«Mi querido Dostoievski”, en Náufragos en tiempos ágrafos

Dostoievski creó personajes al límite porque él mismo vivió vicisitudes terribles, sobre todo antes de conocer a la que sería su secretaria, Anna Grigórievna, a quien contrató como estenógrafa durante la redacción de El jugador y con la que acabó casándose. Mi biografía –un poco como la de todos, supongo– está sembrada de momentos malos, aunque no darían mucho juego en Wikipedia. Al contrario que Dostoievski, no he sido detenido por actividades políticas subversivas, no he estado confinado en un penal de Siberia, no soy epiléptico, mi padre no ha sido asesinado por sus empleados, no he sido encumbrado primero y defenestrado después por los mejores críticos literarios de mi país, no me gasto el poco dinero que gano en los casinos, ni me extorsionan mis editores. Sin embargo, he vivido situaciones muy amargas que favorecen cierta sintonía con el mundo dostoievskiano. Entiendo muy bien el universo turbio y angustioso de sus libros (en cierta manera lo he vivido en mis propias carnes), aunque tengo un lado hedonista del que posiblemente él y sus personajes carecieran.

El microrrelato según Javier Marías

Si algo debemos echarle en cara a Javier Marías no es que arremetiera contra el género del microrrelato (el crecimiento de los géneros literarios, como el del ser humano, no se entendería sin ciertos reproches), sino que lo hiciera como uno de estos turistas, frívolos cazadores de souvenirs, que disparan sus cámaras fotográficas sin bajarse del autobús.

Poéticas de la microficción

La significación más aceptada para el novedoso concepto de la microficción, engloba dos ámbitos complementarios: uno se refiere a las expresiones literarias cuyo orden remite a la concisión, ya sean viñetas, aforismos, leyendas, fábulas, estampas, adivinanzas o el mismo cuento brevísimo, entre otros; el segundo se encarga solamente de las expresiones del microrrelato, ese nuevo género lilliputense que empieza a ser evaluado por la historia literaria, la academia y favorecido por las editoriales.

El cuento jíbaro: antología del microrrelato mexicano

«El cuento jíbaro: bajo este título, realmente afortunado, el lector encontrará una “antología del microrrelato mexicano”. Sin duda, en estos tiempos de telegrafía en la red, se trata de uno de los pocos géneros que aprovecha y se sitúa en medio de la necesidad de síntesis que exige la dinámica de lectura contaminada por la internet y la publicidad, para crear una nueva manera de expresión. O no tan nueva como bien señala el antólogo y prologuista Javier Perucho.

«Bazar de ingenios», por Noemí Montetes Mairal

Porque probablemente la característica más específica del género del microrrelato sea precisamente esta -como hemos indicado unas líneas más arriba- la seña de identidad, asimismo, más distintiva del siglo XX: el mestizaje entre los géneros, las artes, las disciplinas. Y así el microrrelato, que coquetea con el relato propiamente dicho, pero también con el poema, la prosa poética, el aforismo, la greguería, la máxima, el haiku, el artículo periodístico

El género del microrrelato, visto por Andrés Ibáñez

Género de diletantes. Esta última idea tiene una gran dosis de verdad, porque quitando los ejemplos obvios que todos tenemos en la cabeza y que sin duda se esgrimirán en mi contra, es evidente que los microrrelatos son un género propio de diletantes. He leído microrrelatos de buenos escritores y otros escritos por desconocidos: es imposible notar la diferencia.