50 relatos cortos de una página (como máximo)

En esta sección puedes leer relatos cortos que no sobrepasan las 600 palabras. Una página de Word como máximo, más o menos (dependiendo de la maquetación y el interlineado). Algunos, los más breves, apenas tienen un párrafo.

Aquí encontrarás cuentos de autores clásicos y modernos, todos ellos escritos en castellano. (No hay ninguna traducción). El objeto es pasar un buen rato de lectura con ficciones de diversos autores, reunidas en un solo post. ¿Nos acompañas?

Estos son los autores seleccionados hasta la fecha: Hugo López Araiza Bravo, Ernesto Valdés O., Reinaldo Bernal Cárdenas, Jairo Aníbal Niño, Eladio Pascual Pedreño, Humberto Mata, Alfonso Reyes, Álvaro Mutis, Francisco Rodríguez Criado, José María Merino, Evelio Rosero, Adolfo Bioy Casares, Elena Casero, Juan Manuel Ramírez, Juan Manuel Ramírez Paredes, Antonio Toribios, Miguel Bravo Vadillo, Purificación López, [Pablo Albo, Pep Bruno y Félix Albo], Carlos Castán, Betancourt Lourdes, Pilar Galán, Dominique Vernay, Paz Monserrat Revillo, Chelo Sierra, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Luis Borges, Guillermo Saccomanno, Soledad García Garrido, Julio Torri, Andrés Neuman, José Luis Garci, Hipólito G. Navarro, Margarita Posada, Gustavo Martín Garzo, Alejandro Bentivoglio, Alexis Ravelo, Eva Sánchez Palomo, Eduardo Solana Hernández, Elías Moro, Ángel Saiz Mora, Arturo Barea, David Lagmanovich, Fernando Iwasaki, Rossi Vas, Javier Santos Rodríguez, Gabriel de Biurrun, Ricardo Güiraldes, Manuel Pastrana Lozano, Alberto Fuguet.

Selección de los textos: Francisco Rodríguez Criado

 

 

Microficción de Hugo López Araiza Bravo: Sombrero de doble copa

El mago metió la mano en el sombrero para realizar su acto final. Pero no logró sacarla. Una fuerza descomunal tiró de él hasta succionarlo por completo. Del otro lado, un público de conejos aplaudió su aparición.

Ficción ultrabreve de Ernesto Valdés O.: Después del naufragio

El alma del capitán Ramunsen volvió a ser feliz; navegaba nuevamente, ahora en aquel veloz tiburón.

Cuento de Reinaldo Bernal Cárdenas: Nadie puede vivir así

“Estoy ansiosa. Después de mucho pensarlo, he tomado la decisión. Hoy cuando lo vea, se lo confesaré.

Sabrá que me trae loca, que no soporto un día más su indiferencia deliberada, que el mutismo que suele encubrir sus enojos duele cuando por suerte nos cruzamos.

Y es que de un tiempo a esta parte no logro poner atención en lo que hago porque él roba mis pensamientos; por eso es preciso expresarlo, decírselo, para no enloquecer al completo. ¿Puede alguien vivir así?

Le diré que, de tantos inspirados en su nombre, los acrósticos ya no me salen, que daría mi brazo derecho por saber que me desea tanto como yo a él. Le contaré que, en la opacidad de mis noches, cuando creo sentir la cercana tibieza de su cuerpo, pronto advierto una fría presencia de espejismo; que no resisto sus flirteos solapados con las mujeres de la oficina y hasta siento celos cuando alardea y sobrepasa sus gentiles maneras con las demás. Le hablaré de mis sentimientos, pero evitaré los pormenores de cómo, a su lado, me vuelvo escuálida y torpe. Alzaré la voz para que sepa que no pienso resignarme así nomás, con la mera ilusión, con la tortura de ansiarlo y no tenerlo. Juntaré valor para revelarle que, por años, una vez el destino cruzó nuestros caminos, he anhelado que sus ojos me vean con una pizca del amor con el que los míos, desde entonces, lo han hecho. Que, por un tiempo igual, calladamente, he procurado cuanto he podido para merecerlo.

Llegó el momento, se lo diré. Pondré fin a la borrasca de silencio. Estoy nerviosa, pero algo debía hacer. Quizá me mande a freír espárragos, o tal vez diga que de algún modo milagroso ha intentado quererme también. Sea cual sea su respuesta, estoy preparada; aunque, la pura verdad, espero que entienda y acepte mi proposición (considerando que en mis divagaciones fue imposible pensar en otra).

Así que hoy, cuando logre llamar su atención esquiva, y él, sorprendido, enmudezca y agrande sus bellos ojos, pondré cara de que sé lo que hago, y mi voz le dirá con firmeza y pundonor, casi como si le confiara un secreto, que renuncio a vivir así, que no puedo seguir amando por los dos, que sólo espero que firmemos cuanto antes los papeles de divorcio”.

2 microrrelatos de terror de Reinaldo Bernal Cárdenas

Minirrelato de Jairo Aníbal Niño: Fundación y forja

Todo se imaginó Superman, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.

Relato de Eladio Pascual Pedreño: Si no lo veo, no lo creo

                            La literatura es siempre una expedición a la verdad. Franz Kafka

Intentaba juntar letras cuando alguien llamó a la puerta. ¿Quién es? Pude escuchar algunas palabras pronunciadas en otro idioma que no entendí. Pensé que era alguien que venía a pedir dinero, cogí un euro y le abrí. Era un hombre bien vestido, aunque el traje y su cara eran antiguos. Menudo, moreno, me recordó a Manolete, el torero. Pero enseguida lo reconocí, era Kafka. Allí estaba, en la puerta de mi casa, con ese aspecto pulcro y casi infantil. 

Me quedé petrificado, solo se me ocurrió decir una estupidez: “¡Qué bonita es Praga!”. Luego reaccioné, le di la mano y le invité a entrar. Después de dedicarme las dos obras suyas que hay en la librería, le mostré el ordenador en el que intentaba escribir. Él me miraba con ojos curiosos, de asombro, y a mí me daba miedo que su imaginación me convirtiera en una cucaracha. Qué situación tan kafkiana, pensé. Le llamó poderosamente la atención que al acabar cada línea no fuera necesario correr manualmente el ordenador hacia la derecha antes de iniciar una nueva línea. Incluso se sentó al teclado para probar. Fue cuando escribió su célebre frase “En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo”. 

A pesar de su seriedad y de su conducta tranquila y fría, me atreví a proponerle que nos acercáramos a un bar en el que servían cerveza tipo Pilsner, como la de su país. Fue allí, después de varias cervezas, cuando, relajado, sacó a relucir su particular sentido del humor. Yo lo miraba sorprendido, preguntándome donde había quedado la desesperación, el miedo, la insatisfacción, el desgarramiento que impregna su obra. Mis pensamientos se interrumpieron cuando, en tono cortés, pero con aire burlón, alzó su jarra al cielo y dijo: “Yo, en tu lugar, me dedicaría a otra cosa. Pero si te divierte mucho escribir, cuanto más corto sea lo que escribes, mejor para todos”. Mientras brindábamos, lo comprendí: ya lo había hecho, pero en vez de convertirme en cucaracha, me había convertido en una insignificante pulga.  

Volviendo a casa le conté que Borges corregía una y otra vez sus poemas, excepto uno que escribió una mañana al despertarse, el único de su obra que jamás corrigió. Dijo que ese poema se lo había dictado usted en sueños, y que por lo tanto no tenía derecho a cambiarlo. Él me miró sorprendido, y de nuevo rompió su habitual seriedad con una sonora carcajada. “A Borges siempre le dictaron los poemas los ángeles”, dijo. Como parecía que habíamos congeniado, me atreví a decirle: “Frank, ¿no podría dictarme a mí un puñado de palabras en un sueño? Algo cortito, no es necesario que sea un poema, es para un libro de cuentos ilustrados…”. Transcurridos unos segundos, me miró con esos ojos de asombro con que miran los escritores y no me contestó, se limitó a sonreír. Nos despedimos con un apretón de manos. Auf Wiedersehen. Adiós. Y cabizbajo, con un caminar tranquilo, como si estuviera engendrando una nueva obra, se fue alejando.  

Nota: este relato fue escrito una mañana al despertarme, y sobre el mismo no se ha hecho una sola corrección.

Microrrelato de Humberto Mata: Los descubridores

Cierta vez- de eso hace ahora mucho tiempo- fuimos visitados por gruesos hombres que desembarcaron en viejísimos barcos. Para aquella ocasión todo el pueblo se congregó en las inmediaciones de la playa. Los grandes hombres traían abrigos y uno de ellos, el más grande de todos, comía y bebía mientras los demás dirigían las pequeñas embarcaciones que los traerían a la playa. Una vez en tierra –ya todo el pueblo había llegado-, los grandes hombres quedaron perplejos y no supieron qué hacer durante varios minutos. Luego, cuando el que comía finalizó la presa, un hombre flaco, con grandes cachos en la cabeza, habló de esta manera a sus compañeros: Volvamos. Acto seguido todos los hombres subieron a sus embarcaciones y desaparecieron para siempre.

Desde entonces se celebra en nuestro pueblo –todos los años en una fecha determinada– el desembarco de los grandes hombres. Estas celebraciones tienen como objeto dar reconocimiento a los descubridores.

Microrrelato de Alfonso Reyes: Suicidio

Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico.

—¿Y es?

—Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dese por muerto, considérense como cosa transitoria llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes, y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera. Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y sus exigencias personales. Y como habrá usted hecho en su interior, tabla rasa, cuando le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que usted ya no contaba. Al cabo de unos cuantos días, el mundo le sonreirá de tal suerte que ya no deseará usted morir, y entonces su problema será el contrario.

Relato corto de Álvaro Mutis: El guardián

Había sido antaño soldado de fortuna, mercenario a sueldo de gobiernos y gentes harto dudosas. Frecuentador de bares en donde se enrolaban voluntarios de guerras coloniales, hombres de armas que sometían a pueblos jóvenes e incultos que creían luchar por su libertad y sólo conseguían una ligera fluctuación en las bulliciosas salas dela Bolsa. Le faltaba un brazo y hablaba correctamente cinco idiomas, Olía a esas plantas dulceamargas de la selva que, cuando se cortan, esparcen un aroma de herida vegetal.

Al llegar no habló con nadie. Fue a refugiarse en un cuarto de los patios interiores. Allí descargó ruidosamente su mochila de soldado, ordenó sus pertenencias, según un orden muy personal, alrededor de un saco de dormir, prendió su pipa y se puso a fumar en silencio. Pasados algunos días alguien le descubrió, mientras se bañaba en el río, un tatuaje debajo de la axila derecha con un número y un sexo de mujer cuidadosamente dibujado. Todos le temían con excepción del dueño, a quien le era indiferente, y del fraile, que sentía por él cierta adusta simpatía. Sus maneras eran bruscas, exactas, medidas y en cierta forma un tanto caballerescas y pasadas de moda.

Desde cuando llegó le fueron confiadas ciertas tareas que suponían una labor de control sobre las entradas y salidas de los demás habitantes de la mansión. Todas las llaves de cuartos, cuadras e instalaciones de beneficio estaban a su cuidado. A él había que acudir cada vez que se necesitaba una herramienta o había que sacar los frutos a vender. Nunca se supo que negara a nadie lo que solicitaba, pero nadie tomaba algo sin comunicárselo a él, ni siquiera al dueño. De su brazo ausente, de cierta manera rígida de volver a mirar cuando se la hablaba y del timbre de su voz emanaban una autoridad y una fuerza indiscutibles.

En el desenlace de los acontecimientos se mantuvo al margen y nadie supo si participó en alguna forma en los preliminares de la tragedia. Se llamaba Paul y él mismo solía lavar la ropa a la orilla del río con un aire de resignación y una habilidad adquirida con la costumbre, que hubieran enternecido a cualquier mujer. Sus largos ratos de ocio los pasaba tocando en la armónica aires militares. Era incómodo verlo con una sola mano y ayudándose con el muñón arrancar aires marciales al precario instrumento.

Microrrelato de José María Merino: El agente secreto

Primero fue un rumor ronco e ininteligible, en llamadas de teléfono que se repetían una y otra vez. Luego, unos signos indescifrables e insistentes en la pantalla del ordenador, que aparecían siempre que lo ponía en marcha. Un día, el mensaje se fue haciendo comprensible y pude leer, en un texto sin fin: debes regresar, tu misión ha terminado. Ahora sé que me esperan. Están ahí fuera, al acecho, para llevarme con ellos. Pero yo he olvidado de que misión me hablan. Yo quiero seguir aquí, entre los humanos, con mi familia mortal. 

Cuento corto de Evelio Rosero: Casa

He aquí una casa loca, cuyas escaleras no conducen a nada. Uno abre la puerta y cree entrar y en realidad ha salido. Pero cuando uno cree salir sucede lo contrario: uno ha entrado. Y la mayoría de las veces uno no se explica a dónde ha llegado, o qué ha sido del cuerpo de uno en esta casa. Las ventanas tienen la peculiaridad de no mirar hacia afuera sino hacia adentro. Todos los muebles cuelgan a medio metro del techo principal. De manera que para llegar a ellos es necesaria la imposibilidad de volar, o un salto largo y elástico que le permita a uno aferrarse de una silla, por ejemplo, y luego escalarla y sentarse en ella, como en un peligroso columpio. Y lo peor ocurre cuando cada uno de los movimientos oscilantes de los muebles tiende a vencer el equilibrio de los ocupantes, de manera que muchos se han despedazado intentando resistir más de una hora sentados en el mismo sitio. Todos los muebles confabulan sus movimientos para desbaratar a sus ocupantes, y ya se sabe que los muebles flotantes procuran sobre todo que los cuerpos sean derrotados de cabeza; nadie ha podido saltar incólume. Siempre, en la caída, hay otro mueble oscilante que se las arregla para que el cuerpo en condena se estrelle de cabeza contra el suelo. A pesar de estas aparentes incomodidades, se escuchan, en la casa, cuando cae la noche, muchas voces y risas, y chocar de copas (y muebles). Nadie ve llegar a los invitados, y tampoco salir, y eso se debe seguramente a la otra originalidad de la puerta, que da la sensación de permitir entrar y salir al mismo tiempo, sin que verdaderamente se haya salido o entrado. Nadie sabe, además, quién es el dueño o quiénes habitan la casa permanentemente. Alguien nos cuenta que vive una pareja de niños. Otros aseguran que no son niños, sino enanos: de lo contrario no se justificarían las fiestas de siempre, escandalizadas por las exclamaciones más obscenas que sea posible imaginar. Hay quienes afirman que nadie vive en la casa, y que en caso contrario no serían niños y tampoco enanos sus habitantes, sino dos jorobadas dementes. Ni unos ni otros dicen la verdad. No han acabado de entender que todos son en realidad mis habitantes, que están dentro de mí como también yo estoy dentro de ellos, que yo soy algo vivo, y que a pesar de todas las vueltas que puedan dar por el mundo quizá nunca les sea posible abandonar mi tiranía para siempre, porque también yo estoy dentro de mí. 

Historia breve de Adolfo Bioy Casares: Un matrimonio

Ella, ex mucama. Él, ex chauffeur. Gente responsable y trabajadora. Se casaron hace muchos años. Él ha conseguido un puesto de ordenanza en un ministerio. Esto les parece una canonjía. Tienen su casa. Podrían ser modestamente felices. “Voy a quitarme los anteojos” me dice ella, que ha venido a visitarme. “Sin los anteojos no veo nada”. Me habla de sus males, de sus desdichas, de su marido. “Antonio es muy atento, es bueno con todos, pero conmigo no. Su hermana, que maneja una casa de mujeres, le calienta la cabeza. Y lo peor es que a él, con ese modo, ¿quién le resiste? Las propias personas de mi familia se han puesto de su lado. Todos me hacen morisquetas. Antonio rompe mis vestidos —¡tiene unas uñas!—, rompe mis anteojos, rompe la bolsa que llevo al mercado. Si traigo del mercado tres bifes, uno desaparece. Antonio lo ha tirado. Si me alejo de la cocina un instante, la comida se estropea. Antonio ha puesto un pedazo de jabón en el guiso. Quiere que me vaya. Quiere echarme. Quiere que trabaje de sirvienta para las mujeres de la casa de su hermana. Pero yo no estoy dispuesta a perder mi casa. Es tan mía como suya. Antonio siempre inventa algo nuevo. Pone unos polvitos en la bolsa del mercado. Si la abro del lado izquierdo, me llora el ojo izquierdo. Espolvorea mi ropa, tal vez con telas de cebolla, para que me lloren los ojos y quede ciega. Cualquier cosa puedo tolerar, menos quedarme ciega. Dice que vaya a la comisaría, que nunca le probaré nada”.

Está loca. La enloquecieron el marido y la cuñada. Casi todo lo que dice es verdad. 

Relato de Elena Casero: Placeres culinarios

La convivencia en vecindad siempre es difícil y yo, según afirman todos, soy muy rara. Se quejan de todo lo que hago: que si la ropa chorrea, que si el gato maúlla, que si el niño se desliza por la barandilla de la escalera, que si, que si…

La última protesta ha sido porque mis comidas huelen de manera diferente y humean en exceso. Puede que sea rara, no lo niego, pero también soy de las que encuentra una solución para los problemas.

Si la ropa chorrea, coloco un plástico debajo; que el gato maúlla, le pongo una mascarilla con efecto de sordina; que el niño quiere bajar aprisa, lo descuelgo con una cesta por el balcón hasta la calle. Con el asunto de las comidas, no iba a ser diferente. La solución que encontré ha sido efectiva, porque cada vez se quejan menos. En estos momentos solo me quedan cinco vecinos: el matrimonio del primero, las dos viejecitas del segundo y la renegona del tercero

El que menos humeó fue el portero. A la del tercero la guardo para el final. Después de eso tenderé la ropa sin plástico y el gato podrá maullar a su antojo.

Relato corto de Juan Manuel Ramírez: Jaque mate

Tras una jornada laboral agotadora, Odón se acomodó en el sofá de su apartamento. Estaba exhausto, y no tardó en verse envuelto por las telarañas del sueño. Soñó que llamaban a la puerta. Abrió y allí estaba la Muerte.

–Vengo a llevarte conmigo –dijo–, ha llegado tu hora. Pero puedes seguir con tu vida si consigues vencerme en una partida de ajedrez. Pero te advierto de que nadie lo ha conseguido.

Nervioso y descompuesto, Odón, para calmar sus nervios, propuso que tomaran una copa de brandy mientras jugaban. La Muerte aceptó la invitación, y ambos comenzaron la partida en un tablero que apareció sobre la mesa, como por arte de magia.

La Muerte eligió las piezas negras. Después de varios movimientos, Odón había logrado cercar al rey negro, movió su torre y anunció su victoria:¡Jaque mate! En el mismo instante, La Muerte desapareció y Odón despertó cubierto de un sudor frío. Estaba vivo, todo había sido un sueño. Pero al incorporarse del sofá, palideció, y, un escalofrío le atravesó el cuerpo. Sobre la mesa halló dos copas vacías y el trebejo del rey negro vencido.

Minificción de Juan Manuel Ramírez Paredes: El buen padre

Decidí que la última bala no estaría dirigida a nadie, ni siquiera para mí, porque de lo que fui no quedaba nada. Esta era una idea muy meditada, como lo son todos los suicidios. Mi familia tenía razón, nunca he sido un buen padre. La confirmación de esa certeza hizo que se desmoronara aún más mi mundo. Descubrí que la pistola que sujetaba entre mis manos era de juguete. Mi revólver cargado con una única bala iba de camino al colegio en la mochila de mi hijo.

Juan Manuel Ramírez Paredes es autor de la novela «La facultad inútil» 

Historia breve de Antonio Toribios: Reducción al absurdo

Yo entonces dormía cada noche en una cama y mi inclinación al compromiso era más bien tendente al menos uno. Pero África dejó en mí una huella tan profunda como la conjetura de Poincaré.

 “África”, contestaste cuando nos presentaron en aquel congreso matemático, y yo puse cara de no entender. “Sí, como el continente”, me aclaraste con la paciencia que se tiene con los  lerdos. Pero mi mente vagaba más allá de esos enormes ojos que te invitaban a explorar en lo profundo, como las simas con tesoro escondido o las selvas inextricables y prohibidas.

Eso eras tú, una invitación permanente al peligro y una puerta hacia mundos en que no existe la desdicha. Un paraíso frente a cuyas murallas muchos ejércitos habían ya perecido. “Nuestra Señora de África”, añadiste ese día, entre displicente y pedagógica. Y yo, “sí, claro…”, mientras me peleaba con las lianas y las plantas carnívoras, y me hundía más y más en el piélago en que perecen los ambiciosos que no sueltan el botín a tiempo.

Nos vimos una semana de modo muy intenso, o mejor diré que más que vernos nos sentimos en una epidermis infinita y nocturna. Yo apenas daba mis clases y volvía, y tú esperabas siempre. Hasta el último día. Ese en que me dijiste simplemente: “Adiós, búscame en la espesura”.

Y aquí estoy, tantos años después, examinando cada poro y cada coeficiente. Y me quedan aún tantos rincones, y tan poco tiempo…

Libro recomendado de Antonio Toribios: El envés de los días 

Relato corto de Miguel Bravo Vadillo: Principio de autoridad

Cuando Perogrullo –otros lo llaman Pero Grullo o Pedro Grullo, que en esto hay alguna diferencia entre los distintos autores que sobre este personaje escriben; diferencias, en todo caso, que no vienen al caso–, cuando Perogrullo, decía, iba al colegio, todos sus compañeros de clase se lo pasaban pipa con él. Incluso el profesor se descalzaba de risa cada vez que aquel soltaba una de las suyas, que, como no podía ser de otra manera, se trataba de una auténtica perogrullada. Pues bien, cierto día el aula entera estalló en una sonora carcajada cuando Perogrullo dijo: «En el mundo todo es como es y sucede como sucede».

Ya sales con una de las tuyas, ¿no, Perogrullo?

Qué filosófico estás hoy, Perogrullo.

Tú, desde luego, eres como eres y no puedes ser más tonto, Perogrullo.

Que no lo digo yo, don Santiago; que lo dice Wittgenstein, un señor muy serio. Y también dijo que la parte más importante de su obra era la que no había escrito. Tan serio como eso.

Ah, bueno; si lo dijo Wittgenstein… ¡Silencio! No quiero oír ni una risita más. Y aprended de Perogrullo, que falta os hace: él nunca se equivoca.

Como usted diga, maestro.

¡Exacto: el maestro lo ha dicho!

Cuento breve de Purificación López: Narices

Cuesta un esfuerzo especial acceder a mi tienda favorita por el reducido tamaño de la entrada. Pequeña, redonda y oscura, hay que gatear para atravesar el pasadizo que conduce al interior. Pero merece la pena. Porque es una tienda de narices; no quiero decir con ello que sea fantástica, que también, sino que su artículo estrella (y único) son las narices.

La estancia es amplia y en forma hexagonal, repleta de vitrinas. A la derecha de la entrada hay decenas de estantes de cristal con narices de animales. La parte que más me gusta, vaya usted a saber por qué, es la que exhibe las de ciervo, león, cerdo y oso gris.

Del techo cuelgan hileras de brillantes cadenas de cuyos extremos penden narices de colegiala, cupletista y monitor de aeróbic. Sobre la puerta roja que queda justo a la izquierda, está apoyada una gran escalera metálica y, en cada escalón, reposan narices de cien nacionalidades diferentes, narices de enamorados y de hombre del tiempo. En lo expositores de resina blanca repartidos por el establecimiento, las hay de árbitros y maestros, políticos y relojeros. Detrás del mostrador de metacrilato estilo art déco, están las narices señoriales. Unas son aguileñas, otras rectas y algunas planas; pero todas tienen en común su gran tamaño.

Tras diez visitas a la tienda, tienes la opción, si lo deseas, de atravesar la puerta roja para saber qué hay al otro lado. Precisamente, hoy estoy en mi décima visita. El dependiente, solícito, me da la llave. Y, sin pensarlo dos ve-ces, entro en la habitación. Una luz azul la ilumina tan suavemente que apenas distingo nada de lo que hay en ella. Oigo un ruido sibilante y siento un dolor agudo en el mismo instante que una enorme cuchilla pasa a gran velocidad por delante de mis ojos. Mi nariz cae sobre una cesta a mis pies. Pierdo el conocimiento.

Microcuento de Pablo Albo, Pep Bruno y Félix Albo: Cotidianidad

El tiempo pasa, la impresora se atasca y el gato no para de maullar. Sólo faltaba que viniera mi madre a hablarme de sus asuntos, de su viaje a Benidorm, de sus macetas secas, de su vecino muerto y de su panadero obeso.

¡Oh!, ¡oh! Suena el timbre. Abro. Es mi madre. Nos sentamos a tomar café, ¿yo? Una cerveza. Me habla de su viaje a Benidorm, de sus macetas secas y de su vecino muerto. ¿Y el panadero? Le digo. ¡Ah! Se me olvidaba, también me habla del panadero. Se marcha. La impresora sigue sin funcionar. El gato no ha parado. Creo que tengo que cambiar de vida. Me pongo la gabardina y salgo de mi quinto piso, pero hoy, por la ventana.

Historia corta de Carlos Castán: Todo tan secreto

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografías de desconocidos. 

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más. 

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas. 

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Ágata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

Cuento de Betancourt Lourdes: Marido es

Me senté a su lado en el bus. En la emisora escuchamos: «Aunque pegue, aunque mate, marido es”. “Gracias a Dios se murió”, dijo. Regresé a verla, su piel quemada por el frío reflejaban una vida en el páramo. Mirando sus manos comenzó su monólogo. Trabajaba de huachiman en la universidad. Un día pegó malamente, así golpeada, hecha una lástima fui a ver al jefe de él, delante de mí le dijo: “Vuelve a golpearla y te quedas sin trabajo”. En la choza gritaba: “¡Bruta, bruta eres!”. Ya no golpea así, el malo jalaba el pelo, coscachos duro con rabia daba, cada que emborrachaba decía: “bruta, bruta eres, si vez que puedo golpearte”. Un día para que no pegue, corriendo salí con el guaguito al páramo, allí murió mi guagua del frío, el malo no sintió nada… Borracho cayó en la zanja, mientras gritaba: “Espera que te ponga el pie, ya verás lo que te hago”. Luego, luego pedía ayuda. Él tampoco pasó la noche. Dios es justo, ¿no? Sí, le dije, muy justo.

La verdad de Domingo. “Dios mío”, pensé entonces, confundida y sorprendida por la repetición de los nombres, pregunté: “¿Por qué Domingo o Dominga?». “Se comieron la torta antes del recreo”, dijo la tía riéndose. La culpa la tiene ese viejo cura, si los padres no están casados o son madres solteras, él a sus hijos les impone el nombre, si no, no hay bautizo; por eso tantos Domingos y Domingas. “Agradece que no vives aquí, Dominga”, puntualizó mi abuela.

Microrrelato de Pilar Galán: Gormitti

Desde que llegaste, tus fuerzas de ocupación han invadido la casa. Abandonaron la lejana isla de Gorm para sitiar tu cuarto de juegos y mi vida. No es extraño, yo también preferiría este mundo a un lugar volcánico inhabitable. Aquí deben de ser más felices, aunque como son inexpresivos, no lo muestran; solo esgrimen sus muecas espantosas. Rojos como el fuego y retorcidos como la lava, no presentan ningún rasgo de hermosura. Son un tanto extraños, casi tanto como su nombre: Falena, Cortacuellos, Magnium o Devoramentes el místico, delirios del márquetin perfecto que los ha creado. En mi época los invasores se llamaban genéricamente clics de Playmobil y mucho antes, eran héroes anónimos divididos en indios y vaqueros. Y no poblaban islas, sino barcos pirata, castillos medievales o fuertes Comansi.

Los tuyos son Gormitti, y viven con nosotros hace un año. Encontrárselos de noche no es agradable y no me gusta que trepen a tu cama. A veces, sus aristas me sorprenden cuando camino descalza por la casa y maldigo el plástico duro del que están hechos. Incluso hay días en que no sé cómo, se cuelan en el bolso y mis dedos rozan sus bordes imprevistos cuando trato de buscar las llaves. O bajan a mi coche, o aparecen de pronto en mis zapatos. Vivos porque tú les das vida, sonrío cada vez que los encuentro y acaricio su hocico o sus tentáculos. Habitan lugares recónditos, como el hueco del sofá o la última estantería.

Juegas con ellos, pero olvidas devolverlos a su isla cada noche. Y cada mañana, al recogerlos, me causa una ternura infinita que vinieras a poner todo en su sitio y al mismo tiempo a dejar todo en desorden.

Microrrelato de Dominique Vernay: El sonotone

Pasé de mala madre a vieja cascarrabias sin darme cuenta. De mis dos hijas una me ignora y la otra me atosiga. A veces pienso que fuimos una de esas familias que llaman «disfuncionales» (me gusta la palabra, aunque familia de mierda sea lo primero que me viene a la cabeza). De ahí lo dicho anteriormente.

La atosigadora sube a verme dos veces al día; dos visitas cortas para comprobar que me tomo las pastillas y que la asistenta cumple con las tareas que ella misma le va asignando. Luego, unas regañinas cuyos pretextos solo puedo suponer. Nada más entrar ella, apago el sonotone y me limito a mover la cabeza en señal de aprobación a todo lo que me dice. Es la mejor manera de que no terminemos discutiendo. Un sistema que nos va bien a las dos.

Sin embargo, cuando me visita la otra (tres veces al año) procuro tener las pilas del sonotone bien cargadas, me arreglo y preparo una buena merienda. Después de los besos de rigor (casi mortis) pasamos a la salita, pero entre bocado y bocado de mantecado solo me llega el chisporroteante silencio de su incomodidad, rencor e impaciencia.

Relato breve de Paz Monserrat Revillo: Alumbramiento

He vuelto a soñar que estaba embarazada. Esta vez paría a un niño diminuto y delicado como una miniatura de porcelana.

Al principio estaba muy contenta con mi hijito. Me cabía en la palma de la mano. Lo acunaba protegiéndole con el pulgar y el meñique y lo duchaba con la leche que salía por los agujeritos de una regadera de metal antigua. La inclinaba con cuidado para conseguir una lluvia suave, un chirimiri de leche que no arrastrara a la criatura, que no lo disolviera como un terrón de azúcar. El niño, todavía sin fuerzas para llorar, gesticulaba con todo su cuerpecillo y hacía pucheros con las pestañas empapadas y los morritos perlados de burbujas blancas. Después lo secaba y lo depositaba en el hueco que hay entre el colchón y el cabezal de mi cama, sobre un pañuelo de hilo. Y me iba a hacer mis tareas. Pero solo un momento. Enseguida volvía al escondrijo para comprobar si respiraba.

En una de las visitas habían entrado por la ventana dos mariposas de color naranja con inquietantes ocelos negros. Enredadas en plena danza nupcial, copulaban como dos abanicos frenéticos. Para proteger al nene de las corrientes de aire, lo he metido dentro de un dedal y he vuelto a mis obligaciones. Al volver al dormitorio para comprobar si dormía me ha parecido ver los cuartos traseros de una hiena desapareciendo por una esquina del pasillo. No le he dado mayor importancia, parece que el animal habitaba mi sueño con naturalidad. El caso es que el dedal todavía giraba desorientado y vacío en el suelo al entrar en la habitación, y las mariposas se habían convertido en orugas torpes y ciegas que ya empezaban a segregar hilos de seda entre la colcha y la almohada.

Cuando he despertado, la culpa por haber abandonado a mi bebé se me hacía insoportable, todos esos animales continuaban persiguiéndose dentro de mi cabeza, y ni rastro del niño. Me he incorporado un poco, con el cuerpo preñado de imágenes afiladas como colmillos, he respirado hondo y he procedido a dar a luz de nuevo un texto, como hago cada vez que sueño una gestación.

Pujo con decisión y noto cómo por fin se vierten afuera las ideas transformadas en algo diferente. Las contemplo embelesada, las limpio, las desinfecto y las visto con tejidos claros. Junto las palabras, las templo, las ordeno y me pregunto con arrobo maternal si esta vez sobrevivirá la frágil criatura.

Minificción de Chelo Sierra: Escepticismo

Llego tarde al teatro. Un señor con levita que se parece a Pushkin se acerca a mí y, con un acento raro, se ofrece a acompañarme hasta la mesa que tengo reservada para ver el espectáculo. Lo sigo. Apenas unos pasos después, el de la levita se transforma en una mujer pequeña y cejijunta que me recuerda a la Kalho, continúo detrás de ella al ritmo de su cojera hasta que, ¡chas!, desaparece; ahora la que me guía es una señora gordita y con corbata que me dice: esa es tu mesa, princesa, la de color de fresa. Y me siento: el mago hace un rato que está sobre el escenario. Dicen que resucita a los muertos, pero yo no me lo creo.

Rebajas
El desorden del que te quejas
  • Sierra, Chelo (Autor)

Relato ultrabreve de Ramón Gómez de la Serna: El desterrado

¿A qué le podían condenar después de todo? A destierro. Valiente cosa. Cumpliría la pena alegremente en un país extranjero en que viviría una nueva vida y recordaría con un largo placer su ciudad y su vida pasada.

En efecto, la sentencia fue el destierro. ¡Pero qué destierro! El tribunal, amigo de aquel hombre autoritario y de inmenso poder a quien él había insultado, queriendo venderle el favor, y ya que no podía sentenciarle a muerte, le desterró a más kilómetros que los que tiene el mundo recorrido en redondo, aunque se encoja, para alargar más la medida, el diámetro que pasa por las más altas montañas. ¿Qué quería hacer con él el tribunal, sentenciándole a un destierro que no podía cumplir?

¡Ah! El tribunal, para agasajar al poderoso ofendido, había encontrado la fórmula de castigarle a muerte por un delito que no podía merecer esa pena de ningún modo. Había encontrado la manera de ahorcar a aquel hombre, porque no habiendo extensión bastante a lo largo de este mundo para que cumpliese el sentenciado su destierro, habría que enviarle al otro para que ganase distancia.

Y le ahorcaron.

Minificción de Jorge Luis Borges: El palacio

El Palacio no es infinito.

Los muros, los terraplenes, los jardines, los laberintos, las gradas, las terrazas, los antepechos, las puertas, las galerías, los patios circulares o rectangulares, los claustros, las encrucijadas, los aljibes, las antecámaras, las cámaras, las alcobas, las bibliotecas, los desvanes, las cárceles, las celdas sin salida y los hipogeos, no son menos cuantiosos que los granos de arena del Ganges, pero su cifra tiene un fin. Desde las azoteas, hacia el poniente, no falta quien divise las herrerías, las carpinterías, las caballerizas, los astilleros y las chozas de los esclavos.

A nadie le está dado recorrer más que una parte infinitesimal del palacio. Alguno no conoce sino los sótanos. Podemos percibir unas caras, unas voces, unas palabras, pero lo que percibimos es ínfimo. Ínfimo y precioso a la vez. La fecha que el acero graba en la lápida y que los libros parroquiales registran es posterior a nuestra muerte; ya estamos muertos cuando nada nos toca, ni una palabra, ni un anhelo, ni una memoria. Yo sé que no estoy muerto.

Minicuento de Guillermo Saccomanno: 78

En la noche del centro, la multitud. Banderas, bocinas, cánticos. En una esquina, se encuentran dos hombres. Dos años sin verse. Los dos cambiados. Estás igual, se mienten. Lo que compartieron, se acuerdan. No necesitan decírselo. Los dos piensan que el otro había sido chupado. Tampoco lo dicen. Alrededor, la fiesta popular. La emoción de los dos, la misma. Dura poco. Si los dos están vivos, el otro puede ser un delator. Los dos, apurados, vuelven a perderse en la multitud. Ninguno imagina que el otro se salvó de milagro. Los dos, ahora, cada uno por su lado, se dan vuelta para ver si el otro lo sigue.

Microrrelato de Soledad García Garrido: Fallo literario

El tribunal me acusó de plagio y no me concedió libertad de movimiento. La sentencia me pareció desproporcionada. Me condenaron a copiar mil veces, bajo la atenta mirada de los estudiosos de la Academia, el tedioso «No lo volveré a hacer». A ello se sumó la retirada del premio, que me había pulido en el quiosco de la esquina en la adquisición de las novelas completas de Corín Tellado. Para saldar la deuda, me vi obligado a pedir otro préstamo.

Yo no sabía que ese dinosaurio era ya famoso ni que cuando despertó todavía estaba allí, como un espía vigilando mis pasos y cada una de mis comas.

Cuento corto de Julio Torri: El vagabundo

En pequeño circo de cortas pretensiones trabajaba, no ha mucho, un acróbata, modesto y tímido como muchas personas de mérito. Al final de una función dominguera en algún villorrio, llegó a nuestro hombre la hora de ejecutar su suerte favorita con la que contaba para propiciarse al público de lugareños y asegurar así el buen éxito pecuniario de aquella temporada. Además de sus habilidades —nada notables que digamos— poseía resistencia poco común para la incomodidad y la miseria. Con todo, temía en esos momentos que recomenzaran las molestias de siempre: las disputas con el posadero, el secuestro de su ropilla, la intemperie y de nuevo la dolorosa y triste peregrinación.

El acto que iba a realizar consistía en meterse en un saco, cuya boca ataban fuertemente los más desconfiados espectadores. Al cabo de unos minutos el saco quedaba vacío.

A su invitación, montaron al tablado dos fuertes mocetones provistos de ásperas cuerdas. Introdújose él dentro del saco y pronto sintió sobre su cabeza el tirar y apretar de los lazos. En la oscuridad en que se hallaba le asaltó el vivo deseo de escapar realmente de las incomodidades de su vida trashumante. En tan extraña disposición de espíritu cerró los ojos y se dispuso a desaparecer.

Momentos después se comprobó —sin sorpresa para nadie— que el saco estaba vacío y las ligaduras permanecían intactas. Lo que sí produjo cierto estupor fue que el funámbulo no reapareció durante la función. Tras un rato de espera inútil los asistentes comprendieron que el espectáculo había terminado y regresaron a sus casas.

Mas a nuestro cirquero tampoco volvió a vérsele por el pueblo. Y lo curioso del caso era que nadie había reclamado en la posada su maletín.

Pasados algunos días se olvidó el suceso completamente. ¡Quién se iba a preocupar por un vagabundo!

Una historia corta de Andrés Neuman: Salir

Salir por fin a la calle tras el confinamiento, no con sensación de libertad pero sí de cierta amplitud, me resultó una experiencia vagamente onírica: todo lo real parecía una frágil representación, un simulacro de algo que estaba a punto de desvanecerse de nuevo. Moviéndome por ese espacio recuperado no sentí alegría ni euforia, sino una asombrada vulnerabilidad, una emoción subterránea. Lo más memorable fue encontrarme a distancia con mi padre, que es enfermo cardíaco, después de meses sin vernos. Nos saludamos a la nipona en un parque cualquiera, nos sonreímos sólo con los ojos y nos pusimos a caminar juntos, en paralelo, mirando fijo al horizonte. 

CIEGOS (José Luis Garci)

Lo escribo tal y como me lo contaron. Luis es ciego de nacimiento. Trabaja en la ONCE. Desgraciadamente, los padres de Luis sufrieron un accidente mortal en la M-30. Un autocar —le fallaron los frenos— arrolló por detrás el Seat en el que iba el matrimonio. Desde entonces, Luis vivió con sus abuelos maternos. Cuando Luis cumplió dieciocho años, sus abuelos, preocupados porque sabían que, más pronto que tarde, ellos también se irían de este mundo, le compraron al chico un magnífico pastor alemán, «Barry», para que cuidara de él. Y eso hizo Barry durante una década. Hace un par de días, Barry agonizó en la clínica Cerbero, en la Avenida del Mediterráneo. Lo que Luis nunca supo, hasta ayer, cuando la veterinaria Luisa Villarejo se lo comunicó, es que Barry también era ciego.

LOS BLOQUES (Hipólito G. Navarro)

Los del piso de arriba están ya a punto de echarlo de su casa -se la tienen sentenciada desde hace meses: taconeos, portazos, lo peor las incomprensibles bolas rodadoras de madrugada- cuando se pone en venta el piso que pisa a los vecinos de arriba. Lo compra. Le va a dar la vuelta a la tortilla. Lo primero es comprar la bolsa de canicas. Por asociación de ideas o de recuerdos, comprar también un trompo. Minutos después se ve adquiriendo el álbum y los sobres de cromos. Dos bolsitas de chuches surtidas. Y ya en otra tienda, se comprende, le viene su nombre en inglés, Peter, y compra el apellido: cinco vienas y dos bollos, ciento setenta, y mira la manera mejor de esconder las monedas de la vuelta a ese tipo que salió de casa hecho una furia a comprar los artilugios para vengarse de unos vecinos que ahora se acuerda y se frota las manos quedan debajo y se van a enterar, vaya lapsus.

NUNCA NADIE (Margarita Posada)

La puerta del ascensor se abrió como por ochentava vez. Estaba mirándome el dedo chiquito. Lo tenía rojo porque se me resbaló una maleta de la mano esa mañana. Ella parecía una bailarina de ballet. Lo que más me atrajo fue su cuello. Tenía el mentón pegado al pecho y su nuca sobresalía sobre todas las cosas del mundo. Justo después del tin que suena cuando llega el ascensor, oí cómo tomaba aire casi en un suspiro, levantaba la cabeza, se reincorporaba y salía. Quise creer que venía hacia mí con su pelo mojado en una moña y la cara recién lavada. Nunca supe si era huésped del hotel, pero en todo caso no se había registrado durante mi turno. Olvidé mi dedo meñique y me la grabé toda en la cabeza, por si salía muy rápido y no volvía a verla. Tenía un pantalón de sudadera delgadito y un saco gris de capucha.

Era cierto que venía hacia mí. Cuando estuvo cerca noté que tenía los ojos encharcados. Sus lágrimas se resistían a salir y seguro no podía enfocar bien, porque parecían una piscina a punto de desbordarse. Entonces tuvo que pedirme que le consiguiera un taxi y su voz, una voz honda y grave, se quebró de tristeza. Nunca he sentido que alguien me necesitara tanto. Fue a tumbarse en un sofá del lobby, muy cerca de donde yo llamaba el taxi. Sus lágrimas empezaron a salir en un silencio mustio que no fui capaz de romper. Habría podido preguntarle si estaba bien, pero hacerle esa pregunta a alguien tan triste era francamente tonto. Lo que necesitaba de mí era un taxi, nada más. Empecé a dar los datos y entonces me preguntaron que a nombre de quién el servicio. Tapé el auricular con una mano y le pregunté con mucha prudencia: «Su nombre, señorita». Ella miraba hacia ninguna parte y no se dio cuenta de que le hablaba. Seguía llorando, sin gemir, sin moverse, casi sin parpadear. Ni siquiera se limpiaba las lágrimas, solo las dejaba caer y de vez en cuando se chupaba los pómulos como haciendo un puchero muy sutil. Me pareció inútil volver a preguntar, así que le inventé un nombre a la operadora. Luego me acerqué y le dije que en cinco minutos llegaba el servicio. Ella salió de su ensimismamiento por un segundo y me dijo gracias como si le hubiera salvado la vida.

Pasó una eternidad mientras llegaba el taxi. Era tan hermosa y lloraba tanto que no podía quitarle los ojos de encima, así que la miraba de reojo para que no se sintiera observada. Alcancé a imaginarme todas las historias posibles, pero ninguna encajaba en su tristeza. Si la hubiera dejado un amante —pensaba— no lloraría sin taparse la cara, las mujeres tienen una dignidad de hierro. Si le hubieran avisado de que alguien había muerto, estaría desesperada. Si le doliera algo, su cara se contorsionaría, pero tampoco.

De repente supe que no necesitaba saber qué le pasaba para acompañarla en su dolor. Lo que había surgido como un morbo del más ramplón iba convirtiéndose poco a poco en una solidaridad sin condiciones. Me hubiera gustado acercarme, sentarme a su lado y consentirle el pelo empapado. A lo mejor cogerle una mano y llevar su cabeza a mi pecho para luego decirle que todo iba a estar bien. Pero me encontraba ahí, paralizado ante su llanto, queriendo callar a gritos al pianista del bar, que tocaba cualquier cursilería desagradable que ella no merecía, y sabía perfectamente que nada iba a estar bien para ella esa noche.

Cuando el taxi llegó le avisé con una mueca. Ella se paró del sofá y, antes de desaparecer para siempre en el Chevrolet amarillo que la esperaba en la puerta, volvió a decirme gracias desde el fondo de su corazón, con la voz aún más quebrada y ronca. Nunca nadie me había necesitado tanto.

LA DESPEDIDA (Gustavo Martín Garzo)

Visitaron Toledo cuando ya habían decidido separarse. Aún se amaban, pero era como si estuvieran expuestos a las inclemencias de una estación feroz, y ninguno de ellos pudiera ocuparse más que de su triste y desolada suerte.

Era su último viaje juntos. Pasearon por las calles inmóviles y en un momento determinado empezaron a llorar. Unas veces alternativamente, otras los dos juntos, de forma llamativa e incontenible, como dos niños que se hubieran perdido, que no se atrevieran a preguntar. Tenían que ocultarse, que escoger las calles más solitarias para que nadie les viera, y se pasaron el resto de la tarde huyendo, ocultando su callada desesperación como una culpa.

A duras penas, en un paréntesis de su llanto, visitaron la Casa del Greco. Vieron sus cuadros, demorándose ante cada uno de ellos con la misma dolorida atención que lo habían estado haciendo ante las sucesivas escenas de su amor. ¡Ah, aquellos colores líquidos, imposibles! ¡Parecían surgir del lento aluvión de sus lágrimas, de la misma tristeza, de la misma desoladora estación, la de las lluvias infinitas, la de del tiempo detenido y eterno!

También dentro de la sala parecía llover. La lluvia salpicaba los cuadros, empapaba las paredes y las alfombras, y ellos caminaban sintiendo el agua correr bajo sus pies, en medio de aquella multitud silenciosa, como por un reino de ahogados.

PRIMERA CITA (Alejandro Bentivoglio)

Vi que Laura sacó las llaves pero al llevarlas hacia la cerradura se le fue yendo la mano dentro de esa profundidad oscura y luego el brazo y el resto del cuerpo hasta que estuvo del otro lado y ya no supe más de ella.
Ahora pienso que tal vez nunca necesitó realmente de las llaves y que buscarlas en su bolso y sacarlas sólo fue una excusa para distraerme y no darme el beso que yo había esperado toda esa noche. 

GONE WITH THE RAIN (Alexis Ravelo)

Era la mujer más dulce del mundo. Nunca imaginé que, precisamente por eso, nuestra relación no sobreviviría al otoño. Cuando comenzó a llover y le pedí que nos quedásemos en el parque, me miró completamente aterrorizada, intentando correr a guarecerse.

–Da igual que nos mojemos. No estamos hechos de azúcar –insistí, aferrando su mano.

–Tú no –acertó a decir antes de que el aguacero se la llevara de mi lado para siempre. 

EL SONIDO DEL TREN (Eva Sánchez Palomo)

Muy al norte de Brasil, en lo más recóndito de la jungla amazónica, entre el verde exuberante, la quietud y el silencio interrumpido por los gritos de los titís, juega un grupo de niños yanomamis.

El más mayor de ellos, con el cuerpo decorado de pinturas rituales, boca y nariz atravesadas por pequeñas flechas de palmera, corre perseguido por los demás niños frente a la choza inmensamente circular de su tribu. Sus pies descalzos golpean el suelo repleto de ramas cortadas mientras se mueve imitando a la perfección el movimiento y el sonido de un tren de mercancías. Los demás niños avanzan detrás de él, como pequeñas vagonetas sin descanso.

Lo espeluznante de la escena no es la inocencia de los niños, sino comprender que allí, en la selva sin caminos, en esa vorágine verdosa, en ese inaccesible laberinto de flora retorcida; es absurdo ni siquiera concebir la existencia de vías, estaciones, ni, mucho menos, tren.  

EXTRAÑOS EN UN TREN (Eduardo Solana Hernández) 

Viajan solos, aunque les han correspondido asientos contiguos. Él empuja su bolso rojo y gastado hacia el fondo del portaequipajes y hace sitio para la maleta de ella, que se lo agradece con una sonrisa. No hablan en sus asientos, pero por casualidad vuelven a coincidir más tarde en el vagón cafetería y sonríen. Él insiste en invitarla a un café, ella lo acepta. Charlan. Descubren que su estación de destino es la misma. Vuelven a sus asientos (ahora el compartimento ha quedado vacío para ellos dos) y hablan de la ciudad a la que se dirigen, del futuro que esperan, nunca de lo que dejan atrás. Hay miradas sostenidas entre ellos, hay un roce de las manos, hay un gesto de asentimiento casi imperceptible y luego los labios que se juntan.

Así los encuentran los policías que, minutos más tarde, irrumpen en el compartimento sin llamar. A ellos dos el sobresalto les hace abrazarse más estrechamente. Los agentes murmuran una excusa antes de cerrar la puerta y continuar buscando al criminal por todo el tren. La descripción es demasiado vaga: viaja solo, con un bolso rojo muy gastado, y es capaz de cualquier cosa.

CUADERNO (Elías Moro)

Como cada noche, ya está aquí de nuevo mi torturador. Aunque a primera vista, y dado su aspecto inocente, nadie lo diría, os puedo asegurar que es un sádico redomado.

Ahora está desenroscando lentamente su instrumento preferido, el que me hace temblar nada más verlo. No es el único, por supuesto, pero es con este con el que con más frecuencia y rigor ejercita sobre mí con lacerante torpeza lo que él denomina, sin empacho ni remordimiento de conciencia algunos, “mi secreta vocación”.

¡He visto a tantos de mis hermanos sufrir espantosamente bajo su crueldad!

Cuando acabe conmigo, lo sé, estaré lleno de sangre negra, de palabras muertas.

(De Microrrelatos domésticos, Takara Editorial, 2017) 

LA LEYENDA DE “EL BRUS” (Ángel Saiz Mora)

Soy un cincuentón nostálgico, por eso me hizo ilusión que esa noche una cadena programase Furia oriental. De inmediato evoqué recuerdos de mi infancia en un cine de barrio, embobado ante el arte marcial del maestro chino Bruce Lee.

Intenté hacer partícipe a la familia. Mi mujer, siempre sensata, optó por retirarse a leer hasta ser vencida por el sueño. Mi hijo también se acostó, no sin antes burlarse repetidas veces de tanto entusiasmo.

Con los anuncios, la cinta terminó entrada la madrugada. Bebía un vaso de agua cuando escuché que alguien manipulaba la cerradura de la entrada. Al asomarme con mi batín leí la sorpresa en los ojos del fornido delincuente. Sin dejar de proferir sonidos guturales lancé torpes patadas y puñetazos al aire que hicieron añicos un jarrón. No pudo atacarme ni huir, presa de un acceso de risa a causa de mi grotesca exhibición. Aproveché su flojera para empujarle dentro del armario, cuya puerta me apresuré a atrancar con una mesa.

Las versiones sobre este risible episodio, claramente agigantadas, se extendieron con rapidez. Desde entonces, a mis años, me he ganado un respeto inesperado, junto con un apodo que me encanta: El Brus.

MIRADA MORTAL (Eugenio Mandrini)

Entonces vi que ese pájaro, como es costumbre en ellos, estaba posado en su rama, rígido, como de piedra, mirando allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía en la distancia. Y de pronto salió disparado como una flecha en dirección a aquello que le afilaba los ojos, y lo hizo con tal decisión y premura como si hubiera descubierto lo imposible, algo así como el origen del tiempo o de la luz.
No llegó lejos. Como de la nada surgió un halcón y de una sola punzada le comió la vida, el vuelo y la sombra.

La inusual escena me llevó a pensar que a ese halcón lo había enviado Dios, perturbado o acaso temeroso de que ese pájaro, que no era un pájaro cualquiera sino un mirlo hablador, se atreviera a contar lo que había visto allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía.

Si yo hubiera sido Dios, habría hecho lo mismo.

Si yo hubiera sido el mirlo, también habría hecho lo mismo.

EN LA SIERRA (Arturo Barea)

Esto fue en el primer otoño de la guerra.

El muchacho –veinte años– era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.

-Me muero, padre, me muero.

El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.

A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.

Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.

La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.

Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.

Le enterraron al lado del hijo.

El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.

 AJEDREZ (David Lagmanovich)

Ella movió una pieza y de inmediato se mordió el labio inferior, como lamentando el haber hecho esa jugada. Él lo notó y, además de apreciar lo bonita que estaba su compañera de juego, hizo una movida que no aprovechaba el error de ella y, por el contrario, le daba una oportunidad de repararlo. Ella desconfió de la facilidad que se le ofrecía y movió otra pieza en forma que parecía muy poco meditada. Una vez más, él hizo una jugada inconsecuente, y entonces ella, con una sonrisa malévola, encerró la dama de él y en la siguiente movida la tomó. Él abandonó la partida con un suspiro que quería decir muchas cosas. Ahora estaba seguro de que en el otro juego, aquel que verdaderamente le interesaba, tampoco habría de ganar. 

LA HABITACIÓN MALDITA (Fernando Iwasaki)

Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, mas yo estaba muy cansado y subí sin hacerles caso.

La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme amortajado.

Un clavo de frío me despertó, y junto a la cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: «¿Por qué has sido tan imprudente? Ahora te quedas tú». Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez.

 EL OJO DEL CUERVO (Rossi Vas)

Por la sabiduría de sus setenta años, él no la quería ver sufrir a causa de su carácter de viejo gruñón, en el que se estaba convirtiendo. Decidió hablarle, convencido de que aunque ahora se iba a sentir mal, la separación sería lo mejor para ella.

Viola lo era todo para este viejo pintor que había viajado mucho, teniendo entre sus brazos a centenares de mujeres. Sin embargo, la felicidad de su amada era la inspiración que el peculiar artista necesitaba para afrontar la soledad. Su aislamiento en esa montaña después de toda una vida dedicada al arte, era cuestión de una elección, y de hecho, la última que tenía sentido. Vencido poco a poco por el Parkinson, él dejó de darle importancia a las cosas que no estuvieran a su alcance, incluso la pintura. Demacrado y perdiendo memoria, tomó la decisión de dejarle a su querida la libertad para que se fuera a tiempo. “Eres todavía muy joven, puedes rehacer tu vida”, le dijo en el día de su cuadragésimo aniversario. Para nada en el mundo quería que ella lo viera indefenso frente a la enfermedad, que, tarde o temprano, le iba a derrotar.

Deseaba solo una cosa en su corazón romántico: pintar su último cuadro en honor a este amor, al que se veía obligado a ponerle fin. Sabía que Viola lo iba a interpretar como algo muy especial y dibujado por sus manos temblorosas, y esto le dio fuerzas, aunque también le entristeció. Necesitaba explicarle su motivación antes de que fuera tarde. No obstante, dudaba qué cuadro exactamente tendría mayor valor sentimental…

Un día, mientras ella estaba de viaje, él se sentó en el porche de su casa con la intención de escribirle una carta de amor. Su envejecida mano que había pintado a tantas mujeres bellas, ahora temblaba de afecto. Hacía tiempo que le quería pedir perdón por las noches pasadas en los lechos de otras, mientras ella viajaba haciendo sus documentales, pero no encontraba las palabras. Por la cabeza se le pasaron las veces cuando la había engañado, y el remordimiento le carcomía por dentro. Le había sido infiel, y al final de sus días le ilusionaba compensarla, pese a que comprendía que esto era imperdonable…

Al mismo tiempo que su mente vagaba por el doloroso pasado, al lado de la hoja movida por el viento, un cuervo paró sosegado y empezó a observarle. No parecía tenerle miedo, y su amistosa presencia impresionó al anciano. Él dejó aparte la pluma estilográfica y se le acercó; el cuervo ni se inmutó. Sorprendido, el hombre le acarició las alas, completamente blancas. Contemplando su hermoso plumaje, inconscientemente pensó en el color de la inocencia. Por un instante, dudó si este era el blanco, cuando de repente su rostro se iluminó. “Hey, viejo, ¡te voy a retratar a ti!”, habló en voz baja. Apacible, el cuervo se dejó acurrucar; estaba temblando. En este silencio, las alas le deslumbraban con su impecable blancura entre los dedos del enfermo que, cuando apenas lo cogió, se dio cuenta de que le faltaba un ojo.

2 relatos de terror de Rossi Vas

ACCIDENTES (Javier Santos Rodríguez)

¿Para qué medir las consecuencias ahora?, se preguntó Pablo. Otra sí habría sido la cosa si antes del accidente alguien se hubiera dignado a hacer prevención, estudios de riesgo, obras viales, estadísticas y proyecciones. ¿Pero ahora cuál era verdaderamente el sentido de todo eso? 

El policía sin embargo seguía ahí, enfrentando a toda la prensa, tratando de dar explicaciones innecesarias.

Que las rutas no estaban del todo bien era cosa sabida. Que faltaba asfalto que poner en muchos de los tramos era tan obvio como el sol. Todos sabían que había poca señalización y controles. La gente volaba irresponsablemente como si sus automóviles fueran de otro mundo, como si estuvieran en otro mundo. Pero la Policía insistía en contar y dar “explicaciones”, ¡ja!   

Pablo escuchaba con fastidio la conferencia desde el sillón del living. Las imágenes del televisor se plasmaban en su cara de noche haciéndole cambiar la expresión y los colores.

Cuando su hijo bajó las escaleras, apagó el televisor. 

–¿Dónde van? –quiso saber preocupado.

–Vamos a bailar con las chicas de quinto, hoy es el cumpleaños de Mariana.

–¿Quién los lleva? Ojo, cuidado con tomar mucho. 

–Nos pasa a buscar por el club 25 de Mayo el tío de Raquel, creo.

–¿Y a la vuelta?

–A la vuelta ya arreglamos, Nacho se encarga, dijo que no va a tomar.

Estadísticamente los boliches traían varios tipos de eventualidades no queridas. Borracheras, peleas y accidentes en las calles. Pablo sabía a lo que se estaba exponiendo su hijo, por eso antes de cerrar la puerta de calle le pidió que lo llamara por teléfono ante cualquier eventualidad. Él atendería el teléfono a la hora que fuere.

Antes de acostarse Pablo volvió a leer el diario, un sábado de junio, frío, con lluvias intermitentes. Miró por la ventana la calle. El asfalto mojado le hizo subir una leve angustia desde el estómago. Volvió sobre la noticia del día. Un micro de egresados había colisionado en la ruta de la muerte. Pensó en su hijo, en la inseguridad, en los accidentes de todos los días en la capital, en las estadísticas anuales de muertes por accidentes de tránsito. Tomó una pastilla para dormir. 

Hace diez años Pablo y su hijo habían plantado un ciprés en el patio. Plantar un árbol era una de las cosas fundamentales en la vida según la tradición familiar. Cada padre con su hijo generación tras generación lo había hecho. En realidad, siempre había sido un Cedro del Líbano, así era el mandato del patriarca, aquel bisabuelo sirio que había llegado de inmigrante.

Pero Pablo no sabía mucho de especies y plantó entonces el ciprés. Él recordaba aquel episodio con mucha ternura. Con su padre lo había hecho también en su vieja casa de infancia.  Un árbol era todo un símbolo y un testimonio de algo solemne y sacro. Un rito importante para la familia. 

Esa noche sopló mucho viento. La lluvia se intensificó. Pablo gracias al rivotril estaba bien dormido y no escuchó nada. El teléfono sonó a las tres y media de la madrugada. Pero Pablo no se despertó sino hasta las ocho y media.

Cuando lo hizo apenas pudo levantarse de la cama. El techo había cedido. Tenía las vigas en el suelo, por un milagro no había sido aplastado por el árbol. Dicen que los cipreses no son muy nobles en terrenos blandos y se caen con facilidad.

Cuando su hijo volvió a las diez encontró media casa venida abajo. 

Pablo en estado de shock no lograba salir del asombro. 

RECETA (Gabriel de Biurrun)

Tome unas zapatillas deportivas del número 32.

Introduzca algo de arena en su interior.

Inclínese ante el retrete y vacíe allí la arena de las zapatillas.

Escuche.

Es un ruido de bambú hueco entrechocando, de Campanilla volando en Guatemala, de balbuceo de flauta, de pompas en los labios.

Así suenan los recuerdos de un hijo muerto.

EL CAPITÁN FUNES (Ricardo Güiraldes)

—Como seguridad de pulso —interrumpió Gonzalo—, no conozco nada que equivalga al hecho del capitán Funes.

—Y ¿cómo es? —preguntamos en coro.

—Breve y sabroso. Veníamos de Europa en un barco que hoy calificaríamos de chiquero, pero de primer orden para hace veinte años.
Nos aburríamos oceánicamente, a pesar de habernos juntado cinco o seis muchachos para truquear y hacer bromas que acortaran el viaje. Se truqueaba por poca plata, y las bromas eran pesadísimas.

Al llegar a Santos, fuera el frescor del aire o la proximidad de la tierra, nos remozó un nuevo brío de chistes e indiadas.

Para mejor, subió un candidato, y nos prometimos, luego de analizar su facha enjuta y pretensiosa, hacerlo víctima de nuestras invenciones.

El más animado del grupo, Pastor Bermúdez, se encargó de entrar en relaciones y presentarnos luego.

Al rato no más, volvía, diciéndonos satisfecho:

—¡Es una mina, hermanos, una mina! Ya le encontré el débil. Es oriental, revolucionario, y, hablándole de tiros, va a marchar como angelito.

Nos presentó esa misma noche, en el bar, y todos comenzamos a hablar de guerra y tiros, sablazos, patadas, con exageración, contando mentiras para oír otras.

—¿Así que usted, capitán —le decía Pastor—, ha peleado mucho?

—Bastante —movía los hombros como coqueteando.

—Ha de saber lo que son balas —guiñándonos los ojos—; ¿hasta por el olor las conocerá?

—¡Por el olor, no; pero por el chiflido, pueda!

—Y ¿qué diferencia hay entre unas y otras?

—Pero muy grande, mi amigo, muy grande: las de remington silban gordete; así: chchch… —nos mordíamos los labios—; mientras que las de carabina son más altitas, así: ssssss…

—Pero vea —decía Pastor con gravedad—: así que las de remington hacen… ¿cómo?

—Chchchch…

—¡Curioso! ¿Y las de carabina?

Nosotros debíamos estar violetas a fuerza de contenernos.

—Las de carabina, ssssss…

—¿Y las de cañón? El capitán nos miró, riendo de buena gana.

—Pa eso no me alcanza la voz.

Aprovechamos la coyuntura para aflojar la risa que nos retozaba en el vientre. Nos reíamos, pero desmesuradamente, largando todo el embuchao, queriendo sujetar y volviendo, como a una enfermedad, a nuestras carcajadas inconcluibles.

El capitán Funes tuvo un pequeño encogimiento de cejas, imperceptible.

—Así que no podría, capitán… claro está…; pero cuando hace como la de carabina… vea, es igualito…, me parece estarlas oyendo…, formal… Y dígame, capitán, las de revólver, ¿cómo hacen?

—¡Así, mi amigo! —y antes que pensáramos siquiera, dos balazos llenaron de humo el aposento. Hubo un ruido de sillas y mesas volteadas. Recuerdo un tumulto de empujones dados y recibidos, una multitud de gente caía por todas partes, mientras, en pelotón confuso, rodábamos hacia cubierta. Pastor y Funes luchaban a brazo partido, y este último, más débil, corría el riesgo de ser echado al mar, por sobre la borda, cosa que Pastor trataba de lograr con todas sus fuerzas.

Los separamos, al fin. Queríamos ver la herida de nuestro amigo, cuya sangre nos manchaba.

El capitán Funes, retenido por dos marineros, gritaba:

—No lo he querido matar de lástima; pero ya sabe ese mocito que si no sé cómo silban las balas de revólver, sé manejarlas.

—¿Y en qué quedó Pastor? —preguntamos.

—Pastor ha quedado señalado con una muesca en cada oreja, y lo peor es que cada vez menos puedo resistir la tentación de preguntarle cómo silbaban las balas que lo hirieron.

—No te aconsejo —dijo alguien.

—Yo tampoco —concluyó Gonzalo, pero temo que la tentación me venza.

LA NOCHE DE LAS NARICES LARGAS (Manuel Pastrana Lozano)

Cuando Pinocho se incorporó esa noche como nuevo integrante del Club de la Unión de los Mentirosos, fue recibido con una ovación y reiterados aplausos, como si hubiese sido el mismísimo hijo pródigo. Nadie se sorprendió por el tamaño de su nariz, todos los anfitriones las tenían igual de largas. 

PERDIDO (Alberto Fuguet)

En un país de desaparecidos, desaparecer es fácil. El esfuerzo se concentra en los muertos. Los vivos, entonces, podemos esfumarnos rápido, así. No se dan ni cuenta, ni siquiera te buscan. Si te he visto no me acuerdo. La gente de por allá, además, tiene mala memoria. No se acuerdan. O no quieren acordarse.

Una vez, una profe me dijo que estaba perdido. Le dije: para perderse, primero te tienes que encontrar.

Luego pensé: ¿y si es al revés?

Llevo quince años borrado. Abandoné todo y me abandoné. Tenía una prueba y no la di. Mi novia estaba de cumpleaños, pero no aparecí. Me subí a un bus que iba a Los Vilos. No lo tenía planeado. Sólo pasó. Pasó lo que tenía que pasar. Ya no había marcha atrás.

Al principio, me sentí culpable; luego, perseguido. ¿Me andarán buscando? ¿Me encontrarán? ¿Y si me topo con alguien?

Nunca me topé con nadie.

El mundo, dicen, es un pañuelo. No es cierto. La gente que dice eso no conoce el mundo. El mundo es ancho y, sobre todo, ajeno. Puedes vagar y vagar y a nadie le importa.

Ahora soy un adulto. Algo así. Ahora tengo pelo en la espalda y a veces el cierre no me cierra. He estado en muchas partes, he hecho cosas que jamás pensé hacer. Pero uno sobrevive. Uno se acostumbra. Nada es tan terrible. Nada.

He estado en muchas partes. ¿Han estado alguna vez en Tumbes? ¿En el puerto de Buenaventura? ¿En San Pedro Sula? ¿Han estado alguna vez en Memphis, Tennessee?

Seguí, como un cachorro, a una cajera de un K-Mart hasta El Centro, California, un pueblo que huele a fertilizante. El comienzo de la relación fue mejor que el fin. Después trabajé en los casinos de Laughlin, Nevada, frente al río Colorado. Viví con una mujer llamada Francis y un tipo llamado Frank en una casa al otro lado, en Bullhead City, pero nunca nos veíamos. Nos dejábamos notas. Los dos tenían mala ortografía.

Una vez, en una cafetería de Tulsa, Oklahoma, una mujer me dijo que le recordaba a su hijo que nunca regresó. ¿Por qué crees que se fue? Le dije que no sabía, pero quizá sí.

O quizá no.

Terminé, sin querer, enseñando inglés a niños hispanos en Galveston. La bandera de Chile es casi igual a la de “Texas. Una de las niñas murió en mis brazos. Se cayó del columpio. La empujé demasiado alto y voló. Voló como dos minutos por el húmedo cielo del Golfo. Yo no quise herirla y, sin embargo, lo hice. ¿Qué puedes hacer al respecto?

¿Qué puedes hacer?

¿Han estado en Mérida, Yucatán? En verano hacen 48 grados y, los domingos, cierran el centro de la ciudad, para que la gente baile. A veces me consigo una muchacha y bailo.

El año pasado decidí googlearme. Quizá me estaban buscando. No me encontré. Sólo encontré un tipo que se llama igual que yo que vive en Barquisimeto, Venezuela, y tiene un laboratorio dental. El tipo que se llama igual que yo tiene tres hijos y cree en Dios.

A veces sueño que vivo en Barquisimeto, que tengo tres hijos, que creo en Dios. A veces sueño que me encuentran.

Libro recomendado de Alberto Fuguet: Sobresodis 

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