Cuento de Bioy Casares: Margarita o el poder de la farmacopea

Margarita o el poder de la farmacopea, una gran historia de Bioy Casares

En el cuento “Margarita o el poder de la farmacopea”, Adolfo Bioy Casares nos introduce en una historia a prori contemplativa, en la que un farmacéutico reflexiona, a partir de cierto reproche que le hizo su hijo, sobre los aspectos negativos del éxito. El cuento, sin embargo, acaba abandonando ese estela filosófica y da un giro inesperado, climático.

Bioy Casares escribió bastantes cuentos, y muy buenos. No es fácil, pues, hacer una selección. Pero para mí “Margarita o el poder de la farmacopea” es desde luego uno de sus cuatro o cinco mejores cuentos. No leerlo es pecado. Y no tengo más que decir. 

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Las aventuras de un fotógrafo en La Plata

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Adolfo Bioy Casares, Las aventuras de un fotógrafo en la playa
Adolfo Bioy Casares, autor de Las aventuras de un fotógrafo en La Plata

Las aventuras de un fotógrafo en La Plata, de Adolfo Bioy Casares (fragmento)

Alrededor de las cinco, después de un viaje en ómnibus, tan largo como la noche, Nicolasito Almanza llegó a La Plata. Se había internado una cuadra en la ciudad, desconocida para él, cuando lo saludaron. No contestó, por tener la mano derecha ocupada en la bolsa de la cámara, los lentes y demás accesorios, y la izquierda, con la valija de la ropa. Recordó entonces una situación parecida. Se dijo: “Todo se repite”, pero la otra vez tenía las manos libres y contestó un saludo que era para alguien que estaba a sus espaldas. Miró hacia atrás: no había nadie. Quienes lo saludaron repetían el saludo y sonreían, lo que llamó su atención, porque no había visto nunca esas caras. Por la forma de estar agrupados, pensó que a lo mejor descubrieron que era fotógrafo y querían que los retratara. “Un grupo de familia” pensó. Lo componía un señor de edad, alto, derecho, aplomado, respetable, de pelo y bigote blancos, de piel rosada, de ojos azules, que lo miraba bondadosamente y quizás con un poco de picardía; dos mujeres jóvenes, de buena presencia, una rubia alta, con un bebé en brazos, y otra de pelo negro; una niñita, de tres o cuatro años. Junto a ellos se amontonaban valijas, bolsas, envoltorios. Cruzó la calle, preguntó en qué podría servirles. La rubia dijo:

–Pensamos que usted también forastero.

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Microrrelato de Adolfo Bioy Casares: La salvación

Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente.

Microrrelato de Adolfo Bioy Casares: Tigres

[vc_row][vc_column width=”1/1″][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/1″][vc_column_text] A Bioy Casares le bastaron catorce palabras (quince, si contamos el título) para pergeñar este microrrelato, que tiene aire de greguería de Ramón Gómez de la Serna. Esta minificción está incluida en Mil y un cuentos de una línea (Thule, Barcelona, 2007).     TIGRES Adolfo Bioy Casares (microrrelato) El tigre cebado … Sigue leyendo

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “En memoria de Paulina”, de Adolfo Bioy Casares

Mempo Giardinelli recoge en Así se escribe un cuento (Ediciones B, 1992) la entrevista que le hizo a Adolfo Bioy Casares en la casa de este, una mañana de domingo de 1989. Durante el transcurso de la entrevista, Giardinelli elogió “En memoria de Paulina” como el cuento que más le gustaba de todos los escritos por Bioy Casares.

Podríamos convenir que se trata de la típica ficción de Bioy Casares, con una propuesta a priori realista abocada finalmente a una resolución fantástica.

“En memoria de Paulina” es uno de los seis cuentos de La trama celeste, publicado en 1948.

Cuento breve recomendado: “Postrimerías”, de Adolfo Bioy Casares

Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: “No hay.” Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamen­te. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos.