Estaba de pie con las manos sobre el alféizar, observando a través de la ventana las gotas de lluvia que se deslizaban por todas partes. Sobre la mesa aún permanecía caliente el té. El Diario Secreto de Da Vinci, quieto, reposaba al lado de la taza, y al lado del libro una libreta con apuntes se desplegaba.
Antes de repartir los periódicos de aquel día, Ana se incorporó ante el espejo y vio su rostro lánguido por el desvelo. Había tenido una noche de insomnio, las fiebres de su hijo la preocupaban. Pero no había tiempo más que para el trabajo.
Cuando me entrevisté con Carla Rubio habían pasado tres años desde el día en que fue rescatada, y casi el doble de no vernos. Carla había sido una mujer sencilla que había destacado desde su infancia por su naturalidad y entrega en todo lo que hacía, pero ahora ya no era sino un cajón de penas y pesados recuerdos…
-Cuánto tiempo -dijo suspirando profundamente-, cuánto tiempo ha pasado y… -se inclinó y lloró tristemente.
Nos conocíamos desde niños, crecimos en el mismo pueblo. Hicimos juntos los estudios primarios y secundarios donde ella se graduó con honores. Por eso la universidad autónoma le extendió una beca que le facilitaba los estudios superiores. Yo, en cambio, había reprobado el año escolar y debía repetir al año siguiente.