabeza gacha y el ojo izquierdo extraviado.

En este momento, desde el bosque, separando las ramas con un movimiento directo y fuerte de ambos brazos, salió y puso un pie en la carretera un hombre. Vestía un chaleco de piel de carnero con el cuero hacia afuera, por encima de una camisa de satén estampado, un sombrero gris y unas botas montañesas altas. Llevaba varios días sin afeitar, era de mirada rápida y cara delgada e indiferente. Al ver lo que tenía delante dio la vuelta y desapareció como un muelle, con la misma rapidez de su llegada.

Por un rato su cara blanca e inmóvil permaneció mirando desde la penumbra del bosque. El hombre observó y esperó.

Luego, de nuevo se estiró la mano separando la enredadera verde, el hombre volvió a salir y miró con cautela a su alrededor. No había peligro. El caballo se alejó y siguió arrancando hojas.

Dos cartas más cayeron desde la bolsa de la montura.

En la nuca del cadáver había una mancha del sol.

2

El desconocido se acercó al muerto, se agachó y apoyó el dorso de la mano en su frente, observándole la cara.

-Es por eso que hubo disparos por acá -dijo, levantándose-. Guenisser ya no repartirá más correo. Seguro que llevaba dinero y no lo entregó vivo. ¡Pobre de tu mujer, Guenisser!

Meneó la cabeza, suspiró y realizó una breve investigación, como lo hubiera hecho cualquiera que pasara por allí: rodeó el cadáver, recogió el revolver y comprobó que le faltaba una sola bala. El cartero logró disparar sólo una vez.

El respeto a la muerte provocó en el desconocido un minuto de meditación. El hombre ensombreció, chasqueó los dedos, luego empezó a recoger las cartas hasta llenar la mano.

De vez en cuando le daba vuelta a algún sobre leyendo nombres conocidos y desconocidos con el interés de una persona a la que le sobra el tiempo libre.

Levantó otra carta y  de pronto retrocedió manteniéndola frente a los ojos, luego dejó caer todas las cartas recogidas  menos la última y, buscando con la mirada en el aire alguna indicación de cómo proceder en este caso inesperado, se puso muy nervioso. Una preocupación fija y pesada se instaló en su cara. El filo estrecho de la vergüenza estaba enfrentando con dolor a otro sentimiento, que era el más fuerte de todos los que lo habían visitado alguna vez.

Las circunstancias de este caso podrían llevar al pecado hasta a una personalidad menos impulsiva. El instinto le ordenaba abrir la carta. El desconocido era hombre del instinto. Después de una corta lucha cedió a la inconcebible tentación y rompió el sobre con el movimiento inseguro del primer delito.

Al leer la hoja escrita con la letra apurada de un hombre, con cuidado introdujo la carta al sobre, lo guardó en el bolsillo y le dio una palmada como si afirmara y cerrara con este movimiento el hecho con toda su poderosa claridad. Cuando volvió en sí notó una piedra y se sentó.

-Bueno -dijo con fuerza y se dispuso a pensar.

Al bajar la cabeza entrelazó los dedos de las manos y apoyó los codos en las rodillas separadas. En esta posición quedó sentado un rato, sacudiendo a veces las manos apretadas y repitiendo su “bueno…” cada vez con la voz más baja, más reflexiva, hasta que el proceso de sus pensamientos e impresiones culminó en la evidente necesidad de actuar.

Sacudiendo las manos una vez más, estirándose un poco, el hombre levantó la cabeza y se incorporó. Parecía que había vivido algo agradable porque salió a la carretera sonriendo. Era una sonrisa involuntaria y extraña. Conservándola empezó a perseguir al caballo lanzándole su amplío chaleco de piel a la cabeza. Después de varios intentos fallidos al fin agarró las riendas, subió a la montura y orientó la cabeza del terco animal en dirección de Concaíb.

El caballo caminó hacia atrás, luego hacia adelante. Un golpe en el costado acabó de quitarle el equilibrio y, después de agitar los crines con violencia, empezó a producir un rápido “ta-ra-pa-tá”, “ta-ra-pa-tá” a lo largo de las ramas que volaban hacia sus ojos.

El jinete no se conformó con esta carrera, aunque respiraba el agudo viento del espacio latigante. Insultó al caballo con unos comentarios rabiosos y le exprimió toda la velocidad a la que puede ser capaz un animal sano de tres años y buena sangre.

3

Cabalgó así un par de horas, a veces enfurecido, por lo que el caballo, al que ya le pesaban las cuestas, las vencía con un ronquido, estirándose como una cuerda en su último esfuerzo. En los declives el jinete y el caballo se convertían en un solo animal loco que se desplazaba con la rapidez de la caída. Los delgados puentecitos colgados sobre algunas grietas o corrientes, brincaban flexionándose como si los cascos estuvieran golpeando un cuerpo vivo. A veces una piedra salía volando al chocar con la herradura. Cuando se acabó el declive del bosque y empezaron los pastos con un terreno suave, el galope se volvió más pesado, pero con los golpes de las piernas en un apasionado arranque de todas las fuerzas del hombre, el caballo recibió la orden de convertir su esfuerzo en una hazaña. Lo hizo. En sus ojos se reflejaba el vapor de sus pulmones ardiendo. Su cuello estaba estirado en un esfuerzo demente. La imagen de un viejo techo entre las cañas lo atrajo como una meta falsa, corrió unos cien pasos, pasó a trote, luego, trepidando como si hubiera sido herido por una bala, se desplomó cubierto de espuma, agonizando, batiendo el aire con sus cascos.

El jinete no se inclinó sobre él ni un solo instante. 

Saltó a tierra, como si el caballo fuera un tronco oscilante, con tal rapidez y seguridad como si todo estuviera previsto y por ello no podía provocar demoras y cavilaciones. Corrió al borde de la orilla del río sobre el cual se movía, apareciendo y desapareciendo, una gorra de piel rojiza. Allí, de pie en un bote, un viejo tostado por el sol estaba clavando una estaca en el fondo del río; al levantar la cabeza vio a un hombre en el borde del precipicio con un revólver apuntando a la sien.

La escena era como una visión.

La mano con el revolver tembló de un golpe corto, el sonido del disparo desmoronó la silueta del tirador, quien inclinó la cabeza y cayó para atrás.

El viejo, entornando los ojos, dejó caer el martillo de madera y, con un grito que expresó un brusco cambio en sus pensamientos, llegó a la orilla en tres remazos.

Agarrándose con las manos a los terrones de tierra del despeñadero, el viejo subió rápido, como una ardilla, y ya estaba cerca del cuerpo cuando el suicida, súbitamente recobrando el sentido, se tiró para abajo, se apoderó del bote y zarpó en el mismo momento que los dedos del viejo, menos ágiles que el trabajo febril de los remos, sin alcanzar la borda por una sola pulgada, quedaron extendidos hacia el bote fugitivo.

-¡Ort Ganuver! -dijo el viejo parado en el agua hasta las rodillas-. Te reconocí. Ya te atraparán. ¡Te atraparán! -repitió, y saliendo lentamente a la orilla escuchó la sombría respuesta:

-Necesitaba este bote.

4

El viejo no respondió, dio una patada en el suelo y corrió a la casa. Decidido a castigar al ladrón, tomó la escopeta y subió al techo de la casa por una escalera de mano.

Ganuver navegaba corriente abajo con la rapidez de una carrera. El bote, oscilando como un cascarón vacío, saltaba con cada toque de los remos por los movimientos acompasados y amplios; cuando el remero dobló la curva, su silueta inclinándose y enderezándose se divisó en la brillante superficie del agua.

Al lado del viejo estaba un niño de unos ocho años, sombrío, con la cabeza rubia, mirando con aire diligente por debajo de la mano. Había subido al tejado con un pedazo de pan entre los dientes.

-Túmbalo ahí mismo -aconsejó la criatura al padre con la boca llena de comida.

En la línea del tiro el remero levantó el remo para proteger la cabeza con su pala y se agachó involuntariamente cuando la bala, después de sacudir el remo, se perdió en las cañas. Enseguida empezó a remar más fuerte, casi saliendo del espacio peligroso a la protección de la orilla izquierda, pero sonó un segundo disparo; la bala hizo chillar al tolete y se llevó su dedo meñique.

Todavía sin sentir dolor, el remero miraba aturdido su mano izquierda mutilada, de la que corría por el remo un fino chorro de sangre que goteaba en el agua. Más adelante, después de pasar otra curva,  se vendó rápidamente la mano con un pañuelo y miró al sol.

El sol indicaba casi las cinco de la tarde.

-Una milla más -dijo, volviendo a remar con la misma tenacidad y sacudiendo la cabeza para quitarse el sudor que le corría a los ojos. El pañuelo en su mano se cubrió de manchas negras; allí estaba latiendo el dolor, dominante como una quemadura.

-No vale la pena devolver este bote -masculló, mirando al sol una y otra vez-, no podré comprarme otro meñique ni por cien botes como este.

Al fin se divisaron los oscuros cobertizos, los jardines, el aserradero, el molino, la plaza y los anuncios. Ort Ganuver entró por debajo de los pilotes del muelle, se dejo caer a la arena de la orilla y, sin pensar más en el bote, se dirigió apurado al otro lado de la ciudad.

5

A estos dos centenares de tejados se podía  echar un vistazo desde la altura de mástil de barcaza con un solo movimiento de pestañas. Como cualquier habitante del lugar Ganuver podría decir de antemano qué espectáculo vería doblando cualquier esquina de cualquier calle. Pero él se encontraba en una situación especial cuando un poblado conocido se medía solamente con la escala de su pulso, oprimido por el peligro, cuando la familiaridad aparente de este lugar no era nada ante lo desconocido: qué aspecto tomaría el primer encuentro casual. Sin embargo, Ort Ganuver había puesto sus manos a la obra que le exigía olvidarse de sí mismo. Al ver las puertas del hotel abiertas de par en par no trató esquivarlas porque apreciaba cada minuto. Corriendo frente al hotel observó a varias personas que estaban allí de pie y, por la expresión de un pensamiento inesperado con la que algunas de ellas movieron el cigarrillo de una esquina de la boca a la otra, mirándolo abiertamente de frente, comprendió que lo habían reconocido. Si Ganuver se hubiera vuelto para mirar, habría visto a través del polvo y rayos del sol que todas las miradas lo habían seguido. Asimismo lo sabía, aun sin volverse.

Estaba acalorado, exaltado por su loco viaje, por esta razón pensaba en la inevitable persecución solamente a través de la visión de aquella casa, de la puerta que se apresuraba a abrir, ahora más que media hora antes, porque oyó el primer sonido de la sirena del vapor. Cuando él, al fin, abrió esta puerta, salió a su encuentro una anciana de aspecto huraño  e, inclinando la cabeza, lo miró por encima de los lentes. Lo reconoció. Cualquier aparición odiada la llenaba de un riguroso silencio. Su cara asumió una expresión categórica de un candado, mientras su mano amarilla con cólera le indicó la puerta de una habitación donde una voz de mujer entonaba una canción sobre las flores primaverales.

Recobrando el aliento, escondiendo detrás de la espalda la mano herida, Ganuver se presentó ante una mujer joven que lo miró con un gran asombro. Su cara se ruborizó de pronto, pero sin sonreír, sin animarse: con un seco rubor de enojo.

Por lo visto, ella estaba haciendo maletas, terminando de recoger las cosas pequeñas. Una maleta grande estaba en el piso, abierta.

Ganuver dijo solamente:

-No tenga miedo, Fen, soy yo.

Sus ojos buscaron en el rostro de la muchacha una opinión sobre sí mismo, pero no la encontraron. En silencio le tendió la carta.

Como recompensa recibió una mirada larga, interrogante y despiadada. Con un gesto brusco ella tomó la carta, la leyó y perdió la serenidad. Toda ella, todo su ser se había rebelado contra el impacto, todavía sin saber qué decir, cómo y a dónde dirigirse, pero Ort, al ver su cara, también se puso nervioso y retrocedió, preparando una gran cantidad de palabras, las cuales en la confusión  nunca llegaría a pronunciar.

La joven se sentó, cubriendo sus ojos con su pequeña y fuerte mano, pero suspirando volvió a guardar las lágrimas.

-¡Mejor me hubiera matado a mí, Ort! -dijo ella-. Y además leyó esta carta. ¡¿Cómo llamarlo?!

-Si no, no estuviera aquí -objetó Ganuver rápidamente-. Óigame, Fen. Yo no sabía, le juro, qué lugar ocupa en su vida este Fitzroy. Si lo supiera, quizás le hubiera perdonado una buena mitad de lo que él me había dicho. Son cosas del pasado: estábamos borrachos los dos, todo sucedió bajo el letrero de la taberna “Los tres osos”. Una palabra tras otra. Su última palabra era que soy un canalla, su último movimiento fue tirarme un vaso. Fue cuando apreté el gatillo, usted también lo hubiera hecho en mi lugar. Es verdad,  por culpa de otras historias como esta tuve que salir huyendo de aquí, pero ¿acaso uno recuerda esto cuando le está hirviendo la sangre? Ya lo ve, Fitzroy está herido, está vivo y la llama. Tenía que apurarme, para llegar antes de que usted abordara el vapor. Me enteré por la misma carta de que usted se tiene que ir hoy. No he perdido tiempo. Aunque me toca toda la vergüenza, me alegro de que usted se haya enterado de todo a tiempo.

-¿Al fin me dirá cómo esta carta llegó a sus manos?

-Se lo diré. La recogí en la carretera. Estaba cruzando la carretera. No sé quién acabó con Guenisser, pero todo su negocio estaba esparcido en un espacio de veinte o treinta pasos. Guenisser estaba muerto. Un asunto feo, no sé quién lo asaltó. Cuando me puse a recoger las cartas vi su nombre… En otras circunstancias yo no… no leería la carta. Pero entonces…

Quiso decir que había cedido a la sugestión de las coincidencias -la rareza del suceso, recortado por un golpe terrible- pero no encontró palabras apropiadas para esto, calló y se recostó a la pared, arrepentido y alarmado, mirando a la joven.

-¡¿Abrir una carta?! -dijo ella golpeando la mesa con la palma de la mano- ¡Diablos! ¡No le conocía esta faceta, Ort!

-Arma de dos filos -objetó él un poco molesto-. De lo contrario usted no se hubiera enterado de la situación.

-¡Si, pero usted lo hizo!

-¡Ay de mí! Y ahora que el círculo se ha cerrado, júzgame como quiera.

-Va a tener que responder por Guenisser -dijo Fen después de un momento de silencio-. Y por todo lo demás.

-No fui yo quien mató a Guenisser -respondió Ganuver-, ya se lo dije.

Se enfurruñó y se apoyó en la pared empujando sin querer la mano escondida detrás de la espalda.

-¿Qué es esto? -preguntó ella desconfiada, señalando la venda.

-Nada -respondió Ganuver, apretando con los dientes y con la mano derecha la tela que se había aflojado-. Adiós, Fen. Dígale… Dígale a Fitzroy que lo siento… Yo…

La miró con timidez y agitando el sombrero se dirigió a la salida.

-¿Por qué lo hizo? -oyó desde el umbral. La voz había sonado lo más seco que pudo.

-Ya lo expliqué -dijo Ganuver volviéndose con un sentimiento doloroso-, todas estas ofensas…

-No se haga el tonto, Ort. No es esto lo que le pregunto.

-B… bueno -dijo él, escogiéndose de hombros y tartamudeando-, porque la amo, Fen, y usted lo sabe bien. No valía la pena preguntar.

-No valía la pena… -repitió ella pensativa-. ¿Alguien lo vio?

-Debe ser.

-Por si acaso, lo dejaré salir por otra puerta, luego pase lo que pase.

La siguió por un pasillo corto hasta la puerta abierta que enmarcaba el cuadro del cantero y del perro que miraba estirando la cadena, con los ojos encendidos de sangre, al hombre del chaleco de piel. Sabía que lo que se abría detrás de esta puerta no era la vida sino el cuadro de la vida que él pudiera evocar en su memoria antes de ir a la horca. La sensación de peligro lo llenó de pronto.

Al salir miró para atrás y vio cómo una mano de mujer cerró firmemente la puerta.

Ort Ganuver se había dirigido a la puerta de la verja, pero cambió de opinión, dobló para el lado contrario, brincó una pared de piedra no muy alta y pasó por un costado del huerto vecino para salir a la otra calle. Estaba insólitamente tranquilo e indolente, aunque media hora antes ansiaba volcar y apartar todo lo que se oponía a la entrega de la carta. La reacción era tan fuerte como la rigurosa e inclemente tensión del encuentro. Sintió que perdía la capacidad de razonar.

Se detuvo indeciso, aunque estaba consciente  del peligro de la demora. Al fin se movió, cruzó la calle y se dirigió hacia el río.

6

La tarde del día siguiente el redactor del “Heraldo del Sur” recibió del compaginador una serie de galeradas y las ojeó murmurando para sí mismo. “Terremoto en Zurbagan”, “Funciones de la compañía del circo de Backelberg”, “Una recepción más en la bolsa”,  “El arresto de Ganuver”…

Separó el artículo, tomó un lápiz y leyó:

“Ort Ganuver fue detenido esta tarde en una calle de la ciudad Knay; sus asuntos, como debemos señalar, no van nada bien. Se le acusa de asaltar y matar al cartero. Además, las viejas fechorías de este caballero de carácter explosivo forman un majestuoso cuadro de salvaje desenfreno, por esta razón…”

Lo demás era del mismo género y, después de leer en silencio el final, el redactor escribió encima de la columna:

“El arresto de Ganuver”.

“El asaltante del correo tendrá un castigo merecido”.

“Severo pero necesario ejemplo tendrán todos los enemigos de la sociedad y del orden”.

-Así es -dijo entregando la columna corregida al empleado-. Lo demás también va a la máquina.

El empleado, después de revisar el material, se acercó a la mesa del redactor.

-¿Cuál artículo va? -dijo-. Tengo dos artículos sobre Ganuver.

-¿A ver?..

-Este y aquí este, el que le digo.

El segundo artículo estaba redactado así:

“El arresto de O. Ganuver provocó en nuestra ciudad muchos comentarios e interpretaciones. Lo acusan de matar y robarle al cartero. Sin embargo, está comprobado mediante  la entrega al equipo de investigación policial de una prueba irrefutable, que O. Ganuver se presentó en Knay para entregarle a una persona una carta que encontró en el camino. No sabemos cómo repercutirá este acontecimiento en el veredicto del juicio, pero consideramos como un asunto de justicia determinar por medio de la prensa la inocencia de Ganuver en este horrible y triste suceso.”

-¿Quién lo mandó a incluir esta nota? -preguntó el redactor-. ¿Debe ser usted, Zicus?

-Si. Porque usted no estaba.

-¿Quién firmó el original?

-Está firmado…

Pronunciando estas palabras, el joven, pelirrojo como una zanahoria, buscó en la mesa y entregó el trozo de papel firmado: “F. O’Teron”.

-Suena un poco íntimo, un poco frívolo -dijo el redactor, sin dirigirse a nadie y mirando uno tras otro los dos artículos-. Un juicio es un juicio. Un periódico es un periódico. Creo que el primer artículo es más ventajoso. Incluya este. En lo que concierne a la carta de F. O’Teron, la redacción le responderá en privado.


Dos cuentos populares rusos para niños recogidos por Afanásiev

Cuento ruso EL OSITO (YouTube)

Última actualización el 2019-07-06 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados